Lo que ocurre dentro de tu mente cuando lees

La mayoría de la gente no lo sabe, pero el cerebro no entiende la buena literatura como un mero vehículo de entretenimiento, sino que la procesa como una experiencia vital.

Cuando lees ficción y la historia es profunda, compleja, emocionalmente rica, la mente activa las mismas redes que usa para sentir, recordar, juzgar o imaginar el futuro. No eres un simple observador, no eres testigo de una historia, sino que estás plenamente viviendo otra vida.

Esto no es algo que yo me estoy inventando o que me pasa a mí como una rareza de exclusividad. Existen evidencias científicas modernas a las que se ha llegado mediante estudios de neuroimagen y cognición social que respaldan lo que trato de decir. Las descripciones de movimiento involucran el córtex motor; las de olor o tacto encienden el córtex sensorial; las del dolor activan las áreas emocionales que gobiernan el sufrimiento. El cerebro responde a lo imaginado casi igual que a lo real, aunque no como ley absoluta, sino como como potencial y posibilidad real modulada por la sensibilidad, el estilo y el contexto de nosotros, los lectores.

En otras palabras y a modo de conclusión: que la lectura de ficción, dependiendo del tipo de descripción (acción, sensaciones, relaciones sociales, detalles sensoriales), puede activar redes cerebrales involucradas en simulación motora, percepción sensorial y procesamiento social, lo que respalda la idea de que «el cerebro responde a lo narrado casi como a lo real»; que la «simulación» depende del grado de inmersión o implicación del lector porque no todos reaccionamos igual ante el mismo estímulo (algunos lectores activaremos más la red motora y otros, la de mentalización); y que la lectura de ficción habitual se asocia con mejoras en habilidades de empatía y comprensión social. A mí me parece irrefutable, pero cada uno que opine.

Leer, en esencia, va mucho más allá de una tarea lingüística.

Quizás por eso la literatura me ha atravesado tantas veces. Me ha hecho daño, me ha hecho bien, me ha hecho pensar, me ha obligado a crecer. Leer es una forma de ponerme en riesgo sin romperme del todo. Una manera de entrenarme. No solo para escribir mejor, sino para descubrir hasta dónde puede llegar mi propia creatividad cuando la empujo contra la imaginación de otro.

He leído libros que me han desgarrado. Otros me han sorprendido, otros me han disgustado. Casi nunca me quedo indiferente. Y cuando lo hago, tal vez esa indiferencia era exactamente el propósito de la historia. Porque si no es así, si leo páginas que no me meuven nada, cierro el libro y sigo con mi vida. No soy de esas lectoras que se obligan a terminar algo con lo que no conectan. Eso es para la lectura por obligación, por estudios o por necesidad. Leer, para mí, es un acto de libertad emocional.

A veces me aparecen en redes esos vídeos de personas leyendo Tan poca vida en el metro. No hace falta oír sus pensamientos: basta mirarles la cara. Si están leyendo ese libro, ya sabemos algo de ellos. Si, además, van avanzados en la lectura (porque no es en absoluto una lectura fácil), entonces están metidos del todo en la piel de Jude St. Francis. Están sintiendo ese dolor que casi atraviesa de verdad físicamente. Ese impulso animal de querer atravesar las páginas para cogerle la cara entre las manos y darle todos los abrazos que la vida le ha negado. Jude. Algunos vídeos muestran a lectores en la última página. Esa expresión de devastación silenciosa… quien no ha leído nunca así no puede entenderlo.

Y aprovecho la foto para decirte que puedes leer un artículo mío antiguo donde hablo de otros libros, incluido este, Tan poca vida. Aquí.

Pero no es solo el dolor lo que se contagia. También el placer ajeno o la ternura o la sensualidad. Pienso, por ejemplo, en esas descripciones casi eróticas de Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte. Hay párrafos que te rozan la piel coomo si alguien te estuviera tocando. La literatura tiene esa capacidad: hacer que el cuerpo reaccione sin que nadie lo toque.

Los neurocientíficos llaman a esto la Teoría de la Mente (Theory of Mind, ToM): la capacidad de entender qué piensa y siente otra persona. La literatura literaria, la que va en profundidad a atravesarte sin piedad, la potencia. Entrena la empatía fina, la que se practica en silencio. Por eso los lectores entendemos mejor las contradicciones humanas: las experimentamos a través de los eprsonajes de nuestras historias. La Teoría de la Mente es el mecanismo cerebral que nos permite entender a otros, y la literatura funciona como un «gimnasio cognitivo» para esta habilidad. Es fascinante porque conecta percepción, emoción y narrativa de manera tangible: leer nos hace más conscientes de lo que sienten y piensan otros, aunque sean personajes ficticios.

Leer también entrena la atención en un mundo que la está perdiendo. Un párrafo denso te obliga a sostener varias ideas en la cabeza. Una escena larga te exige foco. Una metáfora ambigua obliga a tu mente a resolverla. La buena literatura es, como decía, gimnasio cognitivo.

Y lo más fascinante: las historias dejan huella. Todos esos estudios que antes mencionaba demuestran que la activación cerebral persiste durante días después de la lectura. Como un eco. Como una poscombustión emocional. Las escenas se convierten en referencias. Los personajes en voces internas. Las frases en herramientas para comprender tu propia vida. Quizás por eso me parece que leer es tan importante y que no debe ser interrumpido. Que cuando alguien lee es como si estuviera haciendo algo de lo que depende su vida, que es algo íntimo. Que hay que dejarle tranquilo leer.

Si has leído Tan poca vida, sabrás por qué esta foto es importante y por qué Lispenard Street te encogerá siempre el corazón, aunque nunca hayas estado allí. La huella de la literatura.

EN nuestro mundo de hoy, todo es ruido. Seguro que muchas veces has hablado con alguien y te has dado cuenta de que esa persona no te está escuchando realmente, sino que está conversando consigo misma. Está escuchando su propio diálogo. Sí, está dialogando consigo mismo a raíz de la conversación que tiene contigo, pero, realmente, no habla contigo. Esta es la misma persona que, posiblemente, no te deje acabar las frases ni terminar de exponer tu punto de vista porque antes de que lo hagas, ya ha reaccionado al estímulo de la provocación de tus palabras. Qué pena. En mi caso, la mayoría de las perosnas que conozco funcionan así. Mucho ruido interior, poca quietud. Así no podemos leer tampoco. Mucha gente deja que su sistema nervioso sea moldeado por el ruido interno y la distracción fugaz de la satisfacción inmediata y el subidón hueco de cualquier red social. Hay otros pocos que permiten que los moldee la literatura. Quizás a ti te parezca lo mismo. Definitivamente, si así lo piensas, no habrás leído un libro completo.

Tal vez este sea el verdadero poder de un buen libro: que te cambie la textura de la mente.

No tengo consejos ni recomendaciones mejores que lo que acabo de escribir. Pero sí tengo ganas de decirte que estoy a punto de terminar el libro de la foto y que, desde que lo compré, no he podido dejar de pensar en quién sería yo si, de pronto, desapareciese todo lo que conozco hoy y mi único objetivo fuese no morir de hambre ni enfermar. Si todos los recuerdos de la vida que hoy vivo servirían de algo y quién sería mi hija (que ahora tiene 6 años) si la única consigna fuese la de sobrevivir a toda costa en soledad conmigo. ¿Sabría identificar agua potable de la que no lo fuese? ¿Aprendería a reconocer el tiempo de esa manera que hoy solo me cuenta la app de la meteorología? ¿Sabría que ha nevado sin ni siquiera abrir la ventana? ¿Qué hierbas son comestibles y cuáles son medicinales? ¿Un invernadero? ¿Un arma? Ser las dos únicas personas que quedan vivas en la tierra o que, al menos, parezca eso. Puede sonar radical, puede lucir como si pensar en estas cosas no fuese del todo necesario, pero, ¿de verdad no lo es? Para esto también sirve la literatura. Y para que sepas que me quedan muy pocas páginas y que mi vida real me impide coger el libro y terminarlo porque soy madre y autónoma y porque ese momento de terminar ese libro en el que no puedes dejar de pensar llega en el momento que menos lo espero.

Y así debe ser, la magia de leer.

Un comentario en “Lo que ocurre dentro de tu mente cuando lees

  1. Hay una fuerza magnética en tus palabras , presiento que ese libro que te traes entre manos está influyendo en tu yo profundo , el que ama lo natural , (aunque no vayas al campo), lo básico, sin toppins, sin extras de nada artificial , sin coberturas, sin máscara. Felicidades, tú percepción-intuición están en 5ª.

    No puedo desvelar, por el momento , el libro que estoy leyendo ahora pero si puedo decir que empieza con la siguiente cita :

    Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionismos insisten en la primera idea, rudimentaría: retener vivo todo el cuerpo. Solo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia. Adolfo Bioy Casares.

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