Te presento la era en la que el término seguidor parece tener una única traducción: redes sociales. Nuestra era. Cuántos tienes, cuántos pierdes, cuántos ganaste esta semana. Pero hoy quiero detenerme en otro tipo de seguidor, el original, el que ha estado ahí desde siempre y cuya figura, aunque esencial, ha quedado eclipsada por la obsesión por liderar.
Es muy seductor pensar que todos podemos ser líderes. Nos inundan con estrategias, libros, charlas motivacionales y hasta gurús que prometen enseñarte a liderar tu vida, tu empresa, tu entorno. Pero no todos nacemos con ese carisma. Y, lo que es más importante: no todos tenemos que ser líderes para tener un papel fundamental. De hecho, el papel del seguidor es vital para el papel del líder, a pesar de la obviedad invisible de que el líder natural no necesita que nadie le siga más que su propio ser.
En 2010 me pasé un día entero de mi tiempo en Tokyo cruzando de un lado a otro, sintiendo mi pequeñez y mi grandeza, parándome en todos esos puntos diferentes, viendo a la gente cruzar. Allí se ponen a fumar en las esquinas habilitadas para ello, caminan por la acera en orden y es por la izquierda, silencio total en el metro, tecnología fuera de la vista mientras se está en el vagón, la gente lee o está en silencio. O duerme. Mágicamente se despiertan en su parada. Y también son los reyes de lo electrónico una vez en el mundo de arriba, ese mundo lleno de luces y sombras, de represión y libertad, cómo es posible. Y, antes de volver a Corea, quise creer que estaba en mi propia película dirigida por una Sofía Coppola que ni siquiera me conoce, sabía que serían momentos de soledad inigualables, una vez en la vida. Esther sola en Shibuya, con una bola de arroz en la mano, viendo a la gente pasar. porque un día me convertí en un personaje de Lost in Translation y nunca dejé de serlo; porque me dan las ganas de llorar si pienso en quién es de verdad mi seguidor, a quién quiero yo seguir. Una vez estuve en el otro lado del mundo y creo que sigo metafóricamente allí, que no es Corea ni es Japón, sino ese otro lado en el que solo hay que convertirse en el camino que se transita. En 2026 escribí un bonito artículo sobre Shibuya y Lost in Translation, la peli, mi favorita de todas. Lo puedes volver a leer aquí.
El seguidor auténtico, el que apoya, acompaña, cuestiona con criterio y se compromete desde un lugar profundo, tiene un valor incalculable. Ser seguidor no es sinónimo de obediencia ciega ni de mediocridad. Es, en muchos casos, el motor silencioso que permite que los proyectos despeguen, que las ideas florezcan, que las personas brillen.
Parece que todo gira en torno a quién es el mejor y se nos olvida lo obvio: si hay un mejor, alguien queda en el último puesto. Y el mundo no está hecho solo de podios. Está hecho de relaciones, de colaboración, de ritmos compartidos. A los americanos les encanta este rollo de Hacer América Grande Otra Vez (Make America Great Again), lo cual es estupendo, peor no a base de ganadores y perdedores. Nadie puede hacer nada solo, aparte de cuando uno trabaja en sí mismo sus demonios más oscuros; aparte de cuando atravesamos esa noche oscura del alma de la que habló por vez primera San Juan de la Cruz en el siglo XVI. Muy místico, sí, pero muy real. Se nos vuelve a olvidar que la mística no es fantasía y que si alguien así la relaciona, solo se vende humo a sí misma. para volver a hacer algo grande otra vez, para que algo que ha perdido el brillo vuelva resplandecer, hace falta la colaboración de líderes y seguidores. Lo de Hacer América grande Otra Vez lo ha popularizado Trump, la verdad que no me hace nada de gracia. Ni Trump, ni América, ni la clasificación extremista, ni la especialización absoluta, ni la paralización de la cultura. Si no hablas de todos los aspectos de la cultura para la vida propia y la de los demás, de qué narices vas a hablar. Ah, sí, de los seguidores que tienes en redes.
En mi vida personal y profesional no busco trabajar con quien tiene el currículum más largo o la foto más glamurosa. Busco conexiones reales, personas auténticas, principios compartidos. Busco a quien, aunque no sea el más visible, vibra en mi misma frecuencia y actúa desde su verdad. Y es necesario que esa verdad transpire de cada cual. Y si esos proyectos llegan a un final, bienvenido ese final. Otra puerta se va a abrir. Porque sé sincero: ser «el mejor» en algo puede hacer que el resto pierda sentido. ¿De qué sirve ser el mejor profesional si no sabes acompañar a otro, si no sabes reconocer a quien te apoya desde las sombras? Bueno, te puede servir para ganar dinero. Mucho dinero. A quién no le encantaría ganar mucho dinero, qué tentador, qué atractivo, qué suculento. Justo lo que tu demonio interno te dice que es lo más importante, que el mundo se mueve por dinero. Sí, es verdad. Por eso estamos todos enfermos de soledad.
Escucha esto, que es lo más importante de lo que escribo hoy: ser un buen seguidor es clave para un buen liderazgo. Lo que pasa es que a nadie le gusta verse como «perro faldero», aunque todos lo hemos sido en algún momento. Y qué bonito es reconocerlo, entender qué aprendiste ahí, y convertir esa experiencia en lealtad consciente, en acompañamiento crítico y comprometido. En conexión. La historia está llena de grandes mujeres —y hombres— que permanecieron a la sombra de líderes visibles, pero que fueron esenciales para que esos liderazgos existieran. Científicas, artistas, inventoras, pensadoras. Muchas de ellas, relegadas por el sistema, fueron las verdaderas impulsoras de avances que hoy damos por sentados.
¿Y qué pasaría si redefinieramos el éxito?
¿Qué pasaría si en vez de buscar ser «el mejor», buscáramos ser esenciales para el avance de algo o alguien?
Porque el seguidor no es un perdedor. Es una parte imprescindible del todo. Y el todo, si lo miramos bien, no se sostiene sin quienes acompañan, cuestionan, creen, proponen y están.
Así que, si quieres ser un buen líder, empieza por ser un seguidor consciente. Porque ahí, en ese lugar aparentemente secundario, se cultiva el verdadero poder. También sirve para el sexo, y hasta aquí puedo escribir.


Al igual que en los sueños todos somos nosotros mismos, me parece que el seguidor genuino también somos nosotros. Ese yo testigo de nuestra vida, esa raíz que nos mantiene vivos.
Escribes muy bien de lo que subyace, de lo que no quieres, lo dice una seguidora fiel. Enhorabuena.
Que aroma a eternidad destilan tus artículos . Eterno: sin principio ni fin, fuera de tiempo.
En aquel tiempo de Shibuya, conocí gracias a tí a Kim Hoon escritor coreano que dejó de ser periodista porque (ya no se ase eso ma) no soportaba la exigencia de describir la realidad de forma objetiva. Le pasó lo mismo que a tí, que tu voz clama decir lo que siente y tu mano tiene que escribirlo.
El cielo nos ilumina con crisis.
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