Igual es que soy de otra generación y el valor de la formalidad ha digievolucionado a la velocidad del sonido y, claro, se ma pasáo. Igual es que soy de otra generación, una en la que todavía quedaban resquicios del valor de la palabra, de ese compromiso que la palabra otorgaba. Antes, hace muchos años, antes de mí y de ti, no se firmaban contratos, con la palabra valía. Por eso existían (y existen) expresiones como «esta persona no tiene palabra» o «te doy mi palabra». En mi generación no es que esté todo salvado, muchos de nosotros hemos tenido que lanzarnos a cruzar ese puente entre el reducto de una dictadura y los resultados de una democracia bebé. Yo nací en 1981, fui a la universidad en el 2000, y dos años después ya no sabíamos cuántas pesetas eran 1 euro. A mí me decían que la carrera se sacaba a base de esfuerzo, de sudor, también a base de expresar pocas opiniones (y eso que lo mío era una filología donde te leías del orden de 10 a 15 novelas por curso, además de todos los estudios sobre las mismas y otros trabajos de otros autores – porque casi todo era masculino – sobre épocas distintas y géneros diversos y creaciones literarias y de la fonética o la lingüística o de historia… no terminamos). Que había que leer sin cesar. Y había que escribir sin parar. Y, encima de todo, siempre están los que se beben los conceptos y los libros y se compran más cuadernos y más bolígrafos (como yo); y los que pasaron de puntillas sin haber integrado mucho de aquello. Pero saberse de la disciplina, se sabía.

Es curioso cómo se ha ido perdiendo ese valor. Como filóloga, experta en comunicación, escritora (este guiño va para Lore), no entiendo cómo se nos pasa desapercibido el poder que tienen las palabras. ¡Las palabras tienen peso! Las usamos todos los días, a veces sin pensar, pero cuando nos dicen algo amable nos llenan de alegría, y cuando nos dicen lo contrario, nos duele en lo más profundo. Es como si no nos diéramos cuenta de que la manera en que nos expresamos moldea el mundo que nos rodea, las relaciones que construimos y hasta la forma en que nos vemos a nosotros mismos.
En fin… los problemas de una filóloga. Pero, en serio, creo que deberíamos empezar a recuperar ese sentido de responsabilidad al usar la palabra, porque no es solo cuestión de lo que decimos, sino de lo que somos capaces de hacer con ellas. Entiendo que el mundo es complicado y complejo, que somos muchos, que son muchas ideas, que son muchos intereses diferentes; que las empresas no pueden funcionar a nivel mundial con el único compromiso de una palabra y un apretón de manos, ni si quiera a nivel local. Lo entiendo todo, pero no me gusta. Se ha pervertido el valor del compromiso. Es necesario hacer lo que se dice. Sin contratos que te obliguen. Me sucede que veo en algunas personas una falta de compromiso bastante rotunda, y no deberían cumplir ese rol de manera inicial. U otros que se vienen muy arriba en los momentos iniciales de un proyecto y luego, sin saber cómo, se desinflan estrepitosamente.
Que yo siempre ando escribiendo e, incluso, diciendo sobre eso de que hay que estar más callado y escuchar más. Pero no lo digo porque no debamos hablar y expresarnos, sino porque primero uno tiene que escuchar para saber qué piensa, para entender lo que escucha. Lo que más vale no es siempre lo que uno está pensando; de hecho, es buena costumbre recordar que nuestra mente es una tirana y nos hace creer que lo que pensamos es una realidad irrefutable. El derecho que tenemos a expresarnos se respeta y es muy respetable, las dos cosas; pero, las opiniones en cuestión no son todas respetables, ni si quiera los puntos de vista lo son. Las opiniones deben ir contrastadas de argumentos poderosos que justifiquen lo que se piensa. Otra cosa son los sentimientos y las emociones que, para sentirlos, uno no tiene que justificar nada de nada: uno siente y punto. Para opinar la cosa cambia, porque si uno quiere hacer valer su posición y su punto de vista, lo que piensa sobre algo, habrá de tener argumentos propios que sepa explicar. Y si no se tienen, entonces igual es el momento de escuchar. Escucharse por dentro, primero. O sea, callarse.

Cuando yo estudiaba no sabía que podía opinar de verdad hasta que salí de España. Qué fuerte, ¿verdad? Estar en un nivel de estudios superior y no tener conciencia real de que debes elaborar tu pensamiento crítico de una forma consciente. No es que no se hablase del pensamiento crítico, de hecho, allí en la uni fue donde aprendí ese concepto tal cual lo usamos hoy, y en el instituto ya había algunos profesores más avanzados en estas tareas y sí que me invitaron a la lectura y a la expresión escrita. Fue cuando estuve por primera vez en el extranjero de manera permanente, cuando estudiaba fuera, el momento en el que entendí la importancia de la expresión viva, de la voz hablada. De pensar primero. Y no te hagas la moderna o el moderno diciendo que para ti esto no fue así, como si yo estuviese hablando de la prehistoria porque esto, lo digo rápido, sigue pasando. Y ahora creo que es peor porque el activismo de sofá ha invadido la mente de todo el mundo. Qué fácil es compartir una historia en tu Instagram protestando por los derechos de las mujeres o de los niños o de los más necesitados mientras ves Netflix (o Filmin, para los más intelectuales y culturetas o los que dicen que no ven la tele), haces una compra más en SHEIN o te pones en la cola del servicio técnico del Apple Store.
Me encanta esto de no tener palabra hoy, eso de que no hemos quedáo en ná. Total… si somos andaluces, sigamos perpetuando los estereotipos de mierda sobre nuestro pueblo. Los que vienen tras de mí, los que son más jóvenes que yo, tienen una visión del mundo que me encanta; pero una capacidad de compromiso más limitada que un hombre soltero de 50 años. Y ahora me dirás que tu sobrina o tu hijo no es así, que soy una exagerada y que no se puede generalizar. A mí me parece que generalizar debería estar mejor visto.
Mi objetivo, cuando generalizo, no es llegar a una certeza absoluta, sino más bien al resultado más probable. Y esto tiene dos razones fundamentales. La primera se acerca a que saber cuál es el resultado más probable de algo ayuda a decidir cómo debo actuar con respecto a ese algo. Y segunda, porque aunque quieras, nunca vas a alcanzar una certeza absoluta. Al generalizar sobre el mundo, razonas de forma inductiva, no deductiva. En el razonamiento deductivo, la conclusión es cierta si las premisas son ciertas. Ejemplo:
Premisa 1: Todos los perros de Sofía están vacunados.
Premisa 2: Bambú es un perro de Sofía.
Conclusión: Bambú está vacunado.
Si las premisas son «todos los perros de Sofía están vacunados» y «Bambú es un perro de Sofía», la conclusión de «Bambú está vacunado» es necesariamente cierta. No necesito comprobar nada, porque es un razonamiento lógico, sin margen de error.
Pero, cuando hago esto de manera inductiva, no busco llegar a una conclusión absolutamente cierta, sino que parto de mi experiencia, es decir, de lo empírico. No tengo todas las piezas del puzzle, pero tengo algunas, y con esas piezas «induzco» una conclusión. Una conclusión que no es absolutamente cierta, pero sí probable. Por ejemplo, cuando la policía está investigando un caso, no está deduciendo, sino induciendo. Tiene una serie de pistas (datos empíricos), y con esas pistas llega a una conclusión probable de lo que sucedió. Y yo, que estoy súper puesta en crímenes reales, puedo decir que esto es una realidad.
Estamos constantemente expuestos a información sobre experiencias. Algunas nos ocurren a nosotros, otras a personas cercanas, otras a desconocidos que aparecen en los medios o investigaciones (por seguir al hilo de lo de las investigaciones de los crímenes). Y cómo interpretamos esas experiencias es lo que va conformando nuestras creencias sobre cómo funciona el mundo. En concreto, nuestra capacidad para observar e inducir. Si no inducimos, no entendemos el mundo. Y si inducimos mal, entendemos mal. Hay algunas personas que son muy buenas induciendo, de estas hay pocas. Y no creas que todos los policías son magníficos a la hora de inducir; algunos sí, otros no, como en todo. Esto es algo entrenable, y ¿a que no sabes una de las vías de este entrenamiento cuál es? Eso mismo… callarse un poquito más, el silencio. Escuchar el pensamiento propio, discernir entre la mente tirana y la mente que induce y deduce; la emoción que dirige.
Por eso, el argumento de «no siempre es así» (que es lo que seguro se te iba a escapar de la boca en algún momento mientras leías este artículo) es uno de los más vacíos e inútiles cuando se usa contra una generalización. Es obvio que no siempre es así. Pero si tomas un caso al azar, ¿es más probable que sea así o que no lo sea? Esa es la pregunta clave. Para mí, el debate está en si la generalización (la «inducción») está construida de manera sólida o no. Fijarse en casos aislados para refutar una generalización es una estrategia que claramente muestra que no se está pensando con claridad, no llegas a aportar nada relevante. Señalar excepciones no te da puntos. Lo que da puntos es argumentar por qué una regla es la más adecuada. La argumentación.

Sé que es difícil conseguir cierta ausencia de sesgo a la hora de conseguir argumentos; las fuentes tradicionales de información (como la TV, los periódicos, la radio y, ahora, los podcasts) suelen estar muy sesgadas desde un punto de vista ideológico y político. Si tus datos provienen de esas fuentes, es probable que no estén equilibrados. Y si tus datos no son equilibrados, tu inducción no será válida. No es que no puedas confiar en todos esos canales, es más bien que también debes oír sobre lo que no compartes. Confieso que esto a mí me cuesta bastante. No siempre estoy dispuesta a leer a personas con las que no comparto el punto de vista ideológico y tratar de entender por qué dicen lo que dicen. No es fácil y requiere esfuerzo. Sin esfuerzo, y sin un interés genuino en la búsqueda de la verdad, mis datos probablemente no serán equilibrados. Terminarás cayendo en la trampa del sesgo de confirmación y solo prestarás atención a lo que no contradice tus creencias previas.
Y este es el precio de la vagancia y la vaguería (que no la vagueza), pereza, haraganería de hoy, de la adicción a las redes y de la falta de compromiso juvenil y, EN GENERAL, de todo el mundo. Y como igual es que soy de otra generación y el valor de la formalidad ha digievolucionado a la velocidad del sonido y se ma pasáo, pienso que la vida es disfrutar, pero también es involucrarse y comprometerse. ¡A generalizar, que el mundo se va a acabar! Así que, holgazanes, a tope con los motivos de cada cual; pero la preparación que lleve la batuta.

Enhorabuena, Esther, que artículo tan estético, filosófico, y necesario.
Los romanos tenían un término: FIDES
“Fides mea est vita mea.” Mi palabra (mi honor) es mi vida
Séneca dijo:
«La palabra es el espejo del alma, como hablamo, somos»
y Jesús de Nazareth, dijo:
“Sea vuestro hablar: sí, sí; no, no.”
La palabra dada es tan esencial que hemos dejado de «verla», de «apreciarla» sin darnos cuenta que sin ella no somos nada. Pero, claro, hace falta mucho valor para creer que esto es verdad. Incluso hay quien se rompe la camisa por su palabra de honor, pero el miedo les transformó en DESHONOR.
Nos quejamos de lo mal que tenemos el pelo, pero no de como tenemos el cerebro
Felicidades, Esther por tu palabra.
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