Vértigo

24 AÑOS. Me siento extraña. Algo me ocurre en la garganta. O quizás no me ocurre nada, y eso es precisamente lo inquietante: la ausencia de una sensación que debería estar ahí. La lengua no me sigue. Un trozo de crêpe se desliza fuera de mi boca sin permiso. No entiendo por qué.

El mareo llega como una ola sorda, acompañado de una sensación desconocida en el rostro. O mejor dicho, de la ausencia de sensación. Mi cara no está. O está, pero no la encuentro.

Suelto el tenedor. Las voces a mi alrededor se convierten en un murmullo lejano, como si alguien hubiera cerrado una puerta entre ellos y yo. Me toco la mejilla izquierda. No puedo tragar. No puedo escupir. Mi boca se convierte en un territorio sin respuesta, un mapa sin coordenadas.

Quiero hablar, pero las palabras no llegan. Solo existe el esfuerzo inútil de formar sonidos que se ahogan en mi propia lengua. La servilleta resbala de mis dedos, la cabeza se inclina hacia adelante, el bocado cae en el plato con un sonido seco. La silla chirría contra el suelo cuando intento apartarme de la mesa. Un pequeño espasmo me recorre el cuerpo. Mi amiga me mira, confundida.

Busco un espejo. Sé que hay uno en el recibidor o en el pasillo, pero no lo recuerdo con claridad. Cuando por fin me encuentro con mi reflejo, una certeza me golpea en el estómago: algo se ha roto en mí.

El lado izquierdo de mi cara está caído. Muerto. Inerte.

Me toco con la mano. No siento nada. Nada en las mejillas, en las cejas, en la boca, en la lengua. Ni siquiera en la garganta, ni en el cuello, ni en la clavícula. El hombro izquierdo me resulta ajeno, un apéndice que ya no me pertenece.

Tengo que irme.

La idea se clava en mi mente como una orden urgente. Tengo que irme. Me levanto, salgo de la casa, me meto en el coche. Llamo a mi madre. Después, el recuerdo se desvanece. Solo quedan un pinchazo y unos días en casa.

Un ictus leve, dijeron. Nada grave. Nadie me hizo seguimiento. Nadie preguntó cómo estaba. A nadie pareció importarle demasiado. Tampoco a mí. Lo di por superado.

Pero el cuerpo nunca olvida.

Días antes, el hombre del que me había enamorado hizo evidente su falta de interés. O su interés a medias. Mi cuerpo, en cambio, sí le interesaba. Lo suficiente como para recordar lo que dolía valer poco. Lo suficiente como para hacerme creer que solo podía existir a través de la mirada de otro. Tenía 24 años.

Y entonces, un ictus leve. Un síntoma del desamor.

Diez años después, la sensación aún permanecía: un eco sordo bajo la clavícula, un vestigio de inestabilidad en la garganta. Hoy, de vez en cuando, la glotis se bloquea sin previo aviso, y por unos segundos, el mundo se detiene. Sé que pasará. Pero en ese instante, la angustia es real.

Nadie lo sabe.

Hasta ahora.

43 AÑOS. Suena la alarma. 6:45 h. Es hora de levantarse. Sofía tiene que llevar su lección de lectura en minúsculas. Hoy puede ir sin uniforme. En la mochila, fruta y bocadillo para el desayuno. Algo para el aula matinal. Tal vez quiera unos crackers de esos que le gustaban cuando era un bebé.

Me doy la orden de moverme. Ni siquiera he encendido la luz.

Me pongo en pie.

Y entonces, algo me arranca el equilibrio, una fuerza brutal me derriba contra la cama. No es solo mareo. Es otra cosa. Algo que me parte en dos. El estómago se contrae, un espasmo me sacude desde dentro. Tengo que llegar al baño.

Me aferro a la mesilla de noche. A la puerta del armario. Al brazo de la mecedora, que se mueve y me desequilibra más. Me arrastro con torpeza, evitando golpearme el pie contra la pata de la cama. Sigo adelante. La puerta. Casi me pillo un dedo.

El pasillo.

Voy pegada a la pared, como si me sostuviera un hilo invisible. Otra puerta. Se estrella contra la pared al abrirse.

El baño.

Consigo encender la luz. Todo gira. Me invade una náusea feroz. La urgencia es un látigo que me azota las entrañas.

Me quito el pijama como puedo, con el cuerpo torpe y el cráneo oscilando peligrosamente cerca del filo del lavabo. Me dejo caer sobre la taza del váter.

El papel higiénico está fuera de mi alcance. No puedo girarme. El vértigo me devora.

Quiero vomitar.

Quiero desmayarme.

Quiero que pare.

De algún modo, consigo volver a la cama.

Y ya no vuelvo a levantarme hasta tres días después.

Ir al baño se convierte en una odisea absurda y grotesca. El vértigo cede poco a poco, pero la ayuda médica es fría, desconectada, inexistente. Al parecer, los vértigos son tan comunes que nadie les presta atención.

Fotografía de Mitch.

lo que da miedo

Si bien estoy acudiendo a los médicos para buscar respuestas, no puedo ignorar la dimensión psicológica de los vértigos. En mi experiencia, las causas pueden ser infinitas, pero entiendo que están relacionadas con el miedo. La sensación de inestabilidad y pérdida de control puede tener un significado profundo: en mi caso, no solo es la pérdida de control sobre mi cuerpo, sino sobre mis emociones y mi capacidad de auto-regulación (no tanto una cuestión física, en realidad, mucho de una cuestión psicológica).

Cuando sufrí el ictus, no encontraron una causa física evidente (tampoco es que la investigaran); para mí, la razón, aunque suene poco creíble, fue un desamor. Mis vértigos en Cudeca coincidieron con el momento en que ya debía dejar la organización, aunque tardé siete meses más en ejecutar la decisión. Y no, no es coincidiese con esa fase, es que ya llevaba demasiado tiempo en un lugar que no me correspondía, ya me habían demostrado en multitud de ocasiones que allí nunca podrían apreciarme. Y, aún así, necesité siete meses más para dar el paso. Mensajes de mi cuerpo que revelaban lo que mi mente intentaba ignorar.

Soy consciente de que la Gala Siempre Fuerte del Málaga CF es un evento importante y que muchos lo ven con entusiasmo. Sin embargo, para mí, representa un espacio en el que nunca me he sentido completamente bienvenida. Integrar el duelo por mi hermano ha sido un proceso largo y personal, y no siempre ha sido comprendido. Me han dicho que debería estar feliz por ciertos reconocimientos, pero la realidad es que muchas personas han capitalizado el dolor de mi familia, aprovechándose de las lágrimas de mi padre y de sus carencias emocionales. Hay verdades que nunca podré contar, porque hay límites éticos que me impongo por el bienestar de quienes amo. Y en este grupo está mi padre.

Escucho comentarios como: «tu hermano estaría feliz de veros a todos juntos». Pero si eso fuera posible, estaría siendo. No trato de forzar situaciones para obtener una validación externa, de hecho, la validación externa en este aspecto es que me importa lo mismo que una chancla tirada. No podemos estar todos juntos ni por mi hermano ni por nadie porque el sufrimiento que tuvimos que atestiguar nos rompió a todos en mil pedazos. Yo nunca he promovido la separación, de hecho, soy una gran incomprendida. A mí el dolor no se me pasa, me duele tanto que cada vez que lo miro de frente corre riesgo mi salud física. Y como soy un eneatipo 8, así con toda la mala fama, un vértigo, la pérdida de estabilidad puede significar la misma muerte.

Fotografía de Jilbert Ebrahimi.

Los vértigos que experimento hoy están ligados a mis mayores temores: la representación pública de la memoria de mi hermano, los eventos, las menciones, las entrevistas… pero también al reconocimiento de la falta de empatía en personas cercanas. No hablo de extraños; hablo de aquellos que deberían conocerme y comprenderme. No soy juez de la empatía, pero tengo la necesidad vital de dar y recibir amor, y eso me da la capacidad de discernir quién es capaz de conectar emocionalmente y quién no.

El lenguaje es una herramienta poderosa, y los gestos de amor, por pequeños que sean, cuentan. Sin embargo, también me genera vértigo la constatación del machismo arraigado en personas de mi generación y más jóvenes. Cuando una mujer toma acción, algunos hombres se sienten amenazados y reaccionan de manera irracional. El abuso de poder está normalizado, y la falta de disculpas sinceras por el daño causado es alarmante.

Debo integrar estas frustraciones no solo por mi bienestar, sino porque tengo una hija que observa y aprende. Mi responsabilidad es educarla para que sea resiliente y fuerte en un mundo que aún carga con muchas desigualdades.

Pero no todo es negativo. Este vértigo, que me tiene en cama sin permitirme poner los pies en el suelo, también me recuerda que siempre hay otro camino. No decir nada es una respuesta, al igual que hablar lo es. La clave está en generar autoconfianza y amor propio, en saber cuándo es necesario desviarse del camino (sobre todo si viene un tráiler de frente), y en entender que toda decisión debe partir de una observación consciente. Los vértigos me recuerdan que la estabilidad no siempre es física; también es emocional, y la vida, en su sabiduría, nos da señales cuando nos alejamos demasiado de nuestro centro.

Tal vez la respuesta no está en erradicar los vértigos, sino en escucharlos. Quizás no se trata solo de recuperar el equilibrio, sino de comprender qué me quiere decir este tambaleo interno. Porque si algo me ha enseñado la vida es que el cuerpo no grita porque sí, y cuando lo hace, lo peor que podemos hacer es silenciarlo.

Y entonces, me pregunto: ¿cuántas veces he llamado enfermedad a lo que, en realidad, era una verdad que no quería aceptar? Pregúntatelo tú.

posología

  • continúa con el año 2025 anti-parásitos
  • piensa en las apariciones públicas como en movimientos de ajedrez
  • si un camino no es transitable, ve por otro lado
  • aunque tú estés caliente, si tocas una placa de hielo, este te puede congelar a ti
  • no lo cuentes todo, pero no te guardes nada
  • Pon música, hoy esta:

Un comentario en “Vértigo

  1. «…Cuando una Ocho evoluciona, surge su verdadera fuerza vital noble e inspiradora para muchas personas. Es magnánima, justa y generosa. Detecta la falsedad y las sutilezas de los otros y saca a la luz una encarnación sencilla de la verdad. Siente nostalgia de la inocencia infantil que tuvo que dejar atrás para ser fuerte. Su inocencia nos recuerda como es ser completamente humanos y conectados con la divinidad…»

    Conocereis la verdad y la verdad os hará libres. Jesús de Nazareth

    Extracto de La Sabiduría del eneagrama. Don Richard Riso & Russ Hudson

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