«Toda actividad que no albergue en su corazón un silencio contemplativo se asemeja a la esclavitud»
Byung-Chul Han
Pedir disculpas por nuestra lengua, por nuestra identidad, por lo que nos gusta, por el lugar del que venimos o por el modo en que pensamos. Como si fuéramos minoría permanente. Como si nuestra presencia necesitara validación. Y, sin embargo, cada vez estoy más convencida de que esa minoría muchas veces es ficticia. Porque quienes realmente mandan suelen ser muy pocos; lo que ocurre es que han aprendido a ocupar casi todo el espacio.
No tengo nada en contra del poder cuando se ejerce con responsabilidad, pero sí me incomoda la obsesión por defender a los poderosos cuando no llegas a final de mes. Me da pena ver que creemos que ellos tienen razón y los demás no, que defender al que tiene más hará que nosotros tengamos más. Esa idea de control absoluto que acaba olvidando lo esencial: que la vida es bastante más humana que cualquier estructura de dominio. La vida es la sangre fluyendo cuando nace un hijo y también cuando se te muere entre los brazos; es verle crecer, equivocarse, enamorarse, encontrar su propósito o perderlo. Todo lo demás es accesorio.
¿Por qué la moral se vuelve más laxa conforme aumenta el confort económico? No digo que todas las personas con dinero hagan cosas malas (eso sería tremendamente simplista además de falso), pero sí observo que el bienestar material facilita mirar hacia otro lado cuando llegan los dilemas incómodos. El dinero no necesariamente corrompe; a veces simplemente anestesia. Permite pecar por omisión. Permite no implicarse demasiado. Permite descansar antes de tiempo. Quizá por eso pienso que hacerse rico es una prueba humana muy dura. No porque el dinero sea malo, sino porque pone a prueba la coherencia, la empatía y la capacidad de seguir viendo al otro como igual. El privilegio reduce la fricción con la realidad, y sin esa fricción uno corre el riesgo de olvidar de dónde viene y hacia dónde quiere ir.
En paralelo a todo esto, observo algo que me resulta casi paradójico: pedir perdón por ser bilingüe, por ejemplo. La rabia que le da a algunas personas que haya otras que son naturalmente bilingües. En mi caso, es gracias a mi esfuerzo. No lo aprendí de cuna, estudié con uñas y dientes y me distancié de mi propia cultura para absorberlo todo porque sentía un profundo amor por el lenguaje y por la filología inglesa. Las cosas han ido cambiando a lo largo de los años conforme he ido entendiendo la cultura aún mejor, nada como los años y la interacción. Como si conocer el inglés implicara traicionar el español. Como si dominar más de una lengua te situara en un territorio sospechoso. Y no. El español no es un error: es una herencia. Aprender inglés tampoco es una traición: es una herramienta. Más de sesenta millones de personas en Estados Unidos hablan español, y, de hecho, el inglés ni siquiera es lengua oficial a nivel federal; es lengua de facto por organización administrativa, no por imposición legal. Las lenguas no deberían ser trincheras, sino puentes para el amor y el entendimiento, o también el desencuentro.
Es verdad que soy española, pero con Bad Bunny y la Super Bowl no he ncesitado traducción para entender lo que estaba pasando, ni de lengua ni de situación. Española, no puertoriqueña. Y aún así no necesité traducción para comprender los campos de caña de azúcar, los hombres jugando al dominó, las mujeres arreglándose las uñas, los bloques de cemento reconstruyendo comunidad, el baile, el ritmo, la sensualidad, la celebración pese a la adversidad. Tampoco he necesitado traducción para entender que el amor puede sobrevivir incluso donde hay odio o abandono. El lenguaje no es frontera; es vínculo. Siempre he defendido el reguetón, y no precisamente por su calidad musical ni por la estética sexualizada que muchísimas veces lo rodea. Lo defiendo porque es expresión de un pueblo, de una historia, de una pulsión de libertad nacida muchas veces de contextos de marginación, como tantísimos otros ritmos, como la música electrónica, como el rock & roll y el jazz más antiguo. Hay una raíz ancestral ahí: ritmo, cuerpo, comunidad, resistencia. Otra cosa distinta es la industria, que a veces banaliza lo que originalmente fue grito cultural. Pero negar esa raíz con enfado o desprecio suele esconder prejuicios de clase más que criterios artísticos.

No defiendo la humillación ni la degradación en ninguna forma ni hay excusa para ello, pero tampoco creo que el lenguaje explícito o provocador sea patrimonio exclusivo del reguetón. Siempre ha existido. La clave, quizá, esté en la responsabilidad de las industrias culturales y en la educación crítica del público, no en demonizar una expresión entera. Al final, lo que me preocupa no es la ideología sino la identidad. La equidad no nace del control ni del poder, nace del respeto profundo hacia la dignidad de las personas. Menos normas vacías y más conciencia personal. Menos obsesión por dominar y más capacidad de acompañar.
Y vuelvo al principio: esa sensación de tener que pedir permiso para ser quien uno es. Tal vez la verdadera lucha sea dejar de hacerlo. Reconocer que la mayoría real está compuesta por personas comunes intentando vivir con sentido, no por quienes ocupan titulares o centros de poder.
Porque el confort está bien (todos necesitamos descansar), pero no puede convertirse en destino. Hemos venido, creo, a algo más incómodo y más hermoso: a vivir con coherencia, a defender nuestra identidad sin pedir disculpas y a contribuir, aunque sea un poco, a que otros también puedan hacerlo.
La lucha no siempre es épica. La moral del confort como símbolo de rendición adinerada. A veces consiste simplemente en no dejar de ser. Bad Bunny representa al artista que lucha y de eso es de lo que debemos tomar ejemplo. La lucha, que no termine jamás. Porque tras la lucha viene el confort y que el confort sea lo justo para descansar porque aquí, queridos camaradas, hemos venido a perderlo y ganarlo todo.
Quieren quitarme el río y también la playa
Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya
No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai
Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a HawáiCanción: Lo que le pasó a Hawaii
Autores de la canción: Ramos Flor Ramito Morales / Marcos Efrain Masis / Marco Daniel Borrero / Benito Antonio Martinez Ocasio / Roberto Jose Jr Rosado Torres / Luis Amed Iziarry / Jay Anthony Nunez

Me gusta tu estilo, me gustas tú (Manu Chao)
Me gusta la Super Taza, me gusta el señor Benito
Me gusta tu lenguaje, me gustas tú
Me pongo en paz con mis culpas cuando siento que lo transmitido con pasión a nuestros hijos les puede aportar estructura y pilares con los que construir una identidad y una moral.
Gracias infinitas y felicitaciones Esther, por dar voz y música a los despreciados, humillados, ignorados y maltratados. A los indios americanos, genuinos nativos no se les ocurrió hacer un ICE (Felicidades al gran Idígoras por su viñeta), ellos tenían otro «lenguaje», hablaban de la madre tierra, el hermano sol, la hermana luna, el hermano río y el hermano árbol, que iban a saber esos»ignorantes», de la vida, por eso los masacraron, engañaron y manipularon. Y siguen.
El poder corrompe y se corrompe, sencillamente porque puede. El mismo verbo con el que se puede cometer las mayores atrocidades, con impunidad además. Versus: pederastía.
Que bonito escribes sobre el lenguaje y los hijos, en los dos hay dolor y sangre.
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