«Unable are the loved to die, for love is immortality.»
— Emily Dickinson
Comprendo que cuando estamos en duelo popularmente se crea que tenemos que superarlo cuanto antes, aunque no estoy de acuerdo. Puede parecer como un proceso de adaptación, pero no a un estado transitorio sino a una transformación de la percepción propia del acto de vivir. Lo que se presenta cuando ponemos los pies en la tierra mojada es que es un verdadero crecimiento postraumático.
A propósito de la buena acogida de mi cuento, Sofía y el misterio del cielo, me han invitado a dar una charla coloquio sobre el duelo en el Ateneo de Coín (muy agradecida, afirmo desde aquí). Mi charla se titula «La catarsis del duelo». Aprovecho la ocasión para invitarte a venir. Primero haremos la presentación del cuento a las 18.00 h y luego, a las 19.00 h, será la charla.

La catarsis no es solo una forma de soltar emociones, sino que permite transformarlas y darles significado. Es una vía de reducir esa tensión psíquica de la que a veces no sabemos salir solos, pero necesita de una revolución de significado de esa presión, la expresión consciente de emociones reprimidas. No sucede si solo nos dedicamos a desahogarnos o a sacar de nuestro pecho sin reflexión posterior, sin integración de lo examinado. No se trata del drama por el drama, sino del drama como tránsito y vehículo de un resultado creativo. Y, de hecho, se siente el alivio cuando se evita la queja o el vómito psicológico y se sustituye por un volcado consciente y más creativo, con cierto diseño orgánico, de lo que nos duele. Al final, para lo que a mí me sirve es para saber que he cambiado estructuralmente mi manera de entender la vida y mi yo más esencial tras el dolor del trauma, la pérdida y la ausencia de mi hermano.
Es difícil apuntar estrictamente qué es eso en lo que he crecido porque no siempre la evolución se manifiesta de forma tan evidente. Lo más importante es acerca del sentido de la vida, la percepción acerca de para qué estoy aquí. Y si estoy aquí, además, por un motivo solo y exclusivo. ¿Acaso el sentido de la vida no puede fluctuar o cambiar en función de la etapa vital? Mi hija no dirá jamás que el sentido de su vida es desarrollarse o dejar un legado que le sirva a otros; a través de sus seis años y medio podrá responder (porque la pregunta seguro que la entiende) que «el sentido de su vida es jugar y estar con mamá». Por tanto, el sentido de la vida no es ni cosa solo de adultos ni de una sola cosa en exclusiva.

Una escena funeraria monumental sin idealización religiosa. Courbet muestra el duelo cotidiano, crudo y colectivo, alejándose del dramatismo heroico tradicional. Fue revolucionario porque trató el dolor común como tema digno de gran formato.
En el duelo no solo he liberado emociones a cada vez que he puesto la atención en ello, sino que he reorganizado mi identidad. En mi caso, me ha ayudado a ver a Esther a la luz de otra lámpara o, quizás, al deslumbre de otra galaxia. Pero esto no me ha pasado porque el duelo trae magia, sino porque me puse manos a la obra con el dolor. Tardé cinco años en empezar a mirarlo cada vez más de frente. Antes de esto, una vez mi hermano hubo descansado, solo pude huir hacia delante. Así que me resulta evidente decir que navego entre nuevas percepciones del sentido de la vida. O a lo mejor es que, de vez en cuando, una no sabe muy bien cuál es.
A raíz de la muerte de mi hermano pasaron cosas dentro de mí y sentí que todo aquello con lo que antes podía, ya no funcionaba. Cerré etapas, dejé mi trabajo, abandoné relaciones, perdí amistades. Mi familia se rompió por la mitad, literalmente. Y cuando todo el mundo veía la fortaleza, yo trataba de no ahogarme en el dolor de mi madre y en la pena oscura de mi corazón. Por eso ya no puedo estar tomando café y hablando sin decir nada, a menos que esto fuese para ayudar a alguien a sentirse mejor. Si se trata de ver cómo yo me siento mejor, no es alrededor de muchas personas a la vez; sino dándome el permiso de seleccionarlas en función de mi capacidad energética de cuánto esfuerzo puedo invertir en estas relaciones. Sin hacer daño intencionadamente, pero siendo cada vez más firme en seleccionar a mi círculo más íntimo. A veces esto resulta en agravios sin intención.

Me sigue costando bastante lo de la compasión, por ejemplo. Incluso, me enfada el uso. Observo que muchas personas interpretan lo de tener compasión como un ejercicio de pasar todo por alto, de no ser estrictos con los valores morales y éticos de cada cual o con lo que uno considera un bien universal, es decir, algo que vale para todos por igual. Tener compasión de alguien es también decirle la verdad cuando llega el momento y estar al lado cuando lo necesita aún cuando no entendemos su circunstancia. Pero no es perdonarlo todo, no es no nombrar las cosas, no es callarse por evitar el conflicto (y eso que soy muy pro de no incendiar el conflicto). Así que cuando alguien se escuda en su duelo, en su dolor, para no esforzarse ya nunca más en ser mejor persona se me quitan las ganas de ser compasiva. Y no pido permiso para ser así ni me disculpo por ello. La palabra compasión es difícil de usar porque es complejo el ejercicio. Ser compasivos es ser también muy inteligentes con nuestros actos y con nuestras palabras. Y esta reflexión me lleva al reconocimiento de que, efectivamente, fui reconstruyendo mi sistema de valores y re identificando aquellos símbolos con los que puedo identificarme ahora mejor, ahora que la tragedia pasó por mi vida, ahora que el dolor ha venido para quedarse y la emoción a veces me sobreviene y solo rezo por estar sola en ese momento y poder llorarla en el silencio de mi corazón. No le deseo mal a ninguna persona, pero ojalá el ser humano fuese capaz de relativizar el día a día, desgranar lo importante sin necesidad de que algo muy jodido se le cuele en medio del pecho y ya no se lo pueda quitar de encima jamás.
Me sobreviene siempre un sentimiento de grandísima fuerza interior, no he hecho nada en especial para cultivarlo. No estoy segura de si he nacido con ello, probablemente no, pero se siente como si siempre hubiera estado ahí. Como los planetas y las galaxias que siempre flotaron en el cielo aun cuando no sabíamos entender lo que veíamos lanzando los mirada hacia arriba. Transpira de mí la fuerza, no me pongo a evitarlo. Seguramente es mi mayor virtud, el seguro de que por bestia que el viento sople, no termina de quejarse la brecha definitiva. Y tampoco es verdad del todo, porque sí que me he roto antes. Lo que pasa es que no me reina el resentimiento. Y sobre esto, tampoco tengo poder. Y menos mal.

La catarsis modifica ese sistema de significados que ha organizado mi identidad y no me he propuesto olvidar a mi hermano, sino todo lo contrario. A veces pienso en esas cosas que me quedaron por explicarle, decirle o hacer con él, siento la injusticia, me invade la pena, muy aniquiladora; pero me he dado cuenta de que esos momentos (aunque hago esfuerzos por evitarlos, siempre terminan por suceder) funcionan como escritores que trabajan exclusivamente para mí y en mi mejor interés. Como si se dedicaran a reconstruir mi narrativa personal de modo que yo sepa integrar cada vez mejor la pérdida y la ausencia de mi hermano en mi propia historia vital. Me he visto cuestionándome un montón de creencias que tenía de antes y en ese proceso tomé decisiones, como decía antes, un viraje profesional y personal, una nueva luz para todo. Y no fue fácil, apenas nadie me ayudó; pero creo que casi es de eso mismo de lo que se trataba en mi caso, despojarme de toda la protección superficial, poder ver qué había quedado después del tsunami de la muerte. La reorganización narrativa de mi yo más auténtico.
Está muy bien eso de hablar de las emociones, de sacarse las cosas del pecho, pero la mera expresión emocional no produce transformación por sí sola. Es decir, llorar por llorar no genera transformación, aunque sí desahoga la tensión psíquica. Gritar por gritar, hace más daño que otra cosa. Callar por callar, no recoge autoconocimiento. Lo que transforma es la integración reflexiva, saber por qué estoy llorando, entender la clase de llanto, dejarlo salir y observarlo después. El llanto, sean lágrimas que salen de los ojos, sean palabras ahogadas de dolor. Para mí, lo que más me ha ayudado ha sido darle significado a lo absurdo del dolor, es decir, que a veces uno clama al cielo exigiendo responsabilidades y eso mismo es lo que a uno le dice que la respuesta está por dentro. La paradoja está precisamente en esa transformación sin que nadie tenga que venir a salvarnos. El crecimiento me surgió de ese trabajo silencioso que me estaba ocurriendo dentro, cuando ese dolor me atraviesa cada vez y no lo he negado, y siempre quiero cerrarle la puerta. Prometo que no soy la mujer más valiente que conoces. Quiero desmontar dos ideas muy extendidas: que alguien externo nos «arregla» o que el duelo se resuelve solo con el paso del tiempo (¡y eso que yo creo en la terapia!). Lo cierto es más humano y menos espectacular: cada persona hace su propio trabajo interior, sí, pero yo solo lo he sabido hacer en contacto con en ese delicado equilibrio entre intimidad y puerta entre abierta. Hay una verdad incómoda, además, que he descubierto y es que no todo duelo, realmente, produce crecimiento. Algunas personas desarrollan un duelo complicado, eso que se llama duleo cronificado, y de esto es muy difícil zafarse. Y es cierto que el crecimiento también coexiste con dolor persistente muchas veces. No sé si es exactamente lo que a mí me pasa, pero la pena es compañera.


Henry Ford Hospital — Frida Kahlo (1932). Una obra brutalmente autobiográfica: Kahlo pinta su aborto espontáneo y el duelo por la maternidad frustrada. El cuerpo aparece como campo de batalla emocional. Es un ejemplo temprano de duelo íntimo expuesto sin idealización. Además de verla a ella postrada en la cama de ese mismo hospital pintando. En plena catarsis.
La síntesis profunda de la catarsis del duelo que yo puedo ofrecer ahora es que acepté pronto la pérdida, pero no acepté la ausencia del todo. Para ponerme en paz con esto han tenido que pasar los años, he necesitado escribir muchas veces, publicar un cuento, hablar mucho en público de mi dolor, exponerme en mis charlas, y llegar a darme cuenta de que lo que me estaba pasando era una absoluta metamorfosis del ser, estaba reconstruyendo el significado de mi vida a través de la ausencia de mi hermano pequeño, de sus pasos tranquilos hacia su propia muerte. Me vi con otros ojos, con esos que son más auto compasivos, porque nada más que hago cosas por la paz: la propia y la de los otros. Cuando los otros no están en paz conmigo, no es por mi deseo de conflicto, sino por sus complejos y contradicciones propias. He sabido cómo encajar que mi forma de ser y de pensar no se parece a la de los demás, y desde ahí comenzar a vivir sin pedir el permiso para ello.
La incertidumbre que presenta la vida es dura, muy tirana. Luchar contra ella es nada contracorriente. Y, por fin, empiezo a ver mi nueva casa, esa persona que es la misma pero no. Nada de rescatarme, nada de curarme; seguir adelante y honrar mi identidad. La catarsis del duelo como la obra de arte divina y cósmica que somos todos al final.
Un abrazo.
Esther
