El sombrero

De aniversario con mi activista interior.

Esther Ráez

Es noviembre, 2025. Ya hace dos años que lancé mi proyecto de vida y de trabajo, Comunicación y Creatividad Brutal. No me resultó nada fácil, pero no podría haber hecho nada mejor (incluyendo lo caro que es buscarse la vida en solitario, el rechazo ante lo que los otros creen que es tu éxito y la ausencia de sororidad).

Las preguntas siguen siendo las mismas y se van añadiendo otras al camino. No estoy buscando respuestas todo el tiempo, sino reflexión permanente. Me cuestiono si estoy en el camino correcto, si es posible todo eso que yo tengo en mi cabeza. Duro, el trayecto fue duro y lo sigue siendo, pero… ahhhh, si pudieras sentir mi exhalación. Es tranquilidad, es alivio, es gloria.

¿Es posible comunicarse? La respuesta corta es NO. Es que me lo preguntan mucho, que si es posible hacerse entender, que cómo uno puede estar seguro de que le han entendido del todo o correctamente, que si uno sabe decir lo que realmente quiere decir… y del otro lado, sobre el pragmatismo del lenguaje. Que cómo voy a decir que no se puede, que si me dicen: tráeme un vaso de agua, que si acaso no le he entendido. Si el ser humano fuese solo pragmatismo, jamás hubiera entrado en procesos creativos de ningún tipo ni en la búsqueda de la felicidad, el amor o el placer.

Si el ser humano fuese únicamente pragmático, jamás habría creado arte, escrito literatura, compuesto música ni explorado ninguna forma de creatividad. Tampoco habría buscado la felicidad, el amor o el placer, porque estas búsquedas no siempre producen un beneficio tangible ni garantizan supervivencia. La historia de nuestra especie demuestra que trascendemos la mera utilidad: imaginamos, sentimos y soñamos más allá de lo estrictamente necesario. Esta capacidad de ir más allá del pragmatismo puro es lo que define nuestra humanidad.

Cada vez que pienso en esto me pongo la ardua tarea de encontrar una respuesta absoluta. Soy como una especie de talibana de las descripciones, como si para poder saltarme la norma de la etiqueta, de la descripción oficial, tuviese que conocer y comprender estrictamente esa misma norma que pretendo saltarme. Total, que para poder hacer esto me veo buceando en unos tres aspectos de lo que yo considero más o menos certero: un aspecto filosófico, otro psicológico y otro práctico. Y ninguna de estas perspectivas las he contrastado con ningún filósofo, psicólogo u otro ser humano aparte de mí misma.

Voy a decir que, por ejemplo, desde un punto filosófico totalmente personal y no contrastado, comunicarse es imposible y también inevitable. Lo es así porque el lenguaje nace de un abismo, es una traducción, no una transmisión. Lo que yo digo no es lo que tú entiendes, sino lo que tu mente traduce a partir de tu experiencia, tus heridas, tus símbolos, tu memoria. Como si no pudiera existir un campo neutro entre tú y yo. Ni siquiera cuando usamos las mismas palabras compartimos exactamente los mismos significados. Lo interesante de todo es pensar en que el límite de mi lenguaje es el límite real de mi mundo. Y aunque estos límites no son estáticos porque tratamos de romperlos cada vez que hablamos, escribimos o amamos, la comunicación sigue siendo una forma de esperanza ingenua que recuerda a eso de tratar de conectar con lo incontactable. Acuérdate de eso de pensar en un elefante: lo que tú has pensado y lo que yo he pensado, muy probablemente, no se parecen mucho. Necesitamos generar la visión del elefante y todo lo que a ella se refiere, pero no podemos conectar con la misma visión una vez generada por nuestro cerebro. Comunicar parecería más un acto de fe que otra cosa.

Si lo abordamos desde un punto de vista más psicológico o psicoanalítico, comunicamos muchísimo más de lo que creemos, pero no realmente lo que creemos comunicar. Incluso cuando el lenguaje verbal falla, el cuerpo, la mirada, el tono, los silencios y las contradicciones comunican. Claro, es que es imposible no comunicar. Pero, atención, comunicar no es entender. Entenderse. El inconsciente también habla y, casi siempre, con más claridad que las palabras. Las proyecciones, los lapsus, los gestos, y las omisiones dicen o que la razón censura. Por eso, la comunicación real exige un nivel de autoconocimiento que no veo a menudo en las personas que conozco. La comunicación auténtica ocurre cuando hay sintonía emocional, más que claridad verbal.

Otro punto de vista que me gusta es contemplar la idea de que comunicar no es tanto sobre transmitir algo, sino más bien acerca de construir una realidad que sea compartida. Esto es como un fenómeno sociológico, una estructura social que se respeta porque tácitamente muchas personas o un grupo grande de ellas así lo estiman. Cada mensaje crea vínculos, identidades, roles y pertenencias. La comunicación moldea el tejido social al que eprteneces: no se trata solo de palabras, sino de los significados que se establecen en comunidad. En este sentido, comunicar es existir en relación. A mí, pensar en esto me parece importante.

Diane Keaton and la película de Woody Allen, Annie Hall.

Me pasan cosas increíbles: mi primer cuento ilustrado está a punto de ver la luz (la primera semana de diciembre estará en todas las librerías de España, esto es mucho decir). Un sueño hecho realidad. Todas las sensaciones que he venido experimentando a través de la escritura, el envío del manuscrito, la búsqueda de editor (esa respuesta de mi editora, ¡fueron tres editoriales las que se interesaron por mi manuscrito!)… podría dedicar muchísimas palabras a explicarlo, pero solo diré que está siendo uno de los viajes más extraordinarios en los que me he embarcado. Y puedo describir otras cosas increíbles que me vienen, como esto de estar hablando con sanitarios, doctores y personas ilustradas de la medicina sobre cómo revelar un diagnóstico desfavorable a un paciente, que yo les diga cuál fue mi experiencia y cómo pueden hacerlo mejor es algo que jamás pensé llegaría a ser relevante. Ni siquiera pude imaginar que esto se daría lugar en foros donde mi testimonio y mi especialidad en comunicación fuesen necesarios. La medicina. Y no solo son estas cosas las que pasan. Hay otras.

A pesar de que la comunicación es casi inviable, algo uno sí puede lanzar al otro y esto es estar presente. Estar presentes es lo más desafiante de todo y, cuando lo estamos, entendemos mejor, mucho mejor. Ese médico que desvela esa mala noticia no quiere entrar en contacto con lo que sentiría si se volviesen las tornas y por eso se aleja a miles de kilómetros emocionales. Esa persona a la cual amamos se ausenta porque su realidad es difícil, porque no está satisfecha, porque prefiere mirar a otro lado y le falta valor o recursos para hacerlo. Y nosotros nos ausentamos por las mismas razones, porque estar presente es muy exigente y el mundo hoy requiere de absolutamente toda nuestra atención para idiotizarnos. Revélate y siente ahora. Conoce a tu activista interior, dale voz, siempre es de adentro afuera.

Así que retomé mis buenas costumbres y me coloqué mi sobrero de otoño. Porque quien se viste con sombrero se reconoce, aunque parezca que se cubre. O como dijo Christian Dior en su día (o eso he oído): «Sin sombrero no existiría la civilización». ¿No te da mucho que pensar? Me gusta mucho cómo el sombrero me anuncia la presencia, especialmente donde yo vivo que, a pesar de ser Marbella, no hay mucho hábito de sombrero en invierno si no es de playa y como refugio del sol. Y camino con sombrero eese territorio que es invisible y que se me quiere robar todo el tiempo: el espacio propio, mi presencia que a quien tiene que acompañar es a mí misma la primera.

Dos años de Comunicación y Creatividad Brutal, iniciando una nueva etapa. Esa en la que no sé qué va a pasar, esa en la que resulta increíble cómo la vida se moldea a sí misma y cómo voy cicatrizando esas heridas a las que ya les toca cerrar. Más controversia, más autoridad ética, más de lo mismo mío. A contemplar con sombrero de ala ancha. Honestidad Brutal.

El sombrero.

4 comentarios en “El sombrero

  1. «El límite de mi lenguaje es el límite real de mi mundo» Olé, porque no se puede resumir mejor.

    Siempre que te oigo hablar (o te leo) sobre la comunicación, me acuerdo de esa entrevista en la que le preguntan a Einstein, que si podría explicar, con palabras sencillas, qué era la teoría de la Relatividad. A lo que él respondió, eso es como si le pidiésemos un huevo frito a alguien que no sabe lo que es un huevo, ni el fuego, ni el aceite.

    Tu vida es muy interesante, por eso te pasan cosas tan increíbles.

    “La escritora dejó su sombrero sobre la mesa.Cuando volvió, las palabras lo llevaban puesto.”

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  2. «El límite de mi lenguaje es el límite real de mi mundo» Olé, porque no se puede resumir mejor.

    Siempre que te oigo hablar (o te leo) sobre la comunicación, me acuerdo de esa entrevista en la que le preguntan a Einstein, que si podría explicar, con palabras sencillas, qué era la teoría de la Relatividad. A lo que él respondió, eso es como si le pidiésemos un huevo frito a alguien que no sabe lo que es un huevo, ni el fuego, ni el aceite.

    Tu vida es muy interesante, por eso te pasan cosas tan increíbles.

    “La escritora dejó su sombrero sobre la mesa.Cuando volvió, las palabras lo llevaban puesto.”

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  3. «El límite de mi lenguaje es el límite real de mi mundo» Olé, porque no se puede resumir mejor.

    Siempre que te oigo hablar (o te leo) sobre la comunicación, me acuerdo de esa entrevista en la que le preguntan a Einstein, que si podría explicar, con palabras sencillas, qué era la teoría de la Relatividad. A lo que él respondió, eso es como si le pidiésemos un huevo frito a alguien que no sabe lo que es un huevo, ni el fuego, ni el aceite.

    Tu vida es muy interesante, por eso te pasan cosas tan increíbles.

    “La escritora dejó su sombrero sobre la mesa.
    Cuando volvió, las palabras lo llevaban puesto.”

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