Tallo verde

DESTELLOS DE UN MATRIARCADO

«Lo increíble es la verdad», Javier Sierra en Un plan maestro.

A veces no vibro tan alto.
Días en los que el cuerpo pesa más de lo habitual, los pensamientos se arremolinan y todo parece ir un poco cuesta arriba. No es drama; es cansancio. Es la simple evidencia de que no siempre puedo sostener mi propia energía sin que algo en mí pida tregua.

A veces me descubro preocupada, exhausta, observando cómo mis planes se deshacen o se resisten a materializarse. Y sin embargo (en medio del ruido interno, de la rebelión silenciosa que nadie ve, oye ni huele) aparece algo. Algo pequeño, casi imperceptible. Un destello.

Es como si, en los pliegues de esa inconformidad que me habita, se encendiera una luz lenta, obstinada, que no pretende iluminarlo todo, pero sí recordarme quién soy cuando ya no me esfuerzo por serlo.

Hay una fuerza que no es mansa ni complaciente. Una que no se acomoda en la calma artificial del «todo va bien» porque sabe que la verdad se mueve entre los escombros. Esa fuerza es la que me empuja a seguir; no porque no duela, sino porque en el fondo sé que cada grieta me muestra un matiz nuevo de poder. El mío no es un poder que se impone. Es un poder que se reconoce, que se recompone, que a veces se esconde para poder volver más consciente. Un poder que no necesita nombre, ni aplauso, ni manifiesto.

Quizá sea eso a lo que llamo matriarcado:
una forma de sostener el mundo sin tener que controlarlo, de sentir la herida sin dejar que me defina, de avanzar incluso cuando la propia vida se vuelve terreno empinado. Y aunque no se adapte bien a ese nombre, sé que cada vez que lo reconozco, algo se ilumina.

Por andar más concreta, me propuse comenzar a vestirme para las mujeres, hace mucho ya. No para los hombres, sino para ellas. ¡Ah! Qué liberación. Resulta que las mujeres somos feroces, lo somos con todo y lo somos con nosotras, contra nosotras, contra todo. Pero, ¡alas! cuando hacemos comunidad. La mirada femenina es iracunda, pero cuánto amor contiene, por dios. Si quieres, te das cuenta de todo. Me vestí el primer día para ellas, para mí, a fin de cuentas. Al rescatar prendas de segunda mano, añadir joyas de colores y formas absurdas y, literalmente, intervenir (rehacer, modificar) con mis propias manos la ropa que ya tenía, empecé a sentir el female glaze más que nunca; esa mirada femenina que no quiere ser observada, sino ser expresada. Qué sutil acercamiento al matriarcado más bestia.

Como siempre me creí que no era buena con las plantas, solo me funcionaba tener orquídeas, que, básicamente, no tienes que hacerles nada para que sobrevivan. Cuanto más las molestes, peor. Más o menos como me pasa a mí. Pero recordé el placer de verlas verdes por el tallo, casi más que cuando veo las flores… y las recuperé. Dos orquídeas olvidadas y enfermas que ahora están en proceso de vuelta a la vida. Y así me he servido de ellas para incluir otras plantas de color más verde en casa, y a Sofía la invito a mirarlas y a regarlas y a echarle un vistazo al pimiento habanero, que nos acaba de dar tres pimientos mini, rojo fuego. Y resulta que, aunque no voy mucho al campo, me gusta mucho subir a Istán y abrir la ventana del coche conforme vamos llegando al pueblo, porque por allí arriba huele a verano fresquito y sabe el agua mejor. Porque yo, cuando estaba embarazada, cogí lo más auténtico que pude de mí misma y me quité la laca de uñas y todas las producciones porque venía mi hija; porque ella tenía que verme y olerme con sus sentidos a estrenar, y yo tenía que ser la madre naturaleza para ella y que no se sintiera tan diferente el útero por dentro como por fuera. De las orquídeas me vine a la exterogestación porque es el destello más pequeñito de matriarcado y, sin embargo, sin él ninguno de nosotros estaría aquí.

No sé por qué de pronto la vida animal o la de las plantas me pilla como si fuera la primera vez.

Me pongo a escuchar muchísima música que es diferente a lo que suelo escuchar, me encanta la sensación de estar oyendo algo que no conozco. Y, de lo que sí conozco, me lo inoculo en vena cuando puede ser en directo, a todos los conciertos que pueda, sin excepción, y siempre que tenga ocasión. Ya no soy comedida en esto. Tengo la impresión de que decimos que nos gusta escuchar cosas nuevas porque se supone que es lo abierto y progresista decir, como que estamos abiertos a lo diferente, a lo ajeno. Y esto, sencillamente, no es verdad. Nos pasa como a los niños: necesitamos escuchar la misma canción, el mismo grupo o el mismo estilo una y otra vez sin parar hasta que algo en nuestro interior hace clic. Lo sé porque a mí me ha pasado, y me pasa aunque esté en otro línea vibratoria ahora. Mi hija (todos los niños) quiere que le cuente el mismo cuento una y otra vez y no es porque le sorprenda el final o la escena más emocionante; es, precisamente, porque no quiere ni la sorpresa ni nada demasiado emocionante, quiere sentir el confort y la seguridad de conocer los datos, el desarrollo, lo que viene después y lo que va a sentir. No somos diferentes de los niños para esto. Así, pues, mejor dejar de decir que te encanta escuchar música nueva y descubrir artistas, a menos que lo desconocido sea de verdad lo que quieres sentir. Y aquí centellea esa mariposilla que va del oído al pulmón derecho y que baja a las entrañas, porque ella me dice que eso es un reclamo femenino muy muy antiguo: escuchar lo que te dé la gana (que sea femenino te lo dejo a ti explicar).

Por otro lado, algo que parece estar de moda decir es eso de hacer tribu con otras mamás. Esto a mí no me funciona. Y no me funciona no porque yo sea de otro planeta o quizá lo sean ellas, sino porque el entorno en el que yo vivo no practica demasiado la sororidad. No quiero entrar mucho en esto de la falta de hermandad femenina en mis círculos, pero sí puedo decir que aunque a mí no me llegue el destello, sé que en algún lugar está incandescente y que las mamás adecuadas están en el camino. Es solo que yo aún no he llegado a iluminarlas a ellas para poder verlas. O a lo mejor no. También es bastante matriarcal esto de encontrarse sola en un grupo tan inmenso o tan pequeño, sin nadie que se arrime de verdad.

Puse mucho blanco en casa, y lo hice porque había que cambiar el mobiliario, porque lo de antes era de otros y no había forma de quererlo. Y ahora que está blanco solo quiero darle todas las notas de color, esos trazos que son los míos, los de Esther, con dibujos de Sofía por todos lados y cuadros nuestros aquí y allí. Que lo impoluto y lo beige y lo anodino se siente muy castrante, que no podemos llamar la atención con unas faldas que todos miren de tantos volantes y lunares o formas raras, que si la camisa es rosa y roja y verde y tiene un cuello estrepitoso, y que los pendientes y las gafas de pasta color azul añil brillante; que a mí me gustaría dar la nota con la ropa y con los cuadros y con la casa y con todo, sin que nadie se ofendiera y que, si llega el momento de ofenderse o de la crítica, que me resbalase como si ese día fuese entera vestida de látex húmedo. Que yo ya no me visto para ser halagada y no molestar, que yo me visto para estar cómoda en mi cuerpo y ahora quiero llegar a vestirme como si nadie jamás me estuviese mirando. Ni tú ni las mujeres ni los hombres. Y, así, con toda la casa. Y traer lo vintage de mis recuerdos al presente. Y una foto tuya de pronto. Por qué no. O acaso no es eso lo que han hecho siempre las madres, colgar fotos por toda la casa.

Y que si es por la comida, que no soy la mejor cocinera pero sí. Porque a mí me gusta la sensación de comer lo que yo hago. Y voy a por cualquier cosa que me guste, olvida ya las dietas, Esther. Olvida la presión de la delgadez y de la gordura, porque eso es una forma de control machista y muy rancia. Deja las cremas y las rutinas de limpieza del rostro, los tratamientos y todas esas cosas. Y no hagas nada más, déjalo todo quieto un rato, un tiempo. Así hice yo. Como cuando estás gestando y te tocas la barriga y te preguntas qué parte se estará formando ahora, si es verdad que los médicos saben tantas cosas sobre nacer. Porque de la chispa divina nunca hablan, pero todo comienza ahí, un chispazo eléctrico, para el universo y para el ser humano y para todo, en realidad. Porque si no me hubiese parado, si no me hubiese tranquilizado, no tendría ni idea de qué suelo estaba pisando. Tan llano como eso. Y, entonces, me gusta más un trozo de panal de abeja que un bote de miel entero. Aunque lo consigamos a precio de oro. Pues, bien pagado está. Si, a fin de cuentas, esa proporción áurea no se puede pagar con nada más que con respeto. ¿Has visto alguna vez un panal de miel recién recolectado? ¿Lo has tenido en tus manos? ¿Sabes que las abejas lo hacen a hexágonos perfectos? ¿Y cómo lo saben? ¿Cómo las mujeres hacemos personas? ¿Cómo lo sabemos? Lo hacemos porque mientras gestamos, paramos, aunque sea metafóricamente. Y, ciertamente, el mundo deja de girar porque tú estás haciendo a tu bebé.

Me ha costado un poco entenderlo, pero una de las decisiones más poderosas que he tomado recientemente y más revolucionarias es la de trabajar menos. Lo digo así de pronto, pero n es trabajar menos, sino trabajar con muchísima más conciencia de mi esfuerzo. Eligiendo escrupulosamente mis batallas. Aceptar, como autónoma que soy y sufriente de ello (porque ya no existe otra lectura que el padecimiento del recurso del autónomo), que se puede con menos para poder tener más. Y nada más matriarcal que dejar de esforzarme el doble por cosas que puedo conseguir más fácilmente. Y que, si no es ahora mismo asequible por las razones sociales, económicas, de brecha salarial o de género que sean, pues mi mejor arma es la rebelión, la lucha por el descanso, reivindicar ocupar más espacio para hacer menos con él. ¿En qué momento nos pareció buena idea seguir gestando, pariendo y criando y entrar en el mercado laboral en esas mismas condiciones? Menudo engaño. Es que ya ni derecha ni izquierda, más sentido común. No se puede criar y trabajar a destajo y estar bien de la cabeza y atractivas sin molestar a nadie. Esto no es posible. Lo vamos a hacer todo, pero no todas lo haremos todo a la vez. Unas harán unas cosas y otras haremos otras; y, así, llegaremos a ese sitio que tanto ansiamos en conjunto. No sé qué sitio es, la verdad, pero sé que este de aquí de ahora no. Igual, ese destello del matriarcado que me acompaña me sirve de faro. Y ¡menos mal! Porque si no, ya me habría tropezado con mi propio pie demasiadas veces.

Yo quiero ser alguien que inspire, eso es todo. Porque sin la inspiración se te va la alegría corriendo por la ventana y el alma se te aplasta en los pies. Es necesario mantenerse inspiradas, porque viene siempre lo malo, la tristeza, la pena, lo que no hice bien; y en esos momentos se atraviesa la noche oscura del alma. Y, cuando ya llegas al final y va a amanecer, inspirarse es un comenzar de nuevo. El destello del matriarcado, nueva fuerza, otra mirada femenina más amable y considerada con la verdad; una que toma parte, que activa la resistencia a lo dañino y se acuerda de mantenerse en el calor de la comprensión. Que te inspire, más que otra cosa.

Hasta la próxima.

Lo increíble es la verdad. Destellos de un matriarcado.
Esther Ráez, bastante contenta y vibrando bajo.

3 comentarios en “DESTELLOS DE UN MATRIARCADO

  1. Lo increíble es la verdad.

    Si, es increible lo que dices y como lo dices. Eres la persona menos controladora y entrometida que he conocido, eso también es como disonante en nuestro sistema. No quieres manejar a las personas, ni a las plantas, ni a los niños, ni a los animales… Para mí que es una virtud.

    Lo que si te he visto controlar es tu trabajo, tus asistencias, tus participaciones, el respeto a los demás y a su trabajo.

    Es magnífico, están floreciendo las orquídeas de tu alma, cuidas una maceta con la misma delicadeza que aliñas un Bulgogi y regalas alegría cuando descubres que abres camino, que a veces es que hemos puesto el candil donde no era y es por eso no vemos.

    Este post da margen para jugar a eso de, … y si fuera un cuadro, cual sería?, si fuera una peli, y si fuera una canción, y si fuera una comida, y si fuera un animal, y si una emoción…?

    Gracias, enhorabuena, sigue, siempre, sigue

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