La diosa y la madre

Muy sencillo: para llegar a esa cueva donde te quieres refugiar, primero tendrás que atravesar todo el camino. Y la metáfora sirve para absolutamente todo, porque yo no he visto ninguna cueva misteriosa y llena de conocimiento y secretos poderosos que esté a pie de calle; así como que bajando de tu casa, al lado de tu portal. A la vuelta de la esquina.

La cueva es ese lugar que no está afuera, sino adentro. Aunque a veces se materializa y toma forma de una relación sana, de una maternidad con presencia o de un saber poner un límite con cariño. No estoy segura del número, pero más de un millón de millones de formas diferentes que tiene esa cueva, eso sí. A mí se me pone muy complicado el hacerme dueña de todos los momentos que me corresponden como ser humano. Y se me viene muy obvia la forma en que constato que el ser humano es lo terrenal y lo divino, lo poderoso y lo débil, lo bueno y lo malo, sí. Arriba y abajo, dentro y afuera. Contradicción.

La Diosa y la Madre, las dos en su misma cueva. Dos conceptos profundos, ancestrales y polifacéticos, como cualquier mujer de antes y de hoy. La Diosa como arquetipo del poder creador femenino, me representa como principio femenino sagrado y universal como símbolo de fuerza, creación, destrucción y renacimiento. Canal de vida. La Madre como al vínculo, la raíz y el cuerpo físico. Es, en realidad, la forma que me parece más tangible de mujer en este mundo que yo vivo. Resultaría más fácil describir a una madre que a una mujer, ¿verdad? Recuerda al vínculo primero, a la presencia constante de cuidado, la fuente de la atención. Y lo más poderoso de la Madre es que el vínculo permanece poderoso hasta cuando ya no está, tras la muerte y la desaparición física, no es común romper los lazos de inmediato o quizás nunca.

Me gusta pensar que estoy asistiendo a una reconexión con lo sagrado femenino no como algo religioso o lamido, sino como una fuerza vital que ha sido silenciada por siglos de patriarcado. Mi visión sobre el pater que todo lo puede y todo lo invade es radical, incómoda e incorrecta para algunas personas, pero a mí me sirve como posición de salud. Discurrir en mi interior sobre los arquetipos de la Diosa y la Madre es para mí recuperar el cuerpo como territorio sagrado, tener ese derecho de admisión que se nos arrebata a las mujeres desde niñas con ese cumplimiento de lo agradable y la complacencia de los demás. No te desbarates mucho, que los otros tiene que sentirse a salvo a tu lado. Tener el derecho sobre el deseo de tener hijos es algo que debe ser de nuevo conquistado porque, aunque yo siempre quise ser madre, a mi edad y con mi gravedad tampoco estoy segura del todo. ¿Fue este un deseo inducido? ¿Es de verdad una necesidad biológica? En mi caso, yo creo que sí, pero de lo otro hay mucho y pesa quintales. Una maternidad elegida y consciente, no impuesta: solo con analizar las causas que nos llevan a ser madres ya habremos caminado mucho de ese trecho que nos conduce a la cueva de la que hablaba al principio.

En muchas culturas, la Diosa no es sumisa ni decorativa. Representa la sabiduría primordial, la naturaleza misma, la inteligencia emocional encarnada. Se la asocia con la Luna, la fertilidad, los ciclos y la intuición. Una vuelta a la naturaleza, eso que sabes que nadie te lo ha dicho expresamente. El conocimiento de tu cuerpo invisible, ese que está por dentro; el que se aleja de la química anticonceptiva, de los productos de belleza invasivos y del lenguaje del antropocentrismo. Acuérdate de la simbología de Gaia, Pachamama, Lilith, Kali, isis, Hécate, Inanna (no sé en profundidad la historia de estas diosas, pero sí sé que fueron y son símbolos imperecederos de fortaleza, sabiduría y creación).

El arquetipo de la Madre carga con mucho: nutre, sostiene, cuida, guía, protege, aunque también se cansa, se sacrifica y se transforma. En mi cultura judeocristiana, la Madre es el vivo ejemplo de la santa o la mártir, y escaparse de esto tiene consecuencias casi mortales. No es más que una forma de distorsionar la verdadera esencia de lo que una madre es, lejos de ser un ser celestial es más bien una canalizadora de vida aceptando su poder real y humano. Desde un punto de vista más psicoanalítico, la Madre es quien enseña el mundo a la hija, pero también la que la enseña a habitarlo sin ella dentro. Si esto no sucede, el árbol enferma sin remedio y la dependencia arruina los procesos madurativos naturales de las personas. Lo esperable es que la Madre nutra y críe a su hija y luego la tenga preparada para verla partir. Y por esto mismo es tan necesario que la Madre use su poder consigo misma más que con su propia descendencia, para hacerse de guía intuitiva mientras transita ese camino hacia su propia cueva. Si la Madre no alcanza el éxtasis de hallarse a sí misma, su hija quedará encadenada a la desorientación de su Madre. De una forma simbólica, la madre no ha de ser necesariamente una persona, sino que puede funcionar como un territorio emocional de espacio seguro, una promesa de contención.

Reclamo el derecho a ocupar espacio y a ser múltiple. No todas las madres encarnan a la Diosa, pero está con ellas si de verdad la quieren conocer. Yo soy la Diosa y también soy la Madre. Quedé unos años atrapada en el vaho que deja la figura de la Madre, el peso que trae la responsabilidad de gestar y parir a un bebé. Escucho mis propios gritos de frustración con los sinsabores de la crianza, de los hijos y de las bocas de los demás que no paran de parlotear. La vida tiene formas de enseñarte muy creativas. Me parecía muy raro poder ser las dos cosas a la vez, poder actuar desde un punto o desde el otro. Y es justo a través de la Madre desde donde encuentro a la Diosa más grande y serena, es solo que aún estoy transitando el camino hasta mi propia cueva. El camino entre ambas figuras está siendo un proceso de integración íntimo, muy privado. Cuento esto en mis escritos justamente como prueba de ello, ya que nada de lo que aquí escribo es realmente público. El deseo, el enfado, la ira, la compasión, la contradicción y la renuncia a la orden del día.

Diosa. Madre.

El mayor acto de reconciliación que soy capaz de abordar es el de dejar de exigirme que la Madre lo contenga todo y que la Diosa lo ilumine todo. Hacer más obvio que las dos viven en mí, a veces, más cansada y a veces más salvaje; que solo tienen que respetarse y acariciarse más. hay días en los que solo sabría ser Madre, y hay otros en los que solo quiero crear, desaparecer, incendiar lo conocido, verlo arder.

No quiero olvidar a la Diosa, así que me pongo a observar mis momentos de creación expansiva, como este mismo y me fijo en esas cosas que no estoy dispuesta a negociar. Mi cuerpo es mi propio oráculo porque me habla desde el útero, desde la piel, desde el deseo, la visión y la necesidad de creación o destrucción. Y, sin duda alguna, la Diosa no ha venido para complacer a nadie, ni siquiera a mi propia hija. No quiero olvidar a la Madre, porque tengo una necesidad innata de transferirme a otro ser humano, como una necesidad física, emocional y energética. Algo que, de no hacerlo, me iría muriendo en vida. Cuando estoy en la Madre priorizo demasiado la estabilidad en detrimento de la transformación y no sé cuántas más pruebas necesito para darme cuenta de que yo debo estar en movimiento interior. Y es llamativa la conclusión: la maternidad es lo más transformador que he experimentado jamás. Abraza la compleja contradicción que te habita. Me voy a dar permiso para sentir la culpa, qué madre existe que no sienta culpa cuando se va a la Diosa… pero lo interesante de todo es que la culpa no domine lo que pienso.

La Diosa inspira a la Madre y la Madre asienta a la Diosa. Preciosa conjugación. Y si la Diosa lo echa todo a arder, que venga la Madre y ahogue el fuego con templanza.

¿Mi energía creativa vive atrapada entre obligaciones o puede expresarse con suficiente libertad? ¿Quién necesita más espacio: la que quiere dar o la que quiere recibir? ¿Cuido desde el amor o desde el miedo?

Ahora responde tú.

3 comentarios en “La diosa y la madre

  1. dices tú : …«Mi cuerpo es mi propio oráculo porque me habla desde el útero, desde la piel, desde el deseo, la visión y la necesidad de creación o destrucción»

    digo yo: ¿quien no ha pasado alguna vez por un útero?, todos hemos pasado por uno , pero no todos entendemos de úteros.

    Eres Diosa y Madre y tienes todo el derecho y el poder sagrados para resguardar , proteger y honrar tus espacios, los físicos y los espirituales. Eres luz y oscuridad e infinita, como el mismo universo. Tu nombre brilla como la Esthrella que eres.

    Bendita seas🙏💫

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  2. Te vuelvo a leer y siento tus reflexiones en un nivel profético. Eres una profeta y te comunicas de manera encarnada. No hay nada de lo que hables que no haya pasado por tu útero y tu corazón. En tu propia carne vives tus «revelaciones y las respuestas lapidarias de tanta gente muerta, en vida, de miedo y desamor.

    Eres una diosa, te admiro y te quiero muchísimo.

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  3. En tu Cueva no puede haber democracia, porque tu ya te ocupas de aplicar tu mejor sabiduría.

    Cuando salgas al ágora en busca de la verdadera koinonía, entonces podrás compartir ideas, pensamientos e incluso un destino, con quienes sean capaces de verte.

    Una Diosa siempre hace lo mejor y si se equivoca, también está haciendo lo mejor para seguir.

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