Hay una magnífica escena en El indomable Will Hunting que, cada vez que viene a mí, me desgarra lo de adentro. Will es un superviviente, un chico duro muy herido, brillante e inteligente, aunque tremendamente despojado del amor de cualquiera. Sean es ese hombre en duelo por su esposa que se convierte en el psiquiatra de Will y que le va a salvar la vida empujándolo a enfrentarse a su dolor. A mí me pasó esto con mi Doctor Salama. ¿Alguna vez has llorado de dolor tan fuerte que te han tenido que sujetar para no caer? A mí sí. No solo una vez. Quizás él no se acuerde ya, pero para mí es como Sean Maguire, amoroso y valiente, tremendamente imperfecto.
En esa escena, Sean le dice a Will sin descanso: «no es culpa tuya». Y Will ya sabe que va a romper a llorar, pero lucha por no hacerlo, igual que yo. «No es culpa tuya». «No es culpa tuya». «No es culpa tuya». Will siente la ira, le asoma la violencia, se defiende. «No es culpa tuya». Llora. Se derrumba. Y ahí, solamente ahí, ese abrazo, ese sostén que parece que es por fuera, comienza a reparar el corazón de Will. Porque el terapeuta se acomoda a ti y te acompaña en el llanto y en el frío del corazón. La rendición del fuerte, bajar los brazos, dejar de luchar.
Solo quien se ha roto, comprende lo difícil que es recomponer las piezas. Y no es que este sea el único motivo por el cual yo escribí este cuento, pero sí que me trae milagrosamente hasta aquí. Ojalá supiera expresar lo importante que es el terapeuta cuando encuentras a esa persona que se compromete de verdad a transitar tu miedo contigo. A mí me sirvió que me quisiera, porque esto también es posible. Y seguí escribiendo hasta que ahora mi hija ya cumplió los 5 años y medio, se me agolpaba la necesidad de crear y las preguntas de Sofía se iban haciendo cada vez más complejas. Que dónde está el tito Pablo, que cómo ha llegado al cielo, que si hay una escalera para subir, que si su cuerpo está allí, que por qué no lo ve si mira hacia arriba, que yo cómo lo sé.
Llegué un día a casa tras haber tenido una horrenda reunión de trabajo y, como siempre me pasa, la angustia se me va a través del teclado del ordenador. Me senté a escribir, no imaginé que me saldría un cuento infantil. Yo soy ensayista. Y resultó ser el reflejo de la inquietud de mi hija Sofía, siempre curiosa, siempre pizpireta, un ir y venir de preguntas y comentarios metafísicos. A mí me gusta mucho hablar con ella. Tiene una mente expresionista y sólida y su vanguardia la hace parecer más mayor de lo que es, pero solo es una niña de 5 años y medio explorándolo todo.
El cuento que he escrito es una conversación con ella, es una forma conjunta de integrar la ausencia de mi hermano en nuestra vida. Ella no ha conocido al tito Pablo, porque nació casi 3 años después de que él descansara, pero para ella es muy real a la vez que intangible. Su necesidad de explicar el mundo que la rodea la lleva a coquetear con la cosmología, el universo, el concepto de lo terrestre y lo celestial, el mundo del alma y el amor.
Este cuento no solo la ayuda a ella y me ayuda a mí, sino que ayudará a un montón de otras familias en circunstancias de duelo y pérdida similares. Ya he recibido bastantes noticias de familias que han reservado su ejemplar para ayudar en su circunstancia familiar, no hay mejor noticia que esta.
Échale un vistazo al cuento en este enlace: https://edita.es/projects/sofia-y-el-misterio-del-cielo/
Prereserva y seguro que a final de verano nos veremos en las presentaciones del libro, una vez llegue a todas las librerías de España. Me da alegría poder decirte que mi editorial es Editorial Carambuco y que me ayuda su plataforma de micro-mecenazgo, Plataforma Edita. Mi editora, Anna, es una mujer sensible y pragmática y, aunque suene contradictorio, la combinación la convierte en una mujer interesante y con valores ético morales que transpiran.
Así, pues, todo cobra sentido y se presenta circular. Muchas gracias por reservar tu libro en el enlace online, me encantará poder firmártelo en las presentaciones.


Uno de tus dones es la capacidad de no guardar rencor. Hace falta mucho coraje para hacer esto, ser capaz de mirar a las personas y las situaciones desde otra perspectiva y además perdonar. Y también hace falta mucho amor para ser capaz de perdonar cuando no te piden perdón y no solo no te dan cariño sino que te escupen su miedo y su estupor.
Gracias y bendiciones eternas por tu amor y tu perdón.
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