Mi pena es un blues japonés

Ya sé que no es un Blues, pero te invito a ver la primera escena del episodio número 1 de The Leftovers. Mira cuando desaparecen los que desaparecen y no tiene explicación. Esta serie me llegó muy fuerte. Esa primera escena… y Norah.

Mi pena no tiene lógica ni calendario. No es herida del pasado, sino dolor nuevo con raíz vieja. Cuando me suena el blues, esa tristeza sorda se cuela entre neuronas y latidos y pone mi voluntad a la vera de un trozo de barro blando, maleable, sin forma. Con un poco de agua, aún no seco del todo, podría ser cualquier cosa: un cuenco, una vasija, un jarrón distinto. Un molde en transformación constante, supervivencia de la pena, unas notas de blues.

2011 – Un fuerte terremoto de magnitud 9,0 azota la costa noreste de Japón, alrededor de Tokio. Este terremoto, el mayor jamás registrado en Japón, desencadenó un gran tsunami con olas de hasta diez metros en Miyagi, la prefectura más afectada. Justo en ese momento, mi avión despega del aeropuerto de Tokio en dirección a mi casa en Seúl, Corea del Sur. Un par de días antes había enviado a mis padres por correo postal unos cuencos y unas tazas japonesas hechas por unos artesanos japoneses que vendían sus barros en Ikebukuro. Las artesanías llegaron destrozadas, aunque el paquete sobrevivió a los destrozos del terremoto. Yo supe del terremoto una vez pisé tierra coreana. Los trozos minúsculos de barro los pegó mi padre, aunque no con oro, con paciencia. Y yo lo supe después, que llegó destrozado y azorado; pero que había sido recompuesto, que ya no podría albergar líquidos, ni calor, ni frío, pero que servía para otras cosas. Que la destrucción había sido útil de una forma muy poética.

Febrero es puto. Esto no cambia. Todo muere en febrero, se apaga la luz. Ya ocho años, casi. Ni se siente el mismo cuerpo, pero por mí pasaron todas las tristezas de la Tierra. A veces, calladas, y otras como blues eterno que se canta bajito, tanto que solo yo lo escucho. Que ni acercándote a mi vera podrías oírlo, que se me da tan bien que nadie escuche lo que me duele que todos lo han olvidado. No se acuerdan de que pertenezco a la raza, que soy hecha de carne. Nadie piensa en mi pena. Nadie advierte que la visto cada día de colores que se ven.

Empieza el año, florecen proyectos, todo parece marchar. Y sin embargo, yo vengo cantando un blues. Lo canto en mi blog, pero muchas veces no te das cuenta. A veces quisiera gritarlo y que, después, me dejaras volver a lo de siempre, eso que no se ve. Pero a mí me toca ser fuerte, porque el ocho no rebaja, el ocho siempre se levanta, el ocho no tiene piedad.

Pero no quiero explicarlo. No quiero que me des lo que me corresponde, quédatelo todo. Te ofrezco libertad, pero te darás cuenta de que no la quieres. Y es que hasta la pena tiene un precio. Ser libres requiere de toda ira.

Escúchame: no tienes razón. No tienes modales. No tienes ganas. Hay tantas cosas que nunca serán para mí y tantas otras que aún me esperan. Y yo, que he amado, que he cambiado, que he evolucionado, ya no soy la misma. Seguro que ya no me conoces. Y aunque no hago ningún esfuerzo para que me conozcas, deberías querer hacerlo. ¿Cuánto vale la pena? ¿Cuánto cuesta sentirla? Me duele el olvido, el mío, el ajeno. Me duele que nadie recuerde mis pérdidas, que el tiempo pase y se lleve consigo las huellas de lo que una vez fue importante. Y me duele más aún haber aprendido a callarlo, a seguir adelante como si todo estuviera intacto. Para mí, todo es diferente. Las reglas han cambiado para todo. Comprendo que no comprendas, que creas que ya debería estar todo normal. Mucho de lo que me pasa hoy, todo eso que aún no sé resolver, el deseo que no puedo materializar, la falta de conexión y de respeto a la que me sometes, me pone a cantar el blues.

No quiero explicarme más. No quiero que me traten con dignidad ni con lástima. No quiero que me conozcas desde la distancia de la cortesía. Quiero que me escuches sin razón ni excusas, que te ahogues en mis silencios. ¿Has sentido este blues? ¿Te has dejado tocar por la pena sin esquivarla, sin intentar huir?

He amado y he cambiado. Ya no soy la misma. Como el mar, me dejo mecer por las olas de lo que duele y de lo que alegra, sabiendo que las dos son la misma marea. El mismo tsunami en Japón.

Porque si algún día dejo de sentir el blues, entonces será que me he convertido en sal.

2 comentarios en “Mi pena es un blues japonés

  1. Tu blues es tan bello como doloroso. Algunas personas podrán admirar su conmovedora belleza poética, el infinito volúmen del dolor solo lo conoces tú.

    Los japoneses embellecen algunas fracturas con oro, enalteciendo así su historia. Tu has creado tu propio kintsugi, se llama «Honestidad brutal», ahí radican tu poder y tu santa ira. La opinión que mas te importaba en el mundo pertenece a alguien que ya no está aquí, a partir de su marcha ya nadie puede validarte, salvo tu misma.

    SiempreFuerte, Esther Ráez

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