Corrígete tú

Reflexiones sobre la cita de Ernest Hemingway:

«Se tardan dos años en aprender a hablar y sesenta en aprender a callar».

Todo es acerca de usar tu voz, que te expreses como quieras, que eres libre de hacerlo. Y yo todo el tiempo que es mejor estar callados y me parece que nadie me entiende porque nadie lo cree. Son las dos cosas: ¿cómo iba yo a decir que hay que estar callados si estoy continuamente escribiendo? Se trata de saber cuándo hablar y saber cuándo callar, que casi siempre es mejor callar no porque no se pueda hablar o porque lo que se diga terminase siendo eso que llamamos error y a lo que le tenemos pánico. Digo que es mejor callarse más porque casi siempre estamos hablando sin pensar, sin cuidado, como pollo sin cabeza, solo por rellenar el silencio de sonidos. Estamos permanentemente corrigiendo a otros (y uso el plural mayestático o de modestia, si te gusta más, por eso de no parecerte una bestia), aunque yo no, y muchas veces me dan muchas ganas como a cualquiera. Es fácil hacerlo, es lo más fácil: decirle a alguien que se le ha olvidado esta cosa o la otra, o que debe hacerlo así o asá, y, encima, decir que es por un bien. ¡Anda ya! Cállate. De verdad. Cállate. No corrijas más a nadie, corrígete tú. Vayamos a por lo difícil, que es lo de uno.

Me vino bien recordar la cita de Hemingway, con su habitual profundidad, nos recuerda que aprender a callar puede ser una tarea mucho más larga y compleja. ¿Por qué es tan difícil entender los beneficios del silencio, especialmente en un mundo que valora la exposición constante? Decir lo que uno piensa, ¡oh! A mí me gusta mucho la idea de que nos ponemos a profundizar en cosas (algunos) que realmente nos preocupan. Es decir, yo me he convertido una experta en comunicación y no lo justifica un título universitario, sino la experiencia propia. Me cuesta mucho aceptar que las personas no se tomen en serio las palabras, que no aprecien la selección de palabras que utilizan para expresar sus ideas o necesidades. No se dan cuenta de cuánto revelan en función de los tiempos verbales que sean capaces de usar o los adjetivos que seleccionen o la posición de las palabras. En español, una de las lenguas más ricas y complejas del mundo, podemos cambiar el orden de los sintagmas casi siempre sin que caigamos en un error gramatical y, simplemente, el hecho de poner una adjetivo o el sujeto o el adverbio en un lugar o en otro puede llegar a cambiar el sentido del enunciado:

«Ella solo quiere verte»:el único deseo de ella es verte.
«Solo ella quiere verte»: nadie más, aparte de ella, quiere verte.

Sé que estas cosas suceden en otras lenguas, pero la mía es la castellana y es preciosa. Hay ejemplos miles, y pensar en el subjuntivo es fascinante. ¡El Subjuntivo! La pesadilla de todos los estudiantes extranjeros de lengua española. Os revelo algo si no habláis idiomas: en inglés, por ejemplo, el subjuntivo no existe. Lo resuelven con un pasado simple. Para ellos, la idea del Subjuntivo: dice de lo que no es un hecho concreto, sino de algo que está en el terreno de lo posible, deseado, dudoso, temido o hipotético. Lo usamos para hablar de cosas que no son una realidad segura, sino que dependen de condiciones, emociones, o intenciones. Más fácil: el subjuntivo no afirma algo, sino que lo sugiere, imagina, espera o teme. Es como si dejara «un margen de duda» o de SUBJETIVIDAD (de ahí, «subjuntivo»). ¿A que nunca lo habías pensado, como buen hablante nativo de español que eres? Mira:

«Si tuviera tiempo, iría contigo»: no es un hecho, imagino un escenario posible.
«Me alegra que estés aquí»: expreso mi alegría, pero no afirmo directamente tu presencia, solo mi percepción sobre ella.
«Quiero que vengas a la fiesta»: el deseo de que vengas, pero no estoy segura de que lo hagas.

Imagínate ahora a los ingleses tratando de descifrar esto cuando no tienen este tiempo verbal en su haber. O a nosotros prescindiendo de él. Cuando yo estudiaba inglés tuve que reconocer con excelencia mis propios tiempos verbales para saber cómo expresarlos en otro idioma. Será esperable encontrar el subjuntivo o estructuras parecidas en lenguas románicas casi siempre, aunque muchas otras lenguas tienen dinámicas que se le parecen. A fin de cuentas, la necesidad del ser humano de expresar una idea que no es un hecho concreto, pero que queda en el terreno de lo posible existe y no se define por ningún idioma, sino por la naturaleza del ser.

El ruido interior, esa conversación constante en nuestra mente, puede hacer que el silencio sea insoportable y que ya no sirva ni el subjuntivo ni el indicativo ni meternos bajo el agua. Los pensamientos no resueltos, las emociones reprimidas y la inseguridad son los mayores impulsores del habla, además de lo obvio que es la supervivencia, el hambre (es decir, una necesidad vital imperiosa) y el miedo. Para mí, que he sentido miedo real algunas veces en mi vida, me parece el primer motivo de empezar a hablar sin control. Hablar sin control puede ser, sencillamente, no respetar el turno de palabra o hacer sonidos (que no son palabras ni interjecciones) que no invitan al otro a participar del momento conversacional; alargar los sonidos en la pronunciación de las palabras o hablar mucho, usar muchas palabras para decir una idea. Sé que en psicoterapia, esta compulsión por hablar se suele interpretar como una defensa frente al miedo al vacío o al rechazo. Yo añado «al vacío interior o al rechazo incluso de uno mismo hacia sí mismo».

Aprender a callar no significa reprimir, sino contener. Es el proceso de desarrollar la capacidad de escuchar, tanto a los demás como a uno mismo, sin la necesidad inmediata de responder. El silencio, cuando se asume con intención, nos ofrece una pausa para reflexionar antes de reaccionar. Es en esa pausa donde se cultiva la inteligencia emocional, una habilidad esencial para la vida adulta. Si aún no lo has experimentado, prueba en una situación sencilla. Al principio sentirás ansiedad, pero no es más que el síndrome de abstinencia a tu adicción a estar hablando sin parar. Aviso importante: el whatsapp es un tirano, te hace creer no solo que debes contestarlo todo sino que debes hacerlo lo más rápido posible. Fantaseo con la idea de desinstalar whatsapp cada cierto tiempo, aún no me he atrevido. Ya ves que todos tenemos nuestros puntos pendientes.

El silencio ha sido venerado como una herramienta para alcanzar la sabiduría no solo por mí, sino por cientos de personas antes que yo y durante muchísimos años antes de mi existencia. Lao Tse, en el Tao Te Ching, dijo que «el que sabe, no habla; el que habla, no sabe». Este pensamiento resalta la conexión entre el silencio y la contemplación. Al guardar silencio, abrimos espacio para escuchar al otro, al entorno e incluso a nosotros mismos. No digo que esto sea verdad al cien por cien, aquí, precisamente, trato de explicar el equilibrio entre la palabra y el silencio. Pero, sabe que el silencio también puede ser un arma peligrosa cuando se utiliza para manipular, castigar o evitar responsabilidades. El desafío está en diferenciar entre el silencio que construye y el que destruye. Callar puede ser un acto de compasión o de cobardía, dependiendo del contexto y la intención, por eso es necesario explorar el equilibrio. Callar no significa someterse, sino decidir conscientemente nuestras batallas. Muchas de ellas son solo una lucha de supervivencia de nuestro ego.

Aunque el silencio es valioso, hay momentos en los que hablar es esencial. Decir «sí» o «no» en el momento adecuado puede marcar una diferencia crucial. Ambos son expresiones que delimitan nuestras fronteras, nuestras prioridades y nuestro respeto propio. A mí me parece que aprender a utilizarlos requiere madurez emocional. Muchas veces, el miedo a desagradar o ser juzgados nos lleva a aceptar cosas que no queremos, o a rechazar oportunidades por inseguridad. Callar cuando deberíamos hablar puede ser tan perjudicial como hablar cuando deberíamos callar.

El silencio siempre va a ser una herramienta poderosa, pero su uso debe ser a través de la madurez emocional, del sentido común y de poner al servicio del bien nuestras cualidades y nuestras capacidades intelectuales. Yo, que estoy en plena crianza con mi hija de cinco años, entiendo que los niños necesitan palabras para comprender el mundo, formar su autoestima y aprender valores. Yo soy la máxima responsable a la hora de verbalizar emociones, poner límites y explicar conceptos clave. Frases como «entiendo cómo te sientes» o «esto no está bien porque…» le ayudan a mi hija a desarrollar su inteligencia emocional y su sentido ético. Aunque, pensándolo bien, son cosas que necesita más de uno y más de una que ya hace mucho que dejó la infancia atrás. Qué desastre. Es cierto que, a medida que he ido madurando en mi vida, mi sentido del equilibrio ha ido cambiando. Me fui especializando en las palabras, priorizando la reflexión antes que la impulsividad, y me ha ido mejor desde entonces. Mientras que los niños necesitan verbalizar para aprender, los adultos deben aprender a callar para comprender.

Acuérdate de esto: si no sabes si estás hablando demasiado o si deberías, por el contrario, hablar más, si no entiendes qué es esto de estarse más callado porque crees que no te funciona, porque no puedes, porque te sientes peor, el sentido común será siempre la mejor brújula. Estoy segura de que la mayor parte de las personas sí saben estarse calladas, porque cuando no quieren que sepas una cosa, no te la dirán. Así bien, si crees que no puedes, mejor di que no quieres. Es un mejor comienzo. Empezar por admitir que pensamos que todo aquello que decimos es digno de que todos los que están a mi alrededor lo tengan que oír lo veo más honesto que otra cosa, no que sea lo más correcto, pero sí lo más honesto. Quizá crees que lo que debes decir estás obligado/a a decirlo, si este es el caso, pues que así sea; pero, admitamos las razones que se esconden detrás de nuestra incontinencia verbal.

Quizás sobra que lo diga, pero lo digo igualmente: ante situaciones de abuso o maltrato, hay que hablar. Ante injusticias delante de uno, hay que hablar. Ante el argumento por la fuerza, también hay que hablar.

A veces hay que hablar y a veces hay que callar.

Medidor de salud parlante: a mayor madurez, mayor el silencio.

Besos.

2 comentarios en “Corrígete tú

  1. Agradezco de corazón que hayas escrito sobre la necesidad de silencio , y de la autosalvacion. Tu reflexión es tan necesaria como incómoda cuando nos están corrigiendo y nos aguantamos las ganas de asesinar.
    Corregir al otro y hablar cuando hay que callar; me reconozco ahí , si, con vergüenza lo reconozco . Desde la mente hablo de las bondades del silencio , la meditación y el amor , y me vuelvo a equivocar una y otra vez .
    Cito a Jeff Foster experto en presencia que opina como tú :

    «Deja de intentar cambiar al mundo. Ama al mundo .
    Eso lo cambia todo»

    Le gusta a 1 persona

  2. Podría ser que el afán de ayudar/corregir a otros esconde un deseo de ayudarse a uno mismo; el intento de cambiar a alguien camufla una falta de aceptación real del otro tal como es y, en definitiva una carencia de amor?

    Le gusta a 1 persona

Replica a paradios59 Cancelar la respuesta