Tengo la clave

Si quieres saber cuánto control ejerce algo sobre ti, intenta prescindir de ello o «ayunarlo», tal y como he visto en un reel de alguien (siento no poder mencionarle, no lo guardé). Esta idea me ha parecido muy reveladora, no se me había ocurrido ponerlo así con esas palabras.

Hace dos o tres años seguí durante 12 o 13 meses la dieta cetogénica y nunca me he sentido mejor, no solo por la pérdida de peso sino por la ganancia en salud y todo lo antiinflamatorio. Lástima que no pudiese continuarla por cuestiones médicas. El caso es que ahí fue cuando aprendí un montón sobre la magia del ayuno intermitente y del ayuno en general en términos de salud, de la salud del cuerpo. Ahora, desde que hablo tanto del silencio (antítesis y paradoja): cómo puede ser que se hable tanto de un silencio. Pues, eso, que la frase «hablar del silencio» es una paradoja en sí misma, une conceptos aparentemente contradictorios para provocar una reflexión. El silencio tiene infinidad de matices que pueden y deben ser «expresados» o «interpretados». Y la magia de que hablar y silencio representen conceptos totalmente opuestos lo hace todo increíblemente atractivo de explorar.

Es una cita de alguien en Instagram, no es de mi propiedad. Si alguien conoce a la autora o al autor, estaré muy contenta de poner su nombre.

Me ha atraído mucho la idea de practicar el ayuno del silencio como una forma de desconexión de las voces afuera de nosotros, una vía para escuchar mejor nuestro diálogo interno y privado, especialmente, ese que no le decimos jamás a nadie. También, como práctica de conversación facilitando la voz ajena. Es que todo es una paradoja maravillosa. Es una revelación sobre cuán de influenciados estamos por el mundo que nos rodea, sin necesidad de juzgar esta influencia, simplemente, ser capaces de observar qué cosas, qué personas, qué lenguajes nos afectan hasta tal punto que modifican nuestro pensar o actuar. Y, quizás, luego de la observación, seguir siendo igual (si es que esto es posible)… pero, siempre siendo capaces de decidir cómo queremos ser, cómo queremos mostrarnos y qué queremos revelar. Esto no se puede controlar sin ejercer el silencio diariamente. Al abstenernos de hablar o de responder a estímulos externos, cosas sencillas como las redes sociales, por ejemplo, las opiniones ajenas o incluso el ruido constante de la autopromoción o ¡yo misma!, mi ruido hacia los demás, conseguimos una conexión privada con nosotros que tiene solo una puerta de entrada, la del silencio. Ese ruido que para muchos es contaminación acústica, una molestia, un ejercicio de egocentrismo, de creer que una es más; observar la dinámica, no juzgarla, es justamente aquello que nos da pistas sobre quién o qué nos está dictaminando qué hacer o qué pensar. No dejaré de ser yo misma con mis propias decisiones, pero sí quiero ser consciente de los decibelios que mis reflexiones y mis palabras usan para hacerse oír. Aparte está el hecho irrefutable (me da igual lo que se me diga ante esta declaración) de que no todos oímos igual: algunos están sordos, otros tienen cera, otros sencillamente se han puesto tapones, otros llevan auriculares. Pero, es que hay muchos que escuchan demasiado, que tienen acúfenos, que les duele oír, que el tinnitus no les deja, que tienen todo el ruido en su interior, que solo hablan y no dejan el espacio de milésimas de segundos que le permite al interlocutor intervenir, y están, por excelencia, los desconfiados. Los desconfiados son los que más oyen del mundo, porque ellos oyen, sobre todo, lo que no has dicho. Abstenerse de hablar es para que el otro hable, pero, sobre todo, es para que uno se escuche bien. Yo, a veces, salgo espantada de lo mío. Lo prometo. Escuchar y oír con atención lo que uno piensa es terrorífico, pero ahí están todas las señales, ahí está la clave de todo. Es muy necesario, urgente, generar una distancia intencional entre nosotros y aquello que podría controlarnos sin que seamos plenamente conscientes de ello. Este es justo el motivo número uno por el cual yo practico el silencio, la clave: solo yo y dentro de todas mis capacidades quiero controlarme a mí misma, al máximo posible. Pista: si has hecho el ejercicio de escucharte por dentro a nivel íntimo y no te has escandalizado de ti mismo, estás oyendo, pero no escuchando bien.

Esto es urgente que lo hagas, el silencio te enfrentará con tus pensamientos, emociones y creencias más arraigadas. Solo el silencio, no tanto hablar. Distinto es cuando vamos a terapia. Y, aún así, si te fijas, el terapeuta habla mucho menos que el paciente. Y más distinto aún cuando hablo de no silenciar mi voz, ¿me entiendes? Mi voz no debe estar silenciada ni quiero permitirlo más, pero yo decido cuándo usarla. El poder es mío exclusivamente y tengo derecho de admisión sobre cualquier aspecto de mi vida, lo entienda quien quiera. Al igual que tengo derecho a marcharme o a quedarme sin tener que explicar nada. Cada uno con lo suyo, con su silencio, con su reflexión. El «ayuno» de palabras es vital, ahí están los patrones de dependencia emocional, la necesidad de validación externa y, justo ahí, la potencialidad de ser nuestro propio referente (admito que no es cuestión de un día, es un proceso y un estilo de vida, y tampoco los resultados son obvios para nadie, por tanto, es algo íntimo que solo padece y disfruta quien lo practica, quien se enfrenta).

Desde una perspectiva lógica, darle sitio al silencio me devuelve bastante poder, así lo percibo yo. Igual parezco una obsesa del poder, tampoco negaré que me mueve mucho la idea de ejercer en libertad total todas mis cualidades en el momento que yo quiera, pero entiendo que vivo en sociedad. Saber sobre las influencias que nos dirigen es muy nutritivo y orienta a lo bestia. Al callar el ruido exterior o bajarle mucho los decibelios, me sucede que me siento más en control de lo mío. Pongo un ejemplo por el cual me puedes criticar si te parece, a fin de cuentas, respeto que cada uno piense y diga lo que quiera; lo que no respeto es la acción o el mensaje en sí mismo si no comulgo, claro. El ejemplo es sobre estas cosas que pasan a veces en la vida, estas personas con las que nos cruzamos que sacan lo peor de nosotros. Pues bien, a mí también me pasa. El silencio lo practico de la siguiente manera: bajo ningún concepto le voy a decir a esa persona ninguna verdad que sea obvia para mí, pero sí me voy a alejar y bastante, todo lo que pueda. En mi entorno seguro de personas que me quieren, me desahogaré y diré todos los improperios que se me vengan. Y, luego, seré perfectamente capaz de estar tranquila ante este tipo de personas que sacan lo peor de mí. Y si no tienes este círculo de personas seguras (mi círculo consta de muy, muy pocas personas, dedos de una mano) esto mismo habría de ser un buen punto de partida, construirlo. Necesitamos poder decir barbaridades y locuras acerca de otras personas y acerca de nosotros mismos y de nuestros sentimientos, pero no podemos hacerlo al lado de cualquier persona. Debemos hacerlo siempre con personas que nos quieran bien, o con un terapeuta. ¿Por qué si no iba a haber hecho yo terapia durante diez años? (entre otras cosas, claro).

Y, acerca del espíritu, del alma… ¡oh, el silencio es una práctica ancestral! No lo ha inventado Esther Ráez de Comunicación y Creatividad brutal, aunque sería una chulada poder atribuirme el mérito. No sé si sabes esto, pero la muerte es silencio. Al menos, lo es al principio. Y lo es al final. Y lo es muchas veces en el medio. Si has perdido a alguien, seguro que no te pones a hablar descosida sobre esa persona, seguro que no se lo cuentas a cualquier persona, seguro que cuidas qué cosas compartes, qué recuerdos con ese ser que se te fue vas a regalar a los que nos nos queda un tiempo aquí. El respeto es silencioso. Por favor, date cuenta: el respeto es silencioso. El amor es silencioso. Uno se queda sin palabras ante lo grande del ser humano. Y solo observa, solo se asombra. Nacer y morir, a veces en medio del ruido, de un grito de parturienta, de un dolor que anuncia la partida; nacer y morir sucediendo en silencio y en oscuridad con el ser. Es en la quietud donde uno encuentra un estado de paz y autonomía que ninguna otra cosa puede promover, la libertad profunda del ser humano sin la interferencia díscola de pensamientos propios o de palabras ajenas. Sigue siendo un acto de poder personal sobre nuestra intuición y nuestra voluntad. Es la afirmación de que nada externo a nosotros tiene en realidad autoridad sobre nuestra mente o espíritu, a menos que así nosotros lo decidamos. y es que esta claridad no puede encontrarse en medio del ruido.

Ya ves que tengo la clave: el «ayuno de palabras», de sentimientos, de pensamientos espirales, de la personalidad desconfiada, de lo que no queremos, de lo que no es necesario ni es importante. Ahora la Dana, bien, podemos volcarnos en algo afuera de nosotros; pero, cuando esto pase, sigue con lo del silencio porque no hay mejor ayuda al prójimo que no influir con nuestra imposición, hasta cuando queremos ayudar.

Hoy es 1 de noviembre, seas religioso o no, es el día en el que por tradición recordamos a nuestros muertos.

El respeto es silencioso. El amor es silencioso. El duelo. El dolor. La pasión.

Siempre Fuerte, tito Pablo.

4 comentarios en “Tengo la clave

  1. Pablo me enseño a escribir «ijamia»♥️
    Ijamia , te leo en el silencio atronador desde el que escucho rugir de dolor a tu corazón, dolor por la ausencia infinita de ese trozo de nuestro corazón , dolor por las injusticias , por las infamias y la desolación de la vida de un mundo que ya no existe. Gracias a Dios salimos de aquel incendio devastador y tú ahora construyes con una fuerza inexpugnable una primavera de vida , en la que todo sucede por primera vez , desde la honestidad brutal de tu alma 🪔

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  2. <<Escuchar y oír con atención lo que uno piensa es terrorífico, pero ahí están todas las señales, ahí está la clave de todo. >>

    Me encanta este fragmento aunque yo, más que terrorífico diría «catatrófico«. Muy pocas personas se atreven a oír con atención sus pensamientos, muy pocos se atreven a estar en silencio aunque ni si quiera lleguen a escucharse, sólo por el miedo de pensar lo que pueden opinar los demás… Pero efectivamente es una clave o la llave para abrir muchas puertas emocionales y espirituales que nos convertirían en personas nuevas.

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