Es jodido. Enfrentarme a la realidad me obliga a abandonar la posibilidad de que lo tengo todo resuelto. Me obliga a aceptar que hay demasiado que contener, demasiado que entender, demasiado que controlar. Me obliga, contra mi voluntad muchísimas veces, a actuar. Me obliga a abordar el problema o a sentirme abrumada, a tener que elegir entre esas dos únicas opciones. Me obliga a aferrarme y ser golpeada o a soltarme y ser arrastrada. Me obliga, por encima de todo, a decidir. Enfrentarme a la realidad me obliga a verme de cara y no quiero tener miedo de eso que veré.
La pregunta es: «Esther, ¿realmente quieres la solución o es más fácil tener el problema?». Alucino con los motivos que nos llevan a unas cosas o a otras. Cada día me siento más incómoda con las personas que no hablan de sus verdaderas intenciones y, al mismo tiempo, invito a todo el mundo a estar más callado. Y, ¿no parecería esto una contradicción? No. Tiene sentido callar para poder decir algo de valor. Me invito a la reflexión profunda todos los días y no soy ninguna intensita. Lo que veo es que hay demasiada superficie para tan poquísimo fondo. A menudo, las personas se encuentran atrapadas en ciclos de comportamiento que, aunque problemáticos, les resultan familiares o cómodos. La búsqueda de soluciones efectivas es intimidante, yo me convierto en alguien intimidante, ya que, sin proponérmelo, en mi presencia te llegas a sentir un poco obligado a experimentar cierto arranque de incomodidad y encarar lo desconocido. A veces mi presencia solo es este blog.
No se me da nada bien resolver mis conflictos con otras personas. Espera, no se me da bien de la forma que la sociedad dice que hay que resolverlos; porque yo sí que resuelvo mis asuntos con otras personas. Es decir, «hablando se entiende la gente». Pues, no. Justamente hablando es como peor se entiende la gente. Lo que pasa es que yo ya sé de sobra que las personas no suelen escuchar, entonces, ¡para qué hablar tanto! Más acción, más valor. Menos explicaciones. Más arrojo. Decisión. Consecuencias, OK. Quizás, entonces, una vez practicado el silencio como medio de relación, sabremos conversar. O, como mínimo, decirnos cosas.
La presencia es por definición la asistencia, el estado de la persona que se halla en el mismo espacio tiempo que tú. Not quite, como dirían los ingleses. Que sí, que esa es la descripción del diccionario y la acepción aceptada por todos: la presencia es estar delante, al lado. Pero es que tantas veces estamos al lado y delante de alguien y no nos ve, no nos considera, no tenemos valor, que termina siendo irrelevante estar necesariamente presente. Al final, la presencia para mí puede ser que leas fielmente este blog, que me digas en un audio, en un mensaje, en un comentario, para qué te sirve, que lo compartas. Porque, al final, estar presentes en la actualidad no es más que una especie de engaño y distracción de una situación psico-emocional de una persona para no mirarse a sí misma, para distraerse de sí misma. Así pues, para estar yo con alguien, ese alguien debe querer mirarse adentro. Parezco muy bestia con estas declaraciones…
Te pongo un ejemplo. Hace poco un lector de este blog, que es amigo cariñoso y respetuoso, seguro que mejor amigo que otros amigos más cercanos por su mirada tranquila mantenida a lo largo de los años, me preguntaba: «Esther, quiero preguntarte… ¿cómo escribes? ¿qué ves cuando lo haces? Pero, no es qué ves en tu cabeza, sino dónde estás escribiendo, tu mesa, si siempre es el mismo sitio, si utilizas un lápiz o vas al teclado. Es que te tengo muchas preguntas». Bendita curiosidad.

Una Pregunta
¿Estamos dispuestos a hacer el esfuerzo necesario para cambiar nuestras circunstancias o preferimos mantenernos en el problema porque nos proporciona una forma de identidad o atención?
Mi madre me dice:
«El concepto de sublimación es fundamental en la psiquiatría y la psicología. Se refiere al proceso de canalizar impulsos o deseos inaceptables hacia actividades socialmente aceptables o creativas. Por ejemplo, alguien que experimenta ira puede encontrar una salida a través del arte, el deporte o el trabajo, transformando esa energía en algo productivo. Esto es lo que tú haces, hija». A ver qué madre habla en estos términos.
Y yo sin conocer el término sublimación psicológica. Resulta que la sublimación hace que bajen de intensidad los sentimientos negativos y se convierta en una forma de crecimiento personal. No es que una diga, venga, pues ahora voy a sublimar. Esto no va así. Es sólo que yo no soy capaz de ir y decirte en tu cara que tengo un problema contigo y arrojártelo para hablar de ello. Muy raro. Lo que sucede es que, antes de poder hablar contigo, necesito mucho silencio, me hace falta saber por qué me siento como me siento, entender mis motivos y estar segura de que, cuando vaya a hablar contigo, no terminaré asesinándote con mis propias manos. Cuestión de seguridad compartida. Otra forma de solidaridad (se oyen risas).
También me puedes acusar de no ser directa o de ser hipócrita o de tener doble rasero o de ser cruel o de ser fría con los sentimientos de los demás. Podría ser. Yo solo te digo que, si este es el caso, no has entendido nada.
La Sombra como Herramienta
Si una persona no es particularmente hábil en confrontar problemas, su «sombra» puede ofrecer una solución alternativa. He hablado un montón de veces de mi sombra, aunque no soy obviamente la primera en hacerlo. Esto ya lo hizo Carl Jung hace mucho tiempo antes que yo: son esas partes de nosotros mismos que ignoramos o rechazamos. Es duro mirar la sombra y, mucho más, darle un uso generoso y hacer de ella algo útil en dirección al bien, mejor si es al bien común, pero dejémoslo en el bien a secas. Integrar la sombra en tu realidad más auténtica de ti te hará sentir como si tuvieras una especie de súper poder. Y no es más que la idea que explotan las historias de los súper héroes, si te fijas bien. Aunque esto de los súper-héroes lo dejo aquí medio con pinzas porque no conozco muy bien ninguna historia de súper-héroes… Bueno, Súper Man sí, que es como de mis tiempos. El caso es que esa sombra se puede hacer enorme y reconvertirnos en íntegramente nuestro potencial más malvado y cruento si no nos ponemos de acuerdo con lo que significa. Por ejemplo: a mí me cuesta mucho lidiar con mi ira. Digo que me cuesta lidiar con ella porque está presente absolutamente todo el tiempo en mi forma de ver la vida. Digo más, la idea de mi proceso terapéutico nunca ha sido deshacerme de la ira, sino más bien, sublimarla. Quizás mi terapeuta nunca usó esa palabra conmigo, pero ahora entiendo que era muy probable que él trabajase conmigo en esa dirección. A más artículos escriba, más necesidad de reconvertir mi sombra en algo provechoso; a más ideas me nazcan, más necesidad de generar materia creativa en relación a la liberación de la ira. Yo sé por qué esa ira está ahí y sé que no la voy a dejar marchar de forma consciente. La ira me sirve y hoy día, incluso, ya habrás escuchado este grito feminista que dice: «si no te has enfadado aún, es que todavía no lo has entendido». Es decir, para conseguir cambios troncales es necesaria la ira. No para destruir, sino para construir. Por poner un ejemplo, solo uno.
Una cosa más: que yo no sé nada de psicología. Yo solo sé que no resuelvo las cosas como tú.

Con tú sublimación podemos mejorar todos los que te seguimos, no discutes porque actúas y cuando no haces nada es que era esa la respuesta. «No hacer» fue la revolución de Gandhi
Por cierto , que colores ves desde tú escritorio?
Enhorabuena, y muchas gracias ♥️
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Lo veo todo bastante blanco y azul.
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Blanco y azul , el mar y la luz 🎈
Tú pareces ver mejor cuando proyectas tú interior🙅🏻♀️ Enhorabuena 🌟
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