Un dilema, un propósito y un tratado

Vaya. Una mujer segura es incómoda. Una mujer inteligente es incómoda. Una mujer creativa es incómoda. Oh.

Hmm. Una deportista no te juzga por hacer ejercicio. Una millonaria no te juzga por iniciar un negocio. Una cantante no te juzga por cantar. Son las otras personas que no hacen nada por desarrollarse como realmente quieren las que tienen algo que decir. Ahá.

Vale. Pues, te cuento tres cosas así, muy breve, a ver si, escribiéndolo, lo contemplo mejor: una es un dilema en el que ando metida, el de las conversaciones difíciles; otra es lo del propósito del dolor; y la última es acerca de la utilidad de la gente a la que consideramos estúpida.

EL DILEMA: CONVERSACIONES DIFÍCILES

El dilema en el que me debato ahora es ese de si es un buen auto-consejo ese de afrontar conversaciones difíciles o si, tal y como me indica mi intuición, las conversaciones difíciles solo deberían suceder en mi vida si de verdad verdadera de la buena es necesario tenerlas. Porque hay un montón de personas que hacen ruido a tu alrededor, a mi alrededor, que se quejan veladamente, que son agresivas, que te hacen la vida complicada, que imponen sus frustraciones, su soberbia, y yo termino preguntándome si tener conversaciones difíciles con ellas sirve de verdad para algo. Es que estas personas no escuchan…y, en cualquier caso, yo ya he tomado mi decisión. La conversación difícil, ¿es siempre para que el otro entienda algo o para que nosotros verbalicemos algo? Y, si es para que verbalicemos, ¿para qué habríamos de esperar ningún tipo de escucha o comprensión? Así, pues, los otros me van a querer o me van a odiar por ser quien soy, sin remedio, haya conversación o no.

Conclusiones de Esther.

Puede ser que las conversaciones difíciles no sean tanto para cambiar al otro, sino para reafirmarnos a nosotros mismos. Sí que es cierto que, al expresar una idea o un sentimiento, se toman decisiones en ese proceso para poder comunicarlas y es como que se aclara algo más el camino. Pero, ¿sí, se aclara? En muchos casos, puede que ya hayamos tomado nuestras decisiones sin necesidad de verbalizarlas, que es lo que me suele pasar a mí. Confieso haber terminado relaciones de amistad sin haber dado muchas más explicaciones que una simple despedida como tantos otros días. Es duro, queda como sin cierre, puede interpretarse hasta como cruel (y no lo debatiré, seguro es un poco cruel); pero también es duro, inconcluso y cruel el hecho de mantener una amistad durante años y que cada vez me haya sentido con la boca más cerrada. No, la gente no se entiende siempre hablando. El diálogo solo es una herramienta más, como la hipocresía que mencionaba el otro día. El diálogo para los que quieran dialogar porque, detrás de mis desplantes, debo decir, hay una trayectoria de enmudecimiento. Y, aunque los demás no son culpables de cómo resolvemos nuestros conflictos, los demás sí son responsables de cuestionarse a sí mismos de forma constante. De asegurarse de que la versión que prevalece de ellos es la mejor versión, y no esa versión que te sitúa por encima de los demás, por ejemplo. La soberbia, por tomar un rasgo, qué dura es con quien la padece. No da margen de acción. El soberbio está dominado por su ego inevitablemente. Yo soy buena tomando decisiones, tomando partido, mojándome: lo considero una de mis mayores virtudes. Si nunca te has granjeado un enemigo, seguramente, no te has mojado lo suficiente.

Así que, ¿cuándo merece la pena tener una conversación difícil? Quizá solo cuando sentimos que el diálogo puede conducir a una verdadera transformación en la relación, o cuando no podemos avanzar sin liberar lo que llevamos dentro. Pero, en mi experiencia, el silencio y la distancia son respuestas muy definitivas. Las conversaciones difíciles, después de todo, no son siempre la solución. A veces, el verdadero reto es aprender a elegir cuáles merecen nuestro tiempo y esfuerzo.

EL PROPÓSITO DEL DOLOR

    Una conclusión a la que he llegado con el tiempo es que solo podremos cambiar cuando el dolor de mantenernos siendo los mismos sea mayor que el dolor que produce cambiar. Esto yo lo he comprobado bastantes veces hasta que esa frase se me abrió dentro de los ojos. El ejemplo más reciente que tengo es esa sensación de asfixia y muerte, de angustia, que sentía yendo cada día a mi antiguo trabajo. Me sentía morir, en peligro y desvalida, perdiendo mi propio valor, mi amor por mí. Aquello terminó siendo un absoluto vía crucis, como ya he contado en otros artículos. Enfrentarme a lo desconocido, tirarme sin ver la red fue lo único que me hizo ver que estaba a 50 centímetros del suelo y no a miles de metros en caída libre. Ese espacio entre los dos trapecios (esta metáfora es preciosa) y sin tener la certeza de que podrás agarrarte al otro trapecio que se aproxima, que tienes que medir la distancia exacta y que solo esto puede ser medido por la intuición.

    Pero, ¿para qué sirve el dolor? Te puedo dar respuestas académicas sacadas de reels de instagram, te puedo dar una definición formal sacado de un tratado sobre psicología del dolor o te pueda copiar y pegar un fragmento de un libro de Claudio Naranjo, por ejemplo, que me gusta. Pero, no. Te quiero decir para qué me sirve a mí ahora en el presente sentir dolor. De entrada, me sirve para distinguir emociones poderosas. Igual me ayudo más si hago una lista:

    • para detectar irregularidades conmigo,
    • para detectar irregularidades en mis relaciones con los demás,
    • para saber que estoy viva de verdad y recordar que soy una persona más cuerda de lo que suelo encontrar a mi alrededor,
    • para reconocer injusticias,
    • para ponerme en el lugar del otro,
    • para saber dónde me duele exactamente,
    • para poder sanar,
    • para medir la duración y no regodearme,
    • para crecer,
    • para decir cosas a la cara,
    • para averiguar si ese dolor es infligido por alguien externo a mí o si es mío de verdad,
    • para reconocer el dolor en los demás.
    Cita de Esther Ráez.

    Pues, resulta que el dolor es bastante útil, ¿no? Lo pregunto porque leo mucho acerca de cómo hay que escapar del dolor «si es inútil», y esto, no lo ocultaré, me parece una incongruencia, una gilipollez, más bien. ¿Inútil? Lo importante es reconocer cada emoción, no necesariamente para divulgarlas, pero sí para reconocerlas dentro de nosotros y poder distinguirlas entre sí. No confundir el dolor con el sufrimiento, el amor con la dependencia, el control con la protección, el maltrato con el carácter fuerte, la fragilidad con la vulnerabilidad.

    Cuando me está doliendo, me duele mucho. Y cuando me duele mucho, casi ni puedo hablar. Y si no puedo hablar, entonces, no lo haré.

    LA UTILIDAD DE LA GENTE ESTÚPIDA

    ¡Ala! Qué bestia, «la gente estúpida».

    Ya… es que yo, de ser un ángel celestial, pues estaría en otro lugar, no sentada en mi despacho con el teclado entre mis dedos. De ser alguien que nunca se ensucia, estaría en un museo o sería hija de Isabel Preysler. La cago, también. Aunque en esto de cagarla, me encanta la vuelta de tuerca: a veces solo parece que la cagamos, todo tiene otra perspectiva desde donde ser mirado. No todo, pero casi todo. De todas maneras, decir que hay gente estúpida no me parece tanto una cagada, más una descripción fidedigna y extra exhaustiva de la realidad de todos. Además, quién mejor que yo para hablar de la contradicción.

    Iba a escribir que todos somos estúpidos, pero no. Yo de esto no padezco. Acuérdate de lo de Cipolla, Las leyes fundamentales de la estupidez humana, un ensayo sobre la estupidez, el cual recomiendo vivamente, aunque te lo voy a resumir aquí porque es brillante. A ver:

    1. La primera ley de la estupidez: «Siempre e inevitablemente subestimamos el número de individuos estúpidos en circulación».
    2. La segunda ley de la estupidez: «La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica personal».
    3. La tercera ley de la estupidez: «Una persona estúpida es alguien que causa daño a otra persona o grupo sin obtener ninguna ventaja para sí misma e incluso sufriendo pérdidas».
    4. La cuarta ley de la estupidez: «Las personas no estúpidas siempre subestiman el poder de las personas estúpidas».
    5. La quinta ley de la estupidez: «La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe».

    Y, luego de esto, me encanta el cuadrante de Cipolla para organizar a los tipos de personas; pero puedes leerlo en el ensayo, es genial.

    Cita de Esther Ráez.

    Para mí una persona estúpida hace daño a otros mientras se hacen daño a sí mismos también. Muchas personas no atienden a la responsabilidad de sus acciones, bien porque piensen que tienen derechos adquiridos o que deben sacar provecho de todo por sistema. Aquí es donde entra para mí en juego la Honestidad Brutal. La vida está llena de decisiones que no siempre son cómodas, y está bien. Aprendemos a través del dolor, del silencio, del distanciamiento y, sí, también de la interacción con aquellos que, a veces, nos desesperan. No es que tengamos que salvarnos de todas las dificultades, ni que debamos convertir cada conversación en una batalla o cada dolor en una lección heroica. Simplemente se trata de aprender a elegir nuestras batallas y, cuando sea necesario, dar un paso atrás y observar en silencio. Porque a veces, el mayor acto de sabiduría es saber cuándo no hablar y cuándo no involucrarse.

    Y, escucha esto, hasta los estúpidos tienen una función en nuestra vida. No es todo acerca de cómo evitarlos, es más bien acerca de cómo los surfeamos.

    Siempre estoy con lo mismo: dite la verdad y crece en privado, estúpido.

    3 comentarios en “Un dilema, un propósito y un tratado

    1. Me pregunto yo, al hilo de todo lo que has escrito, si cuando en tu corazón das por terminada una relación, el otro ser humano, alguna vez, te ha preguntado ¿te pasa algo, va todo bien, tendríamos que hablar de algo?

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