A mí me encanta la Jurado diciendo: «tanto machismo me apabulla» y acompañado de un gesto sonoro de bastante agobio. ¿Lo has visto? Es brutal.
Pues, eso mismo. El machismo me apabulla, pero cada vez me apabullan más cosas en lugar de haberme acostumbrado. Como cuando le dicen a mi hija: «qué bien Sofía, estás más delgadita», en lugar de decir «cómo estás creciendo» o «qué alegría verte tan contenta». Luego tengo que ir yo por la retaguardia tratando de «reparar» el daño idiota y descuidado de otro; los micro-machismos, el lenguaje obsoleto. Porque, sí, decirle a una niña que está muy bien que por fin esté delgadita es decirle también que como era antes no estaba bien. Y, seguramente, que estando delgadita todo va a ser mejor (y, esto, desgraciadamente, es real). Es el «Pretty Priviledge». ¿Por qué sigue siendo mejor mencionar que está una persona «delgadita» que alabarle un estado de ánimo evidente de alegría? Por ejemplo.
Cuando cometemos un error y causamos daño a alguien, el deseo de reparar ese daño suele ser una respuesta natural.Pero, claro, para eso tiene uno que admitirse que hace daño a otras personas. Y de esto no vamos muy bien. Una reparación real trae consigo la Honestidad Brutal detrás del Verdadero Compromiso. no tiene otra lectura, porque si no es así, si no es comprometido, destila la falsedad del acto o la poca profundidad de entendimiento del daño. La reparación auténtica de un daño no puede existir si está acompañada por la búsqueda de aplausos. Y, no nos confundamos, a veces es necesario que una disculpa, un arrepentimiento, una muestra de compromiso afectivo y de vínculo, sea mostrada de manera pública, pero no necesariamente buscando un aplauso, sino una aceptación de lo que duele que albergue mayor perspectiva. porque el aplauso también puede ser privado, no solo se aplaude en un teatro o «dando un like», también se aplaude en privado. Y esto es casi más peligroso aún, buscar la aprobación de otras personas.

Tengo ganas de explicar tres conceptos que me rondan la cabeza y saber cómo lo ves tú. Mis ideas no suelen ir de la mano del conformismo social y estoy llena de contradicciones y, aún así, quiero expresarme. ¡No entiendo por qué una no puede decir lo que quiera aunque no tenga pleno sentido para todo el mundo! Si no hemos venido a este mundo a que nos entiendan, ¡esto es imposible! A lo que hemos venido es a entendernos nosotros, de esta máxima no me canso. El día que me di cuenta, creo que se me agrandaron un poco los pulmones.
1. El sentido de la penitencia: asumir la responsabilidad
La penitencia, entendida fuera del contexto religioso, se refiere a la aceptación de una cierta responsabilidad por el daño que hemos causado. No se trata de un castigo impuesto, sino de una autocrítica consciente y voluntaria que nos lleva a asumir el peso de nuestras acciones. Este proceso requiere de una profunda introspección, donde reconocemos nuestras faltas y trabajamos activamente para corregirlas. Asumir una penitencia personal implica un compromiso constante, no solo hacia la persona a la que hemos perjudicado, sino también hacia nosotros mismos. La responsabilidad de reparar el daño es una carga que debemos llevar con dignidad y respeto. Para gestionar esto, es esencial mantener una comunicación abierta con la persona afectada, asegurándonos de que nuestras acciones están alineadas con el bienestar de esa persona y no simplemente con la búsqueda de nuestra propia redención.
A mí esto me lleva a pensar en la constante revisión a la que yo misma me someto. No estoy pensando en cómo castigarme, en lo que estoy pensando constantemente es en cómo revertir ciertas actitudes personales que me llevan a seguir repitiendo los mismo patrones de conducta que me frustran y que me hacen, al final, herir a otros. Herir a mi hija sin querer o a mi madre… esto no quiero. Con mi madre es muy sencillo, porque con ella puedo hablar de mil cosas al nivel de un adulto, pero con mi hija es muy doloroso darme cuenta de que no siempre lo hago bien. Tengo la mejor de las intenciones, pero, no, no siempre lo hago bien. Y esto pasa porque estoy agotada y porque me pongo manos a la obra a la hora de predicar con el ejemplo. Pero, en muchas circunstancias, me asalta la vieja Esther, esa que se frustra y se violenta consigo misma. La crianza, tus hijos, no suelen sacar lo mejor de ti. Y esto, justamente, es lo que me hace parar y revisar varias veces a lo largo de cada día. No lo estoy hablando de forma permanente o, al menos, no fuera de mi círculo de seguridad; pero sí es una de las cosas que más me importa, ser la mejor persona que pueda ser con mi hija y con mi madre. El sentido de la penitencia es darse cuenta de las flaquezas y ser cada vez más ágiles en los procesos de reparación. Los niños son arcilla blanda y quedará impreso cualquier daño que les hagamos, aún siendo sin querer. Hay que saber que hacemos daño, todo el tiempo. Una vez, años después de su divorcio, mis padres se encontraron y hablaron. Mi madre le dijo a mi padre que tenían que hacerse cargo de los errores y los daños que habían ejercido sobre sus hijos desde su ignorancia. Ella, que ha hecho terapia y se ha convertido en terapeuta, que ha transitado la enfermedad y muerte de su hijo pequeño, que le ha visto literalmente morir, no duda en preservar en las mejores condiciones posibles la salud mental de su hija y su nieta, porque somos lo único importante que queda vivo. Esto es.
Y, escucha, ella no necesita ningún reconocimiento mío, ni público ni privado, ni mi aplauso ni mi nada, aunque yo sí se lo doy. Ella solo necesita que yo, cada día que pasa, sea y esté mejor. Una parte fundamental de mi evolución y de su ritmo está asociada a las admisiones de mi madre: a lo que me ha reconocido en mi cara, a sus defectos y sus flaquezas y a sus arrepentimientos y su búsqueda del perdón.

2. El conflicto con la solidaridad: el valor del silencio
La solidaridad debería ser un acto de entrega pura, realizado sin la necesidad de reconocimiento o alabanza. Pero, en la era de las redes sociales y el marketing personal, la solidaridad a menudo se convierte en un escaparate, donde el acto de ayudar se transforma en una herramienta para engrandecer la imagen personal o empresarial. Esta forma moderna de marketing es peligrosa porque trivializa la verdadera esencia de la solidaridad, convirtiéndola en un espectáculo más. Yo tengo experiencia en esto. Es cierto que la difusión mediática de actos solidarios puede inspirar a otros a unirse a la causa, pero es crucial que revisemos nuestras intenciones. ¿Estamos ayudando porque genuinamente queremos hacerlo, o porque buscamos reconocimiento? La verdadera solidaridad debería ser silenciosa, ejecutada con humildad y sin esperar nada a cambio. La autenticidad en la solidaridad se demuestra cuando los actos se realizan sin fanfarrias, en los momentos y lugares donde más se necesita, lejos de los reflectores y las cámaras. Pero no se puede.
Bueno, sí se puede. Se puede uno poner a hablar consigo mismo en serio y saber por qué hace las cosas. Y me dirás: «pero, ¿y tú? Con tanto «Siempre Fuerte»»… pues, sí, a veces me veo en la tesitura de decir que sí, porque aún no me atrevo a decir que no del todo, a dar el NO rotundo. Un NO rotundo sucedió cuando abandoné mi antiguo empleo para una conocida ONG local en Málaga con la intención, inicialmente, de sentirme mejor. Pero cierto es que aún no sé decir NO del todo cuando se refiere a esto de la solidaridad enlazada a mi hermano. Le vi a Robin Williams una vez decir en una entrevista que todos estamos lidiando batallas de las que no sabemos nada, que debemos ser amables. Ahora esta frase no es muy novedosa, porque con esto del positivismo tóxico todo el mundo se la adjudica. Pero esa entrevista que yo vi debía ser de los años 80 o algo así, entonces sí que seguro que fue una idea revolucionaria. A mí me gusta mucho (y lo contaba en uno de mis últimos artículos antes que este) eso de que todos juzgan las decisiones que tomamos, pero nadie sabe las opciones que teníamos. Y esto es justo lo que a mí me pasa con la solidaridad y mi hermano. El mundo de lo solidario para mí es decepcionante, pero no por ello me bajaré del barco del completamente. Existen buenas acciones y buenas personas que aún están involucradas en asuntos de solidaridad. A veces, estas personas vienen a mí. Cualquier idea que tenga que ver con mi hermano siempre me genera recelo. Comprende que para mí solo es un niño pequeño que corre tras de mí todo el día esperando que lo lleve con mis amigos a la playa o que le haga caso con cualquier cosa que se le ocurra. Para mí no es Pablo Ráez «Siempre Fuerte». Es como si todos creyesen tener una parte exclusiva de mi hermano que les pertenece cuando la verdad es que muy pocos le conocieron.
Casi ni siquiera yo le conocí.
Así, pues, siempre optaré por el silencio, por crecer en privado, por hacer mis cosas en algo más de oscuridad aunque tú me veas en las redes con mis reels o en mis conferencias o mis cursos. Yo necesito un mundo más honesto para poder vivir, pero no quiere decir que puedas conocerme fácilmente, que el acceso a mí sea sencillo. Soy sincera en mis acciones y en mis afectos, aunque no te gusten, aunque no los entiendas. He dejado de justificarme (o eso empiezo a practicar). El silencio genera incomodidad, pero es necesario para crecer.

3. La falsa intención de reparación: ataja la hipocresía
No todas las intenciones de reparación son genuinas. A veces, la voluntad de reparar un daño puede estar motivada por intereses ocultos, como la necesidad de mantener una relación que sigue siendo beneficiosa para una de las partes. Este tipo de reparación falsa es peligrosa, prolonga el daño en lugar de sanarlo. Para detectar una intención falsa de reparación, es importante observar las acciones más allá de las palabras. ¿La persona está verdaderamente comprometida con el bienestar de quien ha sido lastimado, o simplemente busca mantener las apariencias? Y tampoco te aseguro que seas capaz de atajarlo propiamente dicho.
Una reparación auténtica requiere honestidad brutal, no solo hacia la otra persona, sino primero hacia ti mismo. Reconocer cuando estamos actuando por motivos egoístas es el primer paso para evitar que nuestras acciones causen más daño. Aprovecho la ocasión para decir que este punto tres es de lo peorcito que puede pasar. Y, también, es tan común que me dan arcadas. Todos somos hipócritas porque ser hipócrita es una herramienta social. Hace mucha falta saber cuándo y cómo decir esto o aquello, incluso, saber cuándo callarse. El problema nace cuando una persona olvida que la hipocresía es solo una herramienta más, no una forma de vida. Y esto es muy sutil, la mentira, la máscara, se mete por debajo de la epidermis y no hay medicamento que pueda con ella. Corroe cada impulso creativo por hacer el bien y solo se activa para emprender acciones que generen beneficio propio o, directamente, un daño al otro. Hay otra cosa que se ha puesto de moda últimamente, esto de cuando un amigo te dice que otra persona ha hablado mal de ti (y te lo dice porque es un buen amigo) y entonces tú debes preguntarle por qué se sintieron cómodos hablando mal de ti en su presencia. Y, de esta forma, poner en evidencia que no haya defendido tu nombre en tu ausencia. Pues esto es un ejemplo de hipocresía, no de maldad, pero sí de una hipocresía enferma y muy, muy enquistada. A veces uno tiene que callar, pero ¿hasta qué punto? ¿A qué precio? Yo valoro intensamente los daños y lo hago hasta donde soy capaz de hacerlo. No pretendo hacer daño a ninguna persona, pero sí pretendo dejar claro a muchas personas que no deben acercarse, que no son bienvenidas. Y esto no es porque yo sea muy exclusiva, esto es porque no me gusta utilizar la hipocresía tan a menudo, por nombrar uno de los motivos ahora mismo.
Las intenciones de cada cual son totalmente lícitas y vivimos en aparente libertad de expresión, por tanto, hacemos lo que mejor creemos. Uso la palabra «aparente» porque la libertad de expresión en la actualidad genera oleadas de juicio. Mientras esto sea así, mientras no exista un respeto real por los procesos de los otros, no habrá una libertad de expresión de verdad. Yo puedo decir lo que quiera, pero no puedo hacer daño siempre que quiera. El valor moral está por encima de mi libertad de expresión.
…

La reparación verdadera no busca aplausos ni reconocimiento. Es un acto íntimo, motivado por un deseo sincero de corregir un error y de sanar el daño causado. Es un proceso que ocurre en silencio, lejos del escrutinio público, y que demanda un alto grado de integridad moral. Solo así podremos decir que hemos reparado un daño de verdad, con toda la dedicación y el compromiso que ello conlleva.
Por favor, Valor Moral y Honestidad Brutal en la Reparación Emocional.
Cuídate.

hola
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Penitencia : autocrítica consciente y voluntaria que nos lleva a asumir el peso de nuestras acciones
Te felicito por esta definición reflexionada y sentida a la vez, que nace de un profundo dolor y un brutal valor.
Un bebé, una vacuna, una novela , una restauración …, se gestan en el silencio. Que bien lo explicas, de verdad; lo esencial no precisa de aplausos ni focos, sino todo lo contrario .
Tu hermano, como hermano es solo tuyo, íntimo y privado. Lo haces muy bien, cuestionas y sopesas cada acción, cada acto público , cada noticia que llegue a ti y que tienes que, de nuevo, entregar.
Enhorabuena por renunciar al resentimiento y la venganza y no escatimar en tu dolor y tus lagrimas; por tu entrega y tu valor, y sobretodo por tu amor.
El miedo campea suelto , es el gran infiltrado, porque se alimenta de la falta de autenticidad, de la falta de honestidad, de la falta de amor. Y del miedo nace todo lo malo que nos condena a vivir atrapados en una peli privada de terror,
¡Valor moral y honestidad brutal : Siempre Fuerte!♥️💪
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A mí me hace falta decir cosas en voz alta porque albergo mucho. Muchas personas también lo necesitan. Ojalá más tomaran estas decisiones, aunque sé que no es fácil. Un abrazo.
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«todos juzgan las decisiones que tomamos, pero nadie sabe las opciones que teníamos.» Ya sé que el blog es extenso y hay reflexiones magníficas, pero me quedo con esa, la veo cada día.
¿Te has planteado escribir un libro?
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Es muy absoluta. Me alegra que te sirva. Nadie sabe por qué hacemos esto o lo otro. Es duro por el juicio, pero casi es mejor que nadie sepa.
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Sí a tu pregunta. Està en proceso.
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