A propósito de Simone Biles

Cada mujer ha transitado o transita su vía crucis. Me refiero a su relación con los hombres, y no es solo acerca de las mujeres que se acuestan con hombres. Es acerca de la relación entre mujeres y hombres.

Encontré una hermana, una medio hermana, gracias a un test de ADN. Yo tan solo quería saber si era judía y terminé averiguando que tenía una medio hermana en otro país, hermana de padre. Y, aunque me siento tentada de contar la historia con pelos y señales, ella me ha pedido que no lo haga, al menos, de momento (Netflix tendrá que esperar). Ella tiene exactamente 10 años más que yo y lo cuento porque es absolutamente paralizante comprobar que su historia, también incluyendo historias de abusos y relaciones equívocas con los hombres, es asombrosamente paralela a la mía. Jamás nos habíamos visto antes ni sabíamos de la existencia de la otra y, aún así, nuestras vidas han sido absolutamente paralelas. Sensaciones y vivencias que hemos tenido del mismo calibre las hemos procesado de formas similares construyendo a dos mujeres férreas de principios firmes, con valor y valores y con una capacidad extraordinaria para renacer de todas las tribulaciones que fueron tsunamis en nuestra vida. Hasta la forma de reaccionar es parecida. Utilizando idiomas diferentes, somos como almas gemelas. Su historia solo ella la puede contar, pero yo sí puedo adueñarme de los puntos en común.

Una cosa llevó a la otra. Simone Biles abandonando las Tokyo Olympics, los casos que se me meten en la cabeza de violencia contra las mujeres, el acoso que yo misma sufrí hace muy poco y del que no estoy segura de haberme liberado aún, mis relaciones íntimamente degradantes con los hombres, la clandestinidad a la que muchos de ellos me obligaban a perpetuar. Mi madre, siendo yo muy niña, huyendo de mi padre por las calles del centro de Málaga; las más de cinco denuncias que, en los años 80, solo servían para poner amonestaciones. Antes no existía esto de la violencia contra las mujeres, existe hoy, pero que esto está en pañales. Hasta a mi amiga experta en violencia de género le queda grande.

Digamos que yo hice un Biles I cuando, aterrorizada durante todo mi embarazo, decidí llevarme bien con el padre de mi hija. No lo hice a base de acuerdos, es decir, no fueron las palabras. Fue la comunicación en su forma más esencial, esa que viene de la intuición. Y ni que decir tiene que me hice una experta en seleccionar la información relevante, me saqué un máster a pasos de relevista en comprender el dolor primordial del padre de mi hija. No creo que tenga que explicarlo, pero igual lo digo: no tenía nada que ver conmigo ni con mi hija, sino con él mismo. También lo dejo aquí escrito esto: que no todo tiene solución y que hay relaciones que se tienen que terminar para siempre. El problema está en dos vertientes: una es el orgullo entendido de forma fatal y otra es la falta de profundidad psicológica para con uno mismo. Falta de honestidad troncal. Todos tienen miedo de hacer terapia, de conocerse más allá, y es primero porque ya creen saberlo todo (orgullo envilecido) y, luego, porque nos damos todas las excusas que queremos para no molestarnos. Y, menos, si le va a beneficiar a otro antes que a mí. Como dice Jung, las personas podrían aprender de sus errores si no estuvieran tan ocupadas negándolos.

Una cosa llevó a la otra. Mi Biles II lo hice el año pasado soltando mi empleo de casi una década y generando mi propio proyecto del que hoy puedo vivir. Sobre todo, soltando mi antiguo empleo. Allí aprendí pero, sobre todo, fui tremendamente abusada. Una parte de mí no supo ponerse en valor hasta que ya fue demasiado tarde; la otra parte no pudo soportar más el entorno tan obtuso. Me asfixiaba. Me dolía. Y con una hija de 4 años, Esther, ¿cómo vas a dejar este trabajo que ya conoces y que te da un ingreso seguro? Esther, ¿cómo te atreves a dejarnos? Esther, ¿quién te crees que eres para montar tu propia agencia? Esther, ¿no sabes que las empresas como la tuya, así, pequeñas, son las primeras en hundirse? Todas estas cosas podía llegar a decírmelas yo, pero no habría esperado jamás oírlas de personas de mi confianza. La única persona que me ayudó de verdad fue una mujer, qué casualidad: mi madre. Esto sí que fue una combinación de una triple pirueta con doble mortal agrupado hacia atrás. Un Biles II.

Yo no dejo de asombrarme de tantos casos horribles que se suceden uno tras otro, como si nadie aprendiese la lección o como si estuviésemos todos torpes ciegos sordomudos e incapacitados para verlas venir. La Manada, por ejemplo. ¿Qué es esto? ¿De dónde sale tanta inmundicia humana? Y tantos otros casos donde los hombres se lucen de lo lindo. Y esto ya me da más igual, lo peor de todo es cuando decidimos no creer a las víctimas. Y lo peor de lo peor de todo es cuando otras mujeres deciden no creer a esas víctimas. Por inverosímil que parezca, quizás le sorprenda a esas mujeres que una chica joven no desee acostarse con 5 tíos a quienes no conoce de nada en un portal. Quizás ellas sí querrían tener esa experiencia en esos términos, no lo sé. Que si hablamos de experiencias, esto es otra cosa. Se pueden tener todas las experiencias posibles, pero deben ser todas las que una quiera. Las que una no quiera, pues esas no.

El machismo me apabulla, me pasa como a la Jurado. Siempre he amado a los hombres, sus cuerpos, sus hombros, sus rasgos masculinos, su capacidad para hacerte sentir deseada… pero nunca me hicieron sentir segura. Jamás. Ni siquiera mi padre, ni un padre ni otro. Es verdad, yo no soy lo que me sucedió, yo soy lo que elegí ser: esto lo dice Carl Jung y me voy a poner a copiarle frases súper elocuentes para apoyarlas y destrozarlas, las dos cosas. Y es que, de lo poco que sé de Jung (más que saber sobre él, todo ha sido experienciado en mi terapia durante largos años), me fascina cómo atina en las cosas y cómo abraza la diferencia hablando de los puntos en común. Qué curioso, el tipo es un hombre. Uno elige constantemente lo que va a ser, en lo que se quiere convertir y las cosas suceden en mayor o menor medida según los recursos disponibles o a nuestro alcance. Esto sí, pero, ¿qué dices, Carl? Todo lo que me ha pasado, hasta lo que he pensado y lo que he sentido, me ha traído hasta aquí. Un eneatipo 8 bastante cuerdo que aún lucha con su propio conflicto de ira, su peor demonio, la vulnerabilidad, y que busca la honestidad en las personas como ese que se pierde en el desierto y necesita beber. Es que todas esas cosas que me pasaron y las que hice… todas esas sí que soy yo. No sé, Carl… quizás podrías volver a pensarlo, o a lo mejor, no me leí el libro en el que lo explicas mejor. Tendría que habértelo preguntado antes de 1961, año de tu fallecimiento. Y al final de todo es siempre mucho más sencillo: gracias a Jung, muchos psiquiatras y psicoanalistas y psicólogos han ayudado a miles de personas, entre ellas, yo misma. Si Jung no hubiese profundizado en todas estas cuestiones no estaríamos hoy aquí, o a lo mejor sí, pero no podemos saberlo con certeza. Yo creo que no estaríamos aquí de la misma manera. Y así sucede con todos nosotros, porque tenemos que hacer todo lo que tenemos que hacer para caminar nuestro sendero y por ahí es por donde aportamos a otros seres humanos.

Una agresión sexual de esas que sufren y han sufrido tantas gimnastas es una agresión sexual: para mí no es importante cómo fue esa agresión, qué pasó, para decidir que a esas niñas que hoy son mujeres había que protegerlas y que hoy hay que apoyarlas y creerlas. Sí es muy importante conocer los términos reales para determinar la gravedad de los actos y, en caso de que pueda haber juicio, dictaminar la condena, es decir, el castigo. Y, de ahí, que haya la existencia de paz en el interior de esas niñas que hoy son mujeres o que quizás no han podido ser mujeres del todo. Recuerdo los tocamientos de uno de mis familiares que, teniendo yo 6 o 7 años, integré como algo extraño, vergonzoso. Y que, justo después, bloqueé con el poder de la normalidad. La historia de la humanidad está repleta de ejemplos de abuso hacia las mujeres, también hacia los niños, ambos sexos. El abuso en términos generales, sin especificar el sexo, transmuta y transforma al ser. Como cuando te juzgan por haber tenido un novio negro o como cuando te acusan de promiscua o como cuando te dicen que eres un maricón, no lo sé… la casuística es demasiado variada como para mencionarla aquí completa.

No es mi intención llamar a las barricadas pero, tú, que eres mujer, si nunca en tu vida sentiste miedo de algún hombre… afortunada. O puede que no. A mí el miedo me ha servido para ampliar mi conciencia, para comprenderles mejor y para darme cuenta de que tenía que ponerme manos a la obra en términos de profundidad comunicativa. Los hombres y las mujeres no nos comunicamos como creemos; pronunciamos palabras e intercambiamos gestos, pero la comunicación como ejemplo de haber integrado y comprendido al otro queda tan lejos que ni se ve. Esas mujeres que crean que hemos avanzado mucho tienen todo el derecho a creerlo, es tan solo una cuestión de perspectiva. Qué complicado se va desenvolviendo este mundo en el que vivimos cuando lo cierto es que la verdad es bastante sencilla. Así que, levanta la mano si alguna vez tuviste miedo de algún hombre. Yo la tengo levantada… porque yo he amado a los hombres y también me han dado terror. Me da terror saber sin necesidad de enseñar mis pruebas que más de la mitad de los hombres que he conocido íntimamente me han agredido de una forma o de otra. Y no, no es que yo lo haya permitido. Y no, no es que ellos sean unos agresores. Un ejemplo, mi última pareja no entiende el no, la negativa. Como no la entiende, insiste hasta la saciedad manipulando el entorno y las palabras (lo de las palabras, muy torpemente, casi como un niño que aprende a hablar, realmente). No respetar el espacio, no aceptar una respuesta que no te gusta o no integrar que no puede ser como tú quieres son formas incipientes de maltrato y, si yo siento que tu manera de insistir, lejos de ser un halago, se parece a una agresión, entonces no va la cosa muy bien. Cuando digo que son los hombres que he conocido más íntimamente no me refiero solamente a aquellos con los que haya podido mantener relaciones sexuales. Como soy mujer, ahora mi palabra parece una amenaza. Y todo lo que estoy haciendo es describir mi percepción de las cosas. Si alguien te dice que no, pues es NO. Punto.

Aquello a lo que te resistes, persiste. Sí, esto sí que sí. A mí me está costando mucho estar con otras personas en esta última etapa de mi vida. A veces pienso que no tiene nada que ver con nada, que es un aspecto de mi introversión que se intensifica con los años. Que me debato entre si lo tendría que corregir como si fuera un defecto y pensar fuck it! Pues, sí. Me cuesta la vida entera hablar con otras personas, como si necesitase toda mi energía para poder hacerlo. Y que pierdo el interés con facilidad, muy pronto. Y que tampoco me apetece mucho hablar con hombres, especialmente, si su intención es romántica. Se me va la energía: solo me queda una reserva disponible para mi hija, mi proyecto y mis reflexiones. El resto es para que mi sistema orgánico siga funcionando. Que tengo a algunas ofendidas, pero no me importa. Lo digo tal cual es. ¿Tiene esto que ver con el miedo en algún aspecto? ¿Persiste porque me resisto?

Hay algo que me duele mucho de las mujeres y es cuando no son solidarias. Ya tengo bastante conflicto yo con el tema de la solidaridad como para que, encima, las mujeres seamos poco solidarias. Hace poco me sinceraba (o eso trataba) acerca de un período de mi infancia. Le contaba a una persona que, cuando yo era niña, mi madre no tenía más opción que enseñarme pronto a ser autosuficiente porque estábamos solas. Con 7 años yo ya podía calentar mi almuerzo y esperarla a que, en unos minutos, ella volviera del trabajo. Esto ocurría muy ocasionalmente, pero tuve que aprenderlo rápido. La mujer con quien yo estaba, lejos de entender la situación, me dijo con dureza que deberían haber llamado a los servicios sociales. Aquello me pareció el comentario más horrible, no reflejaba ni la historia que yo le contaba ni atisbaba alguna traza perdida que denotase empatía. Más aún sabiendo que la historia que ella me había contado de sus propios hijos unos minutos antes era muchísimo peor. Existe una cierta tendencia a la agresión entre mujeres también y tiene relación con la envidia. Pero, un momento, no confundir con la violencia contra las mujeres ejercida por los hombres.

Me había propuesto estudiar un poco sobre ella, Simone, para poder escribir con más propiedad, para que nadie pudiese venir a decirme que no sé lo que digo. Pero, es que yo no hablo de otras personas ni cuando hablo de otras personas. Siempre estoy hablando de mí. Y, si veo un documental, precisamente por la experiencia en carne propia que tuve con el documental sobre mi hermano, sé que solo es la visión de una persona o de un grupo de personas; que no se puede hacer un documental contando toda la verdad. Que nunca se puede contar toda la verdad ni aunque lo pusieras todo junto. Y que, aunque lograses ponerlo todo junto, no tendrías la capacidad de verlo en su conjunto. Vivir es una experiencia compleja y poliédrica… no se puede nunca comprender todo. Lo que sí podemos hacer es acoger aquello que somos capaces de comprender y dejar la puerta entreabierta para que siempre corra la brisa del cambio de perspectiva, un cambio de opinión, una vuelta de tuerca más hacia la expansión de la experiencia.

Ahora está de moda y es fácil tomarla como objeto de discusión, como ejemplo para cualquier otro tema. Lo difícil es hablar de las cosas cuando no están de moda, sin quitarle a Simone ningún mérito y sin quitarle valor a su carrera. Sobre todo, sin restarle el valor que tiene su vía crucis.

6 comentarios en “A propósito de Simone Biles

  1. Has sabido construir las perlas de tu sabiduría con cada grano de arena que te asfixiaba y horadaba. Bendita seas.
    La sangre de tus heridas corre por las conciencias de todos l@s que hemos contribuido. Que Dios nos perdone

    Le gusta a 1 persona

    1. No me costó apenas escribirlo, de hecho, se puede leer igual de arriba a abajo o de abajo arriba, es curioso. Al final, el orden de los factores no altera el producto. El mensaje es el que es. Sï me costó, sin embargo, publicarlo, como sabes. Gracias por leerme con tanto cariño y por tu apoyo infinito, mamá.

      Me gusta

  2. Mi querida Esther, el término que buscas para la falta de solidaridad y empatía que tenemos tantas veces las mujeres entre nosotras es, sororofobia. Me lo dijo una compañera filóloga y fue un mazazo que me llevó a tantos momentos de falta de apoyo, empatía y ser juzgada por mis opciones. Besos fuertes

    Le gusta a 1 persona

  3. Gracias, Lily. No, no conocía el término y tiene castaña que hayamos tenido que ponerle nombre a esto. En fin, nada como nombrar las cosas para generar conciencia. No hay secreto. Muchas gracias por estar ahí a lo largo de los años. Un abrazo.

    Me gusta

¡Deja un comentario!