Katusa

Dedicado a mi querida amiga, Davinia, por ser la artífice e inspiración de esta reflexión sobre el concepto del Ave Fénix, la transformación y Pyeongtaek. Gracias por compartir conmigo tus inquietudes y tus dolores íntimos. Quisiera transmitirte mi alegría por la vida y la fuerza que caracteriza a mi familia para que continúes tu transformación y mantengas tu búsqueda de sentido. Es el proceso lo más interesante de estar aquí. Me siento muy conmovida por tenerte de vuelta.

Para mí, no hay duda de que la única manera de darle valor a mi existencia es a través del tránsito por situaciones difíciles saliendo de ellas cada vez más ágil y renovada. Una vida sin altibajos o conflictos que entender y encauzar es una vida no vivida. Lo sé por mis propios procesos y porque lo he visto en otras personas a las que quiero y conozco, también en mi propia familia. Pero me pregunto muchas veces el por qué de que esto sea así, cuál es la raíz de esta dinámica. Cada vez que me he enfrentado a algo nuevo, a un reto o a una actividad que nunca había practicado antes, he necesitado poner mi disco duro en funcionamiento. En el disco duro es donde almacenamos toda esa información que vamos a necesitar en momentos de emergencia, urgencia o de peligro. Exponerse a algo o alguien nuevo es para nuestro cerebro reptiliano un indicador ancestral de peligro. Esta idea de peligro tan arraigada nos hace, por ejemplo, ser racistas sin remedio obviando cualquier otra señal que atienda a nuestra razón o a nuestra intuición; es decir, los mecanismos automáticos de auto-defensa se ponen en marcha. Por eso, los comportamientos explícitamente racistas son entendidos hoy en una gran mayoría como propios de personas atávicas incapaces de deshacerse de prejuicios heredados que ya no se sostienen Pero, retomando, vuelvo a esas veces en las que me he enfrentado a algo nuevo y he tenido que, intuitivamente, escoger nuevas herramientas sociales o de habilidad para construir esta nueva relación. Esta es la forma en la que llegamos a comprender mejor quiénes somos y cómo funcionamos tanto mentalmente como emocionalmente. Nos vamos haciendo más conscientes de nuestros progresos y de cómo son nuestros cambios, y podemos ser actores principales en nuestra propia vida. Así es como aprendemos a confiar en nuestras capacidades innatas y en las que son aprendidas, las diferenciamos y las nutrimos, y llegamos a averiguar cada vez otra potencialidad oculta que esperaba ser descubierta dentro de nosotros. No podemos dejar de cuestionarnos qué hacemos y para qué hemos venido, quiénes somos y en qué le servimos a nuestra comunidad y a nuestra familia. Al final de todo, está nuestro propósito vital. Cierto es que el propósito vital no es siempre el mismo pero para eso podemos entrenar y desarrollar nuestras capacidades afectivas e inteligencia emocional, para volver a iniciar el camino, volver a transitar por esas situaciones difíciles y dolorosas que la vida nos pone justo delante y saber que somos capaces de conseguirlo habiendo aprendido.

Esencialmente, todo ser humano está en busca de sentido en su propia vida y esto sólo puede encontrarse a través de la transformación. El mito del Ave Fénix es una preciosa metáfora que invita al simbolismo del renacimiento en nuestra cultura, y traducido a un lenguaje más moderno, invita a crecer a través de las adversidades en la vida. El ave fénix se convierte espontáneamente en cenizas y resurge de sí mismo más fuerte y bello que la vez anterior, y así hasta el infinito. Pero me resulta curiosa la manera en la que yo he integrado este concepto en mi manera de entender el mundo que me rodea. He vivido momentos en mi vida en los que me he convertido en cenizas: a veces ha sido cuestión de un momento, otras ha sido cuestión de años. Recuerdo, por ejemplo, que cuando volví de Corea me sentía perdida, más perdida que nunca. Volví prometida con un Sargento Primero del ejército de tierra de los Estados Unidos de América y, en pocas semanas, había cancelado todos los planes de boda. Esa tónica desalentadora de parejas que jamás terminan de mojarse, que jamás se quedan del todo y jamás de marchan del todo, esa manera de no reconocer a una mujer, esa forma silenciosa de humillación con la falsedad de los caracteres ególatras… y mi tendencia insaciable de buscar la aprobación masculina a través del enmudecimiento de mis cualidades, jamás una buena combinación a menos que una se haga responsable y conecte con un buen terapeuta, como me pasó a mí. Di varios pasos de gigante hacia atrás en mi evolución personal después de haber dado muchos pasos de gigante hacia delante enfrentándome a uno de los retos más impresionantes que se me han regalado, mi vida en Seúl. He tardado años en integrar quién era yo en Corea, quién era yo antes de llegar allí y quién era yo cuando volví a España; de los motivos que me enviaron allí hasta los motivos que me trajeron de vuelta. Sé (porque lo he vivido) que uno puede convertirse en cenizas lentamente y llorar callado, ansiar ser vista por un padre, por un hombre que sea bueno y quiera darse, y llegar al fondo de la nada. Y a pesar del terrible dolor que se siente, no había otra posibilidad que atravesarlo a mi ritmo y a mi cadencia, y asimilar las carencias y la reactividad para, al menos, tener una oportunidad de descubrir el velo y ver algo más de luz.

Mi hermano, Pablo, es otro de los momentos ave fénix que yo integro dentro de mí de una manera peculiar. Creo que me pasé toda mi juventud (su infancia) esperando a que él creciese para contarle de mí. Y fui estricta con él y me pesa haberlo sido. ¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué esperamos a decir cosas? ¿Por qué alejamos el momento de conectar? Yo era la hermana mayor, no debí haber esperado. No es que su muerte me hiciese convertirme en cenizas, su muerte me abrió el pecho y me dejó respirar. Su enfermedad fue lo que sí que hizo que me convirtiese en cenizas y con esto no tardé años, con esto tardé segundos. Al mismo tiempo en que él iba deteriorándose, yo aguantaba deshaciéndome y haciéndome simultáneamente. Mi fortaleza me mantuvo en pie, pero la Esther que conocía se quedó llorando en una habitación de planta en Carlos Haya tras el impacto de la noticia de su diagnóstico. Y lloré y lloré allí sentada durante mucho tiempo hasta que paré.  Recuerdo la cara de mi hermano en total incredulidad, absorto en sí mismo. Esa expresión no debiera nunca jamás tenerla ningún niño de 18 años. Viene un deseo implícito de transformación y de superación una vez que te has deshecho, casi sin ser llamado. Durante un tiempo, infértil. Pero es justo cuando comenzamos ese nuevo camino de resurgimiento cuando entramos en el terreno de la expansión del ser, ahí es cuando nos empezamos a acercar a la transformación personal y a nuestro propio conocimiento. Esto no es fácil, esto duele. Existe un fuerza poderosa que te lleva a la necesidad de superarte a ti misma y te obligas casi sin querer a tu propio cambio.

Los nuevos caminos hacen aflorar nuevos conflictos y nuevas capacidades, nos abren hacia una nueva visión, nos ponen unas gafas con una nueva dioptría. Ahora vemos mejor. Cada vez que me enfrento a mi dolor por mi hermano sangro un poco, aunque admito que no lo hago a menudo. Encarar el dolor es para valientes y, no es que yo no lo sea, pero esto es como una medicina: si son 2 gotas diarias, no me tomaré el bote entero en la primera dosis. Muchas veces me sigue pasando que recibo un pésame de alguien afligido por mi hermano, alguien que no pudo dedicarme esas palabras en su día, o alguien que quiere expresar el bien que mi hermano le ha hecho. Todo esto es una suerte y una herida que se abre cada vez. Acepto que así ha de ser y veo lo bueno, pero me sigue doliendo.

La metáfora del ave fénix representa para mí una esperanza de sanación para todos, no sólo a nivel individual sino a nivel cultural y de razas. No es una casualidad que para sanar una herida primero haya que localizarla. Es decir, el dolor hay que conocerlo, experimentarlo, atravesarlo. Yo soy una experta en eludirlo, tengo un sistema de vallado protector anti-dolor última generación que me protege de cualquier amenaza pero esto no es lo más recomendable. Sencillamente, es un rasgo de mi carácter. A mí me cuesta dejarme doler, pero me duele como a ti. Por eso conecto estas reflexiones del ave fénix con la idea del racismo que mencionaba más arriba: un comportamiento abiertamente racista es desmesurado y no atiende a razones intelectuales, atiende a razones atávicas y trogloditas y a un pánico inmedible ante la posible superioridad de cualquier persona diferente. Entonces, mejor atacamos. Y no nos damos cuenta de que esto sólo conduce al atraso espiritual e intelectual de una persona. Una de las enseñanzas más interesantes que he aprendido del Dr Salama fue cuando me hizo descubrir que el no movimiento, progreso, espiritual es un atraso espiritual; a diferencia del mundo real y tangible donde, si no te mueves, simplemente, te paras, no necesariamente te atrasas.

Y yo, como me prometí con un sargento americano de los Estados Unidos de América, visitaba asiduamente la Base Militar de Pyeongtaek en Seúl. Un día me di cuenta de que las miradas penetrantes de algunas personas (hombres, en su mayoría) se debían al juicio y no a la curiosidad. Yo era considerada hispana, es decir, en su mundo, ser hispano es ser menos. Especialmente, para algunos que fuesen menos ilustrados de lo habitual. No importó el hecho de que ser española me convirtiese en europea y así hasta ser ciudadana del mundo. Hablar español (¡qué atractiva!, por un lado), sinónimo de atraso (viene de un país subdesarrollado donde todavía comen pan sin envasar, por otro). Por más que dijese que España no estaba en México, ellos más clases de geografía querían darme. En otra ocasión, un hombre coreano me escupió en el pecho por ir con soldados americanos en el tren. Yo, al principio, no tenía ni idea de lo que había pasado. Estaba alucinada y asqueada. Los soldados americanos, incluido mi prometido, no me defendieron ni protegieron. Más alucine y más asqueada. Si un ciudadano coreano increpa a un soldado americano, este último está obligado a mantener la paz, porque para eso está allí. En caso contrario, será arrestado por un katusa (policía coreana) y a espera de un juicio rápido, aunque a tu futura esposa le haya escupido encima cualquier tipejo en un tren Seúl – Pyeongtaek. O, al menos, eso me contaron a mí. Soy blanca, pero sé lo que es el odio racial. Aquello me costó el acoso y derribo de mi voz, porque ellos así me lo exigieron. Mi tiempo en Corea fue rico en experiencias de muchísimos tipos. Hoy, después de casi diez años, empiezo a querer hacerlas resurgir. Oculté estas historias en mi interior para no tener que  integrarlas conmigo, pero ya no quiero dejar de ser yo más. Y resurgir de las cenizas también es contar aquello que viví.

Hoy brindo por el amor que no cesa que siento por mi hermano, por el Ave Fénix y por el coreano que me escupió. Y aplaudo a mi amiga, Davinia, por haberse impregnado de mis historias por Corea con tanto cariño y haber sabido sacar de mí el valor para empezar a contarlas, y ella sin saberlo. Olé.

2 comentarios en “Katusa

  1. .He leído el emotivo post sobre la metáfora del Ave Fénix y su personalización en la vida o, mejor dicho, su personación en tu vida. Las experiencias que comentas ofrecen un vívido ejemplo de como el sentido metafórico que, al fin y al cabo es homogéneo al entendimiento intelectual, lo traspasa para incardinarse en la esencia de la propia vida, filtrándose en su propio tejido existencial para hacer de ella una constante prueba atlética de superación. Como bien das a entender, el concepto de Ave Fénix es inseparable de la crisis derivada de experiencias vitales (del error y sus funestas consecuencias); pero también lo es de la catarsis ( aceptación purificadora, redención, transformación liberadora). Me he tomado tiempo, pues quiero pretender un comentario, penetrante aunque breve, sobre una metáfora que me llama poderosamente la atención, porque creo que representa la visión optimista de la vida, diametralmente contraria a la pesimista que me ofrece otro mito, el de Sísifo, en el que veo encarnada la idea de la vida tenebrosa y estéril, porque ejemplifica lo inútil de todo esfuerzo que se realice en aras de la superación.
    Superación constante es aprendizaje constante de lo que podríamos llamar el » sí-mismo», y el aprendizaje si no es sabio no es tal, sino adorno en unos casos, o artificio en otros. Me imagino el sí-mismo (llámese espíritu, alma, sustancia, no el ego psicológico o intelectual) como una enorme esfera de innumerables capas concéntricas que, como niveles de autoconocimiento ondean al empuje de los vientos del destino. Pues es nuestra vida y sus experiencias críticas las que propician la expansión del sí-mismo. En esa expansión el «sí-mismo» no sólo es el sujeto del conocimiento (el que e conoce) sino también el objeto del mismo ( el que es conocido): es decir, es esa expansión el propio autoconocimiento. Quizá sea difícil entenderlo en abstracto. Por eso el hombre inventó el mito (¿o el mito inventó al hombre?) que nos enseña, según entiendo, que expansión y autoconocimiento es un continuo resurgir sobre uno mismo.
    El mito del Ave Fénix, esa figura que se transforma, se procesa, se enjuicia,se elabora constantemente para resurgir de las cenizas de una vida que ha sido traspasada por algún hilo de fatalidad, nos ayuda a entender, por lo menos nos aproxima, al concepto de lo que he llamado expansiòn o superación. En el fondo no se trata de un combate con la vida, sino de un combate (en el sentido no bélico, sino de superación de contradicciones y de opuestos) con nosotros mismos que desarrollamos en la vida. La victoria: el resurgir,la superación. Somos herederos de una potente energía interna, lo que has llamado en otro post «chispa divina», que así lo exige: aprender de los errores para valorar las cosas en justo término, para promover la alegría y la bondad, para dar lo que se pueda y recibir lo que se necesite, para ejercer la libertad con responsabilidad, para preferir el bien y no el mal…
    En definitiva, pienso con optimismo que es nuestra naturaleza la que abraza el concepto de Ave Fénix. Aunque sea ultrajada, bastardeada, ignorada o relegada a baratija utilitaria, siempre está ahí, como siempre ha estado. El mito abre al hombre moderno, como lo hizo con el antiguo,un horizonte promisorio de superaciones, cuya contemplación llena de sentido su vida. Basta con que un Ave anide en su pecho.
    Quiero deducir de este jaleo que he fraguado que la persona que «supera» la crisis es más persona, porque se ha expandido, porque de algún modo ha integrado contrarios y así lo acepta. Lo que la hace grande no es sólo que esto sea así, sino que lo es a pesar de que detrás de las palabras siempre queden los recuerdos. Por eso, todo persona, si bien se mira, puede ser una poesía.

    Un saludo. Un abrazo.

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