Año 1

Lo he llamado Año 1 por ser el primero, pero en Corea no se cuentan los años desde que naces sino desde que eres concebido. Y digo Corea porque, de los que me conocen, algunos saben que allí viví. Así que lo voy a seguir llamando igual (Año 1) a sabiendas de que me refiero a todo un año completo más cuarenta y una semanas y cuatro días de embarazo, y le vamos a seguir sumando un cifra cósmica  emocional que se refiere a las decisiones últimas que me trajeron hasta aquí. Y todo esto es el Año 1.

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Añado este improvisado mapa mental para la visualización de los 7 aprendizajes a través del Año 1.

 

Aquí, siete aprendizajes propios, aunque no muy originales, del Año 1:

 

Primero. Resiliente a la velocidad del sonido. He transitado innumerables veces por la fantasía de contarle al mundo mi versión de lo que yo sufrí y padecí en mi última relación, la relación con el padre de mi hija. A veces con gran resentimiento, muchas más con una gran necesidad de redimirme. No mentiré: las heridas se cierran solas, pero no. Cada herida tiene su proceso de sangrado, curación y cicatrización. Con tiempo me di cuenta de que lo más importante para mí era enfocar en mi capacidad de extraer la mejor de las esencias de cualquier tarugo de madera y mi increíble efectividad a la hora de resolver conflictos importantes. Tengo valor y arrojo y esto es algo que veo poco. Descubrir que estaba embarazada fue la mejor noticia que jamás haya recibido, y eran tiempos de dolor y desesperanza para mí. Mi ruptura previa y la manera en que los fuertes sufrimos me empujaba adelante no sin una gran resaca de esas que trae el mar en verano cuando no hay tormenta. Cuando hablo de redención (y aquí invito directamente a leer la última entrada en el blog de La Hermandad de los Gansos en referencia a lo mismo) no es exactamente porque yo fuese quien se comportase con más flaqueza, sino porque cometí errores que me hacían vulnerable y sensible a fuerzas como a la que me expuse gratuitamente. La redención me sirvió para purgar mis responsabilidades, para localizar mis errores de conducta, para crecer, pero no para conceder credenciales no merecidas a la otra parte. Estoy hablando exclusivamente de mí. Saberme embarazada me impulsó hacia delante, me dejó rendida ante lo asombroso de la creación y me llevó de la mano de la auto-protección. En mi vientre estaba el secreto más ansiado, se revelaba el secreto de la creación. Así que todo ocurrió dentro de mí como debía, y en mi cabeza, a la velocidad del sonido. Me volví altamente efectiva en resolver los dolores más intensos de una ruptura sentimental como la mía, a pesar de haber sido elegida por mí. Y, aunque aparecieron nuevos miedos y terribles ataques a mi persona en los meses venideros, supe rodearme de esta ayuda que la Gracia Divina concede a las embarazadas. Se me apareció en forma de mujeres amigas que abrazaron mi estado de buena esperanza y que calmaron mi corazón. Y así fue cómo, a la velocidad del sonido y la luz, Sofía vino al mundo no sin mis lágrimas y mis dolores, pero recubierta del manto de mi amor por ella. Porque lo que aprendí se refiere a mi habilidad para ser creativa en la resolución de mis conflictos más internos y, muchas, muchas veces, nadie se va a dar cuenta de mis éxitos. La resiliencia y la fuerza en cópula y yo a la vez.

Segundo. Los amigos son la familia elegida. Esta es una frase que mi madre me dice muchas veces, especialmente, en momentos de gran estrés familiar. En momentos en los que la familia no refleja ser el consuelo ni ese lugar de paz y cariño donde uno se va a sentir arropado. Siento mucho que aún algunas personas que conozco no se atrevan a ver a sus familiares tal cual son, es decir, la familia consanguínea no construye necesariamente una relación de amor y cariño. Esa es mi experiencia. A veces es algo temporal que puede trabajarse con la colaboración de esa persona (o sin su colaboración) pero, la mayor parte de las veces, simplemente, la cosa no tiene por qué fluir. He visto muchas veces que asusta decir abiertamente que nuestra familia no es quien mejor nos quiere siempre, pero es una realidad. Ahora que estoy constelando me doy cuenta de que, independientemente de cómo y cuánto nos quieran en nuestra familia, lo primordial es cómo nosotros nos posicionamos en ese árbol familiar. Para mí está siendo de vital importancia conocer cuándo soy hija y cuándo soy nieta y cuándo soy madre, por ejemplo. Parece algo sencillo de averiguar pero, muchos de nosotros, cuando estamos en nuestro entorno familiar, adoptamos de manera inconsciente (o consciente) roles antiguos que ya no nos representan y es ahí justo cuando los conflictos se hacen crónicos y se eternizan. He tenido siempre una relación íntima muy crítica con mis mejores amigos y amigas. Mi suerte es esa que hace que todos estos amigos y amigas hayan sabido ver lo bueno en mí y hayan decidido permanecer a mi lado a pesar de mis formas juzgadoras. No tengo muchos amigos, sólo unos cuantos, pero cada vez me voy haciendo el favor de dulcificarme en este aspecto y acercarme a la bondad cuando se trata de ellos. Y funciona. Mi círculo es cada vez más sólido y más amoroso y me siento muy honrada y afortunada de recuperar viejas amistades y conservar aquellas que más quiero. Gracias a mis amigos más queridos y a los nuevos que aparecen, mi vida es mejor y acojo la frase de mi madre. Y es que los amigos son la familia que nosotros elegimos.

Tercero. Las mujeres somos poderosas. No sonará nada revelador dados los tiempos de auge del feminismo en los que vivimos, pero no me refiero solamente a la importancia social de la mujer o a la lucha por la igualdad. Me refiero a la cualidad femenina de convertir la nada en algo. La Esther embarazada estaba conectada con Dios. Siempre que menciono a Dios sé que aquellos que tengan conflictos con la religión (ya sea por enfado o por descreimiento) se sentirán decepcionados, y aquellos que esperen una reflexión muy científica sobre el poder de la mujer devaluarán mis reflexiones. Estar embarazada, aparte de la ciencia, es la Chispa Divina actuando, es la mano de Dios con el aspecto que tú quieras. Transforma todo tu cuerpo y toda tu mente y a más conciencia de ti, más cambio interior. Sólo por esto ha valido la pena el trabajo personal, todos esos dolores volcados en mis sesiones, todas esas quejas y todos esos llantos callados, las realizaciones y las reconversiones del ser, todo aquello que fue creciendo en mí gracias a conocerme mejor me llevó a experimentar mi embarazo de una manera mística y espiritual. Ojalá mi Dr Salama quisiera escribir conmigo acerca del poder femenino. Gracias a él supe encontrar la paz que hace falta para crear esa burbuja invisible que me permitió gestar. Las mujeres somos poderosas porque gestamos y sobrevivimos y padecemos los dolores más increíbles y luego lo olvidamos y seguimos creando. Y que sirva de metáfora para el resto de las cosas porque así somos.

 

Cuarto. Mi opinión no importa, mi opinión sí importa. Y lo pongo en primera persona por no decir “tu opinión NO importa, tu opinión SÍ importa”. Esto de las opiniones es toda una escocedura. Hace ya tiempo que vengo protestando sobre el hecho de que la libertad de expresión nos ha hecho ser unos boca-chanclas profesionales. A veces me da hasta vergüenza pensar en todo lo que nuestros antepasados no tan lejanos lucharon para que hoy nosotros podamos decir todo aquello que queramos, y podamos tener blogs, por citar algún ejemplo más personal. Creo que la mayor parte del tiempo desperdiciamos esta oportunidad de generar un impacto con nuestras opiniones o nuestros silencios. Observo que muchas personas creen que el simple hecho de hablar es lícito y que, eso mismo, ya es opinar. Pues diré que para mí, hablar es una cosa y opinar es otra. Cuando yo opino, me lo pienso mucho. Mi opinión (o la tuya) no importa cuando se trata de respetar al prójimo; y sí que importa cuando se trata de respetar al prójimo. Entonces, ¿qué diferencia hay? Propongo un experimento: la próxima vez que nos veamos en una circunstancia en la que podamos opinar aunque no nos hayan solicitado la opinión, probemos a callarnos y a escuchar. Invito a que me cuentes qué ha pasado, qué ha sucedido en nuestro interior, si era posible no decir lo que opinabas, si ayudó a esa persona que no expresaras nada más que un amable silencio en calidad de apoyo. Experimentaremos una gran paz. La diferencia radica para mí en el origen de la necesidad de opinar: ¿responde a una exigencia de mi ego o, realmente, aporta algo bueno? Nos daremos cuenta de que en muchas ocasiones opinamos (hablamos, protestamos, gruñimos, lloriqueamos, etc.) para saciar carencias ocultas, no para hacer crecer a otros o a nosotros mismos. Si es así, “mi opinión no importa”. Pero sí que importa cuando se trata de ejercitar nuestras tareas pendientes. Y pongo un ejemplo: llevo años para cogerle el truquillo a eso de decir NO (no es que se lo haya cogido del todo aún), y una de las formas que he descubierto que a mí me sirven es decir lo que pienso directamente, especialmente, cuando debo practicar el NO. Recientemente, me ha sucedido con un amigo. Él y yo hemos mantenido una de esas relaciones largas y sibilinamente tóxicas en las que la igualdad realmente no existe ni existió jamás. Finalmente, me atreví a decir que ya no quería más de lo mismo y que prefería distancia física y emocional. Me expresé. Opiné. Y lo hice de tal forma que él entendió la negativa. Y, después de casi 15 años, supe decir NO. Argumenté lo que pensaba de su forma de tratarme, de manera breve pero firme y, después de hacerlo, me sentí liberada. Decir lo que pienso es mi asignatura pendiente y ese es uno de los motivos para lo que uso el blog. Es cierto que aquí digo más lo que siento que lo que pienso, pero todo se entremezcla con facilidad. Así que, si se trata, por ejemplo, de salvaguardar y proteger al yo más sano, entonces, «mi opinión sí que importa».

Quinto. Yo no importo, yo sí importo. Muy de la mano con el cuarto aprendizaje de arriba. De pronto, todos mis rituales y muchas de mis manías ya no disfrutan de todas mis atenciones, ya no les hago tanto caso para definirme. Desde que mi hija nació, mis maneras han ido evolucionando y casi he dejado totalmente de lado muchas de las cosas que antes me resultaban fundamentales para mi manera de vivir. Es decir, yo ya no importo como importaba antes porque ahora tengo a alguien que importa más que yo. Es posible que no sea una frase de lo más acertada, que pudiera ser rebatida, que se podría ver desde un ángulo que me hace quedar simplista y reduccionista pero, al menos, es auténtica. No todas las cosas son entendibles por todas las personas, ni pretendo agradar al cien por cien a todos los que decidan leerme. Ser mamá de mi hija hace que yo no tenga la misma relevancia que antes y, al mismo tiempo y de manera mágica, me convierta en la persona más importante que existe. Sin mí, sin mi cuerpo y mi cabeza y mis capacidades este momento no podría ser. Sin mis pequeños espacios para poder escribir este blog, para poder hablar en la tele de mis reflexiones, yo no tendría hueco en mi propia vida. Así que, a la vez, soy lo más importante. Me recuerda la dualidad de todo: no soy nada importante pero soy lo más importante. Me cuido más que nunca y pareciese que siempre voy con un moño alzado en la cabeza y la camiseta con una mancha de yogur, pero estoy en el mejor momento de toda mi vida. Jamás cuidé tanto de mí y, menos, de otra persona. Ni siquiera de mi hermano. Ni siquiera de mi madre. Este blog es importante para mí, mantiene mi mundo interior nutrido y funciona mejor mi engranaje. No importo, ya lo entiendo, es ley natural; y sí importo porque no podría ser sin mí.

Sexto. La pandemia como sinónimo de paciencia. Por todos es sabido que la paciencia es una virtud solo apta para los corazones más elevados. Para mí la pandemia que estamos viviendo es real, es tangible y es peligrosa. Me apeno con las noticias de sufrimientos por el Covid 19 y, también, por las muertes. Y voy un poco entre contrariada y preocupada ante las opiniones de personas y amigos y amigas cercanos sobre la mentira global a la que, supuestamente, estamos sometidos. Ya no me importa que todo sea mentira, lo que más me importa es que personas que quiero sufran por un virus altamente letal o que, potencialmente, mueran; y lo que más me importa es que personas a las que quiero se queden ancladas en sus fragilidades individuales y se agarren a peligrosos movimientos o líderes de movimientos para sentirse valiosos o escuchados. Ojalá hubiese algo que yo pudiese hacer. Mi única arma es la paciencia. No es todo siempre acerca de la acción. La acción es necesaria pero la inacción también lo es. Ahora hay que esperar a que podamos recuperar una sensación de normalidad interior y exterior, pero todos estamos en la calle. A mí me gusta pensar que practico lo que digo, que me lo tomo con calma y que trato de “contagiar” buenas expectativas de futuro y motivación por uno mismo. Para todo esto hace falta entrenarse en la paciencia: saber esperar hasta que el virus esté controlado, hasta que salir a la calle no sea más peligroso que no hacerlo. Para los solitarios, paciencia. Para los necesitados, paciencia. Para los saturados, paciencia. Para las embarazadas, paciencia. Para las familias, paciencia. No creo que el confinamiento o la pandemia saque lo mejor de nosotros, ni creo que seamos más solidarios. Creo en la habilidad del ser humano para sobreponerse y volverse a levantar. Y creo en el control del ritmo y de la emoción, de la sensación de soledad, de la paciencia con uno mismo. Aquí está la clave y la respuesta para salir airosos de esta pandemia y de posibles confinamientos futuros. Además, cuando nos convertimos en personas pacientes somos más generosos con los demás, atendemos mejor nuestras necesidades y somos muchísimo menos esclavos de los caprichos y los impulsos. He visto grandes beneficios en el hecho de practicar un estilo de vida más paciente en términos generales. Es una invitación a la vida lenta, a la cocina de mamá, a la caricia, al cuidado, a mirarse a los ojos y a ver un mural en Málaga que te hace llorar. Cuando miro con paciencia también miro con bondad y con amor. ¿Y no queremos todos ser amados y poder amar?

Séptimo. Significado de una vida feliz. Este último aprendizaje es sencillo de explicar: abrazar el presente. Tengo la suerte de tener a Sofía, ella me invita al aquí y ahora sin excepción. Y me resulta una magnífica práctica el hacerlo con ella y apreciarlo. Disfruto de todas las pequeñas cosas de ella, y de las grandes. Abrazar el presente no sólo es ella, aunque ella me ocupa casi todo el tiempo. Es, también, observar mis cambios y mis reflexiones. Tener la oportunidad de compartirlas con mi madre y de que ella me devuelva ideas valiosas. Saber que tengo a mi madre. Comprender mi propia manera de incluir a mi hermano en mi presente cuando duele mucho y cuando es placentero: esto me reporta gran satisfacción y me alegra vislumbrar cómo podré contárselo a mi hija con gracia y soltura. Mi presente es valioso, y este es el más importante de todos los aprendizajes que aquí cuento. Estar conmigo para poder estar con otros, no olvidarme de mi dualidad y de mis contradicciones, de mis necesidades y de ubicar mis carencias, saber colocarme en mi familia en un lugar más sano para mí, promover la energía y la bondad a mi alrededor. La consecución del cierre de mi primer círculo vital, que concluye con la existencia de mi hija, Sofía. Mi revelación como madre. Entender que, más pronto que tarde, habrá otra revelación interior y otro giro literario en mi vida, estar preparada. Consciente. Despierta. Aquí. Esto es para mí el significado de una vida feliz.

En Corea, mi hija habría nacido ya con un año. Su trayectoria dentro mi vientre y anterior a mí habría estado contemplada en el contar de sus años al nacer. Y es que su historia, que también es mi historia, da para otro escrito. A ella siempre la deseé, con todas mis fuerzas. Por eso, cuando hoy la miro y siento, existe en mí ese cordón umbilical eterno jamás cortado. Y cuando ella sangró por la nariz, yo me dolí en mis entrañas y también sangré. El lazo es invisible, pero es real. Acaba de concluir con su primer año de vida la exterogestación de mi hija, y comienza ahora otra etapa.

 

Feliz primer cumpleaños, hija mía.

 

“Y de todas las cosas más bellas, la más hermosa aún no la había visto”,

Esther Ráez.

6 comentarios en “Año 1

  1. Feliz revelación, feliz crecimiento, feliz cumpleunaño Tras la mucha escasez, hoy, de momento solo por hoy, disfrutaremos el pastel de la abundancia. Y nos ayudará a seguir cultivándola. Benditas seáis.

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  2. A veces el plan divino está muy claro ante nuestros ojos, solo hay que abrirlos y dejar que el miedo no nos adormezca demasiado, y lo digo como si eso fuera fácil y yo lo hiciese.. Jjijiji… Seguro que Sofía y tú os esperabais pacientemente, solo hay que ver vuestras sonrisas estando juntas. Felicidades a las 3!!! Namaste, valientes mujeres de paciencia.

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  3. La primera frase del comentario anterior (nurita20) me parece acertadisima. Trátese del plan divino o del plan de la razón universal, como muchas verdades patentes pasa desapercibida ante nuestros ojos, demasiadas veces. En la tarea vital de su descubrimiento, paciente y temosa, acaso puedan incardinarse los siete aprendizajes de ese año primero que con tanto júbilo celebras. Siete aprendizajes son siete acercamientos, pero también siete escalas en el propio crecimiento, porque ¿que es aquél plan sino el correlato de un crecimiento continuo, esto es, de un descubrimiento continuo? Quiero destilar siete aromas escondidos. Allá voy, aun a sabiendas de que puedo pecar de extenso, pero vale la pena.

    La resilencia , un concepto que ejemplifica el crecimiento espiritual y nos enseña el valor pedagógico del error. «La manera en que los fuertes sufrimos me empujaba adelante………» Más allá de la adaptación física y mecánica, toma su justa significación en la superación del error, de la desdicha, del sufrimiento, en definitiva de la negatividad, mediante el impulso de la creatividad: esa mirada que va más allá de ella misma y que, acertadamente, podemos llamar «Gracia Divina», pues es un soplo divino el que nos ilumina más allá de la inteligencia.

    La familia biológica no tiene por qué coincidir con la espiritual. En efecto, la familia biológica, ese lazo de sangre tan manido y vapuleado a lo largo de la historia, germen de conflictos y horrores que lleva a la impostura de adoptar » roles antiguos que ya no nos representan», pertenece a una dimensión distinta a la familia espiritual, en la que se comparten los valores construidos o aprendidos. Es esta la familia elegida, por su propia naturaleza abierta, hospitalaria y acogedora; crisol del afecto y del amor, entendido como contemplación del bien en el otro. No recuerdo dónde y cuándo leí una frase de esas que se clavan en la memoria, como aun arpón que hace presa para no soltar, y que traigo a colación por representar la vertiente colectiva de esta idea al tiempo que visualiza la dimensión espiritual: «Tu patria está donde el corazón te lleve». Nótese que «patria»procede de «pater-patris» esto es, padre o antepasado y, por extensión, familia o tribu.

    El poder de la mujer es la posibilidad de «convertir la nada en algo». La chispa divina ha elegido a la mujer para hacerse carne, o lo que es lo mismo, hizo de ella el vehículo por el que la luz de la existencia penetra en la nada para convertirla en preciado fruto. Es el milagro de la creación, fuente de tanto alegría y felicidad. Está en el hijo concebido y nacido, pero ya estaba en el hijo querido. Esa querencia de amor fue una poderosísima invocación; tanto que, si queremos ser audaces, podemos decir que el hijo ya «era» antes de la concepción ( en una dimensión espiritual o pre-real ). Así que si en Corea el hijo nace antes del parto, pues su tiempo o edad comienza con la concepción, aquí, a los ojos del amor y en virtud de su poderosa invocación, puede decirse que de alguna forma «era» anterior a la concepción.

    ¿Opinamos por satisfacer exigencias propias o por aportar algo bueno? Tremenda pregunta nos planteas, pues de su respuesta dependerá en gran parte si las opiniones mías, tuyas, suyas, importan o no y a quíen les importan. Arduo debate se vaticina, pues enfrenta a la libertad de expresión con la verdad, la mentira y las oscuros y siniestras regiones de la personalidad. La libertad de expresión debe entenderse, a mi modo de ver, como un don que hay que conquistar. Como todo lo que se conquista, es el fruto de una victoria ganada con esfuerzo.
    No hay libertad de expresión si el respeto no es la regla fundamental y fundacional. No hace mucho leí un artículo de un conocido autor que defendía la idea de la perversión de la igualdad y de la libertad de expresión. Todos, dice, somos iguales ante Dios y ante la ley justa, pero no ante los méritos. Desatender esto último es caer en la falacia del libertinaje, por la que todos pueden opinar, con independencia de los méritos que lo legitimen para ello, sobre cualquier asunto y con el mismo derecho y el mismo valor. Es más, me atrevería a decir que el «opinar» así entendido ha llegado a convertirse en objeto de consumo y marketing, pues se siente la necesidad imperiosa de opinar. Basta para comprobarlo con asomarse al lamentable y mísero espectáculo
    que, en gran medida, ofrecen las redes sociales y ciertos programas televisivos.
    Pero esta disgresión no nos debe alejar del sentido que justifica tu escrito: opinar como oportunidad de «generar un impacto con nuestras palabras o nuestros silencios». Trátase de un impacto que abre posibilidades de crecimiento a través de la confrontación constructiva. Y sí, los silencios valen, tienen su «peso específico», como en la música: nadie podría interpretar un pentagrama si no supiese leer los silencios.

    Claro que importas, aunque no importes: la lógica viva de los opuestos. La palabra «lógica» apunta siempre a algo frío y esquemático, pero si le añades «viva» la conviertes en algo real y emotivo. Aparece en el fondo de lo que dices: la lógica pone el esquema, tú pones la sangre. En efecto, La abnegación ante lo prioritario y primordial, tu hija, puede producite la sensación de que no eres importante (léase humildad), porque quien verdaderamente importa está fuera de ti. Pero tener la conciencia de que ése que está fuera de ti, lo más importante, te necesita para existir, esa conciencia te infunde la idea de que eres importante (léase valor y coraje). La maternidad promueve entonces la superación de una aparente contradicción: lo importante parece estar en dos sitios a la vez.

    La paciencia no sólo es la madre de la ciencia. Recuerdo que no ha mucho un conocido me dijo, a propósito de la pandemia: «No hay nada como una catástrofe natural para aprender a ser pacientes, ya vendrán tiempos mejores». Yo me pregunté ¿cuánta vacuidad de espíritu es necesaria para creer que ser paciente es aceptar el mero discurrir del tiempo? La paciencia como concepto orgánico-prospectivo-constructivo le venía grande a aquel tipo. Y helo aquí, en tu sexto aprendizaje. No se trata sólo de aceptar la manida frase «la paciencia es la madre de la ciencia». También es la madre de la vida: de las noches oscuras que terminar en el día luminoso , de las sospechas y las infidencias que se evaporan con la palabra sincera, de los gozos que colman los deseos, de la enfermad que unifica los esfuerzos de las gentes de buena voluntad…. El ser humano es su propio motor para crece; en su interior alberga la esperanza, muchas veces ignorada, de ese crecimiento. La paciencia es la estrella polar de esa esperanza.

    El significado de una vida feliz nuevamente nos abre a la dualidad. Tú lo dices: » observar mis cambios y reflexiones»…»promover la bondad y la energía ami alrededor»…»entender que más tarde que temprano, habrá otra revelación interior y otro giro literario en mi vida…» Pero al mismo tiempo: «abrazar el presente…», «ella me invita al aquí y ahora…» Bienvenida esta dualidad, pues nos libera del horaciano «Carpe diem»: vivir el momento, aprovechar al máximo el día de hoy, desconfiar del mañana que es incierto, pues lo único cierto es que moriremos. Esta es la atroz fachada de la inmanencia, por tanto del materialismo, desde el más ramplón y ordinario al más intelectualizado. El presente supervalorado, aun cuando en el mejor de los casos esté guiado por valores éticos, si no está abierto a una vocación trascendente, es decir, a un futuro más allá de él, cargado de las esperanzas y sueños que le den el sentido y la razón de ser, nos aboca a la soledad del hombre que se contenta consigo mismo.

    No has podido escoger corolario más elegante para finalizar tus siete aprendizajes. Constituye todo un homenaje,al tiempo que una decidida declaración de tu presente. Me ha hecho evocar otra frase que hace muchos años lei al dorso de un almanaque, que conservo: » No hables a todos de las cosas bellas y esenciales». ¿Qué intrincados designios se ocultarán tras estas palabras.

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