La ira es un blues

Duke Ellington, hoy considerado el maestro del jazz, nació el 29 de abril de 1899 y, años más tarde, dijo: “usando, simplemente, la energía que gasto haciendo pucheros escribí un blues”. ¿Acaso no es una frase que derrocha poder?

 

Cualquier persona honesta diría que la posibilidad asusta mucho más que la imposibilidad, que si nos centramos en la responsabilidad moral queda mucho menos margen de actuación y que la iluminación no es una bombilla sino una sincronía divina con nuestro yo que está arriba. Aunque no todos somos tan honestos todo el tiempo; así que nos diremos que no le tenemos miedo a nada y que es mejor tener un millón de opciones para todo, que no importa si nos saltamos nuestros principios según el punto cardinal al que estemos mirando siempre que saquemos un beneficio y que el trabajo personal por la creatividad individual no es necesario ni favorece el bien común ni hace falta que cada cual se mire en sus entrañas por si acaso queda algo de espíritu adentro. A mí me gusta fingir que es difícil conseguir el sueño de mi vida. Y me gusta fingirlo porque, mientras lo hago, no hace falta que haga nada en serio por llegar a esa meta, porque procrastino, porque estoy cansada, porque no siempre tengo ganas, porque los demás tienen la culpa de todas las cosas. Bueno… ya no lo finjo tanto, no me pondré de falsa modesta si es cuestión de escribir dos o tres franquezas. Hace falta coraje y fuerza de voluntad para tomarse uno en serio esto de reconocer y recuperar nuestro yo creativo, esto de ser personas de mejor calidad. Le puse a mi sueño atributos terrenales, lo hice más real, más asequible. Le quité todos los adornos, las cuestiones económicas, las audiencias, mis rituales justificantes y, sobre todo, le quité todo el ego inflado que fui capaz. Simplemente, de la energía que gasto en hacer pucheros escribí mi blues.

Duke Ellington
Duke Ellington escribiendo música al piano.

El arte saca las cosas a la luz, tira toda la luz sobre nuestra oscuridad. Cada día ejercitamos nuestra capacidad artística sin darnos cuenta, o dándonos. Yo averigüé que no era necesario ser Cézanne, Javier Marías o Rihanna. Al menos, no lo era para mí. Decidí que mi radio de acción consciente estuviese delimitado por mi amor hacia las personas que conozco. Me pareció suficiente exponerme a aquellos que quiero, hacer de mi influencia un ejercicio meditado de comunicación y una declaración de intenciones perenne que no dejase indiferentes a los que me rodean. A fin de cuentas, ¿qué sé yo que pueda importarle a alguien a quien no conozco? Hoy día y con la tecnología, la palabra vuela en el ciberespacio, la imagen se cuela en cada mente y perdemos el empaque con una facilidad de récord.  Mi blog es un sueño hecho realidad virtual, mi hija es un deseo hecho realidad material, mi persona es un proyecto inacabado que a cada paso me devuelve menos enajenación y más delicadeza. Cómo no abrazar mi trabajo personal, el tiempo invertido en desvelar mis flaquezas y la auto-observación a cada tramo del camino.

Javier Marías
Javier Marías en su estudio.

Uno de los regalos que el paso de los años me está concediendo es perder la vergüenza. No hablo sólo de la vergüenza que se siente cuando uno se pone sobre un escenario o, sencillamente, al hablar ante una asamblea de personas en  el trabajo, sino a la vergüenza íntima. La vergüenza es un poderoso mecanismo de control, es uno de los látigos del ego y es uno de los mejores amigos del miedo, al menos, así lo he vivido yo. Si avergonzamos a alguien, fácilmente le controlamos. Pero para eso hay que tener estómago, hay que estar hechos de otra pasta; me recuerda un poco a esto de contar secretos familiares, porque cuando yo no he tenido ganas de reconocer una vileza familiar porque de ahí vengo, de ese árbol, de ese clan, es que tampoco he tenido ganas de verla en mí. Menuda vergüenza… Pero no hay manera de curar una herida sin que antes la haya visto. Y una vez vista, podría hacer como que no la he visto pero sólo agravaría mi condición.

A la ira hay que escucharla. Esta no es una frase mía, aunque la citaría si recordase dónde y de quién la leí. Me impactó tanto… más iracunda que yo no conozco a nadie. Y es fácil decirme que la ira me envenena (y es verdad), que la ira me controla (sólo en determinados instantes de máxima frustración), que me deshaga de ella, que lo hable en mi terapia. Y sí. OK. Pero mi ira es oro para mí. La ira es motor, es gasolina, es productiva, es agua que choca en la presa del embalse, es mi sangre, es mi calor, mi pasión, mi dolor. La ira es mi enfado con todo y mi catalizador de energía atómica. La ira es mi pena, mi tristeza. La ira contiene mi esencia y me vacía de lo malo. Por ella pasa mi valor y mi valía y mis actos más creativos. Aún recuerdo que, producto de mi primer desamor con 17 años, el enfado quemando me llevó a escribir mi primera novela. La ira me enfoca y me recuerda mi poder. Es mi salud. ¿He hecho daño a alguien alguna vez a través de la ira? Claro que sí. ¿Desearía no haberlo hecho? Desearía no herir a nadie por mis momentos de inmadurez. ¿Acaso la ira puede ser buena?

A mí me gusta el jazz porque le gusta a mi madre. Esas sesiones de jazz en vivo, las jam sessions, las improvisaciones… mezcolanzas de artistas dando rienda suelta a sus talentos, dejando que la música les invada la oxigenación, pleno caos organizado a base de golpes de sonido. Mi madre es así para mí, y de ella he aprendido mis primeros pasos en la vida, tal y como hacemos muchísimas personas. El jazz es negro, y también blanco y de muchos otros colores y razas. Para mí es negro como Duke Ellington. Y es iracundo, también, ese que es melódico y tranquilo. Como cualquier vida, como un músico negro en los años 30 abandonando a una mujer por otra y creando piezas musicales como notas de oro en la historia de la música y la historia de los negros. A mí me gusta el jazz porque le gusta a mi madre, qué frase tan bonita de decir y tan repleta de contenido. Es posible que, en otro momento de ira y pasión, cuente por qué esto es así y de todas las turbulencias que conforman la serenidad de mi espíritu. Si es que, aunque yo sea ira, también soy amor.

Y escribí mi blues de la energía que gasto en hacer pucheros con todo el poder que se me concede y todo mi cuerpo de mujer. Toda una vida mía para averiguarlo, capacidades escondidas a la vista permitiéndome crear, caer y levantarme. Que no existe para mí fuerza sin blandura y que, rendida, mañana será otro día.

11 comentarios en “La ira es un blues

  1. Encontrándote contigo, viéndote y aceptándote, que terapia más buena. La ira familiar, el árbol , que bien que abras las ventanas. Gracias por el Jazz y por el Marías🦋te quiero mucho más que tanto, como tú a tu hija. Bendición, lo eres.

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  2. Elegimos ser víctimas o ser responsables. Ser responsable no es fácil pero como tú dices si buscamos nuestra parte creativa lleguemos a encontrar respuestas. Ser creativo es también cuidar una planta o escribir una carta. Gracias por recordar que todos llevamos dentro esa parte creativa. Un beso grande

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    1. Nurita20, ser creativos es cuidar una planta o escribir una carta o cualquier cosa que necesite de una implicación emocional personal y dé un resultado para uno. Ser creativos es versátil, como tú dices. Para mí, la creatividad es la clave para la cordura y la salud. Muchos besos para ti y gracias por seguir mis escritos. Es importante para mí.

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  3. Hola preciosa!!!
    Admiro tu fluidez en la emoción y en la expresión, el motor, como bien dices que te impulsa a la creación y que a veces puede estrangular.
    Que el sosiego de la calma, llene también tus días, como el agua en calma después de un largo recorrido por altos riscos.
    Hasta pronto hermoso corazón!!!

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