Contra la Estupidez los Propios Dioses Luchan en Vano (Schiller)

“Yo soy lo que no se ve”,

Hadasa, Pimpinela Escarlata, Ester

Le escribí a mi Buen Doctor. Le dije que me sentía en el mismo punto que hace un año. Una vuelta de rueda de hámster. Una broma pesada. Afuera y arriba se están riendo. Un desamor, una ruptura y la enfermedad.

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Yo ya sé que las cosas se entienden mejor hacia atrás. Lo he experimentado suficientes veces ya como para saber que todo cobra sentido cuando ya ha pasado. Estos momentos de ahora aún no han terminado y, por eso, crece la ira en mi torrente sanguíneo.

Me ocurre una y otra vez que mi cara refleja ese tipo de juventud que es la del  inexperto; no es que yo lo piense pero todos me dan consejos. Todos creen que deben aleccionarme. Y yo escucho, porque siempre he escuchado y siempre escucharé. Pero confieso que he decidido dejar de escuchar selectivamente para, en su lugar, poner en funcionamiento el acto involuntario de oír. Oír no es escuchar forzosamente. Por extraño que suene, establezco que mi entorno necesita que yo deje de escuchar.

Nadie me conoce, aunque no es que yo lo ponga muy fácil. Me sorprende (y a la vez no) que haya tantas personas tan dispuestas a ayudar en cualquier momento y ante cualquier tipo de circunstancia. ¿Cómo se puede tener una opinión y un juicio de valor sobre todas las cosas? ¿Es que acaso uno sabe todo lo que saben los médicos, por ejemplo? ¿O uno puede saber, también, cómo terminar con los conflictos bélicos? ¿O, quizás, es una ecuación tan simple como anunciar a los cuatro vientos que todo lo que necesitamos es amor? El amor, y por si nunca antes lo dije como un millón de veces, es la base pero no es suficiente. Me sorprende que cualquier persona, en seguida, sepa responder preguntas acerca de la salud de mi hermano, por ejemplo. O acerca de lo que yo debería o no debería hacer, acerca de si debo pasar página ante determinadas circunstancias o sobre el hecho de que el amor de mi vida mienta ante mi inmaculado rostro de la forma más antigua.

Otras veces me siento y pienso si esa canción de amor que es sólo para mí no habrá sido también sólo para otra persona, o lo está siendo en ese mismo preciso instante. La canción de amor en la que se vive cuando se está enamorado, también. Me siento y pienso. Y actúo. Actúo porque si no lo hago pereceré. Y es que ante la hipocresía del amor verdadero sólo puedo cederle el paso, que camine delante de mí y se aleje mientras me calmo y vuelvo al placer de mi fluir natural. El amor existe, es cierto. Pero existe, entre otras cosas, porque convive con su polo opuesto. Y, así, todo lo demás.

Nadie me conoce, pero no pretendo construir una queja. Lo que quiero es la advertencia. Lo que quiero decir ahora es que soy todo aquello que no se puede ver. Y estoy a punto de continuar siendo como creo que debo ser: a pesar de todo lo demás, a pesar de los consejos y las intromisiones, a pesar de las infravaloraciones y de las etiquetas y a pesar de las opiniones.

¿Por qué alguien cree que puede ayudar? ¿Por qué está tan extendida la idea de que hay que ayudar permanentemente al otro? Ayudar requiere de una conciencia plena en la responsabilidad que conlleva. No es algo que no deje huella. Ayudar es intervenir, de una o de otra manera, pero se interviene. Te mojas. Por eso hace falta preparación, conocimiento y entrenamiento de la intuición. No sirve cualquier tipo de ayuda en cualquier momento. Los humildes, los honestos, los que se ponen en el lugar del otro, acercarán su mirada a su corazón y sentirán que, la mayor parte de las veces, es mejor estar presentes y callados.

Yo misma me he negado a aceptar que quien quiero me miente, que la enfermedad está y que mi corazón no lo superará. Trato de vivir mi vida desde la fuerza de mi sangre y de mi corazón y de mi sexo. No utilizo mis encantos de mujer tan a menudo como podría ni atiendo al chantaje emocional tan a la mano de muchas de mis otras coetáneas. No puedo respetarlo, ni me disculpo por ello. Es cierto que no me pronunciaré, pero no respeto la manipulación hacia el otro. He nacido para encontrar el sentido de mi vida. Y no he nacido para utilizar al otro en mi propio y exclusivo beneficio.

Tengo un gran valor, un contrapoder. Por fin me permití decir que no, aunque tuve que recurrir a un burofax para demostrar que quizás tenga el rostro de una mujer que no sabe mucho pero una personalidad de individuo fuerte y comprometido consigo mismo. Estoy preparándome para poner fin siempre que sea necesario.

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«Yo soy lo que no se ve», Hadasa, Pimpinela Escarlata, Ester

Seguro que mi destino es ese que no he planeado. A veces lo vivo con tristeza y a veces con expectación, aunque cada vez confío más en mí sobre todas las otras personas. Y lo hago a pesar de que no sé la mayoría de las cosas, de que me falta experiencia en el riesgo de vivir, de que no he entrenado todas mis habilidades ni he cometido todas las faltas que a mí me corresponden. Pero sigo preguntándome a mí misma todas las cosas que deben ser respondidas. Hago acopio de fuerzas y, sobre todo, de valor. Si yo un día supiese contar mi historia diría que, ante todo, tuve valor.

No importa cuántas veces me recuerde que existen las tragedias, las del corazón y las de la salud. Abrazaré mi luz y mi sombra de igual medida y volveré a abrir la puerta de mi corazón que, aunque zarandeado brutalmente, siempre espera latiendo poder abrazar el tuyo.

 

 

 

 

10 comentarios en “Contra la Estupidez los Propios Dioses Luchan en Vano (Schiller)

  1. Los dioses son todos estúpidos… Es intrínseco a su «estado de ser», porque ser un dios significa vivir sin conocer y reconocer que existe la dualidad, la polaridad… Los mundanos sin embargo, aquellos que hemos estado tan cerca de lo perecedero, de lo doloroso, de lo oscuro, sabemos que no hay recetas simplistas y positivistas para los grandes males de nuestro alrededor y ello te insufla un respeto y una prudencia de la cual ya nunca más te puedes desprender.
    Le dijo Aquiles a su amante que «los dioses siempre nos envidian, a nosotros, a los comunes mortales, porque todo lo nuestro se acaba, y todo es más bello cuándo tiene un final».

    Contigo amiga.

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    1. Rosswell, qué razón tienes cuando dices que no hay recetas simplistas. No, no las hay. A veces y sencillamente, no sabemos. Y ahí termina todo.
      Por otro lado, cuando Aquiles le hablaba a su amante… ¡Oh! Qué duro ser un dios, y qué trágico descanso el terminar…
      Ya sé que me acompañas, yo también a ti.

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  2. Es genial Ester!!!
    Me he hecho cantidad de veces esos planteamientos y ahora, al leerte, es como si mis pensamientos hubieran encontrado las palabras exactas para hacerse explícitos….
    Un abrazo enorme para toda la familia.

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