“Uno cree que sabe cuáles son las cosas importantes hasta que de pronto ocurren
y resulta que no tenían nada que ver con lo que uno estaba pensando”,
Hadasa en conversación vanal con un conocido.
Me hice la escurridiza durante bastante tiempo. Fui inaccesible para él, aparentemente, por causas ajenas a nuestro control, como si el destino dictase. Pero sólo era yo huyendo de mi valor: escapando de ese valor intrínseco al ser humano, ese que te hace encontrar tanto tu coraje como tu valía y que, sin él, sólo eres una persona oprimida por ti mismo.
Una fiesta. Una fiesta en la casa de mi mejor amiga hace varios años ya. Una fiesta de esas a las que hace años que no asisto, una de esas en las que nunca pude encontrar nada de utilidad para mi interior, ni para mi exterior. Una de esas fiestas en las que no puedes encajar por más que te esfuerces. Yo estuve allí ese día, y otros muchos días en el pasado. La realidad de ese ahora era que estaba allí, y la realidad cósmica de ese ahora era que nunca estuve allí. Pero las dos cosas eran necesarias para que llegase el día de hoy. Y aunque yo nunca encajé en ese mundo nocturno y de valores relajados pude comprenderlo y ahora suma en mí. Han tenido que pasar bastantes años para que me diese cuenta de la importancia de esa época de mi vida y ya no me duele no haber sabido conectar entonces. Sencillamente, no era para mí.
Mi pelo es fuerte y es bonito. Poseo una cabellera árabe que es habitualmente admirada por otras personas. Yo misma la admiro y doy gracias por el regalo divino y genético, es uno de mis valores externos: siempre responde con solidez y resistencia. Mi pelo se adapta a mi estado de ánimo y me protege, y a veces se expresa y me levanta. Y esta es precisamente una de mis grandes virtudes: la capacidad de adaptación. Soy alguien altamente resiliente. Lo he sido desde que recuerdo pero lo soy mejor aún a través de mi proceso terapéutico. Pero como todas las grandes cosas (y las pequeñas) en la vida, tiene otro lado más oscuro y peligroso que es igual de grande. En terapia aprendí que hay muchísimas personas que trabajan por desarrollar sus capacidades adaptativas al medio o a las circunstancias de su vida, y que es muy difícil para ellas conseguirlo siempre con éxito. Es cierto, soy afortunada: a mí esto no es lo que me cuesta más esfuerzo. Lo difícil para mí es dejar de adaptarme. En el proceso de adaptación uno obtiene grandísimos beneficios, ya sean relacionados, por ejemplo, con la inmersión en una cultura nueva, mudarse de casa con o sin compañero de piso, comenzar un trabajo nuevo u otros ejemplos relacionados con romper o empezar una nueva amistad, salir con alguien que practica una religión diferente a la tuya o reajustar la velocidad de tu vida por la enfermedad de tu hermano. Enuncio estas cosas que ahora mismo me visitan el pensamiento porque son algunas de las que me han sucedido a mí, estoy segura de que existen un millón de ejemplos diferentes y que tú podrías contarme los tuyos en los comentarios a este artículo o por otra vía que eligieses siempre que lo desees.
Resulta que para mí, ser buena en adaptarme a situaciones y contextos roza con la pérdida sutil de mi yo más esencial. Es muy bueno quitarse capas, sacarse la máscara (lo más difícil de todo), atender a eso que llaman en Cábala klippah… son empresas muy complejas pero resultantes en algo muy bueno para cada cual. Pero a veces uno no sabe cuándo parar de sacar la paja de su vida, lo que sobra; y puede resultar que termine uno sacando realmente lo que les sobra a los demás de ti, sencillamente, para poder encajar.
Siempre que enseño inglés trato de transmitir a mis alumnos que para poder adquirir una segunda o tercera lengua es necesario olvidarse uno de sí mismo un poco y dejar espacio al nuevo hablante. A veces esto es difícil de comprender pero es absolutamente necesario y vital si deseas convertirte en un buen hablante de esa segunda o tercera lengua que quieres aprender o perfeccionar. Y entra en juego esta parte adaptativa, esta parte resiliente del ser humano, esta parte que debe dejar de ser quien es para poder convertirse en algo más. Pero si me olvido de que se trata de ser algo más o mejor y pongo el foco en ser algo diferente o, directamente, otra persona, entonces mi capacidad adaptativa puede volverse contra mí.
Algo que me es absolutamente fascinante acerca de los idiomas es esta aparición del nuevo ego cada vez que se aprende una lengua nueva. Es cierto que siempre eres tú quien habla, pero la parte de tu cerebro y personalidad que entra en juego con cada idioma y su cultura correspondiente hace que no sea siempre el mismo hablante en realidad. Es muy interesante explorar esa parte de ti que se desarrolla con tu nueva lengua, partes de ti que no sabías que existían, y partes de ti que sienten de una forma diferente a lo común en ti. Cierto es que necesitas adquirir un cierto nivel de lengua para ello, y que también es necesaria la interiorización consciente, pero la personalidad del hablante cambia sutilmente con cada idioma aprendido casi inevitablemente. Tal es así que a veces hubiera deseado poder hacer terapia en inglés. Esto no tiene que ver con mi nivel de lengua, tiene que ver más bien con quién soy cuando hablo en ese idioma.
Ocurre a menudo la transferencia. Vivimos en plena transferencia. A veces hasta pensamos que somos originales haciendo algo, pero la realidad es que, en mi caso, estoy constantemente siendo alimentada por diversas fuentes a través de todos mis sentidos. Para mí es casi imposible ser original. Lo pienso a menudo pero también lo pienso mucho más cuando vuelvo a acercarme de vez en cuando a la obra de mi admirado William Shakespeare: su sentido del humor y su sentido de la tragedia es más contemporáneo que la propia contemporaneidad. Para los conocedores y admiradores de su obra es muy difícil no asombrarse con su lenguaje tan agudo y su ajustado sentido del humor, igual que atender a la profundidad del drama de los instintos más primitivos del ser humano en obras como Otelo o Hamlet, por ejemplo. Si esto no es temática actual, si la corrupción, el sexo, la política, el control de masas o el abuso no son temas actuales, ¿qué lo son?. Ser original es para sacar nota. Pero no es que yo diga que es imposible serlo, sólo digo que es extremadamente difícil para mí, para la concepción que yo tengo del mundo y para cómo mi personalidad está estructurada a día de hoy.
Después de aquella fiesta en la que no pude encajar pasaron años. Me buscó a través de amigos comunes, me buscó por internet, me buscó, después, por teléfono, incluso su mujer me buscó… hasta que ya no pude eludirlo más y tuve que mirarle a los ojos. Me ofreció colaboración en su clínica, inicialmente, como Coach, y después como instructora de Pilates. Y he tenido que volver a mirarle a los ojos sabiendo que él, que es un hombre, valora mis cualidades e insiste en sacar una de esas partes de mí que yo me empeño en mantener oculta. Y él tiene curiosidad por mí como tienen los que descubren piedras preciosas o talentos. Y tiene paciencia. No han hecho falta muchas conversaciones entre nosotros, pero he sentido su cuidado hacia mí. Esto a mí jamás me pasa inadvertido. El cariño y el tacto medido de un hombre nunca me pasan inadvertidos. Y seguro que mi psiquiatra me dirá: ¿lo ves? También hay hombres que te pueden apreciar.

Fares me reconecta con esa parte de mí que huyó de aquella fiesta, pero al mismo tiempo me trae a la belleza de mi presente. Me recuerda que hay caminos inexplorados por mí y que están dentro de mí. Me recuerda que el hombre también sabe mirar y conceder y no es necesariamente a través de la relación sexual. Que, en mi caso particular (aquellos que sigan mi blog sabrán a qué me refiero), la mirada masculina es mi talón de Aquiles y es por donde yo sangro. Esa mirada que ve es esa mirada que me repara.
Desde aquí me gustaría reconocer a Fares Fayad esa mirada tierna y comprensiva y su abrazo sin manos en mi corazón. También, extensible a su familia. Las cosas y/o las personas importantes ocurren en tu vida, sin más.
Os invito, por supuesto, a conocerle. Pero si esto no fuese posible siempre podéis visitar Policlínica Andalucía.
Hoy me despido quitándome el sombrero.
Gracias.
