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Hablo a las Mujeres

La integridad no necesita de reglas,  Albert Camus. 

 

Ayer asistí a una subversiva obra de danza contemporánea extremadamente conceptual en la Sala Gades de Málaga con unos amigos. Fue uno de esos días en los que no esperas nada brillante pero la inspiración viene a ti inadvertida y engendra la idea que después moverá mis dedos.

Yo siempre quise ser bailarina aunque luego también quise ser reportera de guerra y escritora y forense y profesora y ama de casa. Algunos dirían que he conseguido bastantes de esas cosas, aunque yo no lo siento así. Cada vez que paso por la puerta del Conservatorio de Música y Danza de Málaga me agarra un recuerdo agridulce de mi tiempo en el primer curso de solfeo para piano al que, con inmenso esfuerzo, mi madre consiguió matricularme. Nunca estuvo tan cerca de mi naturaleza como entonces a pesar de mis pocos años. Yo, por el contrario, nunca me atreví a decirle que lo que yo deseaba tan intensamente era entrar en el aula de ballet clásico que estaba justo en frente de mi clase de solfeo para piano. Y, con el tiempo, supe convencerme a mí misma de que eso no era para mí. En cualquier caso, debí haber hablado pero los niños sólo amamos a nuestros padres como si de agua y oxígeno y dioses griegos se tratase, y no había nada más para mí que el calor del pecho de mi madre. Así que traté de sobrevivir a la clase de solfeo (que, por entonces, carecía de pedagogía de la enseñanza y no se distinguían edades en los cursos) y evitar pensar en zapatillas de ballet. Es amargo porque yo quería bailar, pero es dulce también porque heredé de mi madre el gusto por el arte y el aprecio por lo bello. Desde entonces nunca dejé de sentirme artista en mi propio mundo que, aunque era pequeño, mi madre lo convertía en no medible y sin fronteras jamás visibles. Desde que tengo cinco o seis años he visto mi mundo embellecido por el arte al que teníamos acceso y el arte que creamos entre las dos. Pasear cerca del Conservatorio de Música y Danza de Málaga siempre será altamente dilatador y constrictor para mi corazón pero representa el botón de la muestra que soy hoy entre otro millón de cosas.

Observé con placer la obra: actuó de terremoto uterino: confirmé algunas de mis sospechas. Qué gran lujo de conjunto de movimientos conceptuales y artísticos, precisos y medidamente caóticos para decirme que hay una mujer que soy yo y que eres tú y que somos todas y que estamos dentro de los hombres y que, por eso, los hombres son, que reclama su derecho a la pulsión del engendro. Que clama a las otras mujeres a apoyarse y a los hombres por compasión y generosidad. Que su poder es, entre otros, el de unirse al poder masculino y florecer. Que la mujer enloquece si sus pulsiones se reprimen, y me dice a mí directamente acerca de los tabúes de mi tiempo. El aborto, la locura, la masturbación femenina, el adulterio, una hormona que se equivoca… cómo explicarte que todo eso lo entendí ayer sentada en el teatro. Y alguien pensó como yo. Y alguien que es, además, una mujer, reclama y pide y ruega que su útero enfermo se abra en flor. El mal femenino de hoy, mi mal, es el de la no generosidad. Ni siquiera lo puedo llamar egoísmo porque no creo que la mujer pueda ser egoísta con las funciones de su cuerpo. Una mujer está diseñada como mujer antes de que sus creencias se asentaran en su cabeza. El comportamiento viene después, las relaciones vienen después, las decisiones vienen después.

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source: manuelanogales.webnode.es

No son movimientos para cualquier audiencia, ni son temas para cualquier público aunque sí son seres para todos los géneros y pensamientos para todos los vivos. No puedo permitirme aquí ahora ser completamente franca acerca de mis ideas sobre el aborto o el tabú del deseo femenino, no estoy preparada para ello ni creo que lo esté durante mucho tiempo. Pero sí quiero hablar a las mujeres…

Mi madre es mi savia. Mi madre es madre y es montaña. Mi madre es guerrera. Mi madre es una mujer que vive y que está fuera de mí, pero su concepto, el que vibra, está hidratando mis células desde que su pulsión me creó. He estado cerca y lejos de ella, más nunca dividida aunque sí separada. En una danza de estilo contemporáneo veo y escucho a través de ella y luego a través de mí. Ahora soy yo. Y yo hablo a todas las mujeres cuando me hablo a mí.

El futuro ya no es lo que era… y la integridad no tiene reglas. Aquello que está oculto en mí se encuentra femeninamente conservado para el hombre generoso. La espera es la virtud de la mujer aunque en estos días también tengamos que ser actoras y, por eso, si cesas te verán frágil y asustadiza. Una mujer no es un hombre, y nunca lo será. No es cuestión de sexo, es una plena cuestión de ser. Recuerda que la mujer que es fiera también gesta y espera.

Reflexiona. El arte como vía introspectiva. Calidad femenina como resultado de su expresión artística intrínseca a su ser. Está bien decir que un ser, un individuo, una persona deba explorarse y sanarse y reconvertirse, metamorfosear tantas veces como requerido; pero no se acepta decir con alegría que explores y defiendas tu calidad de mujer sin tener que mencionar otros asuntos. No quiero ser tachada de feminista ni de machista, ni de individualista ni de escurridiza, ni me siento cómoda callando mi pulsión por mi sexo y mi naturaleza. Hablo a las mujeres porque están todas dentro de mí. Algunas están confundidas y otras están genialmente direccionadas. La mujer está confeccionada en el mundo del arte y ahí es donde pertenece. Ponle el nombre que quieras, llámalo el arte de vivir o el arte de esculpir o el arte de cocinar o el arte de sostener…

En estos días de feminidad masculinizada y de masculinidad discutida sucede que me ahoga la soga de la diplomacia en las palabras. Decía antes que el futuro ya no es lo que era y que la integridad no atiende a normas. Tampoco el arte. Tampoco la mujer.

¿Qué me copiaste en ti,

que cuando falta en mí

la imagen de la cima,

corro a mirarme en ti?

Juan Ramón Jiménez,

poeta Generación del 27