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Shibuya o el Arte de Morir

Porque una parte de ti muere en cada lugar que has vivido, otra germina mientras llora el luto y florece en otra parte y en otro tiempo.

También me paré quieta y lloré en el medio de la multitud que me atravesaba en todas las direcciones y contemplé el placer que sentía al hacerlo. Sin nadie conocido ni cuerpos familiares ni luces similares. Un lío de maraña de energías a mi alrededor y rodeándome. Nunca supe la verdad, pero fuera he estado siempre feliz y llena y sola e introvertida. Y, sin embargo, nada más elevado en mi corazón y para mi tacto que alejarme de todo aquello a lo que suelo llamar hogar.

También me paré quieta y cerré los ojos en el medio de la multitud. Y sentí Asia golpear. Y me senté en el templo y también en el bullicio. Y de pronto me pregunté qué significaba mi emoción, si existía una razón por la que la alegría se me contagiara de algo triste y aún así seguir sintiendo mi corazón bombear con la fuerza de la luna moviendo las aguas. Me pregunté por la razón de mi existir.

Aún no sé qué hacía tan lejos. Creo que aún no lo he averiguado. En términos concretos, acabé de estudiar. Pero yo misma no sé qué hacía allí. No tiene que ser siempre una consecuencia de la juventud, no tiene por qué ser una explicación sencilla aunque quizás sí sea un motivo sutil y tranquilamente común. El caso es que creo que mis tiempos en Asia son reveladores y cruciales en la historia de mi vida, y pienso que ese día en el que descubra el sentido certero será aquel que sea celebrado, divagando en la intimidad de mi forma de vivir.

Recuerdo Tokio con especial sentimiento. ¿Quién era yo entonces? ¿Por qué lloré en tantos lugares rodeada de tantas personas si me sentía feliz de estar allí? ¿Es que acaso ya le hacía el luto a los restos mortales de mi reciente y último espíritu? ¿Podría yo estar deshaciéndome de algo pesado arrastrado desde hacía años? ¿O sería posible que estuviese cumpliendo expectativas de otras personas? Nunca me he sentido especialmente triunfadora pero he oído que algunas personas envidiaron mis hazañas. Coincide que aquellos que no pudieron suavizar su gesto ante mis pequeñas victorias, en realidad, no me querían. Y siguen sin hacerlo. En casi todas las ocasiones tardé en aceptarlo aunque siempre lo supe.

¿Quién era yo antes de ahora? Y el preguntarme esto no quiere decir que no lo recuerde. La pregunta se refiere a la trascendencia del ser. A mi huella dentro de mí. A las heridas que me provoqué y a las cicatrices por las que de vez en cuando paso el dedo. Y creo que esto es un ejercicio de auto-afirmación para mí: deslizar mi dedo por las cicatrices de mi historia. La resiliencia con la que me alío me da la mano para reconstruir. Cuando yo era niña me contaba un amigo de la familia historias inverosímiles (que yo creía sin pestañear) acerca de sus cicatrices en los brazos. No eran grandes, sólo algunos cortes, quizás de algún accidente de moto o quién sabe… pero me hacía pasar la mano por la piel enjuta y blanca mientras me decía sobre machetes y selvas y amazonas y luchas contra tigres y cocodrilos. Ya sé que es una tontería pero desde entonces yo misma quise marcas y cicatrices, aunque aún no he conseguido ninguna visible de mis travesías amazónicas.

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Hadasa en Tokio, 2011. No eran aún tiempos de selfies y, puesto que viajé sola, no tengo más que un par de fotos en las que yo aparezca. Este es un ejecutivo que se acercó a mí para conocerme. Resultó ser amante del flamenco…

Es mejor decir la verdad, aunque esté altamente sobrevalorada. Lo interesante de la verdad es decirla cuando el momento es adecuado, y aquí algunos me tirarían piedras. Dirían que la verdad es sin necesidad de esperar ningún tiempo perfecto. Pero si la verdad es no tendría que existir la necesidad de ser dicha. Simplemente sería y todos la conoceríamos. Pero la mayoría de nosotros estamos sordos y ciegos ante la verdad, por tanto, sólo hay que esperar el momento en el que la verdad se presenta en el canal que comprendemos. Y ese canal, a veces, es el del lenguaje. Nunca me castigo demasiado por ser un poco sorda y un poco ciega porque si no lo fuera se me terminaría el camino demasiado rápido. Me parece que la gracia de la vida está en el agridulce de todo lo que hay por vivir.

Una parte de ti muere en cada lugar que has vivido, al menos, esto es lo que me ha ocurrido a mí. Un trozo de mí está enterrado en Corea, al igual que otro está en Inglaterra. Y otro está en Tokio. El ser humano muere en vida y renace de sus cenizas muchísimas veces a lo largo de su vida y en infinidad de aspectos. Es cierto que siempre eres el mismo, pero también es cierto que has cambiado tanto… Ahora que voy sintiéndome un poco más mayor a pesar de que aún soy muy joven entiendo el valor de honrar la propia historia. Para aquellas cosas que son mis secretos tengo un espacio vital e ineludible que guardo con recelo, si es que existe tal cosa como un secreto. Para el resto de los asuntos de mi vida estoy yo con los que deciden quererme. Comprender la vida es observar. Empresa muy distinta es comprender la propia vida…

El vacío es fundamental. Llorar de emoción es el signo de vida pero, ¿pueden coexistir ambos conceptos juntos? Muchas veces el vacío es la muerte, pero muchas otras el vacío es el espacio donde germina la semilla. La emoción es la fuerza. Y un tiempo más adelante en otro lugar será la flor. Más que impaciencia ya siento curiosidad. Me gustaría ver el color de esta flor, y la forma y su forma de integrarse en su hábitat natural. Me gustaría oler esa flor y comprobar que me lleva a Tokio o a cualquier otro lugar.

Hay una película que he vuelto a ver por casualidad, es mi película favorita. Detractores o amantes sin término medio. Nadie queda indiferente. No quisiera darte muchos más datos, sencillamente quisiera que supieras que volverla a ver me emociona y ha inspirado esto que te escribo ahora. Para algunos de nosotros la búsqueda del ser transcurre en eónes. Ese significado global y esa minuciosidad en las fotografías, los sentimientos, los personajes, esa película es mi propio ojo en Shibuya y mi propio sentimiento en Asia.

Porque una parte de ti muere en cada lugar que has vivido, otra germina mientras llora el luto y florece en otra parte y en otro tiempo.

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Lost in Translation (Perdido en la Traducción), escrita y dirigida por Sofía Coppola en 2003. Gracias a mis padres por favorecer siempre mi educación y mis viajes.

*El barrio de Tokio Shibuya es famoso por el cruce que hay delante de la estación, el llamado Scramble Kousaten, (スクランブル 交差点)del que se dice que es el más abarrotado del mundo, y utiliza un stop en las cuatro direcciones para permitir a los peatones inundar todo el cruce. En los edificios que se encuentran en frente del cruce están situadas tres grandes pantallas de televisión. La plaza que hay en frente de la estación se conoce como Plaza Hachikō (ハチ公) en honor a un perro fiel que esperó en esta plaza a su amo durante años tras la muerte de éste y que es conmemorado con una estatua en la plaza; dicha estatua es el punto de espera más popular de Tokio cuando varias personas tienen una cita.