Cada hoja de hierba tiene su ángel inclinándose sobre ella y susurrando: “crece, crece”, El Talmud. A propósito de mi participación en RTV Marbella cada jueves en directo a las … Continúa leyendo Principios básicos (y difíciles) para la creatividad
Cada hoja de hierba tiene su ángel inclinándose sobre ella y susurrando: “crece, crece”, El Talmud. A propósito de mi participación en RTV Marbella cada jueves en directo a las … Continúa leyendo Principios básicos (y difíciles) para la creatividad
Hoy he vuelto a hincar mis rodillas en el suelo. Ha pasado más de un año desde que Pablo murió y, aunque continúo mi vida y lo hago con la mayor alegría que puedo, el dolor no se atenúa. Hay días en los que la pena y mi amor por él me doblegan el alma y me encuentro desabrida, estropeada. Sigo escuchando el silencio de Dios.
He visto y leído tu última entrevista y me emociona cuánto lo amas y cuánto nos quieres a nosotros. No tengo muchas palabras ni mensajes importantes que dar; tampoco sé cómo comenzar a escribirte sin hacerme doler. Hace tiempo que quería decirte que te quiero, si es que no te lo había dicho ya. Esa forma de hablar de mi hermano pequeño me rompe en dos pero me llena completamente. Gracias por hablar de él y de su familia, de sus padres y de su hermana, que soy yo. Como tú bien sabes, los hermanos somos los grandes olvidados en estas historias. No para tí.

A veces, desde mi gran ignorancia como ser humano, pienso en la justicia de que mi hermano no nos haya visto morir a nosotros. Pensaba tantas veces en cambiarme por él, también le habría dado mi médula y me habría vendido al diablo por su vida: no sé cómo podemos seguir en pie, pero en pie estamos. De alguna manera muy sutil, mi hermano era mi nexo más fuerte a la vida. Cuando yo era una jovencita y discutía con mis padres por cualquier asunto de adolescentes, mi consuelo mayor era abrazarme a él. Miraba la cama de al lado y él estaba ahí desde que era un bebé; me acostaba en su cama y él enredaba sus deditos en mi pelo mientras dormía. Mi hermano, sólo por existir, calmaba mi ansiedad.
Pero, Pepe, creo que no supe demostrarle mi amor tal y como lo sentía. Intento tranquilizarme pensando que no podía explicarlo porque era algo más grande que toda la humanidad entera. Yo nunca hubiese imaginado que él se iría delante de mí:
“Te cojo la mano y apoyo mi frente en tu hombro izquierdo. Ahora me arrodillo a tu lado y siento la piel fina de la palma de tu mano. Te miro y te animo a seguir respirando. Ya queda poco. Sé que estás muy concentrado en morirte y no quiero interferir. Estoy aquí, te acompaño con papá y mamá. Ahora inhala despacio, muy poquito, no te distrae cuánto duele. Morir es muy difícil, pero tú lo haces con suavidad e intensamente . ¿Es esta la última? Y ahora rompo a llorar.”
¿Te acuerdas del día del diagnóstico? Si yo lo hubiera sabido, si yo lo hubiese intuido… Ese día, cuando le dijeron que tenía que ingresarse porque tenía una leucemia galopante, entró en shock. Recuerdo su cara y no puedo quedarme mucho rato en esa imagen, pero ese es uno de los momentos de la vida en los que, literalmente, el tiempo se para. Ahí vuelvo a veces cuando el dolor me anestesia, sólo en contadas ocasiones, y es otra de las cosas grandiosas que esta experiencia de vida con mi hermano me ha concedido. Aprendí en mi terapia que hay muchas personas que, ante experiencias dolorosas, mantienen una especie de “anestesia emocional” que les hace de piloto automático; esto puedo identificarlo bien, a mí me ha pasado y, a veces ,aún me pasa. No todos tienen la posibilidad de reconocer ese “botón rescate”, ese recuerdo que te devuelve a tu carácter humano, esa imagen que te reanima el corazón para que vuelva a latir. Ese momento, la cara de mi hermano pequeño recibiendo tal noticia, es uno de mis momentos más oscuros, de dolor más intenso y, sin embargo, de recordatorio de humanidad y de sangre caliente. A la vez, también tengo muy presente el momento en el que comprendí esta dinámica, y esto se lo debo a mi Buen Doctor. La clave de todo está en comprender. Una vez comprendido, más fácil aceptado.
Me atrevo a escribirte públicamente porque quiero decidir cuándo quitarme la máscara. Hay muchas personas que siempre dan consejos, que siempre opinan olvidándose de que la opinión, realmente, tiene más que ver con una necesidad del ego que con una fuente de información real. La verdad de todo está siempre en el interior y, por eso, es necesario recluirse para encontrar la raíz de nuestro amor y de nuestro dolor. Me atrevo a decirte otra vez que eres muy importante para mí, que aplaudo y agradezco tu actitud y tu comportamiento, tu manera de estar. Y esto lo digo no sólo como cura, sino como mi familia que eres.
¿Sabes, Pepe? Algunos en mi entorno no entienden la religión, no entienden la fe ni nos pueden entender a nosotros. Mi hermano, como tú bien dices en tu entrevista, quiso complacer a mis padres y se bautizó, sólo fue una manera de comenzar. Esto le sirvió para unirse a ti como individuo y creció contigo y aprendió de experiencias que sólo tú podías acompañarle a vivir. Yo estuve recelosa de ti un tiempo, tú lo sabes, pero luego te entendí porque te vi. No sé si esto fue por mi hermano o si fue por ti; si tengo que aventurarme, diría que fuiste tú quien se ganó en toda regla mis afectos y lo hiciste con la mejor de las herramientas, la espera. Ahora ves que mi hermano era lo más valioso de mi corazón, qué pena siento más grande. Contigo me he acercado a la iglesia, porque realmente no ha sido a Dios. Yo ya sentía una fe espiritual, una especie de misticismo que abarca todos los credos, que pude abordar, también, en mi terapia. No entendí mi cercanía a Dios hasta que me entendí mejor a mí. Leí sobre asuntos del judaísmo y los rabinos, sobre la Biblia, sobre Buda, no sé… sobre Confucio, y sobre cualquier cosa en términos de religiosidad que explicase mi mirada. Al poco me vi yendo a tus homilías ignorando a los ignorantes que odian con radicalismos cualquier asunto religioso. Yo fui por ti, y jamás me he enfadado con Dios (si es que hay alguno), aunque sí que he sentido su silencio con mucha más fuerza que su palabra.
¿Quién podría hablar de mi fe sin unirla al amor? No he podido reconocerla hasta que he sentido amor puro. Es curioso que diga esto porque, el día que vi a mi hermano por primera vez, con la carita llena de pelo y las uñas blandas y largas, se instaló en mí el amor para siempre. Yo no tengo hijos aún, pero admiro el amor de los padres. Sólo les deseo a todos aquellos que lo son que no lo olviden en el camino, que miren las fotos de sus hijos cuando eran pequeños porque ahí están las semillas de todo. Son objetos materiales útiles para el corazón.
Quiero recordarte aquello que dijiste en la misa de Pablo, aquel día multitudinario tan extraño para mí: se olvida cuando se deja de amar. Esa frase se me clavó adentro. Igual que me apuñalé con el agua bendita que le echaste por encima a su féretro y que representa la imagen de lo imposible de imaginar. Tú, Pepe, has estado en los buenos momentos y en los malos momentos, nos has visto llorar y perder la cabeza. Nos has visto a los tres: a mi padre, a mi madre y a mí. Por esto sólo tengo agradecimiento hasta que yo me muera. Y por todo aquello que sigues toreando y por tus horas bajas en las que yo no te veo pero sé que, insomne, las atraviesas. Por tus momentos de tristeza y por acompañarme a La Soledad. ¿Quién me diría a mí que hacer procesión de penitente me conectaría con mi estado puro de salvación? Pues tú me lo has dado. Algunos no lo entienden pero tú en mi vida eres para siempre.
Hoy he vuelto a hincar mis rodillas en el suelo con tu entrevista, con las fotos y la voz de mi hermano, con su cara y sus ojos tristes desde niño, con nuestras fotos de familia; existe emoción y sentimiento que no se mide con índices de audiencia o producción. No quiero dejar una nota triste porque vivo mi vida con alegría, algunas mañanas son un reto (debo admitirlo), pero no cambiaría mi camino. Tengo amor a mi lado con cada amanecer y me repara cada té con leche que nos tomamos juntos en nuestros desayunos íntimos, además de a mi familia y mis amigos. La vida me da mucho, es sólo que mi hermano pequeño es demasiada emoción para un solo corazón algo ajado como es el mío.
Te quiere,
Esther
Entrevista de D. José López Solórzano, Pepe, Padrino de mi hermano pequeño Pablo