«-[…] Yo cometí ese error con mi primera mujer, quería que lo entendiese todo sobre mí. Al no hacerlo pensé que me había fallado, que no era amor verdadero. Resulta obvio que te ha tocado vivir algo brutal y quizá él nunca pueda entenderlo del todo. Pero siempre habrá algo sobre él que te frustre. Estar vivo es esencialmente una propuesta solitaria. Casi siempre tenemos que llevar nuestra mochila solos. Nadie recibe la ayuda que necesita. Pero en el matrimonio es menos solitario, ¡sólo un poquito!… pero, hay una gran diferencia”.
The Affair, 2014, serie de televisión norteamericana de género dramático, Showtime.
No hay un solo ser humano que no tema a la soledad. Sin excepción. Pero todos nos acostumbramos a ella con una capacidad extraordinaria. Nos acostumbramos de tal manera que muchas personas rozan el extremo con la ilusión de sentirse acompañados. Es tan sobrecogedor el reconocimiento del camino en soledad que muchos se aferran al pensamiento opuesto con total convicción. No es que no lo entienda ni tampoco es que no lo haya vivido. Sólo es que no huyo mis sensaciones más privadas, y cada vez soy más diestra en reconocerme que a veces no me digo la verdad.
Muchos aparecerán con su argumento reforzado en el número de amigos o familiares o animales que les demuestran su lealtad y afecto, y otro tanto vendrá armado con una negativa rotunda enfundada en criticismo y acusación de negatividad. La soledad se apodera del calor del corazón, no importa cuánto quieras negarlo. En este blog, ya lo sabes, se habla bastante de solitudinis – solitudinum, es decir, de la soledad en genitivo. Y digo en genitivo porque puedo reflexionar muchísimo acerca de ella y de su lugar en mi vida y encontrar algunas respuestas que sólo me servirán a mí. Me pregunto si, tal vez, temer algo no es una señal lo suficientemente fuerte como para abordarlo sin excusas. Para mí, el estado ideal del hombre no es el estado de la felicidad sino el de la tranquilidad. Aquello que me asusta me altera… ¿no sería mejor preguntarle de frente a la amenaza en lugar de llegar al extremo opuesto de disfrazarla de otra cosa? ¿Cuánto te costaría esto?.
No creas que abogo por el matrimonio como remedio a la soledad. La enfermedad de la soledad se tiene sólo si se siente uno solo, no cuando se está solo. Quizás peco de idealista pero creo que para estar casado y no sentirse abandonado hace falta mucha valentía y unos férreos principios éticos. Llevamos solos nuestra mochila, tal y como dice el personaje de la serie de ficción en el fragmento escogido al principio de esta entrada. El matrimonio no soluciona las cosas, pero si la pareja es adecuada te abrigará el corazón.
Me he preguntado al menos un millón de veces si tú te sientes como yo. Y, si la respuesta fuese positiva y ya tuviéramos eso en común, por qué no nos hemos acercado. Dados los últimos acontecimientos tan dramáticos sucedidos en mi vida en el último año me da por sentir que quizás es hora de recalcular ruta. Es algo que me digo y de lo que creo haber iniciado los primeros pasos, y sin embargo, no podría decirte con exactitud cuáles son los movimientos. Soñé que trepaba montañas, que salvaba personas, que sobrevivía a maremotos y que saltaba fracturas de tierra sin un rasguño, sobre todo, que dejaba atrás algo importante con mucho dolor pero que me enfrentaba a otra cosa aún mejor. Que valía la pena el dolor. A fin de cuentas, qué soy yo sin encontrarle sentido a lo que pienso.
El final del año y el comienzo del siguiente hicieron zozobrar mi esqueleto emocional y, por un breve espacio de tiempo, recordé el amor que tengo guardado. Que la propuesta solitaria se girará otro grado de forma inesperada hacia el nuevo mundo. Que albergo la energía del molino. Que el faro que está afuera me alumbra desde adentro. No me olvido de que la luz brilla en la oscuridad. ni de que pocos son los que se quedaron a mirarme a los ojos cuando menos se veía.

Creo que fue Nelson Mandela quien dijo que mientras estamos haciendo brillar nuestra luz concedemos inconscientemente permiso a los demás para que hagan lo mismo con la suya. Y es un estadío de pensamiento muy curioso para mí. Pero, ¿qué es hacer brillar la luz propia? Y qué interesante elección de palabras al decir que “concedemos permiso inconscientemente”. Es, sin otra concesión, una de esas verdades que aplastan cualquier intento de boicot al respecto de manera fulminante. ¡Qué gran responsabilidad hacer brillar mi luz!.
Albert Schweitzer, médico, filósofo, teólogo y músico franco-alemán, fue Premio Nobel de la Paz en 1952. Dijo así: “La filosofía verdadera debe empezar con el hecho más inmediato y más comprensivo del sentido: soy ser vivo y deseo vivir, en medio de seres vivos que desean vivir«. La vida y el amor en su opinión están basados y siguen el mismo principio: respeto por cada manifestación de la vida y una relación personal y espiritual hacia el universo, y esto nos concierne a todos.
Cuando eso que creo es mi luz propia se apaga o se duerme o sufre de muerte (lenta o súbita) aparece inesperado el destello y la chispa que la vuelve a encender. He aquí uno de los primeros motivos para dar gracias en este nuevo año que acaba de nacer: a los que son mi faro o la chispa adecuada, y a todos los seres vivos que desean vivir.
