No escribo mucho sobre la maternidad, pero pienso muchísimo en ello. Ser madre sola y sentir que estás teniendo éxito no es tan simple como socialmente se quiere decir. No … Continúa leyendo no te vayas al spa ni te compres los zapatos
No escribo mucho sobre la maternidad, pero pienso muchísimo en ello. Ser madre sola y sentir que estás teniendo éxito no es tan simple como socialmente se quiere decir. No … Continúa leyendo no te vayas al spa ni te compres los zapatos
Si quieres saber cuánto control ejerce algo sobre ti, intenta prescindir de ello o «ayunarlo», tal y como he visto en un reel de alguien (siento no poder mencionarle, no … Continúa leyendo Tengo la clave
Decálogo I de sabidurías propias para invitar a la auto-reflexión o para provocar… más bien. «Provocación de lenguaje silencioso».
Creo que en la mayoría de las ocasiones no es tanto lo bueno que sea el libro sino lo que evoque en ti como lector: el momento de tu vida que represente, eso que seas capaz de afrontar y eso que seas capaz de sentir. Después está aquello que seas capaz de hacer.
Aún no lo soy, pero sospecho en algunas ocasiones si seré mañana una escritora frustrada, si seré una mujer misantrópica por no haber sido prolifera en mis cuentos y mis literaturas, si me dejaré llevar por el regusto amargo de estar cerca de las letras sin ser protagonista jamás. Hace poco volví a leer que los que nunca empiezan esa novela que tienen en mente en realidad tienen miedo de su propio y posible éxito. Miedo. El miedo, que es el gran motor humano. Esta es la verdadera razón que hace al mundo girar, y no el amor. ¿Cuántas vueltas damos y hacemos dar antes de afrontar (si es que ocurre) aquello que más deseamos? Algunos hablan del miedo como algo que hay que evitar como a la misma peste, así como si eso fuese posible. Quizás en este momento esté impregnada de una sensación sobrecogedora con más tinte noir del que puedo confesar despreocupada, o quizás ya pensaba así desde un momento antes de saberlo. Afortunadamente, la percepción de la realidad cambia según la perspectiva y lo que hoy digo como una verdad universal en breves instantes será rebatida y con mucho éxito por mí misma con un argumento que la haga zozobrar. Que el miedo mueva el mundo o que lo haga el amor llegan casi a ser la misma cosa.
Me bebí La Mirada de Chapman prácticamente en un fin de semana. Hacía mucho tiempo que no me sentía imbuida por una historia de tal forma. No sólo me parece la historia buena, no sólo siento una envidia aguda a ratos y no sólo me honra que sea un escritor español y joven y que antes no era escritor, no sólo me alegro sino que me ha salvado de mi propia circunstancia personal. Un libro que te invita a introducirte dentro es una herramienta de supervivencia y un gran relativizador de tragedias emocionales. Voto por leer. Voto por La Mirada de Chapman y voto por muchos otros libros espectaculares y no tan espectaculares. Las historias contadas en tu canal de comunicación, en tu nivel de lengua, en tu forma de comprensión y en tu estructura de pensamiento, si bien es una suerte encontrarlas, son las que te empujan a calmarte y a continuar, a recalcular ruta y a seguir.
No pretendo escribir una reseña, para esto ya tengo a mi querida Elena Sánchez del Valle Alfaro, una absoluta profesional al caso y compañera de viajes radiofónicos en mi programa La Hora Escarlata, pero sí que he sentido el impulso de escribir acerca de la ayuda que me ha supuesto vivir atrapada en la historia de La Mirada de Chapman. Por este motivo no entraré en demasiados detalles sobre la estructura de la trama o la profundidad de personajes, etc. Me apasiona el carácter sanador y enloquecedor simultáneo de la literatura y me captura inevitablemente el viaje interior de cada escritor.
La historia está repleta de frases con insinuada profundidad y contiene una gran carga de emoción contenida que conecta a la perfección con mi desarrollo de emociones, aunque no necesariamente porque yo las contenga… o sí. Hoy está de moda decir eso de dejarse fluir. Y, ciertamente, es ideal aunque no es realista. A veces, ni siquiera es práctico. Y para vivir hace falta una gran dosis de pies en el suelo. No entiendo por qué se identifica el realismo con la negatividad de forma tan corriente. Existe una belleza irrefutable en la quietud del personaje oscuro y en la marabunta de sus pasiones, además de sabiduría intrínseca que se roza con el dolor. El dolor nos informa.

Primera página: “[…] acallando así el maldito sentimiento de culpa que termina aflorando cuando uno da rienda suelta a aquel que suele ocultar”.
Y es que es una gran pretensión decir que uno no se oculta. Incluso cuando abre la puerta de su corazón uno se mantiene todo lo a salvo que puede, a menos que quiera morir. Y admitir este grado de oscuridad es mucho más llano y verdadero que no hacerlo. Gracias a la voz omnisciente a lo largo de la novela he podido entrever similitudes entre el protagonista, Roberto Rial, y yo misma y, más en el pasado, entre Alma y otra que ya no soy yo. Porque cuando das rienda suelta a quien sueles ocultar ocurren situaciones que se parecen a la verdad, y después de esto sólo hay consecuencias.
Me encantaría preguntarle a Pere Cervantes si acaso su transbordo al mundo de la literatura fue doloroso, si alguna vez tuvo el vértigo inicial antes de saltar y si yo llegaré a dejar de sentirme justo en el espacio entre los dos trapecios. A sabiendas de que quizás él no tenga las respuestas que yo busco (muy lógico) me arriesgo a vivir mi vida bajo mi propia consigna y de acuerdo conmigo misma, que es como siempre ha sido. No sólo he disfrutado de la lectura y de la historia sino que me ha servido para pasar página de ciertas emociones donde a veces uno se queda un poco atascado. Me gustaría explicar cómo ha sucedido, me gustaría definir el mecanismo pero, honestamente, no lo sé. La historia comienza y se desarrolla de una manera singular que ha congeniado a la perfección con mi circunstancia personal a pesar de no parecerse en nada. Pero esta es la magia de la literatura… así ha sido siempre, y así siempre será.

«El Hombre Transparente, a quien se ve y a través de quien se ve, el loco, a quien no le queda nada que esconder, se ha vuelto transparente gracias a la aceptación de sí mismo; su alma es amada, totalmente revelada, totalmente existencial; él es sólo lo que es, liberado de ocultamientos paranoides, del conocimiento de sus secretos y de su conocimiento secreto; su transparencia sirve como un prisma para el mundo y lo que no es mundo. Porque conocerte reflexivamente a ti mismo es imposible; sólo la última reflexión de una nota necrológica puede decir la verdad, y solo Dios sabe nuestro verdadero nombre.»
El Cuidado del Alma, Thomas Moore
El alma alberga todos los colores del espectro conocido, incluidos el gris, el azul o el negro y, a menudo, nos vemos en la encrucijada de tener que resistirnos a la tentación de creer que únicamente los tonos brillantes del blanco, el rojo o el anaranjado, por ejemplo, tengan cabida en nuestra alma. Pero esto está muy alejado de la verdad.
Admito no haber intentado con demasiado ahínco decir lo que pienso, quizás haya dejado pasar muchas ocasiones en las que hubiese sido posible emitir un juicio y cambiar el transcurso de los hechos. O quizás no hubiese cambiado nada. Ahora ya no lo sabré. Pero me cuestiono tantísimas veces por qué está tan de moda opinar. Observo que muchas personas hieren cuando opinan, en multitud de casos, intencionadamente, a sabiendas del daño que se va a provocar. Y yo me cuestiono otra vez, ¿qué tendría que ver una opinión con herir a quien nos escucha? Desde el lugar donde yo me encuentro para opinar hace falta saber. Saber implica templanza para adquirir el conocimiento y la experiencia. Y de ninguna de las maneras una opinión debe ser una expresión de malicia o furia desmedida o manipulación descarada. Y esto lo sabes cuando has aprendido a opinar. El resto, el herir con las palabras es expresar una creencia. Las creencias no son necesariamente justificables con hechos contados sino más bien esclavas de nuestros sentimientos encontrados e ideas obligadas (o no tanto). Opinar con propiedad y coherencia requiere de gran valor e infunde respeto. Cuando opinas sabiendo de tus palabras no hieres sino que construyes un puente con el otro, aún cuando tu opinión se enfrente a la otra. El peso de la coherencia no tiene rival y no hiere. No aceptaré agresiones disfrazadas de opinión, ni maltratos en situación de expresión de misterio como si de una opinión personal se tratase.
Hacer frente a una depresión también requiere de asombrosa fortaleza puesto que es un estado anímico absolutamente afín a nuestra conciencia de mortalidad. No te das cuenta pero tu cuerpo es quien primero se deprime y de ahí que muchísimos terapeutas recomienden el ejercicio físico para combatir los estados depresivos. Al mover tu cuerpo y sentir tu vitalidad cambia tu percepción y te dejas iluminar de nuevo por el espectro luminoso de tu alma. Pero no sabrías que estás deprimido si no hubieras sentido antes la luz y viceversa. Es decir, que no existe el uno sin el otro. La depresión, según Thomas Moore (autor y psicólogo mencionado más arriba en la cita inicial de este artículo), puede ser entendida como una fuerte conexión con la sombra de la muerte que se acerca al cuerpo. Es muy fácil para cualquier persona caer en la trampa de negar la muerte, tan sólo has de pensar en la desgracia de algún ser querido y rápidamente tratarás de negar en tu mente y tu corazón que eso pueda ocurrir.
En el espectro cromático oscuro del alma habita también la depresión junto con otros asuntos del espíritu. Hay ciertos pensamientos y sentimientos que parecen emerger solamente en un estado anímico sombrío, y estoy segura de que no te resultará extraña esta afirmación. Escribí mi primera novela a la vera del dolor de mi primer desamor y, sin embargo, a pesar de lo que puedas presentir, es una historia con final feliz. Cada vez que escribo un artículo es porque por una temporada corta o larga me asaltan pensamientos y reflexiones que trato de entender y encajar tanto en mi forma de ser como en mi vida y, casi siempre, los mejores actos cotidianos pasan desapercibidos por el murmurar de la rutina. Pero si suprimes ese estado sombrío del que hablaba hace un momento, si lo evitas y lo reprimes por sistema, también estarás suprimiendo, evitando y reprimiendo magníficas ideas y reflexiones que podrían estar dando respuesta a cuestiones de raíz o abriendo puertas hacia caminos nunca imaginados.

Valorar y contemplar el espectro cromático de tu alma es un canal para tus sentimientos positivos pero es a la vez un canal para los negativos. Naturalmente, los sentimientos amorosos dan origen a gestos de afecto. De la misma manera, el vacío y la grisura movilizan y despabilan una forma de conciencia en ti que se conecta estrechamente con una consecuente expresión de pensamientos que, de otra manera, permanecen ocultos bajo el velo de estados anímicos más alegres.
Algunos piensan que sólo hacen terapia los locos, los lunáticos, o los que tienen “problemas”, o los suicidas o los adictos. Este es el típico miedo a lo desconocido, la típica opinión sin fundamento ni preparación previa, la creencia más absurda apegada a los miedos más antiguos. Ármate de valor y honestidad y muestra tu espectro cromático con la ayuda de quien sabe lidiar con esos asuntos. El alma se percibe diferente en los estados de ánimo más bajos y es menos frecuente tener la suerte de poder extraer el elixir en esos instantes. Esa parte de tu alma existe, aunque quieras esconderla detrás del escaparate de esa felicidad impuesta de la que a veces se presume. Esa parte de tu alma existe tanto como la cara oculta de la Luna, no la ves pero está. Si quieres conocerla y explorarla y llegar a dominar tu interior con maestría y auto-liderazgo eficiente tendrás que adentrarte en lo que se ve y, sobre todo, en lo que no se ve.
Aunque a veces asociamos la depresión con el hecho de envejecer la mayoría de las veces tiene más que ver con la maduración del alma. Y aquí te presento la Fórmula Existencial:
Fórmula Existencial:
Edad + Experiencia = Maduración
Por tanto, si la edad me trae invariablemente alguna que otra decepción y la experiencia me dice que, tarde o temprano, “viviré un dolor”, no habrá maduración sin algo de tristeza o melancolía en mi alma y en mi cuerpo. Por el contrario, si niego la edad mi alma se desorientará y quedará perdida en un inadecuado aferramiento a la juventud.
El alma alberga todos los colores del espectro conocido. No explorarlos todos sería de ética ligera, de conciencia pusilánime, de plato roto. No quiero que se terminen mis días sin que haya podido decirles a los míos de aquello que construí en el lado oscuro de la Luna. No quiero que se me escape el tiempo sin haberme enriquecido de mi propia savia. No quiero que se vayan otros sin que sepan que yo tengo un alma. Que tengo un alma que sonríe todos los días y que se esconde a la sombra para germinar, que lo que crece sólo empieza en lo más oscuro y que allí es donde espero que todos los días salga mi estrella a respirar.
Y para que siga la introspección, mi Buen Doctor, Joseph Salama, y yo te invitamos a que continúes tu introspección y descubras esta maravillosa pieza de arte sedicioso de los ingleses y elegantes Pink Floyd… Nos vemos en el The Dark Side of the Moon…
“What can not be said will be wept”, Sappho.
(“Lo que no puede ser dicho será llorado”, Safo)
He tratado con tanta fuerza luchar contra mi don que aún ahora, cuando ya no quiero luchar más, sólo sé moverme en la batalla.
Son muchas las formas en las que una persona sabe llorar. La más conocida es, sin duda, el llanto con lágrima. Esa no es, sin embargo, la más común en mí. A veces siento el llanto en mi interior, y la mayor parte del tiempo me lo guardo. Puedo poner un ejemplo, o más de uno: he llorado en mi interior muchas veces ya cada vez que he luchado contra la aceptación de mis dones, y también he llorado en mi interior cada vez que he deseado florecer mi naturaleza femenina en contra de los planes de Dios. A veces es un llanto consciente, y a veces es un llanto anterior a mí que empieza a oírse casi a modo de baja frecuencia hasta que me ensordece y tapa mi luz visceral. No es bonito llorar hacia dentro ni tampoco es sano.
Me di cuenta de que mi vocación era de enseñante pero de que mi don residía en otro aspecto de mí. Y, en contra de mi voluntad consciente, pasé muchísimo más tiempo desempeñándome en mis dones que en mi vocación. Es probable que te preguntes en este punto por qué no parezco muy satisfecha con haberme dedicado a mi don. He sanado los dolores físicos de muchas personas con mis manos, con el calor de mi energía sobre los músculos de otros cuerpos, con mis conocimientos y, sobre todo, con mi intuición, que se manifiesta a través de las palmas de mis manos y el costado de mis brazos. Y, verdaderamente, en algún momento, mucho tiempo atrás, descubrí que no necesitaba saber más. Cada vez que interactuaba con una persona sabía cómo situarme para hacerle el mayor bien. Esto no es una cuestión de estudios anatómicos o datos, es una cuestión de ver con los ojos del alma y actuar con las palmas de las manos del corazón. Ahí estaba mi don.
Soy licenciada en Filología Inglesa, soy profesora, soy Coach y soy masajista, además de otras cosas que no son necesarias mencionar aquí y que quizás no sean de mucha relevancia. Eso es, masajista. Y si especifico un poco más, soy rehabilitadora (respetando las diferencias con los fisioterapeutas y compañeros del gremio). He trabajado con personas de todas las edades y sólo he podido encontrar cierto consuelo en la tercera edad. Si mejorar la calidad de vida, devolverle a una persona un destello de esperanza es algo maravilloso e importante, ¿por qué he llegado a odiar con todas mis fuerzas desempeñar esos trabajos? ¿Por qué me digo a mí misma que ya no puedo ser masajista? «Masajista»… en realidad, siempre me he considerado más una «rehabilitadora» que una masajista.
Es cierto y verdadero que llegué a estar muy cansada tanto física como mentalmente, que llegué a plantearme el sentido del trabajo y que casi me vuelvo loca castigándome por no ser profesora. Es probable que tuviese mis razones para sentirme vacía durante ese período de mi vida, y hoy, que ya no soy como entonces, creo que aún deseo serlo con mucha fuerza pero ya no me maltrato por lo contrario. Tengo en mi haber un conflicto, sin embargo, con compartir no tanto mis conocimientos sino mis dones, como decía un poco más arriba.
El don. Ahora mismo no estoy segura de si lo aprendí en terapia, o en Cábala, o sólo es una idea mía. Tengo la creencia de que cuando averiguas cuál es tu don estás automáticamente destinado a dárselo a los demás. Pienso que debes concederlo porque, realmente, no es tuyo. Los dones suelen ser asuntos concedidos a las personas para que ayuden a otras. No veo que sean herramientas para la autosatisfacción personal sin tener en cuenta al otro. Muchos confunden el don con la profesión, aunque otros muchos tienen dones que convierten en profesiones. Pero, a pesar de que ese ha sido y, en cierta manera, es mi caso, el don no es necesariamente una profesión reglada por nuestra sociedad. Por eso decía antes que averigüé que no necesitaba aprender más normas formales o datos acerca del cuerpo humano; que el cuerpo humano es cuerpo, mente y alma, y sólo el cuerpo se puede tocar con las manos.
Dentro de mí late una vida secreta que sólo algunos se permiten el tiempo de descubrir. Esa vida secreta me conecta inevitablemente con mi don y con mi vocación, ambas cosas. Quizás, si no hubiese entrometido mi don en mi trabajo hoy no estaría en esta posición de desagrado ante lo que se entiende que pertenece a la humanidad que me rodea y no a mí. De todos modos, no soy alguien que se instale con comodidad en sentimientos que duelen, tiendo a querer resolverlos antes o después. En esos momentos secretos de los que nadie sabe hablé conmigo y concluí en que mis dones no serían ya mi forma de vida, precisamente, por darles el valor real que tienen que no suele corresponderse con el valor económico. Decidí calmar los dolores de las personas que quiero con mis manos siempre que me fuese posible y solo y exclusivamente por amor, y aún habiéndome decidido de esta forma he podido conocer a Juhani Lahtinen (Jusi).
Jusi es un señor finlandés muy mayor, ex jugador profesional de hockey sobre hielo, que ha perdido movilidad, flexibilidad, fuerza, psicomotricidad, etc. a causa de algunas enfermedades graves que no contaré aquí. Jusi es cliente, no es mi familia. Pero Jusi es un hombre de intenciones honestas y que se entrega a mí cada vez que es su día para venir a verme. Cuando Jusi y yo estamos en contacto la magia sucede. Y hablo así como si de un amor se tratase porque eso es lo que sucede. Su mirada y sus manos mayores me dicen que es feliz el rato que pasa conmigo; cuando estiramos su cuerpo se producen reacciones químicas invisibles a los ojos pero sensibles al corazón. Mejora. A Jusi no le conozco, pero le quiero lo suficiente como para desearle un bien. Mi don es un bien.

Todavía sigo batallando en mi interior para aceptar que aquello que me ha sido concedido es aquello a lo que debo dedicarme muchas veces, aunque no necesariamente de manera profesional. Sigo luchando contra algo que es de sentido común, pero dejaré de hacerlo. Esconder las cosas buenas que tengo dentro de mí no es un camino adecuado. Es el reflejo de mi yo más egoísta, y esa es la verdad. Mi incomodidad por querer ser una buena profesora de inglés y conseguir, por el contrario, ser alguien diferente que alivia dolores a personas mayores es la pura imagen de mi ego diciéndome que mi don no es importante; que lo que importa es mi esfuerzo por haberme licenciado, mis conocimientos sobre Shakespeare y mis cualidades comunicativas. Pero eso sólo es conocimiento. El conocimiento únicamente no es suficiente para mí.
Sólo quiero decirte a ti que estás leyéndome que aceptar tu don, si es tu don de la forma más pura, podría causarte conflictos con tu ego más narcisista tal y como a mí me pasa (o quizás no), pero vale la pena identificarlo. A veces, tu don podría estar simplemente en hacer una buena paella o en cosas aún más sencillas; o podría estar en otros lugares elevados. No lo sé. Pero sí sé que se parece a algo que no sueles querer aceptar de primeras, quizás porque lo infravalores, quizás porque no te hayas dado cuenta de que ese es tu don. Te animo a buscarlo y a explorarlo y después compartirlo si aún no lo estás haciendo. Porque, como Safo decía, lo que no puede ser dicho será llorado y si no cuentas lo bueno que hay en ti se enquistará en tu interior hasta que ni siquiera tú tengas acceso.
No deseo llorar más hacia dentro, ni quiero guardarme las cosas más bellas. Quiero decirte lo que he aprendido y quiero tocarte con mis manos. Quiero seguir con Jusi, y quiero impregnarme de otros como él que vendrán después. Posiblemente, entienda mejor a los ancianos que a los que son como yo y, también, posiblemente, esto sea así porque mi ego no me permita acercarte más. Pero debes saber que sí te deseo cerca y que te espero.
Quisiera hacer un pequeño apunte de agradecimiento a mi centro de trabajo actual y a mis compañeros porque ellos son quienes ahora me ofrecen la posibilidad de conocerme mejor frente a los desafíos que mi propia personalidad atrae hacia mi relación con ellos. Gracias a Jusi siempre por confiar.
«A mí, personalmente, me encantaría tener el honor de disfrutar de tu don…», Hadasa.