Duke Ellington, hoy considerado el maestro del jazz, nació el 29 de abril de 1899 y, años más tarde, dijo: “usando, simplemente, la energía que gasto haciendo pucheros escribí un … Continúa leyendo La ira es un blues
Duke Ellington, hoy considerado el maestro del jazz, nació el 29 de abril de 1899 y, años más tarde, dijo: “usando, simplemente, la energía que gasto haciendo pucheros escribí un … Continúa leyendo La ira es un blues
Se diría que lo estoy vendiendo pero mi intención es acercarlo. Yo también estoy deseosa de conectar mejor con aquellos a quienes quiero. Así, pues, ¿por qué esta gran barrera … Continúa leyendo La Conexión o {The Skin Deep}
Me puse a observar mi cuerpo – los cambios y los movimientos de adentro – y a contemplar la forma del espacio que ocupo. Las preguntas más básicas fueron las … Continúa leyendo Segunda Parte: el asombro de la creación
Hoy he visitado la librería de mi pueblo y, aunque no recuerda a la oferta de las grandes superficies ni tampoco tiene un sillón para sentarte a ojear páginas, me ha servido lo bastante como para recrearme ahora pensando en mis días de universidad: ese tiempo preciado que no volverá pero que se anuncia a modo de recuerdo bonito cada vez que veo a mis amigos de entonces o abro nuestro grupo de whatsapp. Todos nos hemos hecho mayores, ya hay cosas en nuestras vidas que, seguro, nos pesan a cada cual, pero estoy segura de que se sonríen cada vez que algo les recuerda a nuestro tiempo en la Facultad. Atesoro esa nostalgia que ellos me hacen sentir.
Así que allí me encuentro en la librería y me paseo por las estanterías que más me apetecen, como por ejemplo, las de filosofía y religiones o novela negra… pero la tienda no es tan grande, y ya estoy delante de las novelas románticas esperando encontrar un libro que me apetezca mucho mirar sin demasiado éxito. No rechazo ningún escrito, sólo me guío por el título… por el escritor… por el grosor del tomo… por cómo me sienta… puedo guiarme hasta por el aspecto exterior o el tamaño de la letra. Como todo en la vida: depende. He pasado por la sección de embarazadas y cómo educar a tu hijo sin presionarle, por la de las cartas del Tarot, la de cocina y viajes, novelas históricas, novedades, comuniones, he mirado hasta un libro de Miguel Ángel Revilla y su popular “Cantabria me pone”, más singular de lo que habría pensado. Y llego a los libros infantiles. Me encantan los libros para niños, es el mundo de la magia y de la inocencia, ahí existen todas las sorpresas y todas las cosas que son posibles. Cuando yo era niña ya hacían libros preciosos y mi madre me compraba cuentos de todos los tipos: de los tradicionales y de los más modernos que caían en sus manos. Mi madre siempre me compraba libros. A mí me gustaría saber escribir para los niños pero nunca lo he intentado, sinceramente. ¡Quién sabe si un día lo haré! Desde luego, si un día ocurriese, sería desde el amor más claro que estuviese en mi corazón teñido del amor que siento por mi propia infancia y de mis recuerdos tanto de la niñez como de mis tiempos de universidad. Y menciono la universidad porque allí fue donde terminé de esculpir mis virtudes literarias y mi gusto por estudiar, y donde conocí a ese grupo de personas buenas que más tarde serían compañeros de aventuras y pesares y futuros filólogos y amantes de cosas pequeñas como un texto literario, un momento con un profesor o un desayuno en la cafetería. Todas esas cosas (y las que se mantienen ocultas) me ayudarían a sacar lo más sabio que hubiese en mí, y confío en ello porque confío en ellos.
Compré dos libros, dos libros que son para niños pero que me han conmovido. Y, pienso, ¿acaso no seguimos siendo niños en el corazón? ¿Acaso no esperamos que nos amen y miramos hacia arriba esperando una caricia? ¿Acaso no nos gusta jugar? ¿Acaso no nos divertimos con nuestros amigos? ¿Acaso no nos gustan las fiestas de cumpleaños con tarta y regalos? ¿Acaso no esperamos siempre que nuestros padres estén orgullosos de nosotros? ¿Acaso no nos asustamos cuando las cosas salen mal? ¿Acaso no hacemos travesuras de vez en cuando? ¿Acaso no tenemos caprichos? ¿Acaso no tenemos berrinches y “hacemos pucheros” cuando se tercia? ¿Acaso no tememos al monstruo que viene por las noches a aterrarnos con nuestros mayores temores o a la misma muerte? ¿Acaso no pensamos que viviremos eternamente? Siempre seremos niños, y ojalá este fuera el mantra principal de nuestra capacidad de dar nuestros afectos a los demás. Y así fue como, entre pregunta y pregunta, cayó en mis manos Pequeña & GRANDE Jane Austen, de Mª Isabel Sánchez Vergara ilustrado por Katie Wilson, de Alba Editorial. Se trata de la colección Pequeña & GRANDE donde niños y niñas descubren quiénes eran y qué lograron las grandes mujeres de la historia de todos los ámbitos del arte y de la ciencia y la cultura, tal y como se describe en la sinopsis del libro. Y qué bella manera de aplicar la cultura y la literatura con fines educacionales y desde casa. Son unas pocas páginas con dibujos preciosos y la vida de Jane Austen contada para niños. Y en estos tiempos que corren, donde la figura de la mujer ha avanzado tanto en tantísimos aspectos y tan poco a ojos de algunos hombres y mujeres que aún actúan bajo el infame impulso de la fuerza bruta tanto física como verbal, es una semilla que se planta en el corazón de los niños y que habría de dar frutos benignos. Hablo de hombres y mujeres porque algunas mujeres aún siguen presas de ideas machistas igual que los hombres o se han olvidado de los esfuerzos que mujeres de nuestro pasado más cercano y lejano han derramado en la búsqueda de una justicia ética y moral que no es más que una coherencia aplastante con la esencia del ser humano. Pero, ¿por qué es Jane Austen importante?

Jane Austen es uno de los símbolos de la época victoriana y, aunque no precisamente esta fue una época de grandísimos cambios sociales para la mujer, Jane Austen tuvo acceso a la lectura gracias a la mentalidad abierta de su padre y la gracia del poder adquisitivo de su familia (así como también les pasó a las Hermanas Brontë, por ejemplo). Es esta una de las maneras en las que un ser humano, hombre o mujer, se inspira y desea crecer. Recuerdo (y, en esto, mis queridos amigos universitarios de Filología Inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de Málaga me apoyarán) que cuando estudiábamos la obra de Jane Austen en 2º de carrera no nos parecía nada revelador ni feminista ni progresista que para un personaje femenino tipo en la obra de Jane Austen el hecho de no casarse fuese algo reivindicativo: en nuestro mundo, esto tampoco era para tanto. Al poco tiempo ya aprenderíamos la relevancia de estos escritos, la importancia de que una mujer encorsetada en su traje de encajes y botones a la espalda educada, idealmente, para servir bien el té y tocar el piano además de aprender algo de francés, hablase sobre moralidad y amor reflejando escenas de su propia vida e inspirada en los libros de la biblioteca de su padre, y sobre cómo hacer un retrato de la mentalidad de una mujer inteligente de su época. Ella es un ejemplo de feminismo y rebeldía, precisamente, por no querer seguir siempre las normas establecidas. Cierto es que los finales de sus obras siempre son de en los que se comen perdices pero, entendamos, todos hablamos desde nuestra propia experiencia y nuestros deseos más profundos. En su mundo, un hombre no podía casarse por amor y debía buscar una rica heredera para perpetuarse en su riqueza y su especie. La joven Jane Austen prefería un libro a dos muñecas y leía las historias que escribía a sus padres y sus hermanos cada noche. Las heroínas de Jane jamás se rendían… aunque hoy esta heroicidad nos parezca insulsa. Aún así, Jane Austen es otro peldaño más hacia la libertad de la mujer y otro valor positivo que me une a mis amigos de universidad, otro de los momentos importantes de mi vida y otro símbolo de la evolución del ser. Admito que una vez que leímos Orgullo y Prejuicio sentimos que ya lo habíamos leído todo con Sentido y Sensibilidad, Persuasión, Emma… hasta que llegamos a Mansfield Park. Es curioso, porque Mansfield Park tiene pasajes de una gran perversión sexual y una gran oscuridad, siendo una gran dicotomía para con el resto de su obra. Si no la habéis leído, aquí tenéis un clásico que no es para niños.
“Una mujer, especialmente, si tiene la desgracia de no saber nada, debe ocultarlo lo mejor que pueda”, Orgullo y Prejuicio de Jane Austen.
Típica frase lapidaria victoriana de Jane Austen, así como los ingleses en su estado más agridulce, tal y como es usual en ellos; como si aún no hubiesen salido de la época victoriana. Yo diría, más bien, que mejor que una mujer lo oculte si sí sabe algo… más que nada, por la amenaza que suele suscitar una mujer que sabe. Pero dejemos este tema para otra ocasión más polémica. Muchas cosas, si no todas, dependen del prisma.
Los libros de Jane Austen se siguen leyendo hoy en el siglo XXI y son objeto de debates en clase y de postulaciones sobre el feminismo y el machismo, la lucha de poder en la sexualidad, la esclavitud entendida literal y metafóricamente, el matrimonio, la libertad de acción y decisión, el poder de la mujer y su necesidad intrínseca de evolucionar, la necesidad de afecto y cultivar las emociones de la mano de la ética y la moral y un largo etcétera de cuestiones que nos siguen sirviendo hoy para reflexionar sobre las cuestiones más preocupantes de nuestro tiempo. Mirándolo así, tampoco hemos cambiado tanto.
“Ninguno de nosotros quiere estar en aguas tranquilas durante toda la vida”, Persuasión de Jane Austen.
El segundo libro, que ahora está en mi mesita, es John Lennon Imagine ilustrado por Jean Jullien con prólogo de Yoko Ono Lennon, de la Editorial Flamboyant en colaboración con Amnistía Internacional. Se trata de una idea preciosa que inspira y enternece, tal y como es la canción Imagine: el libro presenta la famosa canción en inglés, su idioma original, y en español acompañada de unas ilustraciones de colores brillantes que cualquier niño querría mirar.

Esta canción no necesita mucha presentación, hablamos de los derechos humanos. En el prólogo, Yoko Ono recuerda que todos queremos ser felices y sentirnos a salvo, y que debemos compartir y practicar la paz. A mí me gusta esa filosofía, independientemente de las opiniones que todos podamos tener de Yoko Ono, John Lennon, los Hippies, Los Beatles y tantas otras cosas. Ni siquiera les conocemos personalmente y, aún así, no sólo somos capaces de tener opiniones válidas para nosotros sino que, además, también podemos juzgar. A mí me gusta lo que finalmente estudié (aunque yo deseaba ser periodista, cubrir conflictos bélicos, viajar, informar, vivir al límite… un poco como en las películas, creo yo, pero siendo más realistas, hubiese amado el Periodismo igual que amo la Filología), y simpatizo con las acciones públicas que conozco de John Lennon a pesar de que él murió justo cuando yo iba a nacer. De alguna manera, sin saber muy bien cómo, también he recordado a mis amigos de la universidad con este libro, y su mensaje de amor hacia mí cuando mi hermano enfermó.
Me parece precioso haber aprendido y estudiado con ellos, mis amigos. Me conmueve recordar mi primer viaje a Inglaterra, mi calidad de Estudiante Erasmus y estar en clase con ellos. No quiero decir vuestros nombres aquí, sólo quiero que sepáis que sois muy importantes en mi vida y que nunca olvidaré el colchón y el abrazo de calor que sentí (y aún siento) cuando me acompañasteis durante la enfermedad y muerte de mi hermano pequeño. Y no sólo por esto, sino por todo lo que he vivido con vosotros y gracias a vosotros, cómo habéis tallado esos recuerdos y esa necesidad de mantener viva esa llama de juventud y la gratitud que siento de poder contar con vosotros.
Y, como no podía ser menos, recordemos una de las palabras más bonitas del inglés antiguo (que, de hecho, se sigue utilizando hoy aunque no demasiado) que habla del placer que se siente en invierno cuando te calienta ese rayo furtivo de sol… justo lo que vosotros sois para mí: apricity to my soul.
Hoy he vuelto a hincar mis rodillas en el suelo. Ha pasado más de un año desde que Pablo murió y, aunque continúo mi vida y lo hago con la mayor alegría que puedo, el dolor no se atenúa. Hay días en los que la pena y mi amor por él me doblegan el alma y me encuentro desabrida, estropeada. Sigo escuchando el silencio de Dios.
He visto y leído tu última entrevista y me emociona cuánto lo amas y cuánto nos quieres a nosotros. No tengo muchas palabras ni mensajes importantes que dar; tampoco sé cómo comenzar a escribirte sin hacerme doler. Hace tiempo que quería decirte que te quiero, si es que no te lo había dicho ya. Esa forma de hablar de mi hermano pequeño me rompe en dos pero me llena completamente. Gracias por hablar de él y de su familia, de sus padres y de su hermana, que soy yo. Como tú bien sabes, los hermanos somos los grandes olvidados en estas historias. No para tí.

A veces, desde mi gran ignorancia como ser humano, pienso en la justicia de que mi hermano no nos haya visto morir a nosotros. Pensaba tantas veces en cambiarme por él, también le habría dado mi médula y me habría vendido al diablo por su vida: no sé cómo podemos seguir en pie, pero en pie estamos. De alguna manera muy sutil, mi hermano era mi nexo más fuerte a la vida. Cuando yo era una jovencita y discutía con mis padres por cualquier asunto de adolescentes, mi consuelo mayor era abrazarme a él. Miraba la cama de al lado y él estaba ahí desde que era un bebé; me acostaba en su cama y él enredaba sus deditos en mi pelo mientras dormía. Mi hermano, sólo por existir, calmaba mi ansiedad.
Pero, Pepe, creo que no supe demostrarle mi amor tal y como lo sentía. Intento tranquilizarme pensando que no podía explicarlo porque era algo más grande que toda la humanidad entera. Yo nunca hubiese imaginado que él se iría delante de mí:
“Te cojo la mano y apoyo mi frente en tu hombro izquierdo. Ahora me arrodillo a tu lado y siento la piel fina de la palma de tu mano. Te miro y te animo a seguir respirando. Ya queda poco. Sé que estás muy concentrado en morirte y no quiero interferir. Estoy aquí, te acompaño con papá y mamá. Ahora inhala despacio, muy poquito, no te distrae cuánto duele. Morir es muy difícil, pero tú lo haces con suavidad e intensamente . ¿Es esta la última? Y ahora rompo a llorar.”
¿Te acuerdas del día del diagnóstico? Si yo lo hubiera sabido, si yo lo hubiese intuido… Ese día, cuando le dijeron que tenía que ingresarse porque tenía una leucemia galopante, entró en shock. Recuerdo su cara y no puedo quedarme mucho rato en esa imagen, pero ese es uno de los momentos de la vida en los que, literalmente, el tiempo se para. Ahí vuelvo a veces cuando el dolor me anestesia, sólo en contadas ocasiones, y es otra de las cosas grandiosas que esta experiencia de vida con mi hermano me ha concedido. Aprendí en mi terapia que hay muchas personas que, ante experiencias dolorosas, mantienen una especie de “anestesia emocional” que les hace de piloto automático; esto puedo identificarlo bien, a mí me ha pasado y, a veces ,aún me pasa. No todos tienen la posibilidad de reconocer ese “botón rescate”, ese recuerdo que te devuelve a tu carácter humano, esa imagen que te reanima el corazón para que vuelva a latir. Ese momento, la cara de mi hermano pequeño recibiendo tal noticia, es uno de mis momentos más oscuros, de dolor más intenso y, sin embargo, de recordatorio de humanidad y de sangre caliente. A la vez, también tengo muy presente el momento en el que comprendí esta dinámica, y esto se lo debo a mi Buen Doctor. La clave de todo está en comprender. Una vez comprendido, más fácil aceptado.
Me atrevo a escribirte públicamente porque quiero decidir cuándo quitarme la máscara. Hay muchas personas que siempre dan consejos, que siempre opinan olvidándose de que la opinión, realmente, tiene más que ver con una necesidad del ego que con una fuente de información real. La verdad de todo está siempre en el interior y, por eso, es necesario recluirse para encontrar la raíz de nuestro amor y de nuestro dolor. Me atrevo a decirte otra vez que eres muy importante para mí, que aplaudo y agradezco tu actitud y tu comportamiento, tu manera de estar. Y esto lo digo no sólo como cura, sino como mi familia que eres.
¿Sabes, Pepe? Algunos en mi entorno no entienden la religión, no entienden la fe ni nos pueden entender a nosotros. Mi hermano, como tú bien dices en tu entrevista, quiso complacer a mis padres y se bautizó, sólo fue una manera de comenzar. Esto le sirvió para unirse a ti como individuo y creció contigo y aprendió de experiencias que sólo tú podías acompañarle a vivir. Yo estuve recelosa de ti un tiempo, tú lo sabes, pero luego te entendí porque te vi. No sé si esto fue por mi hermano o si fue por ti; si tengo que aventurarme, diría que fuiste tú quien se ganó en toda regla mis afectos y lo hiciste con la mejor de las herramientas, la espera. Ahora ves que mi hermano era lo más valioso de mi corazón, qué pena siento más grande. Contigo me he acercado a la iglesia, porque realmente no ha sido a Dios. Yo ya sentía una fe espiritual, una especie de misticismo que abarca todos los credos, que pude abordar, también, en mi terapia. No entendí mi cercanía a Dios hasta que me entendí mejor a mí. Leí sobre asuntos del judaísmo y los rabinos, sobre la Biblia, sobre Buda, no sé… sobre Confucio, y sobre cualquier cosa en términos de religiosidad que explicase mi mirada. Al poco me vi yendo a tus homilías ignorando a los ignorantes que odian con radicalismos cualquier asunto religioso. Yo fui por ti, y jamás me he enfadado con Dios (si es que hay alguno), aunque sí que he sentido su silencio con mucha más fuerza que su palabra.
¿Quién podría hablar de mi fe sin unirla al amor? No he podido reconocerla hasta que he sentido amor puro. Es curioso que diga esto porque, el día que vi a mi hermano por primera vez, con la carita llena de pelo y las uñas blandas y largas, se instaló en mí el amor para siempre. Yo no tengo hijos aún, pero admiro el amor de los padres. Sólo les deseo a todos aquellos que lo son que no lo olviden en el camino, que miren las fotos de sus hijos cuando eran pequeños porque ahí están las semillas de todo. Son objetos materiales útiles para el corazón.
Quiero recordarte aquello que dijiste en la misa de Pablo, aquel día multitudinario tan extraño para mí: se olvida cuando se deja de amar. Esa frase se me clavó adentro. Igual que me apuñalé con el agua bendita que le echaste por encima a su féretro y que representa la imagen de lo imposible de imaginar. Tú, Pepe, has estado en los buenos momentos y en los malos momentos, nos has visto llorar y perder la cabeza. Nos has visto a los tres: a mi padre, a mi madre y a mí. Por esto sólo tengo agradecimiento hasta que yo me muera. Y por todo aquello que sigues toreando y por tus horas bajas en las que yo no te veo pero sé que, insomne, las atraviesas. Por tus momentos de tristeza y por acompañarme a La Soledad. ¿Quién me diría a mí que hacer procesión de penitente me conectaría con mi estado puro de salvación? Pues tú me lo has dado. Algunos no lo entienden pero tú en mi vida eres para siempre.
Hoy he vuelto a hincar mis rodillas en el suelo con tu entrevista, con las fotos y la voz de mi hermano, con su cara y sus ojos tristes desde niño, con nuestras fotos de familia; existe emoción y sentimiento que no se mide con índices de audiencia o producción. No quiero dejar una nota triste porque vivo mi vida con alegría, algunas mañanas son un reto (debo admitirlo), pero no cambiaría mi camino. Tengo amor a mi lado con cada amanecer y me repara cada té con leche que nos tomamos juntos en nuestros desayunos íntimos, además de a mi familia y mis amigos. La vida me da mucho, es sólo que mi hermano pequeño es demasiada emoción para un solo corazón algo ajado como es el mío.
Te quiere,
Esther
Entrevista de D. José López Solórzano, Pepe, Padrino de mi hermano pequeño Pablo
“Cuando el alma sufre demasiado desarrolla un cierto gusto por la desgracia”,
Albert Camus
Seré breve. Seré concisa: los tiempos que corren no me acompañan.
Algo se empezó a romper hace un tiempo, quizás antes de la enfermedad de mi hermano, o quizás coincidiendo. No puedo estar segura de si todo converge en el riesgo de su muerte o en el atestiguar de su sufrimiento, pero las circunstancias son dictadoras.
Ante el incremento de luz artificial en mi vida y en la de mi familia, la degradación de la intimidad, la exposición al foco más severo pero con apariencia más amable y la incomprensión hacia mi propio dolor sólo puedo retirarme.
Hay más dignidad en la derrota que en la victoria, especialmente, cuando la derrota significa la pérdida del statu quo ante bellum. Aparqué, primero, mi vida personal; luego, mis proyectos más queridos; después, mi actividad creativa; y, ahora… ahora estoy cansada. Tengo aún la fuerza de un titán fornido, iracundo e, incluso, sañoso, pero aún lo encadeno a la morfina de la calma interior.

Porque no quiero parar y remo, pero ya no puedo seguir en la misma dirección y, enfrentándome a salvar mi vida, desaparezco hasta donde me es posible. No quiero ser adicta a un drama, al drama, al dramático. No quiero el teatro, ni las canciones de amor. Rescato de la paciencia la parte virtuosa y, a oscuras, me siento y pienso. No llegarán tiempos mejores en el futuro cercano, así que acaricio al titán y se amansa resoplando.
Ahora he decidido presentar mis respetos y mi admiración por ti, que me has seguido en este blog, en esta aventura mía en la que puse mucho de mi valor personal, en la que puse agallas, y en la que me sentí apreciada por ti. Porque tú, que me sigues, que te preocupas por leerme y empleas tu tiempo en alimentarme con tus comentarios, te mereces mi gratitud. Has contribuido a reforzar mi personalidad y me has ayudado en mi trabajo interior, un trabajo que, algunos no pueden apreciar pero que existe y me convierte en dueña de mis ideas y en alguien de asombrosa mejor calidad. Mi Buen Doctor sembrando.
Ahora se presenta un tiempo de pausa para este blog, para una parte de mí.
Porque yo quiero seguir aquí, pero no a la luz de un foco sino a la luz de la verdad.
Lívidos, algunos, de dolor.
Furiosos, otros, por no ser los más poderosos, por no doblegar mi voluntad.
“If I ever feel better remind me to spend some good time with you,
you can give me your number… when it´s all over I´ll let you know”.
Phoenix, If I ever feel better
“No soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, sino un pulso herido que presiente el más allá”. Federico García Lorca hace muchos años. Pablo es mi hermano pequeño, tiene quince … Continúa leyendo Dona Médula. Dona Vida.
Creo que en la mayoría de las ocasiones no es tanto lo bueno que sea el libro sino lo que evoque en ti como lector: el momento de tu vida que represente, eso que seas capaz de afrontar y eso que seas capaz de sentir. Después está aquello que seas capaz de hacer.
Aún no lo soy, pero sospecho en algunas ocasiones si seré mañana una escritora frustrada, si seré una mujer misantrópica por no haber sido prolifera en mis cuentos y mis literaturas, si me dejaré llevar por el regusto amargo de estar cerca de las letras sin ser protagonista jamás. Hace poco volví a leer que los que nunca empiezan esa novela que tienen en mente en realidad tienen miedo de su propio y posible éxito. Miedo. El miedo, que es el gran motor humano. Esta es la verdadera razón que hace al mundo girar, y no el amor. ¿Cuántas vueltas damos y hacemos dar antes de afrontar (si es que ocurre) aquello que más deseamos? Algunos hablan del miedo como algo que hay que evitar como a la misma peste, así como si eso fuese posible. Quizás en este momento esté impregnada de una sensación sobrecogedora con más tinte noir del que puedo confesar despreocupada, o quizás ya pensaba así desde un momento antes de saberlo. Afortunadamente, la percepción de la realidad cambia según la perspectiva y lo que hoy digo como una verdad universal en breves instantes será rebatida y con mucho éxito por mí misma con un argumento que la haga zozobrar. Que el miedo mueva el mundo o que lo haga el amor llegan casi a ser la misma cosa.
Me bebí La Mirada de Chapman prácticamente en un fin de semana. Hacía mucho tiempo que no me sentía imbuida por una historia de tal forma. No sólo me parece la historia buena, no sólo siento una envidia aguda a ratos y no sólo me honra que sea un escritor español y joven y que antes no era escritor, no sólo me alegro sino que me ha salvado de mi propia circunstancia personal. Un libro que te invita a introducirte dentro es una herramienta de supervivencia y un gran relativizador de tragedias emocionales. Voto por leer. Voto por La Mirada de Chapman y voto por muchos otros libros espectaculares y no tan espectaculares. Las historias contadas en tu canal de comunicación, en tu nivel de lengua, en tu forma de comprensión y en tu estructura de pensamiento, si bien es una suerte encontrarlas, son las que te empujan a calmarte y a continuar, a recalcular ruta y a seguir.
No pretendo escribir una reseña, para esto ya tengo a mi querida Elena Sánchez del Valle Alfaro, una absoluta profesional al caso y compañera de viajes radiofónicos en mi programa La Hora Escarlata, pero sí que he sentido el impulso de escribir acerca de la ayuda que me ha supuesto vivir atrapada en la historia de La Mirada de Chapman. Por este motivo no entraré en demasiados detalles sobre la estructura de la trama o la profundidad de personajes, etc. Me apasiona el carácter sanador y enloquecedor simultáneo de la literatura y me captura inevitablemente el viaje interior de cada escritor.
La historia está repleta de frases con insinuada profundidad y contiene una gran carga de emoción contenida que conecta a la perfección con mi desarrollo de emociones, aunque no necesariamente porque yo las contenga… o sí. Hoy está de moda decir eso de dejarse fluir. Y, ciertamente, es ideal aunque no es realista. A veces, ni siquiera es práctico. Y para vivir hace falta una gran dosis de pies en el suelo. No entiendo por qué se identifica el realismo con la negatividad de forma tan corriente. Existe una belleza irrefutable en la quietud del personaje oscuro y en la marabunta de sus pasiones, además de sabiduría intrínseca que se roza con el dolor. El dolor nos informa.

Primera página: “[…] acallando así el maldito sentimiento de culpa que termina aflorando cuando uno da rienda suelta a aquel que suele ocultar”.
Y es que es una gran pretensión decir que uno no se oculta. Incluso cuando abre la puerta de su corazón uno se mantiene todo lo a salvo que puede, a menos que quiera morir. Y admitir este grado de oscuridad es mucho más llano y verdadero que no hacerlo. Gracias a la voz omnisciente a lo largo de la novela he podido entrever similitudes entre el protagonista, Roberto Rial, y yo misma y, más en el pasado, entre Alma y otra que ya no soy yo. Porque cuando das rienda suelta a quien sueles ocultar ocurren situaciones que se parecen a la verdad, y después de esto sólo hay consecuencias.
Me encantaría preguntarle a Pere Cervantes si acaso su transbordo al mundo de la literatura fue doloroso, si alguna vez tuvo el vértigo inicial antes de saltar y si yo llegaré a dejar de sentirme justo en el espacio entre los dos trapecios. A sabiendas de que quizás él no tenga las respuestas que yo busco (muy lógico) me arriesgo a vivir mi vida bajo mi propia consigna y de acuerdo conmigo misma, que es como siempre ha sido. No sólo he disfrutado de la lectura y de la historia sino que me ha servido para pasar página de ciertas emociones donde a veces uno se queda un poco atascado. Me gustaría explicar cómo ha sucedido, me gustaría definir el mecanismo pero, honestamente, no lo sé. La historia comienza y se desarrolla de una manera singular que ha congeniado a la perfección con mi circunstancia personal a pesar de no parecerse en nada. Pero esta es la magia de la literatura… así ha sido siempre, y así siempre será.

“Yo soy lo que no se ve”,
Hadasa, Pimpinela Escarlata, Ester
Le escribí a mi Buen Doctor. Le dije que me sentía en el mismo punto que hace un año. Una vuelta de rueda de hámster. Una broma pesada. Afuera y arriba se están riendo. Un desamor, una ruptura y la enfermedad.
Clica aqui para ver el clip: Dile Sí a la Vida
Yo ya sé que las cosas se entienden mejor hacia atrás. Lo he experimentado suficientes veces ya como para saber que todo cobra sentido cuando ya ha pasado. Estos momentos de ahora aún no han terminado y, por eso, crece la ira en mi torrente sanguíneo.
Me ocurre una y otra vez que mi cara refleja ese tipo de juventud que es la del inexperto; no es que yo lo piense pero todos me dan consejos. Todos creen que deben aleccionarme. Y yo escucho, porque siempre he escuchado y siempre escucharé. Pero confieso que he decidido dejar de escuchar selectivamente para, en su lugar, poner en funcionamiento el acto involuntario de oír. Oír no es escuchar forzosamente. Por extraño que suene, establezco que mi entorno necesita que yo deje de escuchar.
Nadie me conoce, aunque no es que yo lo ponga muy fácil. Me sorprende (y a la vez no) que haya tantas personas tan dispuestas a ayudar en cualquier momento y ante cualquier tipo de circunstancia. ¿Cómo se puede tener una opinión y un juicio de valor sobre todas las cosas? ¿Es que acaso uno sabe todo lo que saben los médicos, por ejemplo? ¿O uno puede saber, también, cómo terminar con los conflictos bélicos? ¿O, quizás, es una ecuación tan simple como anunciar a los cuatro vientos que todo lo que necesitamos es amor? El amor, y por si nunca antes lo dije como un millón de veces, es la base pero no es suficiente. Me sorprende que cualquier persona, en seguida, sepa responder preguntas acerca de la salud de mi hermano, por ejemplo. O acerca de lo que yo debería o no debería hacer, acerca de si debo pasar página ante determinadas circunstancias o sobre el hecho de que el amor de mi vida mienta ante mi inmaculado rostro de la forma más antigua.
Otras veces me siento y pienso si esa canción de amor que es sólo para mí no habrá sido también sólo para otra persona, o lo está siendo en ese mismo preciso instante. La canción de amor en la que se vive cuando se está enamorado, también. Me siento y pienso. Y actúo. Actúo porque si no lo hago pereceré. Y es que ante la hipocresía del amor verdadero sólo puedo cederle el paso, que camine delante de mí y se aleje mientras me calmo y vuelvo al placer de mi fluir natural. El amor existe, es cierto. Pero existe, entre otras cosas, porque convive con su polo opuesto. Y, así, todo lo demás.
Nadie me conoce, pero no pretendo construir una queja. Lo que quiero es la advertencia. Lo que quiero decir ahora es que soy todo aquello que no se puede ver. Y estoy a punto de continuar siendo como creo que debo ser: a pesar de todo lo demás, a pesar de los consejos y las intromisiones, a pesar de las infravaloraciones y de las etiquetas y a pesar de las opiniones.
¿Por qué alguien cree que puede ayudar? ¿Por qué está tan extendida la idea de que hay que ayudar permanentemente al otro? Ayudar requiere de una conciencia plena en la responsabilidad que conlleva. No es algo que no deje huella. Ayudar es intervenir, de una o de otra manera, pero se interviene. Te mojas. Por eso hace falta preparación, conocimiento y entrenamiento de la intuición. No sirve cualquier tipo de ayuda en cualquier momento. Los humildes, los honestos, los que se ponen en el lugar del otro, acercarán su mirada a su corazón y sentirán que, la mayor parte de las veces, es mejor estar presentes y callados.
Yo misma me he negado a aceptar que quien quiero me miente, que la enfermedad está y que mi corazón no lo superará. Trato de vivir mi vida desde la fuerza de mi sangre y de mi corazón y de mi sexo. No utilizo mis encantos de mujer tan a menudo como podría ni atiendo al chantaje emocional tan a la mano de muchas de mis otras coetáneas. No puedo respetarlo, ni me disculpo por ello. Es cierto que no me pronunciaré, pero no respeto la manipulación hacia el otro. He nacido para encontrar el sentido de mi vida. Y no he nacido para utilizar al otro en mi propio y exclusivo beneficio.
Tengo un gran valor, un contrapoder. Por fin me permití decir que no, aunque tuve que recurrir a un burofax para demostrar que quizás tenga el rostro de una mujer que no sabe mucho pero una personalidad de individuo fuerte y comprometido consigo mismo. Estoy preparándome para poner fin siempre que sea necesario.

Seguro que mi destino es ese que no he planeado. A veces lo vivo con tristeza y a veces con expectación, aunque cada vez confío más en mí sobre todas las otras personas. Y lo hago a pesar de que no sé la mayoría de las cosas, de que me falta experiencia en el riesgo de vivir, de que no he entrenado todas mis habilidades ni he cometido todas las faltas que a mí me corresponden. Pero sigo preguntándome a mí misma todas las cosas que deben ser respondidas. Hago acopio de fuerzas y, sobre todo, de valor. Si yo un día supiese contar mi historia diría que, ante todo, tuve valor.
No importa cuántas veces me recuerde que existen las tragedias, las del corazón y las de la salud. Abrazaré mi luz y mi sombra de igual medida y volveré a abrir la puerta de mi corazón que, aunque zarandeado brutalmente, siempre espera latiendo poder abrazar el tuyo.
«I never saw a wild thing sorry for itself.
A small bird will drop frozen dead from a bough
Without ever having felt sorry for itself».
«Nunca vi a un animal salvaje compadecerse de sí mismo.
El pájaro más pequeño morirá de frío en una rama
habiéndose compadecido jamás por sí mismo».
-D. H. Lawrence
Cuando conocí a Laura ya estaba luchando, pero nunca me lo dijo y nunca yo se lo pregunté. Hay cosas en la vida que simplemente son.

Hoy es el día en el que quiero decirte que la parte de tu vida que compartiste conmigo es única para mí. Quiero que sepas que eres especial, que me concediste el regalo de reírte conmigo y que me duele egoístamente que te hayas ido.
Lo que mis ojos ven de ti es lo que posaste en esa parte de mí que siente y no piensa. Estás en el infinito de mis ojos cerrados y donde sólo así encuentro la verdad.
Tú te has ido y mi hermano está aquí.
Acorde a tu naturaleza emprendes ya otro camino que yo aún no conozco con la fuerza de quien no siente lástima por sí mismo ni se agacha jamás en su soledad.
Por siempre contigo,
Ester
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Rayuela, Julio Cortázar
El pasado lunes, como viene siendo costumbre todos los lunes en el último tiempo en mi circunstancia, atendí a mi cita íntima con la radio. Ir allí es importante para mí, es una de esas cosas que uno no sabe a dónde le llevarán pero que le hacen sentir que el presente tiene sentido.
Elegí el fragmento del beso en Rayuela, la aclamada contra-novela de Julio Cortázar publicada en 1963. Es fascinante para mí que en 1963 alguien escribiese sobre un beso y que esa emoción sea absolutamente contemporánea. Tanto, que hoy llegue a mí y tiemble mi carne. Y la carne tiembla y es trémula y vibrante cuando algo le emociona.
A veces me pregunto cuál ha sido mi suerte en llegar hasta aquí. Durante un tiempo de mi vida aprendí a compadecerme de las tristezas hasta que ya no lo hice más. Y, sin embargo ahora, comprendo que es el mejor momento de mi vida. No sólo mi carne es trémula de emoción a menudo sino que además mi sistema de pensamiento se estimula a cada momento y ni puedo ni quiero frenarlo. Es un momento, sencillamente, espectacular.
Rayuela relata la historia de los amores frustrados de un intelectual argentino y una muchacha uruguaya en el París de los años cincuenta. Al perder a su amada, el protagonista debe volver a Argentina, donde la nostalgia lo vuelve loco. Y no deja de ser este uno de los temas más antiguos de la literatura y del mundo: el amor. Aplaudo la maestría del autor, Cortázar, pero sobre todo por haber sido capaz de canalizar su tiempo al mío. Recuerda que Julio Cortázar falleció en 1984 cuando apenas yo tenía tres años.

Es probable que no sepas que en este momento soy aprendiz de locutora de radio y que seré aprendiz de locutora durante bastante tiempo. Con la ayuda genial de algunas personas llegué a contactar con una emisora de radio local (daré el nombre y el dial al final de este artículo) y fui puesta en contacto con el locutor de otro programa en la misma emisora (desde aquí aprovecho la ocasión para darle las gracias por toda su paciencia y dedicación y por ser fuente de conocimiento para mí y, además, inagotable). Y desde entonces vengo sintiendo de nuevo aquella explosión de amor literario que sentí por primera vez en la universidad: aquella vez en segundo de carrera cuando me di cuenta en clase de Textos Literarios de que aquella era una de mis pasiones más vivas y a la vez más ocultas y privadas. Es decir, cuando te hablo por la radio, en realidad, te habla un yo más privado, te habla más mi pasión y no tanto mi razón. Soy más vulnerable. Recuerdo el poema que me hizo despertar la chispa literaria, y ni siquiera es mi poema favorito ni mi autor de cabecera, pero funcionó:
Oda a una Urna Griega
Tú, todavía virgen esposa de la calma,
criatura nutrida de silencio y de tiempo,
narradora del bosque que nos cuentas
una florida historia más suave que estos versos.
En el foliado friso ¿qué leyenda te ronda
de dioses o mortales, o de ambos quizá,
que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
¿Qué deidades son ésas, o qué hombres?
¿Qué doncellas rebeldes?
¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera?
¿Quién lucha por huir?
¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles,
ese salvaje frenesí?
Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
sonad por eso, tiernas zampoñas,
no para los sentidos, sino más exquisitas,
tocad para el espíritu canciones silenciosas.
Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella!
¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes
que no despedirán jamás la primavera!
Y tú, dichoso músico, que infatigable
modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aun más dichoso!
Por siempre ardiente y jamás saciado,
anhelante por siempre y para siempre joven;
cuán superior a la pasión del hombre
que en pena deja el corazón hastiado,
la garganta y la frente abrasadas de ardores.
¿Éstos, quiénes serán que al sacrificio acuden?
¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
alzada en la montaña su clama ciudadela
vacía está de gentes esta sacra mañana?
Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
por qué estás desolado podrá nunca volver.
¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
de hombres y de doncellas cincelada,
con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
tú permanecerás, entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
«La belleza es verdad y la verdad belleza»…
Nada más se sabe en esta tierra y no más hace falta.
John Keats (1795 – 1821)
No trato de hablar de poetas románticos como Keats o de mostrar ningún otro aspecto de la literatura más allá de lo que me atañe ahora decir. Lo que necesito es decirte que mi amor por la literatura nació de mi madre pero floreció con mi pasión por mi carrera y la literatura inglesa; que recuerdo esa clase donde mi profesora explicaba y desglosaba los recursos estilísticos y literarios del poema y de la época y sentí la chispa en mi interior. Después resultó ser que John Keats, en particular, no me resultó tan atractivo pero ahora sé que aquel fue otro de esos momentos decisivos parecidos al del presente radiofónico que me acompaña hoy. En cualquier caso, es un bello poema que apela a la belleza de una urna clásica. Por todos es sabido que el mundo clásico es raíz de muchos de nuestros porqués.
Te invito ahora a retomar la lectura del fragmento del beso de Julio Cortázar. Vuélvelo a leer antes de continuar, por favor. Pero, ¿por qué este fragmento de entre tantos tan espectaculares de la novela? Porque destila erotismo y sensualidad, porque los que se besan se idealizan y existe la belleza para ellos de forma constante. Porque no debemos desconectarnos del amor auténtico, debemos buscarlo incesantemente y, una vez encontrado, regarlo y nutrirlo sin cesar. Porque no es sólo un ramo de rosas o una cena bonita lo que expresa un detalle de amor sino una canción, una carta escrita de tu puño y letra o un fragmento bonito de un libro que te impacte por el motivo que sea… estas son las cosas que nutren el amor. Y porque la literatura tiene el poder de conectarte y ablandar tu corazón, entre tantos otros poderes.

Sublime la visualización de la boca del ser amado: “Toco tu boca […] voy dibujándola como si saliera de mi mano […] hago nacer otra vez la boca que deseo […]”. Y soy llevada mágicamente hacia la visión de la boca de mi propio deseo. Es el polvo de estrellas de la literatura, la imaginación. Es la curvatura del espacio-tiempo y la creencia de que un amor no es amor si no se ama y se es amado.
Y atiende ahora a la metáfora del Cíclope porque es en esto en lo que se convierten los que se besan, en un cíclope de amor. Los amantes que se acercan se unen en una única visión y en un único sentir tibio que es el beso. Y, entonces, el beso sabe a fragancia oscura y es la fruta madura que regala su jugo. Si no es arte el de Julio Cortázar para hablar de un beso, entonces será que soy ciega y sorda y muda y muerta.
Lo especial de este fragmento reside en su carácter antagónico y complementario entre amor y sexo. “Mis manos buscan hundirse en tu pelo”, preciosa descripción del placer de acariciar el cabello del ser amado, en este caso, el pelo de una mujer. Y continúa, “acariciar lentamente la profundidad de tu pelo”, con una impresionante carga erótica. El sustantivo profundidad es lo que añade la sensualidad al erotismo de la frase.
“Y si nos mordemos el dolor es dulce”, que suscita la excitación de las dicotomías sexuales y del placer.“[…] Y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”, y como no es difícil imaginarse, Cortázar me invita a la incertidumbre de si apela a una simple descripción poética y romántica de la excitación de un beso o si implica algo de carácter sexual más poderoso o el clímax per se.
Dejo ahora en el poder de tu imaginación ese beso que recuerdas, esa boca que anhelaste y esos labios que tuviste. Me retiro a pensar en el ímpetu del Glíglico y en el poder del amor. Pero antes de eso permíteme lanzar estas cuestiones a tu corazón:
¿Prefieres amar o ser amado?
¿Besar o ser besado?
¿Desear o ser deseado?
En la estructura gramatical del lenguaje Glíglico (tipología de la lengua utilizada en Rayuela y creada por Julio Cortázar) nada cambia demasiado de la lengua castellana tal y como la conocemos. El punto de inflexión reside en que todos pueden hablarlo pero sólo los amantes pueden comprenderlo.
Te invito a que mañana te atrevas a amar desde esa parte glíglica que reside en tu corazón.
También te invito a escuchar mi próxima participación en el programa radiofónico Estamos en las Nubes cada lunes de 19:00 a 21:00hs en el 92.2 o a través de la web www.gestionaradiomarbella.com.
Gracias por seguir a mi lado.
«What if nothing exists and we´re all in somebody´s dream?», Woody Allen.
(¿Y si nada existe y estamos todos en el sueño de alguien?, Woody Allen)
Una vez me dijeron que en esta vida todos los seres que convivimos en el planeta venimos con un propósito, hasta el ser más diminuto y aparentemente más insignificante, tiene un propósito en la Tierra. Por consiguiente, respetar la vida y el camino de cada uno de los seres con los que nos cruzamos ya sean personas, animales, plantas, árboles, aire, agua… es respetar y aceptar cada uno de los propósitos de su existencia.
Nunca comprendí este mensaje con tanta claridad como soy capaz de comprenderlo ahora y por eso me complace poder compartirlo desde mi humilde experiencia con todos vosotros, por si en algún momento puede dejar una semilla en vosotros, como en su día lo hizo en mí.
Todos venimos al mundo con un propósito, y nos han regalado nuestro tiempo ya sea largo o corto para que disfrutemos del camino aprendiendo y buscando nuestro propósito en la vida.
El propósito a diferencia de lo que muchos creen no es nada extraordinario ni grandilocuente, suele ser tan sencillo y divino y a la vez tan sumamente esencial y sencillo como el propósito de una planta, o el del agua o el de un mosquito. El propósito de cada uno de nosotros no es un trabajo, ni unos estudios concretos, ni una casa nueva, ni un coche último modelo, ni un grupo de amigos, ni una pareja, ni ser exitoso o respetado o triunfador, ni siquiera ayudar a los más necesitados, ni ser bueno o malo, es mucho más profundo que todo eso, te conecta con tu verdadera esencia, con tu ser.
El propósito es el motor que te mueve cada día, por el que respiras, por el que tu corazón decide seguir latiendo en este mismo momento y tiene que ver lo primero contigo mismo, con el más necesitado de todos para ti mismo, que eres tú. No venimos a dar ejemplo, ni a ser abanderados de ninguna causa, ni si quiera a ayudar a los demás… eso viene después, viene solo, si es que tiene que venir…la primera causa de tu existencia eres tú. Esfuérzate a fondo en conocer a esa persona con la que vives todos los días de tu vida, tú.
A pesar de lo que muchos creen, en los últimos años he podido comprobar, que no existe un “ayudador” y un “ayudado”, más bien un conjunto de caminos y de personas que se cruzan y en el que casi siempre me he sentido más ayudada que lo contrario, y si además por ese camino pude tender mi mano a alguien y ésta le dio calor, siento alegría por esa persona, al igual que lo siento por mí misma por todas aquellas manos que yo recibí. Las apariencias, lo que nuestros ojos ven, nos puede confundir muchas veces, (yo diría que siempre), y si en algún momento pude ser de ayuda, y recibo un “gracias”, me sentiré bendecida por ello, no exploro en qué grado ese “gracias”, es fruto de mi trabajo o no, simplemente me siento afortunada por recibirlo.
Esta forma de entender el mundo, a las personas y la ayuda al otro, cambia mucho el concepto de altruismo y solidaridad que manejamos actualmente, que, a mi parecer, muchas veces responde más al ego. Es una verdadera paradoja lo que escribo y lo que pienso, precisamente si ponemos todo nuestro empeño en ayudarnos a nosotros mismos primero, es más probable que en algún momento alguien se pueda sentir ayudado por nosotros y es precisamente este modo, el que muchos calificarían de egoísta, el que más carece de ego.

Es un trabajo duro, lleva su tiempo, el autoconocimiento. Una vez conozcas ese propósito del que hablaba, todo cobrará sentido y podrás entregar tu existencia a aquello que desees de corazón, sea lo que sea, esté fuera de ti, o esté dentro.
Cuando conoces tu propósito en esta vida, la muerte ya no da miedo, ya no asusta, deja de ser mala y triste, la muerte se convierte en una amiga que, como la vida, van de la mano permitiéndonos y regalándonos cada segundo para que aprendamos y recorramos nuestro camino.
Tener la certeza de que me voy a morir en cualquier momento y aceptarla desde lo más profundo de mi ser, ha sido el regalo más importante que he recibido en lo que llevo de camino. Al contrario de lo que muchas personas piensan saberte perecedero en este cuerpo y en este lugar, más que hacerte infeliz, te hace la persona más completa y viva que pueda existir, porque cuando aceptas a la muerte como parte de esta vida, ya no importa cuando tenga que llegar y como lo haga, porque llegado ese momento, ten por seguro que tu propósito se habrá cumplido, al igual que una mariposa en toda su belleza cumple su propósito en apenas unas horas.
Esto que ahora escribo, puede ser mal interpretado, hacia el tan recurrido, “carpe diem”, “vive intensamente cada momento”, o “disfruta de la vida”, tan vacíos, superficiales y carentes de sentido, si no se profundiza y no se entiende el mensaje. Vivir el momento es aceptar que no todos los momentos van a ser buenos, que hay momentos malos, momentos duros, que no siempre voy a estar feliz y alegre, que puedo sentir, miedo, pena, tristeza, vacío, dolor, sufrimiento… vivir el momento es un compromiso con la vida más allá de lo que ocurra en ella… en fin, nada que ver con lo que nos venden, requiere de “algo más” que querer una vida “perfecta” y es un aprendizaje mucho más profundo de lo que significa vivir.
Creo que somos tremendamente afortunados por ser capaces de descubrir y explorar todos los entresijos de nuestro paso por aquí, y aunque no es algo fácil y parece no estar muy de moda, a lo largo de estos años, solamente he aprendido a acompañar en el camino a las personas que se cruzaron en el mío ya fueran niños, jóvenes, adultos o familias, ya acabara su camino por esta vida con la muerte en ese momento en el que ofrecí mi acompañamiento, o continuaran su camino por aquí, ya estuvieran enfermas, sanas, felices, tristes, solas, acompañadas, solamente he aprendido, cuando de corazón y desde lo más profundo de mi ser, sin ataduras, ni ego, ni superficialidades de nuestra vida cotidiana, he aceptado mi propio propósito y por ende el propósito de todos los seres que me rodean y en comunión con todos ellos comparto esta existencia.
A pesar del dolor, de la pena y del sufrimiento tan humanos como el mismo respirar, y tan necesarios como el alimento, a pesar del miedo a lo que no conocemos y a la muerte, tan terrenales como nuestro propio cuerpo, toda vida ya sea corta o larga, complicada o sencilla, dura o fácil, sea como sea, tiene un propósito en sí misma y desde ese sentido y en unidad, si es que ha de ser ese tu camino, si serás capaz de tender tu mano a aquel que, quien sabe, la pudiera necesitar.
Gracias, Anabel Melguizo Garín, por estar a mi lado y construir nuestra amistad de mi vera. Es precioso que sientas el deseo de dejar tu huella en mi blog. Bendiciones para ti y que nuestra fuerza nos acompañe.
Hadasa
“The capacity to learn is a gift; the ability to learn is a skill;
the willingness to learn is a choice”, Brian Herbert.
(La capacidad de aprender es un regalo; la habilidad de aprender es una destreza; el deseo de aprender es una elección, Brian Herbert)
Una de las primeras cosas que aprendí durante mis años universitarios es que el proceso de aprendizaje es un camino repleto de errores. A veces era tan simple como llenar un cubo de agua y otras tan complicada como llenar ese mismo cubo de agua teniendo un agujero (ayudándome de la metáfora del cubo y la fuga, “Leaky Bucket”, que atiende no sólo a cuestiones de la Lingüística sino a muchos otros asuntos relacionados con la economía, la ecología e, incluso, el comportamiento humano).
Lo más lógico hubiese sido tapar el agujero e impedir la fuga para poder llenar el cubo, pero, también, hubiese sido necesario localizar el punto de pérdida en primer lugar. Y esto es lo que complica las cosas. Averiguar dónde está el problema. De esta forma, tanto yo como muchos otros de mis coetáneos podríamos haber ganado muchísimo tiempo y muchísima habilidad en esto que se conoce como la Pirámide del Aprendizaje, que no deja de ser una explicación de forma estadística de la forma en la que aprendemos y la cuantía de lo que asimilamos. No dejé de pensar en ningún momento que para aprender hay que errar, y hay que errar de manera constante para mejorarse. Equivocarse es la única manera de aprender. Quien evita el error se esfuerza mucho por no aprender.
La fuga. Lo que a mí me funciona y seguro funciona a muchísimas personas es que una vez te propones aprender algo debes hacerle una especie de mapa mental que a ti te sirva, discutir el asunto con otras personas, buscar las ideas más importantes y distinguir el relleno que sólo decora de lo esencialmente relevante, escribir con autonomía sobre ello sin necesidad de ser un buen escritor, o quizás grabarte a ti mismo contándolo… prueba a hacerlo todo, no sólo una de las cosas. Te aseguro que aprenderás. Pero para aprender no puedes ser perezoso ni debes dejarte abordar eternamente por el miedo porque aprender requiere esfuerzo y valentía y cuanto más mayor eres más esfuerzo necesitarás aplicar y más agallas habrás de encontrar. No es suficiente con escuchar a alguien hablando sobre el asunto únicamente, ni ver un documental o leer un libro. Lo que te hace aprender es la puesta en práctica, ser actor, ejecutar y, finalmente, errar.
A algunas o muchas personas esto no les interesará pero seguro que son aquellas que, casualmente, oponen la mayor resistencia al proceso de aprender; aquellas que permanecen recibiendo las clases magistrales no participativas de la escuela o de la misma vida, aquellas que son las más perfeccionistas. El perfeccionismo es un atraso. Equivócate.

Hoy, 26 de Marzo de 2016, hace un año que mi hermano fue diagnosticado con Leucemia Mieloblástica M6. Ahora está ya recuperándose de lo pasado y reconstruyendo su vida, lo cual es un milagro divino atendido por los cuidados médicos de nosotros, la raza humana. Hay tanto por lo que estar agradecido. Ha sido un año de implementación constante, de poner en práctica lo aprendido hasta el día primero y último del suplicio, por tanto, un año de errores cotidianos y de dolores intensos. Pero este también ha sido mi año.
Y forma parte de mi vida casi a modo de confirmación de algunas cosas que ya sabía, pero a las que me volví altamente resistente. Ha sido un año de fugas de amor absolutas pero de reencuentro con el impulso de vivir. He presenciado terribles sufrimientos de los míos y faltó poco para darle la mano a la muerte llamando a la puerta de mi casa. Aún siento que está agazapada detrás de algún rincón…
Aprender sigue siendo uno de los grandes potenciales del ser humano, a pesar de la resistencia a hacerlo, a pesar del dolor que pueda producir el proceso, a pesar de la apatía, a pesar de las fugas. A veces las circunstancias no favorecerán nuestro apetito por saber pero nunca se termina de lidiar con ese cubo que con tanto esfuerzo queremos llenar. Y, tal y como a mí me ha pasado, a veces tienes que actuar de enseñante desde la sombra porque tus tiempos de alumno ya terminaron, aunque no estuvieses preparado, aunque creyeses que no tenías aún ni medio cubo lleno.
Comprendí que hay personas que se enfrentan al dolor de maneras muy dispares y muy contrarias a como yo lo hago. Es algo que puede sonar manido pero es una realidad tan aplastante que puede dejarte sin respiración. He tenido que luchar contra mi propio ego y posicionarme más arriba para poder esperar en paz, para poder ver a mi hermano salir del hospital. Y aún quedan esas pequeñas olas que deja tras sí el gran tsunami inicial y que parecen infinitas ahora.
He aprendido en un año acerca de mi fuerza y de mi espíritu férreo. Me he pasado muchos años cometiendo errores para llegar hasta este punto. Y ahora veo que sólo es una coma, ni siquiera un punto y seguido. En el acto de hablar y/o comunicarse existen tantos matices ocultos y tantísima acción de nuestras células y nuestro organismo que es casi un milagro que podamos hacerlo. Me alegra saber que supe pedir ayuda, que hablé y que callé cuando era necesario, y que aún sigo aquí tratando de ser mejor, que lamo mis heridas cuando sangro y que vuelvo al ruedo de la vida una y otra vez.
Antes decía que quien evita el error se esfuerza mucho por no aprender. Y me nace relacionarlo con quien no mira adentro de sí para enfrentarse a sí mismo y, en realidad, se esfuerza mucho por no crecer. Y esto se mantuvo a mi alrededor durante el último año, y lidiar con personas que no admiten sus emociones tanto de dolor como de decepción, de rabia y de ira contra las fuerzas de Dios o contra la horca que a veces representa la propia familia. Y mantuve el tipo en mi feria de los horrores, no sin algún cardenal o alguna herida que a veces se vuelve a abrir inesperadamente.
Ha sido un año imposible de olvidar. Ha sido duro y doloroso. Se me rompió el corazón. Me sentí olvidada y he sufrido lo justo como para hacerme más mayor a fuerza de dolor. He encontrado poca empatía en general, aunque afortunada por tener a unas pocas personas adecuadas y ubicadas en el respeto y la comprensión hacia mi circunstancia. Aprecio este año ya pasado, me construye como soy ahora y ha contribuido a mi posicionamiento tanto como individuo como mujer. He podido encontrar las contradicciones, las fugas de coherencia y los retrasos de aprendizaje. Soy la misma persona y muy diferente.
Quisiera dar las gracias a los médicos por apoyarse en la ciencia y en lo que no es ciencia para salvar a mi hermano. Por la dedicación, por el compromiso.
Quisiera decirle a mi hermano una vez más que siempre estaré con él, sin importar la distancia.
A mi familia que todo pasará, y que les quiero desde todos los lados de mi corazón.
Quisiera aplaudir el valor de las personas que se han dedicado a nuestro espíritu y nuestra salud mental incondicionalmente.
Y gracias a todos por contribuir a mi equilibrio al leer mis pensamientos en este blog.
«El Hombre Transparente, a quien se ve y a través de quien se ve, el loco, a quien no le queda nada que esconder, se ha vuelto transparente gracias a la aceptación de sí mismo; su alma es amada, totalmente revelada, totalmente existencial; él es sólo lo que es, liberado de ocultamientos paranoides, del conocimiento de sus secretos y de su conocimiento secreto; su transparencia sirve como un prisma para el mundo y lo que no es mundo. Porque conocerte reflexivamente a ti mismo es imposible; sólo la última reflexión de una nota necrológica puede decir la verdad, y solo Dios sabe nuestro verdadero nombre.»
El Cuidado del Alma, Thomas Moore
El alma alberga todos los colores del espectro conocido, incluidos el gris, el azul o el negro y, a menudo, nos vemos en la encrucijada de tener que resistirnos a la tentación de creer que únicamente los tonos brillantes del blanco, el rojo o el anaranjado, por ejemplo, tengan cabida en nuestra alma. Pero esto está muy alejado de la verdad.
Admito no haber intentado con demasiado ahínco decir lo que pienso, quizás haya dejado pasar muchas ocasiones en las que hubiese sido posible emitir un juicio y cambiar el transcurso de los hechos. O quizás no hubiese cambiado nada. Ahora ya no lo sabré. Pero me cuestiono tantísimas veces por qué está tan de moda opinar. Observo que muchas personas hieren cuando opinan, en multitud de casos, intencionadamente, a sabiendas del daño que se va a provocar. Y yo me cuestiono otra vez, ¿qué tendría que ver una opinión con herir a quien nos escucha? Desde el lugar donde yo me encuentro para opinar hace falta saber. Saber implica templanza para adquirir el conocimiento y la experiencia. Y de ninguna de las maneras una opinión debe ser una expresión de malicia o furia desmedida o manipulación descarada. Y esto lo sabes cuando has aprendido a opinar. El resto, el herir con las palabras es expresar una creencia. Las creencias no son necesariamente justificables con hechos contados sino más bien esclavas de nuestros sentimientos encontrados e ideas obligadas (o no tanto). Opinar con propiedad y coherencia requiere de gran valor e infunde respeto. Cuando opinas sabiendo de tus palabras no hieres sino que construyes un puente con el otro, aún cuando tu opinión se enfrente a la otra. El peso de la coherencia no tiene rival y no hiere. No aceptaré agresiones disfrazadas de opinión, ni maltratos en situación de expresión de misterio como si de una opinión personal se tratase.
Hacer frente a una depresión también requiere de asombrosa fortaleza puesto que es un estado anímico absolutamente afín a nuestra conciencia de mortalidad. No te das cuenta pero tu cuerpo es quien primero se deprime y de ahí que muchísimos terapeutas recomienden el ejercicio físico para combatir los estados depresivos. Al mover tu cuerpo y sentir tu vitalidad cambia tu percepción y te dejas iluminar de nuevo por el espectro luminoso de tu alma. Pero no sabrías que estás deprimido si no hubieras sentido antes la luz y viceversa. Es decir, que no existe el uno sin el otro. La depresión, según Thomas Moore (autor y psicólogo mencionado más arriba en la cita inicial de este artículo), puede ser entendida como una fuerte conexión con la sombra de la muerte que se acerca al cuerpo. Es muy fácil para cualquier persona caer en la trampa de negar la muerte, tan sólo has de pensar en la desgracia de algún ser querido y rápidamente tratarás de negar en tu mente y tu corazón que eso pueda ocurrir.
En el espectro cromático oscuro del alma habita también la depresión junto con otros asuntos del espíritu. Hay ciertos pensamientos y sentimientos que parecen emerger solamente en un estado anímico sombrío, y estoy segura de que no te resultará extraña esta afirmación. Escribí mi primera novela a la vera del dolor de mi primer desamor y, sin embargo, a pesar de lo que puedas presentir, es una historia con final feliz. Cada vez que escribo un artículo es porque por una temporada corta o larga me asaltan pensamientos y reflexiones que trato de entender y encajar tanto en mi forma de ser como en mi vida y, casi siempre, los mejores actos cotidianos pasan desapercibidos por el murmurar de la rutina. Pero si suprimes ese estado sombrío del que hablaba hace un momento, si lo evitas y lo reprimes por sistema, también estarás suprimiendo, evitando y reprimiendo magníficas ideas y reflexiones que podrían estar dando respuesta a cuestiones de raíz o abriendo puertas hacia caminos nunca imaginados.

Valorar y contemplar el espectro cromático de tu alma es un canal para tus sentimientos positivos pero es a la vez un canal para los negativos. Naturalmente, los sentimientos amorosos dan origen a gestos de afecto. De la misma manera, el vacío y la grisura movilizan y despabilan una forma de conciencia en ti que se conecta estrechamente con una consecuente expresión de pensamientos que, de otra manera, permanecen ocultos bajo el velo de estados anímicos más alegres.
Algunos piensan que sólo hacen terapia los locos, los lunáticos, o los que tienen “problemas”, o los suicidas o los adictos. Este es el típico miedo a lo desconocido, la típica opinión sin fundamento ni preparación previa, la creencia más absurda apegada a los miedos más antiguos. Ármate de valor y honestidad y muestra tu espectro cromático con la ayuda de quien sabe lidiar con esos asuntos. El alma se percibe diferente en los estados de ánimo más bajos y es menos frecuente tener la suerte de poder extraer el elixir en esos instantes. Esa parte de tu alma existe, aunque quieras esconderla detrás del escaparate de esa felicidad impuesta de la que a veces se presume. Esa parte de tu alma existe tanto como la cara oculta de la Luna, no la ves pero está. Si quieres conocerla y explorarla y llegar a dominar tu interior con maestría y auto-liderazgo eficiente tendrás que adentrarte en lo que se ve y, sobre todo, en lo que no se ve.
Aunque a veces asociamos la depresión con el hecho de envejecer la mayoría de las veces tiene más que ver con la maduración del alma. Y aquí te presento la Fórmula Existencial:
Fórmula Existencial:
Edad + Experiencia = Maduración
Por tanto, si la edad me trae invariablemente alguna que otra decepción y la experiencia me dice que, tarde o temprano, “viviré un dolor”, no habrá maduración sin algo de tristeza o melancolía en mi alma y en mi cuerpo. Por el contrario, si niego la edad mi alma se desorientará y quedará perdida en un inadecuado aferramiento a la juventud.
El alma alberga todos los colores del espectro conocido. No explorarlos todos sería de ética ligera, de conciencia pusilánime, de plato roto. No quiero que se terminen mis días sin que haya podido decirles a los míos de aquello que construí en el lado oscuro de la Luna. No quiero que se me escape el tiempo sin haberme enriquecido de mi propia savia. No quiero que se vayan otros sin que sepan que yo tengo un alma. Que tengo un alma que sonríe todos los días y que se esconde a la sombra para germinar, que lo que crece sólo empieza en lo más oscuro y que allí es donde espero que todos los días salga mi estrella a respirar.
Y para que siga la introspección, mi Buen Doctor, Joseph Salama, y yo te invitamos a que continúes tu introspección y descubras esta maravillosa pieza de arte sedicioso de los ingleses y elegantes Pink Floyd… Nos vemos en el The Dark Side of the Moon…
Porque una parte de ti muere en cada lugar que has vivido, otra germina mientras llora el luto y florece en otra parte y en otro tiempo.
También me paré quieta y lloré en el medio de la multitud que me atravesaba en todas las direcciones y contemplé el placer que sentía al hacerlo. Sin nadie conocido ni cuerpos familiares ni luces similares. Un lío de maraña de energías a mi alrededor y rodeándome. Nunca supe la verdad, pero fuera he estado siempre feliz y llena y sola e introvertida. Y, sin embargo, nada más elevado en mi corazón y para mi tacto que alejarme de todo aquello a lo que suelo llamar hogar.
También me paré quieta y cerré los ojos en el medio de la multitud. Y sentí Asia golpear. Y me senté en el templo y también en el bullicio. Y de pronto me pregunté qué significaba mi emoción, si existía una razón por la que la alegría se me contagiara de algo triste y aún así seguir sintiendo mi corazón bombear con la fuerza de la luna moviendo las aguas. Me pregunté por la razón de mi existir.
Aún no sé qué hacía tan lejos. Creo que aún no lo he averiguado. En términos concretos, acabé de estudiar. Pero yo misma no sé qué hacía allí. No tiene que ser siempre una consecuencia de la juventud, no tiene por qué ser una explicación sencilla aunque quizás sí sea un motivo sutil y tranquilamente común. El caso es que creo que mis tiempos en Asia son reveladores y cruciales en la historia de mi vida, y pienso que ese día en el que descubra el sentido certero será aquel que sea celebrado, divagando en la intimidad de mi forma de vivir.
Recuerdo Tokio con especial sentimiento. ¿Quién era yo entonces? ¿Por qué lloré en tantos lugares rodeada de tantas personas si me sentía feliz de estar allí? ¿Es que acaso ya le hacía el luto a los restos mortales de mi reciente y último espíritu? ¿Podría yo estar deshaciéndome de algo pesado arrastrado desde hacía años? ¿O sería posible que estuviese cumpliendo expectativas de otras personas? Nunca me he sentido especialmente triunfadora pero he oído que algunas personas envidiaron mis hazañas. Coincide que aquellos que no pudieron suavizar su gesto ante mis pequeñas victorias, en realidad, no me querían. Y siguen sin hacerlo. En casi todas las ocasiones tardé en aceptarlo aunque siempre lo supe.
¿Quién era yo antes de ahora? Y el preguntarme esto no quiere decir que no lo recuerde. La pregunta se refiere a la trascendencia del ser. A mi huella dentro de mí. A las heridas que me provoqué y a las cicatrices por las que de vez en cuando paso el dedo. Y creo que esto es un ejercicio de auto-afirmación para mí: deslizar mi dedo por las cicatrices de mi historia. La resiliencia con la que me alío me da la mano para reconstruir. Cuando yo era niña me contaba un amigo de la familia historias inverosímiles (que yo creía sin pestañear) acerca de sus cicatrices en los brazos. No eran grandes, sólo algunos cortes, quizás de algún accidente de moto o quién sabe… pero me hacía pasar la mano por la piel enjuta y blanca mientras me decía sobre machetes y selvas y amazonas y luchas contra tigres y cocodrilos. Ya sé que es una tontería pero desde entonces yo misma quise marcas y cicatrices, aunque aún no he conseguido ninguna visible de mis travesías amazónicas.

Es mejor decir la verdad, aunque esté altamente sobrevalorada. Lo interesante de la verdad es decirla cuando el momento es adecuado, y aquí algunos me tirarían piedras. Dirían que la verdad es sin necesidad de esperar ningún tiempo perfecto. Pero si la verdad es no tendría que existir la necesidad de ser dicha. Simplemente sería y todos la conoceríamos. Pero la mayoría de nosotros estamos sordos y ciegos ante la verdad, por tanto, sólo hay que esperar el momento en el que la verdad se presenta en el canal que comprendemos. Y ese canal, a veces, es el del lenguaje. Nunca me castigo demasiado por ser un poco sorda y un poco ciega porque si no lo fuera se me terminaría el camino demasiado rápido. Me parece que la gracia de la vida está en el agridulce de todo lo que hay por vivir.
Una parte de ti muere en cada lugar que has vivido, al menos, esto es lo que me ha ocurrido a mí. Un trozo de mí está enterrado en Corea, al igual que otro está en Inglaterra. Y otro está en Tokio. El ser humano muere en vida y renace de sus cenizas muchísimas veces a lo largo de su vida y en infinidad de aspectos. Es cierto que siempre eres el mismo, pero también es cierto que has cambiado tanto… Ahora que voy sintiéndome un poco más mayor a pesar de que aún soy muy joven entiendo el valor de honrar la propia historia. Para aquellas cosas que son mis secretos tengo un espacio vital e ineludible que guardo con recelo, si es que existe tal cosa como un secreto. Para el resto de los asuntos de mi vida estoy yo con los que deciden quererme. Comprender la vida es observar. Empresa muy distinta es comprender la propia vida…
El vacío es fundamental. Llorar de emoción es el signo de vida pero, ¿pueden coexistir ambos conceptos juntos? Muchas veces el vacío es la muerte, pero muchas otras el vacío es el espacio donde germina la semilla. La emoción es la fuerza. Y un tiempo más adelante en otro lugar será la flor. Más que impaciencia ya siento curiosidad. Me gustaría ver el color de esta flor, y la forma y su forma de integrarse en su hábitat natural. Me gustaría oler esa flor y comprobar que me lleva a Tokio o a cualquier otro lugar.
Hay una película que he vuelto a ver por casualidad, es mi película favorita. Detractores o amantes sin término medio. Nadie queda indiferente. No quisiera darte muchos más datos, sencillamente quisiera que supieras que volverla a ver me emociona y ha inspirado esto que te escribo ahora. Para algunos de nosotros la búsqueda del ser transcurre en eónes. Ese significado global y esa minuciosidad en las fotografías, los sentimientos, los personajes, esa película es mi propio ojo en Shibuya y mi propio sentimiento en Asia.
Porque una parte de ti muere en cada lugar que has vivido, otra germina mientras llora el luto y florece en otra parte y en otro tiempo.

*El barrio de Tokio Shibuya es famoso por el cruce que hay delante de la estación, el llamado Scramble Kousaten, (スクランブル 交差点)del que se dice que es el más abarrotado del mundo, y utiliza un stop en las cuatro direcciones para permitir a los peatones inundar todo el cruce. En los edificios que se encuentran en frente del cruce están situadas tres grandes pantallas de televisión. La plaza que hay en frente de la estación se conoce como Plaza Hachikō (ハチ公) en honor a un perro fiel que esperó en esta plaza a su amo durante años tras la muerte de éste y que es conmemorado con una estatua en la plaza; dicha estatua es el punto de espera más popular de Tokio cuando varias personas tienen una cita.
La integridad no necesita de reglas, Albert Camus.
Ayer asistí a una subversiva obra de danza contemporánea extremadamente conceptual en la Sala Gades de Málaga con unos amigos. Fue uno de esos días en los que no esperas nada brillante pero la inspiración viene a ti inadvertida y engendra la idea que después moverá mis dedos.
Yo siempre quise ser bailarina aunque luego también quise ser reportera de guerra y escritora y forense y profesora y ama de casa. Algunos dirían que he conseguido bastantes de esas cosas, aunque yo no lo siento así. Cada vez que paso por la puerta del Conservatorio de Música y Danza de Málaga me agarra un recuerdo agridulce de mi tiempo en el primer curso de solfeo para piano al que, con inmenso esfuerzo, mi madre consiguió matricularme. Nunca estuvo tan cerca de mi naturaleza como entonces a pesar de mis pocos años. Yo, por el contrario, nunca me atreví a decirle que lo que yo deseaba tan intensamente era entrar en el aula de ballet clásico que estaba justo en frente de mi clase de solfeo para piano. Y, con el tiempo, supe convencerme a mí misma de que eso no era para mí. En cualquier caso, debí haber hablado pero los niños sólo amamos a nuestros padres como si de agua y oxígeno y dioses griegos se tratase, y no había nada más para mí que el calor del pecho de mi madre. Así que traté de sobrevivir a la clase de solfeo (que, por entonces, carecía de pedagogía de la enseñanza y no se distinguían edades en los cursos) y evitar pensar en zapatillas de ballet. Es amargo porque yo quería bailar, pero es dulce también porque heredé de mi madre el gusto por el arte y el aprecio por lo bello. Desde entonces nunca dejé de sentirme artista en mi propio mundo que, aunque era pequeño, mi madre lo convertía en no medible y sin fronteras jamás visibles. Desde que tengo cinco o seis años he visto mi mundo embellecido por el arte al que teníamos acceso y el arte que creamos entre las dos. Pasear cerca del Conservatorio de Música y Danza de Málaga siempre será altamente dilatador y constrictor para mi corazón pero representa el botón de la muestra que soy hoy entre otro millón de cosas.
Observé con placer la obra: actuó de terremoto uterino: confirmé algunas de mis sospechas. Qué gran lujo de conjunto de movimientos conceptuales y artísticos, precisos y medidamente caóticos para decirme que hay una mujer que soy yo y que eres tú y que somos todas y que estamos dentro de los hombres y que, por eso, los hombres son, que reclama su derecho a la pulsión del engendro. Que clama a las otras mujeres a apoyarse y a los hombres por compasión y generosidad. Que su poder es, entre otros, el de unirse al poder masculino y florecer. Que la mujer enloquece si sus pulsiones se reprimen, y me dice a mí directamente acerca de los tabúes de mi tiempo. El aborto, la locura, la masturbación femenina, el adulterio, una hormona que se equivoca… cómo explicarte que todo eso lo entendí ayer sentada en el teatro. Y alguien pensó como yo. Y alguien que es, además, una mujer, reclama y pide y ruega que su útero enfermo se abra en flor. El mal femenino de hoy, mi mal, es el de la no generosidad. Ni siquiera lo puedo llamar egoísmo porque no creo que la mujer pueda ser egoísta con las funciones de su cuerpo. Una mujer está diseñada como mujer antes de que sus creencias se asentaran en su cabeza. El comportamiento viene después, las relaciones vienen después, las decisiones vienen después.

No son movimientos para cualquier audiencia, ni son temas para cualquier público aunque sí son seres para todos los géneros y pensamientos para todos los vivos. No puedo permitirme aquí ahora ser completamente franca acerca de mis ideas sobre el aborto o el tabú del deseo femenino, no estoy preparada para ello ni creo que lo esté durante mucho tiempo. Pero sí quiero hablar a las mujeres…
Mi madre es mi savia. Mi madre es madre y es montaña. Mi madre es guerrera. Mi madre es una mujer que vive y que está fuera de mí, pero su concepto, el que vibra, está hidratando mis células desde que su pulsión me creó. He estado cerca y lejos de ella, más nunca dividida aunque sí separada. En una danza de estilo contemporáneo veo y escucho a través de ella y luego a través de mí. Ahora soy yo. Y yo hablo a todas las mujeres cuando me hablo a mí.
El futuro ya no es lo que era… y la integridad no tiene reglas. Aquello que está oculto en mí se encuentra femeninamente conservado para el hombre generoso. La espera es la virtud de la mujer aunque en estos días también tengamos que ser actoras y, por eso, si cesas te verán frágil y asustadiza. Una mujer no es un hombre, y nunca lo será. No es cuestión de sexo, es una plena cuestión de ser. Recuerda que la mujer que es fiera también gesta y espera.
Reflexiona. El arte como vía introspectiva. Calidad femenina como resultado de su expresión artística intrínseca a su ser. Está bien decir que un ser, un individuo, una persona deba explorarse y sanarse y reconvertirse, metamorfosear tantas veces como requerido; pero no se acepta decir con alegría que explores y defiendas tu calidad de mujer sin tener que mencionar otros asuntos. No quiero ser tachada de feminista ni de machista, ni de individualista ni de escurridiza, ni me siento cómoda callando mi pulsión por mi sexo y mi naturaleza. Hablo a las mujeres porque están todas dentro de mí. Algunas están confundidas y otras están genialmente direccionadas. La mujer está confeccionada en el mundo del arte y ahí es donde pertenece. Ponle el nombre que quieras, llámalo el arte de vivir o el arte de esculpir o el arte de cocinar o el arte de sostener…
En estos días de feminidad masculinizada y de masculinidad discutida sucede que me ahoga la soga de la diplomacia en las palabras. Decía antes que el futuro ya no es lo que era y que la integridad no atiende a normas. Tampoco el arte. Tampoco la mujer.
¿Qué me copiaste en ti,
que cuando falta en mí
la imagen de la cima,
corro a mirarme en ti?
Juan Ramón Jiménez,
poeta Generación del 27
«-[…] Yo cometí ese error con mi primera mujer, quería que lo entendiese todo sobre mí. Al no hacerlo pensé que me había fallado, que no era amor verdadero. Resulta obvio que te ha tocado vivir algo brutal y quizá él nunca pueda entenderlo del todo. Pero siempre habrá algo sobre él que te frustre. Estar vivo es esencialmente una propuesta solitaria. Casi siempre tenemos que llevar nuestra mochila solos. Nadie recibe la ayuda que necesita. Pero en el matrimonio es menos solitario, ¡sólo un poquito!… pero, hay una gran diferencia”.
The Affair, 2014, serie de televisión norteamericana de género dramático, Showtime.
No hay un solo ser humano que no tema a la soledad. Sin excepción. Pero todos nos acostumbramos a ella con una capacidad extraordinaria. Nos acostumbramos de tal manera que muchas personas rozan el extremo con la ilusión de sentirse acompañados. Es tan sobrecogedor el reconocimiento del camino en soledad que muchos se aferran al pensamiento opuesto con total convicción. No es que no lo entienda ni tampoco es que no lo haya vivido. Sólo es que no huyo mis sensaciones más privadas, y cada vez soy más diestra en reconocerme que a veces no me digo la verdad.
Muchos aparecerán con su argumento reforzado en el número de amigos o familiares o animales que les demuestran su lealtad y afecto, y otro tanto vendrá armado con una negativa rotunda enfundada en criticismo y acusación de negatividad. La soledad se apodera del calor del corazón, no importa cuánto quieras negarlo. En este blog, ya lo sabes, se habla bastante de solitudinis – solitudinum, es decir, de la soledad en genitivo. Y digo en genitivo porque puedo reflexionar muchísimo acerca de ella y de su lugar en mi vida y encontrar algunas respuestas que sólo me servirán a mí. Me pregunto si, tal vez, temer algo no es una señal lo suficientemente fuerte como para abordarlo sin excusas. Para mí, el estado ideal del hombre no es el estado de la felicidad sino el de la tranquilidad. Aquello que me asusta me altera… ¿no sería mejor preguntarle de frente a la amenaza en lugar de llegar al extremo opuesto de disfrazarla de otra cosa? ¿Cuánto te costaría esto?.
No creas que abogo por el matrimonio como remedio a la soledad. La enfermedad de la soledad se tiene sólo si se siente uno solo, no cuando se está solo. Quizás peco de idealista pero creo que para estar casado y no sentirse abandonado hace falta mucha valentía y unos férreos principios éticos. Llevamos solos nuestra mochila, tal y como dice el personaje de la serie de ficción en el fragmento escogido al principio de esta entrada. El matrimonio no soluciona las cosas, pero si la pareja es adecuada te abrigará el corazón.
Me he preguntado al menos un millón de veces si tú te sientes como yo. Y, si la respuesta fuese positiva y ya tuviéramos eso en común, por qué no nos hemos acercado. Dados los últimos acontecimientos tan dramáticos sucedidos en mi vida en el último año me da por sentir que quizás es hora de recalcular ruta. Es algo que me digo y de lo que creo haber iniciado los primeros pasos, y sin embargo, no podría decirte con exactitud cuáles son los movimientos. Soñé que trepaba montañas, que salvaba personas, que sobrevivía a maremotos y que saltaba fracturas de tierra sin un rasguño, sobre todo, que dejaba atrás algo importante con mucho dolor pero que me enfrentaba a otra cosa aún mejor. Que valía la pena el dolor. A fin de cuentas, qué soy yo sin encontrarle sentido a lo que pienso.
El final del año y el comienzo del siguiente hicieron zozobrar mi esqueleto emocional y, por un breve espacio de tiempo, recordé el amor que tengo guardado. Que la propuesta solitaria se girará otro grado de forma inesperada hacia el nuevo mundo. Que albergo la energía del molino. Que el faro que está afuera me alumbra desde adentro. No me olvido de que la luz brilla en la oscuridad. ni de que pocos son los que se quedaron a mirarme a los ojos cuando menos se veía.

Creo que fue Nelson Mandela quien dijo que mientras estamos haciendo brillar nuestra luz concedemos inconscientemente permiso a los demás para que hagan lo mismo con la suya. Y es un estadío de pensamiento muy curioso para mí. Pero, ¿qué es hacer brillar la luz propia? Y qué interesante elección de palabras al decir que “concedemos permiso inconscientemente”. Es, sin otra concesión, una de esas verdades que aplastan cualquier intento de boicot al respecto de manera fulminante. ¡Qué gran responsabilidad hacer brillar mi luz!.
Albert Schweitzer, médico, filósofo, teólogo y músico franco-alemán, fue Premio Nobel de la Paz en 1952. Dijo así: “La filosofía verdadera debe empezar con el hecho más inmediato y más comprensivo del sentido: soy ser vivo y deseo vivir, en medio de seres vivos que desean vivir«. La vida y el amor en su opinión están basados y siguen el mismo principio: respeto por cada manifestación de la vida y una relación personal y espiritual hacia el universo, y esto nos concierne a todos.
Cuando eso que creo es mi luz propia se apaga o se duerme o sufre de muerte (lenta o súbita) aparece inesperado el destello y la chispa que la vuelve a encender. He aquí uno de los primeros motivos para dar gracias en este nuevo año que acaba de nacer: a los que son mi faro o la chispa adecuada, y a todos los seres vivos que desean vivir.
Think Different, Apple.
Cuando tenía menos años que ahora me intenté esconder bajo el brillo de las luces que se encienden por la noche y durante un tiempo que nunca fue ni corto ni largo me sirvió para huir. Hace mucho que esto ya no me sirve para nada.
Una de las anécdotas más impactantes que he leído en los últimos tiempos es bastante sencilla pero altamente cautivadora para alguien como yo. Y digo “alguien como yo” porque albergo la creencia de que mis ideas no son buenas ni geniales ni me harán rica… ¡y quizás no me equivoque! Pero leí sobre cómo el líder del equipo creativo de Steve Jobs le demostró por qué una sola idea poderosa es mejor que cinco ideas poderosas. Fue entonces cuando me di cuenta de que lo único que me faltaba era una explicación lo suficientemente convincente y arrolladora para mí misma de por qué yo sí soy brillante y poderosa, de que yo sí puedo albergar una idea buena, genial y que quizás algún día me haga rica (no sabemos en qué). La cuestión es que Steve Jobs reunió a su equipo creativo para lanzar el siguiente iMac y se mantuvo firme en su creencia de que eran cinco las ideas que deberían quedar expresas en un anuncio de 30 segundos. Por supuesto, no iba a cambiar de opinión. Lee Clow, su líder creativo, cogió rápido su cuaderno (porque aún eran tiempos de cuadernos de papel) y arrancó cinco hojas haciendo cinco bolitas. Dijo: “¡Steve!”, y rápido le lanzó una de las bolas por la mesa. Steve Jobs la atrapó y se la devolvió. El líder creativo le dijo: “Este es un buen anuncio”. A continuación le lanzó las cinco a la vez, y Steve no pudo agarrar ni tan sólo una: “Steve, este es un mal anuncio”.
Tengo una especie de fijación constante con preguntarme a mí misma por qué algo capta tanto mi atención, qué ocurre dentro de mí para que sólo me fije en eso o para que me rapte el pensamiento. A veces lo llego a entender y a veces no, pero no abandono. Y, entonces, después de leer la anécdota de Steve Jobs y su líder creativo, comencé a pensar sobre cuál de mis cinco bolas sería la que yo tiraría al mundo. Cuál sería mi anuncio, aunque no hablo de venderme. Qué es aquello que puede atrapar a los demás acerca de mí.
Yo también soy de aquellas personas que piensa que el ser humano es dual (ya anteriormente en otros artículos lo he mencionado) y que dentro de esa dualidad, por ejemplo, existe la paradoja de la inexplicable necesidad de confundir y de la inexplicable necesidad de volver a lo simple. Parecen como dos axiomas inconexos, pero nada parecido. Algunas personas creen ganar relevancia o autoridad complicando mucho lo que dicen con ese enrevesado argumento que te lleva inevitablemente a no recordar ni siquiera el motivo inicial de la conversación. A este tipo de persona le cuesta resumir, le molesta admitir un error e, incluso, diría yo, se esfuerza por no estar jamás equivocada con el ahínco de los aterrorizados. A veces, las personas que no somos naturalmente así, nos vemos también envueltas en situaciones en las que las circunstancias nos obligan a complicar el argumento para ser tenidos en cuenta. Y esto es agotador. Lo es para mí. Ahora ya tengo la fortuna de poder decir que me encuentro cada vez en este tipo de situaciones con menos frecuencia. Supongo que en gran medida es gracias a la madurez de pensamiento que no se puede frenar ni intentándolo. Desde aquí se vislumbra la necesidad inexplicable de algunos por confundir… quizás sólo sea una estratagema de las más básicas para que no veas que no hay nada que ver, ni una sola bola de papel salvable (si me dejas ser cruel). O quizás no es más que un grave acento en un sentimiento de desvalorización infantil… quién lo sabe. Mi carácter natural se inclina más por la idea mínima cuando duda, por la inexplicable necesidad de volver a lo simple. Podría ser que me inclinase por la extrema polaridad de las cosas si es que tengo que tomar una decisión que me trae inquietud. Yo creo en la dualidad de mi ser tanto como mujer como individuo y creo que no se puede simplificar algo que no ha sido complejo antes. A mis ojos y ante mi corazón existe muchísima más simplicidad en las cosas, en las personas y en la vida pero sólo porque antes todo ha sido complejo y, en algunos casos, doloroso.
El mundo en el que vivo impera sobre mí de tal manera que muchas veces me siento obedeciendo. No es que esté particularmente incómoda siguiendo las normas pero admito que algunas son verdaderos conjuntos de basura con buen aspecto. Obedecer las normas sociales del tipo que sean es un salvoconducto hacia el paraíso de nuestra era social, lo cual es muy agradable para lograr una buena y saludable convivencia en nuestro sistema, pero no te garantiza absolutamente nada más. Al menos, a mí no. Ahora que ya las fiestas navideñas están a punto de acabar me doy cuenta de la exposición a la que me someto cuando salgo a brindar con amigos o a socializar con conocidos y extraños al mismo tiempo o al tomarme esa otra copa de vino que hace que ya no me duela nada. Sin duda, atiendo a la llamada social de mi era y acepto las normas de convivencia, practico de vez en cuando e intercambio sonrisas, pero la exposición social sin medida llega a vaciar mi interior de forma tan absoluta que siento miedo. Siento algo que sólo suplo con la esperanza de que la celebración termine. No se trata de no saber celebrar, mis habilidades sociales las conservo equilibradamente desarrolladas, se trata de no seguir una orden sino, más bien, un consejo. Se trata de que me resulta fácil obedecer y, por consiguiente, vagamente interesante, poco desafiante, plano, destructivo. Lo que quisiera es tener la certeza de que puedo elegir seguir los mejores consejos según mi entendimiento de la vida. De que puedo estar afuera sin vaciarme, o volver a confiar en que lo de afuera no me robará lo de adentro. Quiero ser valiente para nunca más estar vacía.
Una de las campañas publicitarias más impresionantes desplegadas en Nueva York hace años por Apple ha sido de gran inspiración y consuelo para mí en momentos de auto-extrañeza, aunque ahora mismo resulte extravagante decir aquí que una campaña publicitaria signifique algo para el interior de una persona. Pero, por favor, fíjate bien:

Yo no quiero ser Yoko Ono. Ni tampoco John Lennon. Ni soy ecologista ni tomo drogas. Ni tampoco soy pacifista, ni podría, creo, mantener una iconografía semejante acerca de mí misma. Pero años después de esa foto alguien creyó que esta pareja era el reflejo de un libre pensador, de alguien que piensa diferente (think different) y que eso era lo que el mundo necesitaba atestiguar. Es cierto que no es más que una campaña de marketing pero ahí está la justificación a mí forma de sentir: emotiva y tranquila, sin demasiados abalorios. Sencilla. Simple. Ellos proclamaban la paz, y lo hacían porque no la encontraban en todos los lugares a donde miraban. Y como no estaba afuera se convirtieron en ella. Déjame apartar aquí el resto de las historias que se conocen acerca de la pareja… lo que me importa es el ejercicio de la sencillez. La valentía y la fuerza que hace falta y la elegancia para vivir que representa.
Las luces que brillan no son bonitas. Las luces que brillan me distraen y me vacían, pero me recuerdan dónde está el camino de vuelta a casa. Mi verdadera cama yace en la cara trasera, donde la luz da la espalda. Ni siquiera hay una bola de papel que lanzar y es que al pensar de esa otra forma que no se puede evitar (aunque sí esconder) me convierto en esa misma bola y yo misma soy. Encuentro mucha dificultad en los placeres de la luz aunque no me falta arrojo para abordarlos. Sin embargo, me recojo en el lado oscuro que no es más que el lugar donde nace la luz.
Hoy quisiera dedicar este pedazo de pensamiento a modo de artículo reflexivo a mi padre, Paco Ráez, por llevarme de la mano. El carácter intimista y la tecnología con sentimiento en mi vida son frutos de su carácter visionario y su empuje hacia lo que es mejor. Él (y no Apple) es el precursor de mi rasgo vital “Think Different”. Te deseo todas las bendiciones posibles en este año 2016 que acaba de comenzar.
Te quiero, Papá.
Nota:
Este artículo está inspirado en la lectura añeja de un fantástico libro que recomiendo desde aquí titulado Increíblemente Simple, de Ken Segall (creador de la legendaria campaña “Think Different”), y por la influencia y consejos de mi padre.
“La cocina ha de estar ligada al amor”, Hadasa.
Mi abuelo me esperaba a menudo para sentarme en la cocina y acompañarle mientras hacía una fuente enorme de macedonia de frutas. Mirarle mientras hacía de cada pieza los trozos más pequeños imaginables me conducía a un estado de relajación infantil poco habitual hoy. Mi abuelo tenía una paciencia infinita conmigo y su macedonia era la más deliciosa de todas las que existen. Ahora es tan mayor que ya no puede hacer trozos pequeños de ningún alimento y, quizás, ni siquiera recuerde su meditación de macedonia. En cambio, yo aún sigo aquí con su imagen en mi memoria cortando fruta encogiendo los dedos, silbando a la vez que en silencio.
Hace dos años tuve la fortuna de asistir a un curso en el Schumacher College acerca del desarrollo y el desequilibrio que el progreso genera en nuestra era, generoso regalo de mi padre. Allí pude conocer a dos grandes eminencias en la defensa de la ecología para el hombre y la madre tierra: Satish Kumar, pacifista y peregrino, y Vandana Shiva, activista por la salud del medio ambiente. Y aunque ahora aquellos días de vorágine ecologista en mi vida ya están muy lejos de mí es cierto que quedé impregnada por la cocina del Schumacher College y por el amor que allí dentro se cocinaba.
Me gustaría ahora compartir contigo una de las recetas con las que más disfruté allí en esa pequeña cocina del Old Postern en Dartington (condado de Devon) en mi amada Inglaterra.
Pero, ¿por qué esta receta y no otras?
Prometo explicártelo un poco más adelante.
Ahora, cocinemos…

1.Corta las esquinas para darles una forma más redondeada. Con el cuchillo, corta líneas desde el borde de la mezcla de verduras hacia fuera. Estas serán las tiras que usarás para trenzar.
2.Con suavidad, dobla las esquinas semicirculares sobre la mezcla imitando la forma de una capucha.
3.Cruza la primera tira de la derecha con la primera tira de la izquierda sobre la capucha.
4.Repite la secuencia siempre cubriendo las puntas de las tiras anteriores.
5.Cuando llegues a la última, asegúrate de haber pegado muy bien la ultima capucha y escondido las últimas tiras dentro.
Aquella media hora o casi 45 minutos en los que me tocó elaborar esta trenza fueron unos minutos de paz. Por algún motivo desconocido para mí, cocinar con alimentos orgánicos y ecológicos, olerlos, pasear y regar los huertos, volver a la cocina, traer tomillo fresco con mis manos, esparcir las semillas de sésamo sobre las ensaladas y manejar la masa de hojaldre me transportó a la macedonia de mi abuelo. Trenzar una plancha de hojaldre o una masa de pan tiene efectos curativos tanto para tu cuerpo como para tu espíritu. Esa trenza de espinacas me conectó con mi infancia, con la paciencia y el amor de mi abuelo, con su meditación intuitiva y con las mejores enseñanzas que son las que no contienen palabras. Me condujo a la esposa de mi médico judío, una mujer espectacular llena de luz que trenza sus arreglos en la cocina con sus propias manos.
La trenza de hojaldre y espinacas que me fue dada en el Schumacher College fue una experiencia trascendente, una ventana abierta a mi yo íntimo y, puesto que es un regalo que viene de algo más grande que yo, sólo puedo recibirlo y dártelo a ti ahora.
Necesitas tranquilidad para tu momento en la cocina, puedes hacerlo. Si crees que no tienes tiempo para ello me veo obligada a decirte que sólo es una excusa que te permites. La cocina ha de estar ligada al amor.
Me gustaría que te atrevieses con esta trenza: es fácil y te hará sentir bien. Invitarás a alguien a compartirla contigo y será un buen momento para la conversación. Acompáñala de un buen vino o una rica limonada con menta fresca. Quizás alguna vez te dijeron que no servías para la cocina o quizás tienes grandes habilidades para los fogones. Cocinar es un acto cíclico, es contagioso y nos hace más felices a todos. Que disfrutes de esta receta saludable y bonita para estas fiestas y tus sueños vengan a ti…
¡Feliz Navidad & Bon Appetit!

Desde aqui, envío un guiño navideño a Organico Box por ser la inspiración de este artículo. Source of photo: Pinterest
“You can´t start a fire without a spark”, Bruce Springsteen
(“No se puede prender fuego sin una chispa”, Bruce Springsteen)
El amor es física cuántica y no lo es. No puede existir en el vacío, sólo cabe en un contexto. Se rodea de belleza que sólo dos ven a la vez hasta que una verdad única emerge de la necesidad y se instala en el convencimiento. Un movimiento más tarde, aletargado cuanto más adentro: la despedida.
Abrí la puerta a una religión que no es la mía con la excusa de comprender, aunque reconozco que no la tomé. Algunos, los que se mantienen en la superficie de todo, dirán que así no es una buena forma de comenzar, que hay que aceptar, que hay que tolerar. Confío en el poder divino de hacer que las cosas se te presenten en el momento adecuado y también confío en mi capacidad para conceder el lugar oportuno a cada contrariedad, pero no creo que deba aceptarlo todo o tolerarlo todo sencillamente porque se haya decidido a sí mismo a ocurrir. Me di cuenta de que no es verdad que todas las religiones sean la misma cosa (y con placer lo interioricé) pero sí es cierto que las personas demuestran a mi alrededor y en cualquier otro lugar su necesidad constante de creer. Todas las religiones existen al igual que el amor en su contexto, y ninguna ocurre tampoco en el vacío.
Encontré rigidez e inflexibilidad mental en quien presenta un cuerpo sano y elástico; y una incapacidad casi absoluta para conceder el espacio que el otro honorablemente mereciese. Me dolió que no se me brindase la oportunidad de ocupar mi lugar, de sentarme en mi trono, y tuve que atestiguar ese deseo del otro de mirar con orgullo la silla del trono vacía como si de algún logro del intelecto se tratase, como si el individualismo fuese el último y primer fin del hombre. No negaré la presencia de la soledad, sencillamente es un aspecto inherente al ser para mí, no es algo que se busque o se merezca, es algo que se tiene y de lo que jamás uno se puede desprender. Lo interesante de vivir anida en acompañarse el corazón y el cerebro y generar más vida consciente y con valor en el alrededor, en lo cotidiano, en el transcurrir de los minutos lentos y de los rápidos. Me situé al lado y observé el hueco vacío, ese que debía ser llenado por mí. Y tú, ese amor que yo perdí, querías que yo me sentase a tu lado sonriendo y callada y admirase cómo habías llegado a conseguir que nadie se sentase allí. El amor, de nuevo, no ocurre en el vacío.
Soy exigente, lo cual me convierte en alguien difícil de acceder. Aún así, no cierro la puerta a aquellos que vivan según algún valor moral o ético con peso suficiente como para ser visto fácilmente. La máscara no debería ser tan común y, sin embargo, soy de las primeras que la lleva puesta: tengo fe puesta en que sin ella no podría sobrevivir. Lo que me diferencia toca la mano de mi Buen Doctor y toca la mano de mi familia pero, sobre todo, está escrito en una piedra.
Me pasé tiempo en el arrepentimiento de haber perdido muchos amores. Digo esto porque la amistad también es un amor para mí. La última amiga que perdí está clavada en mi espina dorsal aunque ya no me duela: yo no supe explicarme y ella no supo entenderme. Intuyo que mi tren para su perdón pasó hace mucho tiempo y que si no hubiese sido por la enfermedad de mi hermano ni siquiera se dignaría a respirar el mismo aire que yo, aunque ese no sea mi caso. Mientras estuve a su lado esperé con más impaciencia de lo oportuno que ella me mostrase su herida. Yo creía estar preparada para sanar su dolor y no fui más que una ingrata que no supo expresar el dolor propio. Con seguridad puedo decir que mi definición de ingratitud no se parecerá a la de ella pero hoy, y desde hace un tiempo, puedo reconciliarme con ella en mi interior aunque nunca más la ame. El daño que yo le infligí ojalá sepa reconducirlo hacia algo mucho mejor que las dos juntas. Y puesto que no queda otro contexto, tampoco ocurre el amor.
He sentido incomprensión y aislamiento bastantes veces a pesar de mis propias faltas para con los demás y pocas veces me ha ocurrido que alguien me regale una disculpa por esos errores que se cometen sin querer. Resulta que popularmente se vive con la creencia de que si no existe la intencionalidad tampoco existe la responsabilidad, y esto tampoco es nada a lo que yo le pueda rezar. Aunque no quieras herir a alguien, si le hieres y lo sabes debes asumir tu responsabilidad porque el daño está hecho. Yo también herí… Aquí es a los amigos y los amores que perdí.

A veces me aburrí de mi propia cara, de mi propia forma de ser, de mi propia cárcel. Y es sólo recientemente que me atrapó la idea de que si estoy cansada de algo lo mejor es no volver a ello, al menos, por un tiempo. Me cansé de revolotear alrededor de mis mismos conflictos una y otra vez y he pensado que seguir haciéndolo es una pérdida de tiempo. Vuelve a surgir en mí la esperanza de que hay algo mejor esperando, vuelve a mí la certeza de que se para mi flujo sanguíneo cuando quiero convencerme de que quiero lo mismo que quieren los demás, cuando quiero decirme que mi sitio está justo donde estoy, cuando quiero acallar mi deseo de volar. Soy mejor mujer y mejor amiga cuando tengo esperanza por mi propia vida.
“Un movimiento más tarde, aletargado cuanto más adentro: la despedida”. Y no es más que un nuevo comienzo… permíteme que Bruce Springsteen lo diga ahora por mí y sé la chispa que encienda mi fuego por ti. Una señal de amor…