“Mira a la derecha y a la izquierda del tiempo
y que tu corazón aprenda a estar tranquilo”, Federico García Lorca.
Llevo más días que noches tratando de averiguar cómo me siento, lidiando con pensamientos de índoles diversas y acunando una cierta sensación de impaciencia mezclada con un tono triste de amarillo. El asalto constante del simbolismo de la muerte de mi perro ha estado conduciéndome directamente hacia mi última ruptura con uno de esos amores que están llamados a la decadencia desde el inicio. Muchas veces no quiero decirme la verdad, pero la verdad siempre es más lógica que yo. Mi perro, un perro enfermo, dependiente de mí para sobrevivir, cariñoso, noble, con características físicas que muchos han calificado como defectos y recipiente y dador de un amor más grande que el lago Victoria, como diría Sade en una de sus canciones que más me gustan, representa una época de mi vida en la que he aprendido lecciones que aún no han terminado.

En estos días me cuestionaba si alguna vez me he saltado mis principios por algo, si alguna vez he hecho algo que realmente no quisiera hacer. Naturalmente, y siempre desde la superficie, imagino que cualquiera de nosotros diría que ha hecho y hace cosas que no quiere hacer constantemente pero a las que te ves forzado a sucumbir: compromisos, rebajas emocionales, sumisiones, ayudas que no han sido demandadas por otros, infidelidades, egoísmos, daños… Es este también mi discurso, digo: “a veces hago cosas que no quiero hacer”. Pero, en mi caso, esto no refleja la verdad. En mi caso, es una manera de justificar mi pereza, de concederme el permiso para no actuar conforme a lo que pienso, pero no es la verdad. Actuar acorde a tu pensamiento exige gran valor y fuerza de voluntad, práctica.
Aquí, en mi blog, en mi espacio, para todas esas personas que se sientan atraídas por el motivo que sea hacia lo que yo tenga que decir, me gustaría desmitificarme a mí misma. Es duro para mí escribir que todo lo que hice hasta hoy, incluso aquello que me humilló, incluso aquello que utilicé para herir a otros, lo hice porque quise hacerlo. Ni siquiera fue por incapacidad para evitar aquellas cosas que me hicieron daño. Soy alguien que goza de agilidad suficiente como para esquivar un golpe, y sin embargo, en ocasiones, elegí dejarme golpear.
Otras veces he pensado que quizás esto de “dejarse golpear” no sea más que una esperanza absolutamente narcisista y autodestructiva de que el daño rebote en mí para herirte a ti, que me golpeas. Y he sido capaz de observar cómo he acumulado resentimiento hacia algunas personas culpándolas de mi dolor e íntimamente esperando esa venganza que llega sin necesidad de que acciones ni un sólo músculo de tu cuerpo. Sí, yo sé albergar resentimiento. Pero también sé curarme de ello.
Asumo la responsabilidad de mis decisiones. Si accedí a una relación sentimental destructiva lo hice porque quise hacerlo. Si después tuve que convencerme a mí misma del amor compartido me engañé porque esa fue mi elección. No creo que el amor ocurra sin más. El deseo por otras personas es latente en el ser humano y a pesar de ello algunos de nosotros, en algunas culturas, elegimos la monogamia. El amor se construye y se mantiene y se embellece con cariño y con paciencia y, sobre todo, con voluntad.
Debo reconocer estas cosas abiertamente y por escrito por honestidad a aquellas personas que me conocen personalmente, y a las que no. Hablar de vivir acorde a mis principios más íntimos me hace tener esta sensación que aún me incomoda un poco y siento que, sin pesar, he seguido siempre mis principios aún cuando estos no encajasen del todo en el marco social que me acoge. Para mí es importante reconocer que, al menos, mis principios, bajo calidades diferentes, viven conmigo y son míos. Tomé decisiones: algunas dicen mucho de mí, otras me restan. Reconozco mis valores con sus fortalezas y debilidades y esto mismo me completa como ser humano y no como una divinidad, aunque también lo soy. Sí, también soy una divinidad. Una parte imprescindible del plan de Dios, como a mí me gusta llamarlo.
Tengo miedo de publicar este artículo. Me asusta tu crítica. Pero pondré todo de mi parte para no necesitar tu aprobación como condición para mi felicidad. En cualquier caso, sigo necesitándote a ti que me lees y me dedicas tu tiempo. Intenta, por favor, comprenderme. Te necesito a ti y necesito a todas las personas que en este momento me rodean, eres fundamental para mi conocimiento personal. Vivo en soledad, como muchas personas que conozco y que no conozco. Soledad no debería ser siempre sinónimo de tristeza. Hasta hace muy poco tiempo estaba convencida de que era la vida quien me había puesto aquí, pero en este momento del camino sé que aquí es donde debo estar, en soledad y esperando compartir algunos momentos en compañía. La vida, un ente abstracto vs. yo misma, un ser concreto.
Y este es uno de los puntos importantes que me conectan con la simbología de la presencia de mi perro a mi lado: aprendí a disfrutar de mi soledad con él y reafirmó la serenidad con la que a mí me nace vivir. Descubrí que parte de mi discurso acerca de la soledad estaba estructurado para satisfacer a quien me escucha. No es mi necesidad de momentos de intimidad en soledad para apartarme de la compañía; es mi necesidad de momentos de compañía en mi elección de vivir en la intimidad de mi soledad. Es cierto que es mucho más incómodo de escuchar, pero sí que puedo asegurarte que lo que puedo ofrecer es más auténtico desde este lado.

Sí, quiero vivir de forma más auténtica aunque aún no he reunido todo el valor necesario para ello. Me asusta exponerme pero igual lo haré. A fin de cuentas, detrás del miedo está el pastel.



