Autor: Esther Ráez

Practicante de la alegría. Mamá de Sofía. Vida lenta. Life is not promised. www.estherraez.com

Fares Serendipia

“Uno cree que sabe cuáles son las cosas importantes hasta que de pronto ocurren

y resulta que no tenían nada que ver con lo que uno estaba pensando”,

Hadasa en conversación vanal con un conocido.

Me hice la escurridiza durante bastante tiempo. Fui inaccesible para él, aparentemente, por causas ajenas a nuestro control, como si el destino dictase. Pero sólo era yo huyendo de mi valor: escapando de ese valor intrínseco al ser humano, ese que te hace encontrar tanto tu coraje como tu valía y que, sin él, sólo eres una persona oprimida por ti mismo.

Una fiesta. Una fiesta en la casa de mi mejor amiga hace varios años ya. Una fiesta de esas a las que hace años que no asisto, una de esas en las que nunca pude encontrar nada de utilidad para mi interior, ni para mi exterior. Una de esas fiestas en las que no puedes encajar por más que te esfuerces. Yo estuve allí ese día, y otros muchos días en el pasado. La realidad de ese ahora era que estaba allí, y la realidad cósmica de ese ahora era que nunca estuve allí. Pero las dos cosas eran necesarias para que llegase el día de hoy. Y aunque yo nunca encajé en ese mundo nocturno y de valores relajados pude comprenderlo y ahora suma en mí. Han tenido que pasar bastantes años para que me diese cuenta de la importancia de esa época de mi vida y ya no me duele no haber sabido conectar entonces. Sencillamente, no era para mí.

Mi pelo es fuerte y es bonito. Poseo una cabellera árabe que es habitualmente admirada por otras personas. Yo misma la admiro y doy gracias por el regalo divino y genético, es uno de mis valores externos: siempre responde con solidez y resistencia. Mi pelo se adapta a mi estado de ánimo y me protege, y a veces se expresa y me levanta. Y esta es precisamente una de mis grandes virtudes: la capacidad de adaptación. Soy alguien altamente resiliente. Lo he sido desde que recuerdo pero lo soy mejor aún a través de mi proceso terapéutico. Pero como todas las grandes cosas (y las pequeñas) en la vida, tiene otro lado más oscuro y peligroso que es igual de grande. En terapia aprendí que hay muchísimas personas que trabajan por desarrollar sus capacidades adaptativas al medio o a las circunstancias de su vida, y que es muy difícil para ellas conseguirlo siempre con éxito. Es cierto, soy afortunada: a mí esto no es lo que me cuesta más esfuerzo. Lo difícil para mí es dejar de adaptarme. En el proceso de adaptación uno obtiene grandísimos beneficios, ya sean relacionados, por ejemplo, con la inmersión en una cultura nueva, mudarse de casa con o sin compañero de piso, comenzar un trabajo nuevo u otros ejemplos relacionados con romper o empezar una nueva amistad, salir con alguien que practica una religión diferente a la tuya o reajustar la velocidad de tu vida por la enfermedad de tu hermano. Enuncio estas cosas que ahora mismo me visitan el pensamiento porque son algunas de las que me han sucedido a mí, estoy segura de que existen un millón de ejemplos diferentes y que tú podrías contarme los tuyos en los comentarios a este artículo o por otra vía que eligieses siempre que lo desees.

Resulta que para mí, ser buena en adaptarme a situaciones y contextos roza con la pérdida sutil de mi yo más esencial. Es muy bueno quitarse capas, sacarse la máscara (lo más difícil de todo), atender a eso que llaman en Cábala klippah… son empresas muy complejas pero resultantes en algo muy bueno para cada cual. Pero a veces uno no sabe cuándo parar de sacar la paja de su vida, lo que sobra; y puede resultar que termine uno sacando realmente lo que les sobra a los demás de ti, sencillamente, para poder encajar.

Siempre que enseño inglés trato de transmitir a mis alumnos que para poder adquirir una segunda o tercera lengua es necesario olvidarse uno de sí mismo un poco y dejar espacio al nuevo hablante. A veces esto es difícil de comprender pero es absolutamente necesario y vital si deseas convertirte en un buen hablante de esa segunda o tercera lengua que quieres aprender o perfeccionar. Y entra en juego esta parte adaptativa, esta parte resiliente del ser humano, esta parte que debe dejar de ser quien es para poder convertirse en algo más. Pero si me olvido de que se trata de ser algo más o mejor y pongo el foco en ser algo diferente o, directamente, otra persona, entonces mi capacidad adaptativa puede volverse contra mí.

Algo que me es absolutamente fascinante acerca de los idiomas es esta aparición del nuevo ego cada vez que se aprende una lengua nueva. Es cierto que siempre eres tú quien habla, pero la parte de tu cerebro y personalidad que entra en juego con cada idioma y su cultura correspondiente hace que no sea siempre el mismo hablante en realidad. Es muy interesante explorar esa parte de ti que se desarrolla con tu nueva lengua, partes de ti que no sabías que existían, y partes de ti que sienten de una forma diferente a lo común en ti. Cierto es que necesitas adquirir un cierto nivel de lengua para ello, y que también es necesaria la interiorización consciente, pero la personalidad del hablante cambia sutilmente con cada idioma aprendido casi inevitablemente. Tal es así que a veces hubiera deseado poder hacer terapia en inglés. Esto no tiene que ver con mi nivel de lengua, tiene que ver más bien con quién soy cuando hablo en ese idioma.

Ocurre a menudo la transferencia. Vivimos en plena transferencia. A veces hasta pensamos que somos originales haciendo algo, pero la realidad es que, en mi caso, estoy constantemente siendo alimentada por diversas fuentes a través de todos mis sentidos. Para mí es casi imposible ser original. Lo pienso a menudo pero también lo pienso mucho más cuando vuelvo a acercarme de vez en cuando a la obra de mi admirado William Shakespeare: su sentido del humor y su sentido de la tragedia es más contemporáneo que la propia contemporaneidad. Para los conocedores y admiradores de su obra es muy difícil no asombrarse con su lenguaje tan agudo y su ajustado sentido del humor, igual que atender a la profundidad del drama de los instintos más primitivos del ser humano en obras como Otelo o Hamlet, por ejemplo. Si esto no es temática actual, si la corrupción, el sexo, la política, el control de masas o el abuso no son temas actuales, ¿qué lo son?. Ser original es para sacar nota. Pero no es que yo diga que es imposible serlo, sólo digo que es extremadamente difícil para mí, para la concepción que yo tengo del mundo y para cómo mi personalidad está estructurada a día de hoy.

Después de aquella fiesta en la que no pude encajar pasaron años. Me buscó a través de amigos comunes, me buscó por internet, me buscó, después, por teléfono, incluso su mujer me buscó… hasta que ya no pude eludirlo más y tuve que mirarle a los ojos. Me ofreció colaboración en su clínica, inicialmente, como Coach, y después como instructora de Pilates. Y he tenido que volver a mirarle a los ojos sabiendo que él, que es un hombre, valora mis cualidades e insiste en sacar una de esas partes de mí que yo me empeño en mantener oculta. Y él tiene curiosidad por mí como tienen los que descubren piedras preciosas o talentos. Y tiene paciencia. No han hecho falta muchas conversaciones entre nosotros, pero he sentido su cuidado hacia mí. Esto a mí jamás me pasa inadvertido. El cariño y el tacto medido de un hombre nunca me pasan inadvertidos. Y seguro que mi psiquiatra me dirá: ¿lo ves? También hay hombres que te pueden apreciar.

Source: Pinterest
Source: Pinterest

Fares me reconecta con esa parte de mí que huyó de aquella fiesta, pero al mismo tiempo me trae a la belleza de mi presente. Me recuerda que hay caminos inexplorados por mí y que están dentro de mí. Me recuerda que el hombre también sabe mirar y conceder y no es necesariamente a través de la relación sexual. Que, en mi caso particular (aquellos que sigan mi blog sabrán a qué me refiero), la mirada masculina es mi talón de Aquiles y es por donde yo sangro. Esa mirada que ve es esa mirada que me repara.

Desde aquí me gustaría reconocer a Fares Fayad esa mirada tierna y comprensiva y su abrazo sin manos en mi corazón. También, extensible a su familia. Las cosas y/o las personas importantes ocurren en tu vida, sin más.

Os invito, por supuesto, a conocerle. Pero si esto no fuese posible siempre podéis visitar Policlínica Andalucía.

Hoy me despido quitándome el sombrero.

Gracias.

Twist & Shout

Brotó el llanto compulsivamente y volví a darme cuenta de la profundidad de la herida. Con frecuencia es inesperado el sentimiento y actúa a modo de válvula de presión dada mi tendencia a anestesiar mis sufrimientos. Un niño sin pelo, añade un desgarro más.

Gracias a Sergio y sus padres, Anabel Melguizo y Fundación Luis Olivares por la concesión de esta foto.
Gracias a Sergio y sus padres, Anabel Melguizo y Fundación Luis Olivares por la concesión de esta foto.

Esta es Anabel Melguizo y es psicóloga en la Fundación Luis Olivares en Málaga. Anabel también ha ayudado a mi hermano. Me pregunto qué será eso en su interior que la ha conducido hasta esta fotografía. No es acerca de su carrera profesional, o de sus decisiones a lo largo de su camino hasta hoy. Lo que me pregunto es acerca de esa pulsión que cada uno de nosotros tiene que nos dirige en una dirección o en otra. Está adentro del corazón y recorre la espina dorsal, a veces, con un calor intenso que llega hasta las palmas de las manos y, otras, está contigo cuando cierras los ojos. Un niño nunca debería estar calvo.

Atravieso una etapa de mi vida en la que casi todas las cosas que hago, digo y/o decido me resultan decisivas. Atravieso una etapa en la que, a pesar de haber perdido vista a una velocidad desorbitante, veo, paradójicamente, mejor que antes. Atravieso una etapa en la que confío en mí por encima de las otras personas para poder canalizarme hacia el bien. En esta etapa reconozco la pérdida de aquellos que creía eran mis amigos, pero no por causas exógenas a mí sino por mi propio cambio y evolución. Mis amigos siguen ahí, incluso, sonriéndome. Soy sólo yo, que ya no estoy.

A mí me impresiona que Sergio, el niño de la foto, hoy ya curado, haya pasado por una enfermedad grave. Me impresiona su familia porque no sé ponerme en su lugar. Y tú, que me conoces, dirás que yo he pasado por algo similar, que debería entenderles. Pero sólo puedo decirte que cuando la tormenta ha pasado y has recogido y limpiado los destrozos, una parte de ti se olvida de lo que sufriste para poder continuar. Así entiendo mi interior. Por eso no estoy capacitada para comprender a los padres de Sergio, y por eso admiro y me asombro con Anabel: estar tan cerca de tantos dolores y, todavía, volver cada mañana. Supongo que si hablase con ella me diría cuántas tantas otras cosas buenas ella ve. Yo, sin embargo, estoy tocada por la visión de mi hermano enfermo. De eso, quizás, nunca me recupere. Pero sigue a pesar de esto habiendo algo en mí que admira a las personas que están siempre en los momentos duros de otras personas, se convierten en testigos inamovibles de tragedias que cambian el rumbo de muchas vidas. Se convierten en personas cruciales.

Mi psiquiatra es una persona crucial para mí. Estuvo cuando me perdí, cuando me encontré y cuando me volví a perder todas las veces. Son casi cuatro años de terapia, de terapia sin medicinas y sin intromisiones; me ha dado tiempo a estudiar al lado y de la mano de mi médico, a aprender sobre el origen de la vida e, incluso, sobre el concepto de Dios. Su influencia en mi crecimiento es tan bonita que no se paga con dinero. He podido atreverme a abordar mis asuntos más dolorosos y he podido sacar de mi pecho espinas que me hacían sangrar, y aunque cada día es uno nuevo y las circunstancias siempre mandan, soy capaz de valorar cada vez con mayor intensidad la suerte que tengo. Me cuesta mucho enumerar las cosas que he aprendido junto a él, o más bien, decirlas todas ahora mismo… admito que, en el fondo, creo que no quiero decírtelas todas, me disculparás por esto, si quieres. Sí me nace contarte que he sentido siempre un respeto prístino y sólido de su parte cuando él me ha mirado, que sé que me ha visto y que sé que me ha reconocido. Al cabo de un tiempo me di cuenta de que había amor para mí en su corazón. No sé cómo lo ha hecho pero he entendido mi cuerpo de mujer y estoy ajustando mi mente femenina a las circunstancias que me visitan en mi vida con su ayuda. Y no sé cómo lo hace. No sé qué estrategias o qué modelos sigue para conectar conmigo, pero conecta.

«Quizás los poetas tengan razón. Quizás el amor es la única respuesta», Woody Allen. Source: Pinterest

No soy su única paciente, y seguro llegan historias a su mesa y a su sillón que no todas las almas soportarían. No me olvido de que es su trabajo, aunque sé que hay muchas personas que ponen su corazón en su oficio sin importar cuál es la tarea. Para mí es una forma de vida ir a terapia, y veo mucho por explorar tanto adentro como afuera de mí; como si yo misma fuese una fuente inacabable de asuntos por descubrir e intuyese que mientras esté viva seguirá siendo así. Sé que me expongo bastante al contarte acerca de mi terapia y acerca de lo que pienso cuando digo que todos deberíamos seguir una, al menos, una vez en la vida, pero no me quedan muchas más opciones que decir la verdad, tal y como en uno de mis artículos anteriores, La Estrategia, te contaba que decía Amy Winehouse. Y la verdad es que esta soy yo, tal y como aquí me lees y tal y como aquí me sientes.

Puedo ahora conectarte conmigo y con mi médico a la vez a través de la música. En mi terapia la música tiene un rol muy importante. Veo que es una herramienta bella y extremadamente poderosa que todos usamos (no sólo los médicos) para levantarnos y venirnos arriba o, incluso, para disfrutar un rato de nuestras penas cuando nos sentimos abajo. Mi médico y yo compartimos una atracción muy fuerte por la música y un amor nostálgico, yo por Inglaterra y él por la lengua inglesa, que no atiende a razones intelectuales sino, más bien, a las razones del sentimiento, si es que se pueden unir razones y sentimientos. A veces mi Buen Doctor me habla y/o me escribe en inglés, que es la lengua en la que mi corazón se abre mejor. Y esto es curioso porque yo no soy inglesa, pero te contaré el por qué de esta curiosidad en otro momento más adecuado. Lo importante para mí ahora es que sepas que averiguó cómo encontrar en el humor y en una lengua que no domina un canal de comunicación conmigo que le acercase a mi corazón mucho más directamente que indagando de otra forma. Pero, ¡no creas que hablamos en inglés todo el tiempo! Con sólo un poco de “gud-mornin-leidi” o “hau-ar-iu-tudei” se me relaja el gesto y me alegro de mi aquí & ahora, sea el que fuere.

Anabel, Sergio y mi Buen Doctor, cada uno en su parcela tocando las notas que suenan en mi interior. Los tres interconectados dentro de mí en mi camino singular, invitando a la mirada interior. Se anuncian cambios, podría ser que se avecinen turbulencias o que esté el viento callado… Podría ser que tuviese ganas de llorar otra vez, justo como cuando miro una foto de un niño sin pelo. Pero no quiero dejarte hoy sin contagiarte mi ritmo. Por si acaso el sol tarda un poco más en salir, Twist & Shout with me…

Clica aqui para Twist & Shout conmigo y los Beatles…

Jusi

“What can not be said will be wept”, Sappho.

(Lo que no puede ser dicho será llorado”, Safo)

 

He tratado con tanta fuerza luchar contra mi don que aún ahora, cuando ya no quiero luchar más, sólo sé moverme en la batalla.

Son muchas las formas en las que una persona sabe llorar. La más conocida es, sin duda, el llanto con lágrima. Esa no es, sin embargo, la más común en mí. A veces siento el llanto en mi interior, y la mayor parte del tiempo me lo guardo. Puedo poner un ejemplo, o más de uno: he llorado en mi interior muchas veces ya cada vez que he luchado contra la aceptación de mis dones, y también he llorado en mi interior cada vez que he deseado florecer mi naturaleza femenina en contra de los planes de Dios. A veces es un llanto consciente, y a veces es un llanto anterior a mí que empieza a oírse casi a modo de baja frecuencia hasta que me ensordece y tapa mi luz visceral. No es bonito llorar hacia dentro ni tampoco es sano.

Me di cuenta de que mi vocación era de enseñante pero de que mi don residía en otro aspecto de mí. Y, en contra de mi voluntad consciente, pasé muchísimo más tiempo desempeñándome en mis dones que en mi vocación. Es probable que te preguntes en este punto por qué no parezco muy satisfecha con haberme dedicado a mi don. He sanado los dolores físicos de muchas personas con mis manos, con el calor de mi energía sobre los músculos de otros cuerpos, con mis conocimientos y, sobre todo, con mi intuición, que se manifiesta a través de las palmas de mis manos y el costado de mis brazos. Y, verdaderamente, en algún momento, mucho tiempo atrás, descubrí que no necesitaba saber más. Cada vez que interactuaba con una persona sabía cómo situarme para hacerle el mayor bien. Esto no es una cuestión de estudios anatómicos o datos, es una cuestión de ver con los ojos del alma y actuar con las palmas de las manos del corazón. Ahí estaba mi don.

Soy licenciada en Filología Inglesa, soy profesora, soy Coach y soy masajista, además de otras cosas que no son necesarias mencionar aquí y que quizás no sean de mucha relevancia. Eso es, masajista. Y si especifico un poco más, soy rehabilitadora (respetando las diferencias con los fisioterapeutas y compañeros del gremio). He trabajado con personas de todas las edades y sólo he podido encontrar cierto consuelo en la tercera edad. Si mejorar la calidad de vida, devolverle a una persona un destello de esperanza es algo maravilloso e importante, ¿por qué he llegado a odiar con todas mis fuerzas desempeñar esos trabajos? ¿Por qué me digo a mí misma que ya no puedo ser masajista? «Masajista»… en realidad, siempre me he considerado más una «rehabilitadora» que una masajista.

Es cierto y verdadero que llegué a estar muy cansada tanto física como mentalmente, que llegué a plantearme el sentido del trabajo y que casi me vuelvo loca castigándome por no ser profesora. Es probable que tuviese mis razones para sentirme vacía durante ese período de mi vida, y hoy, que ya no soy como entonces, creo que aún deseo serlo con mucha fuerza pero ya no me maltrato por lo contrario. Tengo en mi haber un conflicto, sin embargo, con compartir no tanto mis conocimientos sino mis dones, como decía un poco más arriba.

El don. Ahora mismo no estoy segura de si lo aprendí en terapia, o en Cábala, o sólo es una idea mía. Tengo la creencia de que cuando averiguas cuál es tu don estás automáticamente destinado a dárselo a los demás. Pienso que debes concederlo porque, realmente, no es tuyo. Los dones suelen ser asuntos concedidos a las personas para que ayuden a otras. No veo que sean herramientas para la autosatisfacción personal sin tener en cuenta al otro. Muchos confunden el don con la profesión, aunque otros muchos tienen dones que convierten en profesiones. Pero, a pesar de que ese ha sido y, en cierta manera, es mi caso, el don no es necesariamente una profesión reglada por nuestra sociedad. Por eso decía antes que averigüé que no necesitaba aprender más normas formales o datos acerca del cuerpo humano; que el cuerpo humano es cuerpo, mente y alma, y sólo el cuerpo se puede tocar con las manos.

Dentro de mí late una vida secreta que sólo algunos se permiten el tiempo de descubrir. Esa vida secreta me conecta inevitablemente con mi don y con mi vocación, ambas cosas. Quizás, si no hubiese entrometido mi don en mi trabajo hoy no estaría en esta posición de desagrado ante lo que se entiende que pertenece a la humanidad que me rodea y no a mí. De todos modos, no soy alguien que se instale con comodidad en sentimientos que duelen, tiendo a querer resolverlos antes o después. En esos momentos secretos de los que nadie sabe hablé conmigo y concluí en que mis dones no serían ya mi forma de vida, precisamente, por darles el valor real que tienen que no suele corresponderse con el valor económico. Decidí calmar los dolores de las personas que quiero con mis manos siempre que me fuese posible y solo y exclusivamente por amor, y aún habiéndome decidido de esta forma he podido conocer a Juhani Lahtinen (Jusi).

Jusi es un señor finlandés muy mayor, ex jugador profesional de hockey sobre hielo, que ha perdido movilidad, flexibilidad, fuerza, psicomotricidad, etc. a causa de algunas enfermedades graves que no contaré aquí. Jusi es cliente, no es mi familia. Pero Jusi es un hombre de intenciones honestas y que se entrega a mí cada vez que es su día para venir a verme. Cuando Jusi y yo estamos en contacto la magia sucede. Y hablo así como si de un amor se tratase porque eso es lo que sucede. Su mirada y sus manos mayores me dicen que es feliz el rato que pasa conmigo; cuando estiramos su cuerpo se producen reacciones químicas invisibles a los ojos pero sensibles al corazón. Mejora. A Jusi no le conozco, pero le quiero lo suficiente como para desearle un bien. Mi don es un bien.

Juhani Lahtinen (Jusi) con Ester @AlohaHealthClub
Juhani Lahtinen (Jusi) con Ester @AlohaHealthClub

Todavía sigo batallando en mi interior para aceptar que aquello que me ha sido concedido es aquello a lo que debo dedicarme muchas veces, aunque no necesariamente de manera profesional. Sigo luchando contra algo que es de sentido común, pero dejaré de hacerlo. Esconder las cosas buenas que tengo dentro de mí no es un camino adecuado. Es el reflejo de mi yo más egoísta, y esa es la verdad. Mi incomodidad por querer ser una buena profesora de inglés y conseguir, por el contrario, ser alguien diferente que alivia dolores a personas mayores es la pura imagen de mi ego diciéndome que mi don no es importante; que lo que importa es mi esfuerzo por haberme licenciado, mis conocimientos sobre Shakespeare y mis cualidades comunicativas. Pero eso sólo es conocimiento. El conocimiento únicamente no es suficiente para mí.

Sólo quiero decirte a ti que estás leyéndome que aceptar tu don, si es tu don de la forma más pura, podría causarte conflictos con tu ego más narcisista tal y como a mí me pasa (o quizás no), pero vale la pena identificarlo. A veces, tu don podría estar simplemente en hacer una buena paella o en cosas aún más sencillas; o podría estar en otros lugares elevados. No lo sé. Pero sí sé que se parece a algo que no sueles querer aceptar de primeras, quizás porque lo infravalores, quizás porque no te hayas dado cuenta de que ese es tu don. Te animo a buscarlo y a explorarlo y después compartirlo si aún no lo estás haciendo. Porque, como Safo decía, lo que no puede ser dicho será llorado y si no cuentas lo bueno que hay en ti se enquistará en tu interior hasta que ni siquiera tú tengas acceso.

No deseo llorar más hacia dentro, ni quiero guardarme las cosas más bellas. Quiero decirte lo que he aprendido y quiero tocarte con mis manos. Quiero seguir con Jusi, y quiero impregnarme de otros como él que vendrán después. Posiblemente, entienda mejor a los ancianos que a los que son como yo y, también, posiblemente, esto sea así porque mi ego no me permita acercarte más. Pero debes saber que sí te deseo cerca y que te espero.

Quisiera hacer un pequeño apunte de agradecimiento a mi centro de trabajo actual y a mis compañeros porque ellos son quienes ahora me ofrecen la posibilidad de conocerme mejor frente a los desafíos que mi propia personalidad atrae hacia mi relación con ellos. Gracias a Jusi siempre por confiar.

«A mí, personalmente, me encantaría tener el honor de disfrutar de tu don…», Hadasa.

Carta a mi Hermano

“No tengas miedo de herir mis sentimientos, ten miedo de herir los tuyos”, Hadasa

-Venga, vamos… no te entretengas.- Y mientras tanto Pablo colgándose de otro árbol.- Vas a hacer que lleguemos tarde…- Ahora subido a la barandilla azul que separa la acera de la carretera.- Te vas a manchar…- Y resoplo mientras mi hermano me mira con su cara de niño ilusionado esperando, quién sabe, que yo también salte el charco.

Echo de menos tu cuerpo pequeño, tu mandíbula suave y tus mofletes blanditos. No sé cómo se sienten esos hermanos que se parecen en edad, ni sé cómo es el amor que existe entre ellos. En el medio de ti y de mí existen quince años que parecen una separación, aunque es, en realidad, todo lo contrario. Hoy me gustaría meterme por un agujerito al pasado y volver a cogerte en brazos, reparar cuando no te quise más.

Nunca pude valorarte hasta que me hice mayor y, aún así, tú has sido mi único y verdadero anclaje a la familia. Lo digo así porque es naturaleza vital separarse del nido familiar para crecer. En mis días más auto-destructivos, por las noches, cuando giraba la cabeza a mi izquierda siempre estabas dormido en la cama de al lado. En esos y otros muchos días me sentaba desolada a mirar cómo dormías en el medio de la noche, o me tumbaba a tu lado hasta que sudábamos del calor. Y me abrigaba verte tan pequeño, y tan bonito. Y no he podido dejar de verte así, incluso cuando ya eres un hombre.

Tu presencia me consuela y me calma y, también, me debilita: contigo no tengo que ser férrea, sólo tengo que ser coherente. Sólo tengo que ser. Eres mi punto débil, mi talón de Aquiles: lo descubrí recientemente, y esta era una de esas cosas que, ciertamente, sólo han de ser descubiertas y no inventadas. Lo que se descubre, por definición, ya existía de antes. Sencillamente, aún no lo habías visto. Tú me conectas con esa parte más privada y más honesta de mí, esa en la que no puedo mentir, esa en la que reside mi fragilidad como ser humano, esa a la que todos le ponemos la máscara para salir al mundo de afuera. Sólo yo sé que tú eres mi anclaje con el amor a la familia.

«Puedes llorar, no hay vergüenza en ello», Will Smith

Soy consciente de que he herido a tu niño interior. Por favor, perdóname. Pronto entenderás que no quise hacerlo, comprenderás que estaba enfadada conmigo misma. He tardado un tiempo largo en entender que soy responsable de todas mi acciones e, incluso, soy responsable de las acciones que promuevo me guste o no. Yo soy tu hermana mayor, y siempre seré responsable de mi actuación en este mundo con respecto a ti. Entendí que es una bendición tener esta responsabilidad y, precisamente, porque es una responsabilidad tan elevada da tanto miedo asumirla. Pero recibí la gracia de entenderlo y ahora este es un punto de no retorno para mí. Todas las veces que te herí, sin excepción, son mi responsabilidad y siento no haber sabido ser tu refugio. Date cuenta ahora de que estoy aquí para que puedas curarte, no me moveré, aunque quieras ser para mí el tsunami más aniquilador. Siempre estaré aquí.

Me arrepiento de que los años hayan pasado y yo no haya estado más atenta a ti. Aquellos que saben podrán decirme que arrepentirse es de tontos, que es una “creencia limitante”, que es un freno hacia lo que espera que siempre es mejor. Es posible que tengan razón. También es posible que no haya una combinación adecuada de palabras para describir por qué siento que sí que es correcto mi arrepentimiento, que tiene sentido. No puedo decírtelo ahora, seguro que mañana podré explicártelo mejor: la vida sólo se entiende hacia atrás.

El abuelo Narciso, en sus tiempos apasionados de los cuales yo sí me acuerdo, se enorgullecía de no haber seguido el consejo de nadie. Lo decía a menudo, pero yo no lo entendía muy bien. Creo que le he malinterpretado durante todos estos años. Hoy siento que los consejos sólo son una forma de nostalgia (como alguien dice en uno de esos vídeos motivacionales de Youtube) de aquella persona que te los ofrece, y por eso esas personas que nos aleccionan necesitan tanto amor en ese instante. Hasta aquellas que te ofrecen sus palabras con un tono reprochador necesitan de nuestra paciencia en ese instante. No quiero ser quien te dé consejos, pero me gusta mucho compartir mis historias contigo. Siempre que esto ocurre entre nosotros me siento feliz.

Dejé de atosigar a Papá y a Mamá con mis reproches cuando me di cuenta de que la solución estaba dentro de mí, pero necesité ayuda para poder abordar mis resentimientos y encontrar mi ladera de paz interior. Ahora cada vez mi ladera es más extensa, y desde ahí es desde donde te hablo siempre que te miro o pienso en ti. Tú y yo permaneceremos un tiempo más juntos después de que nuestros padres se hayan despedido de nosotros. Hasta que ese día llegue está en mi corazón cuidar de ellos de todas las formas que se nos ocurran mientras estemos unidos. A veces cuidamos de ellos cuando no lo saben, y es un acto de amor de hijos hacia padres.

El niño Pablo & Ester, la hermana mayor.
El niño Pablo & Ester, la hermana mayor.

Tu enfermedad no me ha enseñado mucho (creo que esa parte es más bien para ti), pero sí me ha mostrado mucho. Ha colocado delante de mis ojos algunas de mis intuiciones con respecto a mi propia vida. Una de las cosas más importantes que tomaron fuerza poco a poco fue la idea de que siempre puedes decir aquello que esté en tu interior porque no tenemos tanto poder como para herir a otro con nuestro corazón. En el corazón está el amor, además de todos esos sentimientos aterradores y agonizantes sobre tu sufrimiento e, incluso, tu muerte. No soy alguien que huya ante el miedo, más bien soy una especie de “mujer slow-motion” que se fija más en el dedo que dispara que en la bala que ejecuta. A veces abro los ojos y veo ralentizado. No es una metáfora, me ocurre de verdad. Otra de esas personas que saben tanto de psico-motricidad o anatomía diría que tengo baja velocidad de reacción o un problema en el globo ocular. Realmente, es todo lo contrario: son momentos “¡ahá!”. Clarividencia sencilla.

Quiero decirte que te quiero, siempre te he querido y, aunque no tengo una bola del futuro, sé que siempre te querré. Creo que siempre veré al niño Pablo que quería ir conmigo a todos sitios y quería hacerme reír a toda costa. Espero, también, poder admirar al hombre en el que estás convirtiéndote poco a poco y sentir el regocijo del día a día cerca de ti física y espiritualmente.

-¡Ester! ¡Mira aquí!- me decía mi hermano saltando a mi alrededor en la azotea de mis padres-… ¡Vamos! ¡Mira aquí, mira lo que tengo!- y continúo grabando las vistas mientras el niño Pablo busca objetos con los que llamar mi atención.

 Entonces siento un momento de silencio, me giro y ahí está mi hermano asomado a la barandilla enseñándome una pequeña florecilla para decirme:

 -¡Ester! Graba esto, que tiene mucho valor.

El Pastel

“Mira a la derecha y a la izquierda del tiempo

y que tu corazón aprenda a estar tranquilo”, Federico García Lorca.

 

Llevo más días que noches tratando de averiguar cómo me siento, lidiando con pensamientos de índoles diversas y acunando una cierta sensación de impaciencia mezclada con un tono triste de amarillo. El asalto constante del simbolismo de la muerte de mi perro ha estado conduciéndome directamente hacia mi última ruptura con uno de esos amores que están llamados a la decadencia desde el inicio. Muchas veces no quiero decirme la verdad, pero la verdad siempre es más lógica que yo. Mi perro, un perro enfermo, dependiente de mí para sobrevivir, cariñoso, noble, con características físicas que muchos han calificado como defectos y recipiente y dador de un amor más grande que el lago Victoria, como diría Sade en una de sus canciones que más me gustan, representa una época de mi vida en la que he aprendido lecciones que aún no han terminado.

Ester con Mylo, 1 de Mayo 2014 - 30 de Julio 2015
Ester con Mylo, 1 de Mayo 2014 – 30 de Julio 2015

En estos días me cuestionaba si alguna vez me he saltado mis principios por algo, si alguna vez he hecho algo que realmente no quisiera hacer. Naturalmente, y siempre desde la superficie, imagino que cualquiera de nosotros diría que ha hecho y hace cosas que no quiere hacer constantemente pero a las que te ves forzado a sucumbir: compromisos, rebajas emocionales, sumisiones, ayudas que no han sido demandadas por otros, infidelidades, egoísmos, daños… Es este también mi discurso, digo: “a veces hago cosas que no quiero hacer”. Pero, en mi caso, esto no refleja la verdad. En mi caso, es una manera de justificar mi pereza, de concederme el permiso para no actuar conforme a lo que pienso, pero no es la verdad. Actuar acorde a tu pensamiento exige gran valor y fuerza de voluntad, práctica.

Aquí, en mi blog, en mi espacio, para todas esas personas que se sientan atraídas por el motivo que sea hacia lo que yo tenga que decir, me gustaría desmitificarme a mí misma. Es duro para mí escribir que todo lo que hice hasta hoy, incluso aquello que me humilló, incluso aquello que utilicé para herir a otros, lo hice porque quise hacerlo. Ni siquiera fue por incapacidad para evitar aquellas cosas que me hicieron daño. Soy alguien que goza de agilidad suficiente como para esquivar un golpe, y sin embargo, en ocasiones, elegí dejarme golpear.

Otras veces he pensado que quizás esto de “dejarse golpear” no sea más que una esperanza absolutamente narcisista y autodestructiva de que el daño rebote en mí para herirte a ti, que me golpeas. Y he sido capaz de observar cómo he acumulado resentimiento hacia algunas personas culpándolas de mi dolor e íntimamente esperando esa venganza que llega sin necesidad de que acciones ni un sólo músculo de tu cuerpo. Sí, yo sé albergar resentimiento. Pero también sé curarme de ello.

Asumo la responsabilidad de mis decisiones. Si accedí a una relación sentimental destructiva lo hice porque quise hacerlo. Si después tuve que convencerme a mí misma del amor compartido me engañé porque esa fue mi elección. No creo que el amor ocurra sin más. El deseo por otras personas es latente en el ser humano y a pesar de ello algunos de nosotros, en algunas culturas, elegimos la monogamia. El amor se construye y se mantiene y se embellece con cariño y con paciencia y, sobre todo, con voluntad.

Debo reconocer estas cosas abiertamente y por escrito por honestidad a aquellas personas que me conocen personalmente, y a las que no. Hablar de vivir acorde a mis principios más íntimos me hace tener esta sensación que aún me incomoda un poco y siento que, sin pesar, he seguido siempre mis principios aún cuando estos no encajasen del todo en el marco social que me acoge. Para mí es importante reconocer que, al menos, mis principios, bajo calidades diferentes, viven conmigo y son míos. Tomé decisiones: algunas dicen mucho de mí, otras me restan. Reconozco mis valores con sus fortalezas y debilidades y esto mismo me completa como ser humano y no como una divinidad, aunque también lo soy. Sí, también soy una divinidad. Una parte imprescindible del plan de Dios, como a mí me gusta llamarlo.

Tengo miedo de publicar este artículo. Me asusta tu crítica. Pero pondré todo de mi parte para no necesitar tu aprobación como condición para mi felicidad. En cualquier caso, sigo necesitándote a ti que me lees y me dedicas tu tiempo. Intenta, por favor, comprenderme. Te necesito a ti y necesito a todas las personas que en este momento me rodean, eres fundamental para mi conocimiento personal. Vivo en soledad, como muchas personas que conozco y que no conozco. Soledad no debería ser siempre sinónimo de tristeza. Hasta hace muy poco tiempo estaba convencida de que era la vida quien me había puesto aquí, pero en este momento del camino sé que aquí es donde debo estar, en soledad y esperando compartir algunos momentos en compañía. La vida, un ente abstracto vs. yo misma, un ser concreto.

Y este es uno de los puntos importantes que me conectan con la simbología de la presencia de mi perro a mi lado: aprendí a disfrutar de mi soledad con él y reafirmó la serenidad con la que a mí me nace vivir. Descubrí que parte de mi discurso acerca de la soledad estaba estructurado para satisfacer a quien me escucha. No es mi necesidad de momentos de intimidad en soledad para apartarme de la compañía; es mi necesidad de momentos de compañía en mi elección de vivir en la intimidad de mi soledad. Es cierto que es mucho más incómodo de escuchar, pero sí que puedo asegurarte que lo que puedo ofrecer es más auténtico desde este lado.

Fuente: Pinterest
Fuente: Pinterest

Sí, quiero vivir de forma más auténtica aunque aún no he reunido todo el valor necesario para ello. Me asusta exponerme pero igual lo haré. A fin de cuentas, detrás del miedo está el pastel.

La Estrategia

Soy una gran experta en personas emocionalmente distantes. A fin de cuentas, sólo te sientes cómodo con aquello que te resulta familiar.

La burbuja que me envuelve es frágil y a la vez potente, pero esto no puede ser: o es frágil o es potente. Y, sin embargo, las dos cosas están presentes. Como decía en un artículo anterior, nuestro mundo es dual, y ahora añado que también es contradictorio. No soy la única que vive en una burbuja, tú también estás en otra. En esta burbuja te sientes a salvo y conoces todas las distancias entre lo que sientes hacia ti y hacia los demás. Si estas distancias se acortan o se alejan de forma imprevisible te desestabilizarás.

En mi transcurrir del amor he practicado con personas que, bien acortaban tanto sus lazos conmigo que casi me quitaban el aliento o la capacidad de decidir, o bien alejaban sus afectos de mi de una forma tan dominante que me obligaban a sobrevivir en la más absoluta soledad. Siempre, desde niña, he tenido opciones. Algunos disfrutan de la suerte de tener una buena mano en su juego del póker de la vida y, esta vez, quizás ganen antes; otros jugamos nuestras cartas lo mejor que podemos en función de las circunstancias. Pero siempre jugamos. Incluso retirarse es una forma de jugar. Incluso quedarse y saber perder es una forma de jugar. Pero quedarse y esperar a ganar no sólo es jugar sino que es desarrollar al estratega. No es acerca de perder o ganar, es acerca de la estrategia.

 

«No tiene ningún sentido decir nada que no sea la verdad», Amy Winehouse (source: Pinterest)

 

Quizás cósmicamente aquí no tenga razón de ser pero siento haber tenido dos primeros amores: uno, ese por el que elegí a los que serían mis padres mucho antes de nacer, ese que hace que una niña siempre ame a su padre natural sin importar quién sea, esté aquí o allí, vivo o muerto. Y el otro es el amor por el hombre que estuvo en mis primeros años de vida, en mi caso, mi abuelo. Hablo de el hombre, no de la parte femenina. Dos ejemplos de distancias emocionales diferentes: la primera, la que se aleja; la segunda, la que se acerca. Dos tipos de amor. Dos formas de vivir. Y esto es lo que es familiar para mí. Estas son las distancias que yo sé manejar.

Yo querría plantearte a ti hoy esta pregunta,

necesitarás valor solamente para pensar en ello con responsabilidad:

¿Cuál es tu estrategia?

Podría decir que he amado, que he sabido aceptar y luchar, que he conocido muchos tipos de amor, que he tenido mil experiencias diferentes, pero esto no sería la verdad. Si pronto yo me he dejado y tú te has tomado la molestia y esto ocurre en el mismo marco de tiempo y espacio para los dos te darás cuenta de que sé muy poco del amor, de cualquier tipo de amor. Aún soy un bebé que llora cuando tiene hambre. Sigo tratando de desarrollar mi estrategia con cada paso, especialmente, cuando me doy cuenta de que me mantengo en relaciones que marcan distancias que me son perfectamente familiares. No es que quiera evitarlas, yo simplemente soy. Y seguiré siendo hasta la última inhalación. Pero sí quiero convivir en paz con ellas en mi interior.

Uno de los motivos por los que la verdad es importante es porque te acerca a ti mismo. Guardar distancias con uno mismo no es una forma sana de vivir. Pienso que mantenerse en la superficialidad no es una forma recomendable de vivir. Si estás muy cómodo contigo mismo, con tus actitudes y tus pensamientos y tus comportamientos durante un tiempo prolongado, si nada hay que te haga pensar dos veces acerca de ti mismo, creo que puedes estar alejándote de ti. Cuando se acuesta el sol la única persona que te pasa las cuentas eres tú.

Mi Buen Doctor me dijo: “tu salud mental dependerá de lo cerca o lejos que pongas tu emoción de esos que te quieren y de los que no te quieren”. Ya llevaba instintivamente practicando muchos años, quizás desde que me acuerdo, pero sólo pude hacerlo con conciencia y estrategia a partir de esta frase.

Soy una gran experta en personas emocionalmente distantes, aunque esto no me impide sentir que yo sí estoy aquí.

Y el miedo vuelve

 

Cuando mi hermano era pequeño y se tropezaba mi padre se quedaba observándolo sin ir rápido a atenderlo. Esto producía un efecto autoinmune en la actitud de mi hermano ante la caída y, después de unos segundos de decisión entre llorar o no llorar, se levantaba y seguía jugando.

“Hoy empiezo una quimioterapia de iniciación para el trasplante que se elimina cada cuatro horas duchándome.
Esta quimio me la darán hasta el 16 de julio que me harán el trasplante.
Sinceramente estoy de puta madre.
No puedo estar más feliz, más emocionado, con más ganas de vivir…
Estoy muchísimo más concienciado que en mi primer ingreso, es fascinante cómo la mente puede llegar a hacer tanto.
Gracias de corazón a todas las personas tanto amigas como desconocidas que se preocupan por mí, es realmente emocionante.
Hoy empieza esta guerra y juntos podremos ganarla.
Este texto va dirigido a todas las personas que han superado una enfermedad, a todas las que la están pasando, a todas las que me animan, a todas las que me apoyan, a mis verdaderos amigos y, por supuesto, a mi familia 
‪#‎fuckyoucancer”, mi hermano Pablo desde su cámara de aislamiento en el hospital Carlos Haya en Málaga.

Me acostumbré muy rápido a la presencia de mi hermano en casa durante 26 días de permiso hospitalario. Tanto que me olvidé de los dolores pasados durante los dos meses anteriores en los que, a menudo, me angustiaba pensar en el sufrimiento de mi hermano pequeño o, incluso, la pérdida. Mejoró física y emocionalmente, y se preparó para su vuelta a las trincheras. Ahora ya no veo la leucemia o el cáncer como una guerra, a pesar de que esos sean los términos que habitualmente utilizamos para comunicarnos con otros que se preocupan por nosotros o los nuestros. Esto ya no es una guerra para mí, ni siquiera creo que lo fuese al principio. Hay tantos caminos inexplorados en nuestro círculo vital que sobrecoge el interior cuando te das cuenta.

Pensé desde muy temprano en la “suerte” de la enfermedad de mi hermano. Siempre podría haber sido peor. Y siempre podríamos estar cuestionándonos otras cosas que verdaderamente no nos conducen a ningún lugar donde quisiéramos estar. No me alegro, pero tenemos suerte. Tenemos una segunda oportunidad, mi hermano la tiene y nosotros también la tenemos. Hemos sido bendecidos con una llamada de atención a lo importante. Y nunca hay otra opción más que continuar hacia delante. Aprendí en mi terapia que sólo tengo que estar presente, no es necesario accionarse permanentemente. Estar ya es una acción, y puede ser justo y llanamente aquello que tú necesites o que necesiten los demás de ti en un determinado instante de la vida.

FullSizeRender-2
Puedes seguir a mi hermano en su Facebook, Pablo Ráez Martínez, y en Instagram @srraez

Apareció el miedo de golpe dos días antes de su ingreso. Apareció con tanta fuerza que me sentí mareada durante cuatro días incesantemente. Pensaba (y pienso) en lo inevitable de presenciar su debilitamiento, el dolor físico y el riesgo. Y aún me cuesta aceptar que tenga que ser asi. Y entonces cinco o seis segundos de paz me abordaron cuando recordé que estaría aislado y apenas podría estar con él o verle, sino que estaría mi madre a su lado. Y todo se mezcló con la culpa del alivio por no ver. Pero tuve que preguntarme, ¿es realmente no ver lo que quieres?

Tú, que estás leyendo esto, te lo pregunto a ti, esta pregunta también te sirve a ti:

¿es realmente no ver lo que quieres?

 

Nuestro mundo es dual, nuestra experiencia es multidimensional, nuestra emoción es infinita. Cuanto más sientas, más descubres. Cuanto más estés aquí, más equilibrio alcanzarás. Yo quiero ver. Quiero estar con mi hermano aunque no sea en cuerpo físico. Quiero saber acerca de todo lo que siente si me corresponde a mí conocerlo. No sólo es que quiero ayudarle, es que ahora mismo no hay nada mejor que hacer para mí que ser testigo de su vida. El miedo siempre acecha, existen límites que construyo constantemente para no herirme. Pero la calma es eterna, es cuestión de mantenerme en forma y entrenar mis virtudes.

Un día mi hermano fue a un campamento cuando tenía seis o siete años. No llevaba más de veinte minutos allí cuando llamaron a mi padre para que fuese a recogerlo: al acercarse a recoger unas flechas clavadas en una diana, mi hermano, ese niño inquieto y divertido, se clavó la parte de atrás de una en un ojo. Cuando salieron del hospital mi padre le preguntó si quería volver al campamento, la herida no era grave. Y el niño Pablo le dijo: “Papá, yo lo que quiero es jugar”.

Mindfulness o de cómo atrapar al conejo

Antes de poder comenzar a escribir este artículo recibí seis whatsapp, cuatro notificaciones en Facebook, una llamada de teléfono, mi perro quería jugar y además derramé el té sobre la mesa. De todo menos concentración, menos atención en mi intención de escribir o en el momento presente, en la silla sobre la que me siento, en el olor de la habitación, o en mis emociones privadas, esas que se esconden dentro de mí y que sólo yo conozco . Esas que son importantes y que me dirigen hacia la verdad de mi ser.

Mindfulness es esa cualidad de la mente o, más bien, la capacidad intrínseca de la mente, de estar presente y consciente en un momento determinado, en un momento en que cuerpo y mente se sincronizan totalmente en un pedazo de realidad despierta.

Mindfulness es presencia plena y conciencia abierta en nuestro interior reuniendo mente, cuerpo y espíritu. Estar presente en el aquí & en el ahora es una cualidad propia de cualquier ser humano y, aunque lleva siglos practicándose en el paradigma oriental, es sin embargo muy reciente su popularización en nuestro lado del planeta.


Así que, al cabo de un rato más largo de lo que yo hubiese deseado, comencé a plasmar ideas aquí y ahora en soledad conmigo y atenta. Es curioso cómo siento la conectividad contigo que me lees simultáneamente. Quisiera invitarte ahora a que pares, respires y entres en contacto con lo que sea que te rodee. Si estás leyendo esto es posible que puedas hacerlo. Y aunque no lo estuvieses haciendo, aprende en este instante que el mindfulness, el estar presente y consciente, te conecta contigo pero también con los demás. En este espacio al que quisiera invitarte ahora, OrganicoBox, encontrarás un montón de razones que se relacionan con tus hábitos alimenticios y con tu actitud ante la vida. Entrénate en el mindfulness, puedes hacerlo: concéntrate y toma ese dátil que tienes en tu alacena, míralo, obsérvalo, pósalo sobre tus labios, siente su textura, muérdelo, siente su sabor y también su olor… Y aún más, puedes observar con el tiempo cómo se introduce en tu organismo y cómo afecta su presencia dentro de ti. Concéntrate un momento y disfruta. Estáte aquí y ahora, y entiende que sólo puedes concentrarte en una cosa a la vez.

 

Un estudiante de artes marciales se aproximó al maestro para hacerle la siguiente pregunta: “Querido maestro, a pesar de lo mucho que aprendo con usted, quisiera mejorar mi conocimiento de las artes marciales. Además de aprender con usted quisiera aprender con otro maestro para dominar otro estilo y otras visiones que seguro me enriquecen. ¿Qué piensa de esta idea?”. El maestro, que había escuchado con atención las palabras de su discípulo, meditó unos instantes y dijo: “El cazador que persigue dos conejos no atrapa ninguno”.