Los dos en Nueva York

Solo que, cuando se va acercando la fecha, me vienen todas las pesadillas. No es evitable. Tardo en darme cuenta de que es porque en estos días hace nueve años mi hermano estaba dedicado a morirse.

No hay mucho más que decir, más bien el micro-relato de lo que es la muerte y la devastación y la puerta que supone. Hago todo lo que debo hacer, me dedico a lo que me gusta y hago también un montón de cosas que no me gustan tanto, porque la vida es así. Acepto. Y voy hacia delante – acaso hay otra dirección – y no encuentro nada que me diga que me pare, solo los sueños, el disparate de la mente volviendo a aquellos lugares donde se quiso quebrar. Me pasa cuando duermo. Y cuando se acerca la fecha. Un verdadero calvario.

Me hago la fuerte casi sin querer, no me doy cuenta. Se automatizó la orden de la continuidad. Ah… febrero es puto. Como todos los febreros. Y, aunque trae igual un sinfín de cosas buenas, no tengo ganas de contarlas. Pasa así todo el rato, que lo bueno viene con lo malo y al revés. Toda transformación requiere como condición previa el fin de un mundo completo, dijo Jung, todo el quiebre de una filosofía de vida que ha servido hasta hoy, pero que ya no. No hay cambio sin despedida. Ya, pero qué puto febrero.

No quiero cambiar más, no quiero atravesarlo más, estoy cansada. Me duele soñar por la noche, acordarme de día. Cuánto has de tragar como ser humano para llegar a ese lugar que es donde está toda la luz, toda la paz junta. Claro que sí, que parece negativo, pero, ¿acaso tú nunca te has cansado? Esa cadenita de oro que has sacado de su joyerito toda enredada, yo puedo quitarle cada nudo, siempre lo hago. Lo hago porque me quedo quieta y no es que tenga paciencia, es que no hay forma de hacerlo si no te quedas quieta. Hay un montón de cosas en la vida que no se pueden averiguar si no te quedas quieta y, al mismo tiempo, nunca te puedes parar porque entonces te quedas atrás. pero es mejor que te quedes quita de vez en cuando, así escuchas algunas cosas que dices por dentro. Cosas como que estás cansada, como que puedes abandonarte a la nada o como que no debieras dejarlo por escrito.

Yo pinté este cuadro de Hopper cuando no tenía más de 12 años, se lo regalé a alguien de mi familia. Hubiera querido recuperarlo, pero no puede ser. Ahora, más de treinta años después, me parece tan alegórico e impresionante que yo eligiese esta imagen. Tardé muchos años en darme cuenta de que había elegido a Edward Hopper, el padre de la soledad existencial pictórica (o uno de ellos). EL día que descubrí mi propio cuadro fue toda una celebración interior. Me sentí muy orgullosa de esa pulsión hacia la soledad. Coherencia.

Esa mujer soy yo, o quizás es mi madre, leyendo en la mecedora, objeto de mi infancia. Luego supe que esas flores y esos paisajes eran de Nueva York, que allí es donde quizás nunca iría y a donde prometería llevar a mi hermano. Él y yo, los dos en Nueva York. Más de treinta años después sigo siendo la misma niña solitaria, la que se esconde a pensar sus cosas y a hacer sus dibujos y a escribir palabras. A lo mejor solo tengo que volver a pintarlo, si es que ya sé que este cuadro nunca volverá.

Edward Hopper, Existential Loneliness.

Un relato corto, pequeño, donde solo diga que me duele.

23 de febrero.

Solo dos días más.

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