En pareja

La mejor herramienta de regulación emocional e incluso física es el contacto. No me había convencido de esto del todo hasta hace muy poco. Y es algo que me ha enseñado mi pareja, George.

A George le parece importante que estemos en contacto físico, que podamos alcanzar la mano del otro, que podamos sentir el calor corporal. Yo no sabía hasta hace muy poco en qué medida esto es real, porque, como digo muchas veces, el 8 no entiende de tanto romanticismo. Y una declaración tan pronta como la de usar el contacto como motor de regulación emocional a mí me suena de entrada a pastel de fresa y nubes de arcoíris. Porque yo, en lo romántico, ni sutil ni tibia ni templada: si amo, lo hago con fuerza, de manera frontal y sin medias tintas. Siempre en búsqueda de las relaciones más auténticas, donde la otra persona sea fuerte, leal y capaz de sostener la intensidad de mi mundo emocional. Tenga esto el precio que tenga. Incluso cuando tengo todas las dificultades para mostrar mi vulnerabilidad. Acuérdate de que eso de la vulnerabilidad en el mundo del 8, en mi mundo, es una pérdida de poder central y ejecutor. Como cuando Dalila le cortó el pelo a Sansón. En las pasiones, voy con gran ímpetu. Vivo lo que siento con una energía arrolladora y no te das cuenta, pero soy apasionada y protectora a la vez. Me pasa que lo blando me resulta ausente, que no tiene gracia; me interesa la presencia real en la relación. En la lujuria, que no me refiero solo al aspecto sexual, sino a la intensificación de la vida: el deseo de experimentar todo con potencia, buscando sensaciones psico-emocionales fuertes en cualquier aspecto de mi vida. Pero no creas que yo tengo prisa o que sin adrenalina no sabría disfrutar; justamente lo que digo no se parece en nada a esto. Ya sabes que soy muy tranquila, que me gusta la vida lenta, comer despacio, quedarme quieta. Entiende lo que digo desde el plano más espiritual y emocionado que puedas concebir, no tanto con la carne que te ata al mundo. Si George no me lo hubiera hecho ver, es probable que esa parte de mí que es tirana y distante jamás se hubiera percatado de esta forma de percibir al otro.

Hay un amortiguador muy eficiente de los desafíos: tener el corazón abierto. Me resultó difícil volver a tener pareja, lo admito, pero hay cosas que no debe uno frenar si quieren suceder. Pero la pareja no es una ameba que sobrevive solo porque respira, la pareja es un ser vivo al cual hay que alimentar, darle tiempo y dedicación, cuidarla, mimarla, ponerle algún límite que otro y servirle el corazón abierto para poder entender y ser entendida. Es decir, todo un trabajo de dedicación y devoción voluntaria. En la idea tradicional de lo que significa «conseguir pareja» queda implícito para mí el concepto de que, una vez conseguido, ya no hay nada más que hacer. Como quien gana un premio y pone el trofeo en la repisa. O como quien actúa cual ameba marina (te informo si no lo sabes de que las amebas son muy nocivas para el ser humano: ameba es un término general que se usa para los protozoos que se encuentran en aguas saladas y pueden causar infecciones graves en humanos. Pero, no te confíes, también hay algunas en aguas dulces como las «comecerebros», una vez te infectas, estás perdida). Una relación puede ser bastante ameba e infectarte de cualquier tipo de cosa o comerte el cerebro y a eso hay que tenerle pavor. Aunque está el otro lado de las relaciones, ese en el que nadie es una ameba sino un ser proactivo que trabaja en la cuestión, que se hace preguntas y que expone conflictos y situaciones un poco límites. Ese lado en el que uno se tiene que asegurar de tener en forma esos amortiguadores para afrontar todos esos desafíos, porque sin el corazón abierto, una no llega a comprender las razones y los motivos del otro, sin salir de una misma una no llega más allá de su astigmatismo emocional.

El antídoto más solido para toda crisis: la expresión. Esto no lo he aprendido en pareja, sino viviendo, en terapia. Aunque ha adoptado una tonalidad nueva desde que estoy al lado de George. No recuerdo haber sido capaz de hablar de verdad con un hombre a menos que haya sido con mi psiquiatra, que es un hombre. Y aquí es muy necesario tener cuidado con las palabras que entiendes porque no digo que no se pueda hablar con los hombres, sino que yo no he sido capaz de hablar con ellos de forma general. En mi institución emocional, he estado siempre al servicio de ellos. Hasta ahora. Ya no. Ahora George propone una forma dialogante de estar en pareja, me suena casi a Nouvelle Cuisine, un movimiento de vanguardia, música experimental. Haciendo yo de adivinadora, me imagino que piensas que cómo es posible que una experta en comunicación no se haya comunicado. Pues, por eso mismo soy experta, porque he indagado en lo imbricado de hacerse entender y me he parado mucho rato a diseccionar mi forma de hablar, pero, sobre todo, la de pensar. Las tribulaciones que conviven en mi mente sin cese me sirven de policía de la moralidad del comportamiento, qué cosa digo. El comportamiento es la prueba más lúcida del tráfico mental. Si yo no hubiese entendido que George es de otro planeta distinto al mío, no habría llegado jamás a interesarme por su lenguaje, porque el mío ya lo conozco. Y yo, como buena filóloga y lingüista que presume de serlo (y está mal visto presumir), me siento fascinada por otros sistemas de lenguaje. La crisis mayor que tuvimos él y yo no pudimos expresarla, solo pudimos sufrirla. Pero, después de aquello, volvimos renovados, con otras armas de entendimiento, y hoy la crisis la vivo desde un silencio inicial que me ayuda a encontrar las palabras. Y él se pone a esperar paciente hasta que yo aclaro las ideas y, luego, la garganta porque, aunque el antídoto más sólido para la crisis sea la expresión, cuando llevas largo rato callándotelo (o una vida entera) la garganta carraspea y no es tu voz habitual. Así que ya lo he dicho. Gárgaras.

La mejor vía de descarga de lo que es denso por dentro: crear, hacer arte de tus experiencias. Me dijo en Londres un día George que me llevaba a Crystal Palace Park, a gloomy but aesthetic place, para que se me ocurriese alguna idea. Que si yo quería vivir las experiencias, que él me acompañaba. Que si era para que yo pudiera divertirme, que en lugar de ir al Big Ben, que fuéramos al Jack The Ripper Museum, porque a mí me gusta lo que me gusta. Me puedes encontrar en el London Eye haciéndome una foto de extranjera, pero también me puedes encontrar en un banco al azar con un té para llevar (casi más feliz con lo segundo). Que yo soy capaz de viajar solo para estar en otro sitio, ni siquiera para ver el sitio más que a la gente pasar. Y él lo sabe. Hacer arte de mis experiencias: me ha costado mucho poder reconocerme como artista. Sé que lo soy porque no estoy satisfecha con producir solo de una forma, porque cuando me encuentro mal recurro a la creación, porque si necesito escribir, hasta que no lo hago, no hallo paz, que si quiero coser, o cocinar, o hacer algo con las manos; o que si quiero re-decorar mi casa o crear nuevos proyectos; o, lo mejor de todo, dedicarme a la contemplación yo sola. Qué mal entendido está el concepto. La mente más tradicionalista identifica la contemplación con la inactividad, con lo laxo y lo que es vago. Pero no existen muchas cosas más activas de forma real como lo es el ejercicio de la contemplación, gran revolución. Esto de la contemplación a George le cuesta más, porque no sabe muy bien que para eso hace falta quietud y ausencia de reloj, que si yo me imbuyo en la contemplación no se va a enterar porque no es algo comunicable, es algo que se hace sin aviso. Y a la vez, qué bueno que contemplo cuando lo entiendo y que luego George se beneficie sin saberlo de ese estado de gracia y poder.

La demostración de amor más sublime: prestar atención. Ni siquiera es el tiempo. Como a los niños, estar presente, escuchar bien. Como cuando Sofía me dice que la mire con los ojos si estoy mirando para otro lado, «pero, mira, mamá, mira; mira ahora, mírame con los ojos». Y la puedo estar mirando con los ojos, pero con la mente en otro sitio. Lo suyo es que los ojos indiquen la presencia, ¿verdad? Como los niños, de verdad. Es tal cual. Que cuando le hablo a George se lo toma todo en serio, pero es que cuando él me habla a mí, y como siempre he hecho, yo ya llevo mucho escuchándole. A mí antes nadie me ha sabido ver el amor que daba, sé que lo doy intenso y silencioso, pero lo doy.

La acción más inteligente para cuidar de mi salud: no resistirme. Me resisto y ni me doy cuenta, las resistencias en la vida van conmigo. Y contigo. Y con George. Nos resistimos a todo aquello que no nos gusta, que nos hace sentir incomodidad, que nos cambia los planes, que nos saca de quicio. Y yo lucho por rebelarme contra la idea de que todo hay que aceptarlo, porque está prostituida la frase de tan manida. Aceptarlo, por supuesto. Pero, aceptarlo porque no sabes quién eres y todo vale, no. Porque todo no vale, desde luego que no. Un atropello sucede, hay una muerte. Lo aceptamos, pero aceptar no es pasividad. Aceptar es integrar lo sucedido y, luego, seguir adelante tomando medidas, entendiendo el contexto, atender a las responsabilidades. Y aceptar el atropello como el accidente que es, claro que sí. Pero, no olvidemos, luego queda la frustración y la muerte y el dolor. No nos hacía falta todo eso, lo trágico inesperado; pero aceptamos que la vida va sucediendo y es necesario seguir. Al mismo tiempo, aceptar es integrar, pero no es pasividad y que todo sea lo que quieran los demás que sea. No quiero resistirme al amor, a la pareja, a la conexión; pero habrá muchos momentos en los que la individualidad siga asomando la cabecita, porque la necesito, porque es mi savia.

Descubro que el amor y la vida no se traman solo en grandes gestos, sino en lo cotidiano, en la delicadeza de un instante que sostiene todo lo que sentimos. Que la pareja es rendición y sacrificio, como todo lo que importa; un aprendizaje constante, una vuelta de tuerca hacia algo mejor. Ese ejercicio de apertura y cuidado que se junta con la creación. Y, entonces, George me da la mano y me dan ganas de escribir otro artículo, coser otro vestido o contemplar su pelo rubio.

Para este artículo me he inspirado en la publicación de @fuerzainconsciente. Gracias.

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