¿Cómo explicar el cielo a un niño?

No es una simple respuesta, es transmitir algo que va mucho más allá de los confines de la razón. Intuye dolor, haber sufrido, presencia ante lo que no se quiere ver ni se quiere sentir. La muerte. Aunque también hay descanso, alivio, final. Morir se toca con nacer. «Mamá, ¿qué es ir al cielo? ¿Cómo se llega allí? ¿Es ahí arriba el cielo? No veo nada más que nubes y azul». Eso es, nubes y azul.

Cuando llega esta pregunta, mi hija no solo está apelando a mi capacidad de comunicación, no solo espera una respuesta formada con palabras elocuentes, sino que, sin darse cuenta, anhela la devolución filosófica porque no existe mejor filósofo que el niño siendo niño. En realidad, habría de hacerle yo a ella esa pregunta… La pregunta sobre el cielo conecta con la pregunta existencial más antigua: ¿qué pasa después de la vida? ¿qué es la muerte? ¿qué hay más allá? Desde los filósofos griegos hasta los pensadores más modernos, el cielo siempre ha sido la gran metáfora de todo aquello que nos trasciende. Explicarle esto a mi hija Sofía es para mí y sin ninguna duda acompañarla a atravesar la puerta de lo reflexivo de forma natural, el arco del misterio de la vida misma porque para esto no hay edad. lo más bonito de todo es recordar que no todas las preguntas tienen respuestas, sino que la misma pregunta en sí es ya una forma de respuesta, es el inicio de la búsqueda del camino hacia la aceptación. La duda que plantea la pregunta la resuelve el mismo ejercicio de elaborar la cuestión; y, cuanto más fluida e inconsciente la elaboración, más natural la realización. Ojalá para todo hubiese una respuesta absoluta, así no padeceríamos de tantísima ansiedad existencial; pero esto nos conduce directamente a la consecución de las certezas más simples.

A mí me ha nacido de antiguo que el cielo es ese lugar donde van nuestros seres queridos a los que ya no vemos más, y ahí están muy bien. Representa ese espacio seguro donde ahora habitan las personas que amamos y que han muerto. Aunque sé que no existe una respuesta correcta, la energía debe ser en mí esa que quiera ofrecerle a mi hija una paz emocional receptiva que dé la bienvenida a las dudas y los conflictos del corazón, a encajar el sufrimiento momentáneo de mamá o de la Nona y a procesar la pena de la ausencia con más salud. Porque sí, los niños observan , atestiguan y sufren nuestras penas. La metáfora del cielo nos regala una herramienta muy valiosa de resiliencia y realidad inagotable e innegable, y son ellos, los pequeños, quieren deben elaborar la respuesta del cielo de la manera más lógica en su interior.

La crítica es fácil: «Esther, qué rancio decirle a tu hija que su tío está en el cielo, con lo ilustrada que tú eres». Bien, entonces, ¿dónde está? Porque yo no sé dónde está aparte del hecho que no está en ningún sitio. Olvidamos que fuimos niños, que tuvimos dudas, que nuestros padres nos mandaron callar o que nunca nos dieron una respuesta satisfactoria, que teníamos preguntas existenciales y que nos dijeron que era una pérdida de tiempo pensar en el tiempo… que lo que valía era dar buenos resultados allá donde fuésemos exigidos. Desde niños. Fuimos pequeños y a algunos nos dieron respuestas, a otros nos mandaban callar y a otros nos dijeron algo demasiado real, demasiado «objetivo» (y esto de objetivo lo tengo que entrecomillar porque es lo más tonto del mundo creerse objetivo en algo). Quien se piense ajeno a la cultura en la que ha nacido o sido criado que levante la mano, que tire la primera piedra, que pegue el primer grito. Ninguno de nosotros, seres mortales, podemos escapar de nuestra cultura materna. Es algo imposible, y soy yo quien te trae esta noticia. No puedes escapar de tu contexto cultural y religioso ni aún marchándote de tu continente. Siempre queda un reducto de tu cultura raíz y ese reducto, por pequeño que sea, gobierna por encima de los otros. Otra cosa es lo que, más adelante, con más cabeza, más razón y más datos (porque es una cuestión intelectual, no emocional) decidas de forma consciente. La cultura con la que te amamantaron es tu cultura de base. Algunos desarrollan fuertes principios de oposición muy temprano, pero no es por convicción, sino por rebelión, por supervivencia. Y otros nunca cuestionan de dónde vienen y por qué ese lugar es como es.

Hablar del cielo con Sofia me ha ayudado a recordar que este concepto, como digo, está profundamente marcado por las tradiciones culturales y religiosas. Considero un ejercicio urgente re conectar con la idea de que, aunque podamos profesar un credo concreto, nuestro credo no es más que una guía espiritual, que las cuestiones de fe no entienden de religión ni de preceptos religiosos, sino de conexión con nuestra divinidad, con aquello que nos hace más mortales que nada: nuestra humanidad. Y ahí debemos recoger todas nuestras flaquezas y virtudes y resolverlas de manera que el resultado sea algo que añade a nuestro mundo, que es una semilla, el agua justa para que florezca. Yo fui bautizada en la religión católica, recibí educación laica en mi colegio de niña, pero era realmente bastante religioso. Quise hacer la comunión porque mi abuelo era creyente acérrimo, mi madre ya no. Hasta que un día me di cuenta de que los preceptos religiosos no me acompañaban tal cual me los habían enseñado. Profundicé en otras creencias… y al final, hice terapia. Muchos años. Mi terapeuta es judío y con él exploré la Cábala, esa filosofía ancestral que es tradición mística judía y que busca el conocimiento profundo de Dios, el universo y el alma humana, sirviendo como un sistema de sabiduría para despertar la conciencia, alinear el alma con lo divino y transformar la vida individual y colectiva. Con la Cábala me acerqué mucho a Dios, pero más bien me acerqué más a mí misma.

El Cristianismo dice que el cielo es la casa de Dios, un lugar celestial donde encontrarte con Él y con tus seres queridos que han fallecido. Aunque en el Judaísmo el énfasis se coloca más en la vida terrenal y en el cumplimiento de la Torá, existen otras corrientes como la cabalística (con la cual yo más me he identificado en mi edad adulta) que proponen un encuentro más cercano con tu divinidad desde un plano más espiritual. En el Budismo, el cielo, más que ser un lugar concreto, se conecta con un estado de iluminación y liberación del sufrimiento. Y en el Islam, el cielo es el paraíso prometido, un jardín eterno donde reina la paz y la justicia. Ahora dime tú si acaso son muy diferentes unos conceptos de otros. Cada una de estas tradiciones solo nos quiere indicar que lo que yo llamo cielo es en el fondo una construcción simbólica para dar sentido a lo invisible, al dolor de lo que ya no está o a la recompensa final del via crucis de vivir.

Haz la diferencia entre fe y religión. La religión es un constructo del hombre, una idea o teoría abstracta sobre un concepto difícil de integrar; pero la creamos para comprender, precisamente, la fe. La religión es un libro donde coexisten la organización, la estructura y la creación de ritos y normas. Sí, necesitamos los ritos, necesitamos las normas. Para observar cómo existe nuestra fe no nos hacen falta guías, solo necesitamos ser capaces de observar nuestro interior. La fe viene con el nacimiento, el ser humano viene de serie con fe como viene de serie con el reflejo de la succión. Por eso yo tengo fe, por eso creo. Y, por eso, no puedo hablar de ningún Dios.

Mi primer cuento ilustrado infantil, Sofía y el misterio del cielo, estará en todas las librerías de España a partir de noviembre de este año 2025. Anunciaré el calendario de presentaciones en mis redes sociales y el la cuenta de Instagram del cuento:

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