Yo plural

ADEMÁS DE JUNG Y LACAN, CON MIS PROPIAS EXIGENCIAS

Lo irónico de la vida es que somos una persona diferente para cada una de las personas que conocemos, sin excepción de cómo somos en realidad, si es que existe una sola realidad.

Para unas soy tranquila, para otras quizás no paro de hablar. Algunas quizás me recuerden por mi amabilidad y otras por la forma en la que me alejé de ellas. Soy, seguro, la villana en la historia de muchas (confirmo que tienen razón), pero también la más grande de las heroínas a ojos de otras. Y para la gran mayoría de ellas, tan solo sea un pensamiento que a veces se les cruza por la mente, un nombre que conocen. Algo así como si no existiera la persona que yo realmente soy o la que creo que soy, sino como incontables versiones de mí misma a ojos de otros modeladas por momentos puntuales de interacción y percepciones personales.

Y aquí viene lo más incómodo de todo: nunca me conoceré a mí misma de la forma en que esas personas me perciben a mí. Nunca oiré mi propia risa de la forma en que ellas la oyen, ni tampoco veré el impacto de mi ausencia en ese lugar que lleno con mi presencia. Para mí, yo soy sencillamente yo misma. Pero, en realidad, yo misma soy mil historias más; todas esas que componen el ser de todas esas personas que me ven y que momentáneamente piensan en mí. Y de todos esos miles jamás será posible alcanzar ni una sola de ellas, porque residen en el interior de miles de personas que se cruzan a cada instante conmigo. Lo que queda tras todas las cuestiones es ser yo misma sin considerar la percepción ajena, sin asumir la tragedia ajena, sin intervenir en el fluir del otro. Porque nadie más que yo puede ver el mundo con mis ojos. Aquello que yo soy no depende de mi trabajo ni de mis logros sino de cuánta vida soy capaz de experimentar por mí misma y qué hago con lo aprendido.

Sé que estas reflexiones no son novedad, que la filosofía, la psicología y hasta la literatura han explorado estas dudas durante siglos. Se sabe que nuestra identidad no es algo único e inmutable, sino una construcción que emerge de la interacción constante con los demás. Lo que soy para cada persona está filtrado por sus vivencias, emociones, creencias y el momento específico en el que me encontré con ellas. Existo en múltiples versiones paralelas, todas verdaderas en su contexto, pero ninguna completamente fiel a mi experiencia interna. Lo entiendo, pero me aflige y también me quita bastante peso de encima. La contradicción conviviendo dentro de mí. Como si no fuésemos un «yo fijo» sino un «yo plural», activándose y desactivándose en función del contexto que habita. Coexiste una naturaleza inaccesible de la propia imagen externa y, aunque la finalidad de mi discurrir no es saber cómo controlar esa imagen, recae la propiedad de ello en la preocupación misma de la imagen que los otros tienen de mí. Y ya sé que ni siquiera depende demasiado de mí, sino de sus filtros y valores y experiencia crucial en el mismo instante. Nunca sabré del todo cómo soy percibida de verdad.

La única respuesta que me calma un poco es ser consciente de que, aunque haya incontables versiones de mi flotando en la mente de los demás, mi centro de autenticidad máxima sigue siendo mi propia experiencia interna. Aquello que vivo y experimento, lo que asimilo y lo que hago con ello, sin olvidarme nunca de las heridas invisibles con las que todos vivimos. Es tremendamente liberador asumir que el control sobre la imagen que proyectas es tuyo, pero que la percepción de la misma es absolutamente voluntario y depende de los demás, jamás de ti. Es necesario ser fuerte, trabajar la fuerza de carácter es crucial. Es la manera que he encontrado de mantenerme siempre orientada hacia la forma de vida más coherente con quién soy y cómo siento.

Que no quede en el olvido la frase «es necesario ser fuerte, trabajar la fuerza de carácter es crucial». Tengo mi propia idea de cómo se hace esto, que es la que yo practico en exclusiva, pero admito que no son del todo ideas propias. He bebido mucho en mis años de terapia continua de las ideas de otros como Jung y, posteriormente, Lacan, personas importantísimas en la divulgación de la terapia y la psiquiatría (no son los únicos y también hay mujeres, es solo que de estos dos en concreto he aprendido bastante). Yo diría que mi entendimiento sobre Jung y la fuerza interior es el fruto del viaje que se inicia para integrar todas las partes de mí, incluidas las que no me gustan. Y lo que entiendo de lo lacaniano es que la fuerza para vivir no es tanto «endurecerse», sino reconocer la verdad de mi deseo y no vivir atrapada «en le deseo del OTRO».

Una aclaración muy básica, pero igual la pongo: el deseo de Lacan no es exclusivamente el deseo sexual, sino el deseo que experimenta el ser humano mientras está vivo.

En mis años de terapia me centré mucho en trabajar mi sombra y en encontrar un propósito que fuese mayor que yo misma. El propósito no es rígido, puede cambiar. Cada vez que la vida hace un viraje, es el momento de recalcular la ruta y reconsiderar el propósito, analizar qué aspectos de la sombra me quieren controlar y cómo manejo esa situación interior y exteriormente. Pero sí que es necesario tener siempre un propósito, que no es un objetivo, sino un propósito de vida. Veo mucho esta confusión. Si sirve la analogía: el propósito es el faro en el horizonte que siempre está ahí, los objetivos, el objetivo, son los escalones que te llevan hasta allí. Si se rompe un escalón, el faro seguirá iluminando el camino. Me gustó especialmente aclarar conceptos clave para mi crecimiento o ponerlos en valor y perspectiva, cosas como saber qué es exactamente la voluntad y qué es la disciplina, cuándo una y cuándo otra; alcanzar cierta claridad de discernimiento y dejar espacio para la reflexión, soy profundamente reflexiva; el cuidado y la pasión, cómo integrar la compasión sin dejarme la dignidad en el camino, entendiendo profundamente qué es cada una de estas cosas; y generar ese espacio vital para mi salud espiritual que es la creatividad y el permiso para la transformación. También me he servido mucho de los eneatipos de la personalidad de Claudio Naranjo. Hablaba de mis sueños y aprendí a interpretarlos para conocerme mejor. Y aquí tienes un regalo: cuando sueñes y te despiertes, recuerda que todos los personajes que salen en tus sueños son formas de ti mismo con los rostros de otros. Siempre eres tú. El héroe y el villano.

Ese proceso de identificar mi sueño verdadero, preguntándome constantemente qué es esto que realmente quiero, no ha sido fácil, sigue sin ser fácil. Pero soy de decisión firme y de reflexión pesada, así que puedo tomar partido. Me di cuenta de que siempre hay una falta, siempre queda algo que no se hizo del todo o que quedó por explorar, que nunca he terminado del todo con nada y, a la vez, todo está hecho ya. Buena forma de encajar la frustración, digámoslo así. Eso de «la mirada del OTRO», qué dolor más grande, me sigue atormentando, si no de qué iba a ser este escrito de hoy si no es el tormento de ser juzgada por esto y por aquello. La mirada del otro es feroz, siempre. Pero por eso me cuestiono quién soy yo, para saber del todo que la mirada del otro no importa ni un pimiento. A mí me encajó a la perfección (aunque no de forma súbita) hacer de mi síntoma (de mi sombra, de mi defecto, de mi dolor) mi mayor potencia. Y, así, pues, me dispuse, por ejemplo, a cambiar todo mi sistema de trabajo profesional y creé mi propio trabajo. No es fácil, te hace sentir dolor a menudo, pero es grande, está bien direccionado, es bueno. Me sienta bien. Me di cuenta de que mi dolor era mi mayor fuente de inspiración, mi virtud máxima. No evito el dolor, me aprovecho de él todo lo que puedo. Como cuando le echas sal a la yaga de la lengua. Solo es un momento, aunque realmente dure semanas. Mi mayor fuerza es la profundidad psicológica con la que naturalmente he sido dotada y con voluntad comencé a trabajar en terapia y ahora sigue en expansión, más aún desde que soy madre. Si era difícil antes, ahora más todavía, pero aún puedo hacerlo a la pata coja y sin manos y haciendo malabares. La vida es así. No que quiera que sea difícil o probar nada a nadie, solamente es la realización de que estoy muy entrenada para la incomprensión del otro. Tampoco que la encaje como una bailarina de clásico, más bien a lo Britney Spears en plena crisis mental mezclado con Rocío Jurado y su imbatible feminismo folclórico. Qué sé yo de nada, siendo franca.

La mezcla consciente de Jung y Lacan y el disfrutar de todo de mi eneatipo 8 junto con mi sombra y mi miedo a la vulnerabildad, la capacidad de amar y la ira contenida, el convencimiento de mi violencia que me sirve de motor eclesiástico. Y de todo ello, ¿qué ven los otros? ¿cuánto importa lo que ven? ¿cómo puedo saber si tus ojos ven lo mismo que yo cuando contemplamos el faro que ilumina el horizonte del mar Mediterráneo? ¿Qué es la sexualidad y por qué la menciono aquí?Quisiera terminar este escrito haciendo una invitación al silencio propio, solo para observar el fluir de los pensamientos. Quizás puedas darte cuenta de que el fluir de tu mente es de entrada lo mismo que un dictador, tus pensamientos mandan sobre ti todo el tiempo. Existe un ruido enorme en nuestra cabeza, crees que lo controlas, pero es atronador. Hasta que esto se calma pasa un rato. No es un rato, es una vida entera, pero se puede avanzar gradualmente. Los juicios y las creencias son lo primero que nos visita, y después el látigo propio. Una vez todo esto pasa, ahí detrás, parece que lejos, ahí está nuestro pensamiento de verdad, ahí están las respuestas a todas nuestras preguntas y a todas nuestras plegarias. Detrás del ruido y al lado del Yo Plural.

Soy Esther.

¡Deja un comentario!