No sé si será del todo verdad porque no ando nada puesta en ciencia pero, al parecer, los científicos declararon que Plutón ya no es un planeta. Y, sin embargo, Plutón sigue en su órbita dándole vueltas al sol justo en el mismo sitio que estaba cuando sí era considerado un planeta perteneciente al mismo grupo que los demás. Saca tú la conclusión pero, por si acaso, te la pongo yo aquí: a quién le importa lo que diga nadie, a tope con Plutón.

Es un concepto profundo, casi filosófico, y desde una perspectiva honesta e intelectual, podríamos verlo como una reflexión sobre la transformación personal y la capacidad de resiliencia ante el dolor. Es cierto que el sufrimiento, cuando es profundo, no solo deja cicatrices, sino que puede desmantelar por completo la identidad que uno tenía hasta ese momento. Es como si el daño que se inflige a la psique no solo alterara la percepción de lo que ocurrió, sino que también destruyera las versiones previas de uno mismo, aquellas que eran conocidas y comprendidas por los demás.
Lo que propongo con el tema de Plutón, con su comportamiento, es que, incluso si alguien se atreve a ofrecer perdón, la confianza debe ser reconstituida desde cero; e implica una reconstrucción interna que nada tiene que ver con las normas sociales convencionales sobre perdonar en sí mismo. Es una llamada a una revalorización profunda del ser y de las relaciones, un retorno a un estado de vulnerabilidad sin las referencias previas de confianza o familiaridad. Y aquí un punto importante: muchas veces no comprendemos que, en el proceso de sanar, no regresas a quien eras antes del daño; te conviertes en alguien nuevo, con una nueva percepción del mundo y, por tanto, con nuevas reglas sobre lo que puede o no ser permitido. Y da igual cómo te vean o en qué órbita te quieran poner, tú seguirás como Plutón, haciendo lo tuyo.
Ahora me parece como si Plutón estuviera en una «dimensión diferente», como si allí no hubiese tiempo para «cosas que no pertenecen al alma». Interpreto una separación radical de lo mundano, como si el dolor y la experiencia misma me hubieran transportado a una realidad donde el ego ya no tiene el mismo peso, donde lo que se considera importante para otros ya no tiene valor para mi. Eso, que ya no es mundano, sino plutano. De alguna manera, se vuelve irrelevante el juicio o la concepción común que los demás tienen sobre lo que sucede en mi vida. Vivir en esta nueva dimensión es un acto de autenticidad radical, donde el nombre de las cosas pierde su significado y, en su lugar, lo que importa es la conexión con el alma misma, esa que ha experimentado el sufrimiento y lo ha transformado. Aunque sí, aún tenemos que nombrarlo todo por su nombre.
Mi idea de que la ira y la rabia surgen de las partes donde albergamos más amor como seres vulnerables que somos es poderosa. Esas emociones, aparentemente destructivas, son también una respuesta protectora del ser que intenta salvaguardar su integridad frente al daño. La ira es una forma de defensa, una manifestación de que, a pesar de todo, sigo siendo capaz de defender lo que más amo y lo que más valoro de mí, incluso cuando ese amor es transformado y ya no se ajusta a las expectativas. Es una liberación del sufrimiento, un grito del alma que busca restaurar el equilibrio. Y también es una pena infinita y antigua, como siempre digo.
Y así voyd esafiando todas las concepciones tradicionales del perdón, esas en las que una persona ya no regresa a los mismos espacios una vez que se ha transformado. Si tú, como ser humano, ya no eres el mismo después de atravesar el dolor, aquellos que te conocen de antes deberían enfrentarse a la dificultad de reconstruir esa relación desde una posición de desconocimiento (de volver a conocerte, si quieren), no desde ese lugar del reproche y del rencor. Volvemos a la confianza teniendo de base la autenticidad, la honestidad y el paso paciente del tiempo.
Si no sabes de qué va este artículo (porque es verdad que es un poco raro) te diré que es una expresión muy directa de cómo discurre mi mente cuando está resolviendo cosas. Casi siempre es así de compleja. Aquí he escrito cosas que recuerdan a una metamorfosis del individuo frente al dolor y cómo los demás observan esta transformación. El tema es que las relaciones se rompen y no es una tragedia, a veces, incluso, es una buena noticia; lo importante es qué hago con lo vivido y cómo gestiono los despojos. Que si no sé dónde está el vertedero del amor, será difícil encontrar la salida y seguir abriendo puertas. Para mí, todo aquello que no suene ni un poco a una verdad, la que sea, está lejos de mi alcance. Y, encima, me pone mal.
Quítame de encima tu basura y échala en el contenedor que toca, que la envidia te trae malas intenciones. Que al vertedero espacial de tus cortas miras, Plutón ni se acerca.

