no te vayas al spa ni te compres los zapatos

No escribo mucho sobre la maternidad, pero pienso muchísimo en ello.

Ser madre sola y sentir que estás teniendo éxito no es tan simple como socialmente se quiere decir. No estoy hablando de los convencionalismos que dictan qué es ser exitosa, sino de lo que significa para mí, Esther, como madre y mujer profesional. No se trata de hacer todo bien todo el tiempo, sino de hacerlo de la manera que más se ajusta a mi vida y, sobre todo, a lo que mis prioridades me dictan. No siempre eso a lo que yo llamo éxito lo es en un sentido más angosto del concepto.

El «Cuento Chino» del éxito sin sacrificios. Todas esas publicaciones de mujeres a quienes todo les sale bien con sus hijos, con su trabajo, con su ejercicio, su vida, su dieta… no se dan cuenta, pero nos hacen muy flaco favor a las demás. La vida no es una búsqueda de perfección. Y no lo digo yo porque sea la mía solo una visión subjetiva, lo digo porque me parece una realidad irrefutable (bueno, quizás alguien que sea experta en filosofía me lo pueda rebatir). El caso es que maternar, criar, trabajar y ser no son cosas que deban conseguirse en equilibrio exacto. Eso de que te mereces irte a un spa o comprarte esos zapatos por todo ese trabajo duro que estás haciendo de conseguir llevarlo todo adelante es un engaño tan grande que no consigo cerrar la boca. ¿Por qué caemos en esto las mujeres, las madres? Es un engaño flagrante. No digo que no nos merezcamos el spa y los zapatos, digo que esa no es la recompensa, que no va por ahí. A los hombres no se les dice que tengan que conseguir equilibrio entre su vida familiar y laboral y personal. ¿Qué es esto? Y, aunque se les dijese, también sería injusto porque es imposible y tampoco sería sano si quiera. Cuando una persona, en este caso, una mujer, tiene hijos, la prioridad siempre serán los hijos. No me importa cuántas críticas me caigan encima. Los hijos son la prioridad. Nuestros momentos de tranquilidad serán menos mientras dependan de nosotras en cualquier medida. Es algo que hay que integrar y no por resignación, sino por entendimiento real del trabajo tan extremadamente importante que es criar a un hijo. Nuestras necesidades pasan a segundo plano y no se debe a que no nos organicemos bien o no practiquemos una buena gestión del tiempo, es que ser madre ocupa una proporción de tu cerebro enorme, casi indescifrable. No me refiero a la carga mental de las rutinas diarias, me refiero a asumir la responsabilidad de criar a otro ser humano. A menudo escuchamos sobre mujeres que logran hacer malabares entre la crianza, el trabajo, las relaciones y demás responsabilidades. Las redes sociales y la sociedad nos venden la imagen de la madre perfecta que puede con todo y que lo hace con una sonrisa en el rostro. Pero la realidad para mí, como madre sola, es muy diferente. La narrativa de la mujer que puede tenerlo todo me parece un «cuento chino», no todo es posible al mismo tiempo. Para lograr que una área de mi vida sea exitosa, hay otras que requieren de mi atención pero que, inevitablemente, quedan en segundo plano.

La mayoría de las veces, cuando me dedico al trabajo, mi hija Sofía tiene que aprender a estar sola, a comprender que su madre necesita un espacio en su jornada para llevar adelante su carrera. Esto no es fácil para ninguna de las dos, y aunque la separación que se genera al enfocarme en mi carrera profesional sea positiva en muchos aspectos, hay una parte de mí que añora algo que no ha tenido nunca y es esa vida de antes hace mucho tiempo en la que una madre ya tenía el trabajo más duro y más importante del mundo: maternar.

Esther y Sofía en Copenague, 2024.

Lo que me ayuda a superar esos momentos de duda es que sé que todo lo que hago tiene un propósito. No solo para mí, sino también para Sofía. Quiero transmitirle que en la vida, aunque no podemos tenerlo todo, podemos obtener muchas cosas si sabemos dónde invertir nuestro tiempo y atención. Ella aprende conmigo que, aunque a veces se tenga que separar de su madre, esto forma parte de la vida y de los procesos de crecimiento que todas las personas debemos atravesar. Y es importantísimo para su autogestión en términos de frustración y paciencia.

Lo que más importa es el equilibrio entre nuestras pasiones, nuestros proyectos y nuestras responsabilidades (entendiendo las pasiones como algo que nos mueve y no como los sufrimientos que nos hacen enfermar, referenciando a C. Jung y C. Naranjo). Le enseño que el éxito no es un camino recto ni es rápido. Es un proceso continuo que requiere paciencia, sacrificio, pero también momentos de disfrute y satisfacción personal. De esta forma me siento más conectada a ella, más cómplice. Y aunque la maternidad no puede resumirse a una simple fórmula, espero que sepa que ella es lo más importante para mí.

Me pregunto qué es ser una madre auténtica hoy, ¿tú lo sabes?

Yo creo que ser una madre auténtica es ser una madre que practique la Honestidad Brutal en su vida e, indubitadamente, en la crianza, aunque es como muy obvio que yo diga esto, ya que la honestidad brutal, como sabes, es mi lema, mi filosofía de vida. Ya he explicado en otras ocasiones qué es esto de la honestidad brutal y cómo no tiene nada que ver con los sincericidios. Pues, igual en la crianza. No le diré algo a Sofía que le pueda hacer daño, aunque fuere verdad. No creo que se trate de parecerse a ese rol de madre resignada y sacrificada en todos los aspectos de su vida porque pone a los demás siempre antes que a ella misma. Diría que se trata más bien de cómo practicamos nuestra verdad en relación a nuestros hijos. Y ahí caben un montón de cosas modernas como desafiar las creencias de crianza familiares que se han anidado de forma tóxica en la familia, salirnos del clan si lo consideramos necesario, abrir otros caminos, acercarnos a otras perspectivas, practicar nuestra propia vida en salud física, mental y del alma. Buscar la conexión personal, dejar de vendernos al primer postor; nada de prostituirnos por afecto. Hacernos cargo de nosotras como individuos, como mujeres, pero no porque tengamos derecho al Spa y a los zapatos, sino porque tenemos derecho y obligación de ser la mejor versión para nuestros hijos y para nosotras mismas.

Una madre auténtica no debe sentir que debe sacrificar su felicidad o sus sueños para ser bien considerada. Y en ese sentido, me esfuerzo por ser una madre que fomente la independencia y la autonomía de su hija. Es importante para mí que Sofía crezca entendiendo que, aunque mi amor por ella es incondicional, también quiero que aprenda a volar por sí misma. No se trata de no necesitarme; se trata de aprender a depender de sí misma, a tener confianza en sus decisiones y en sus capacidades. No hay mayor regalo que el de criar a una persona que sea libre para ser quien realmente es.

Esther y Sofía tomando Glögg de paseo por Nyhavn, Copenague.

El equilibrio perfecto entre la carrera y la maternidad es un mito, y no quiero que mi hija crea que eso existe. Más bien, quiero que entienda que, como madres, somos complejas, somos humanas y nuestras vidas no se dividen en parcelas perfectas. Mi carrera es importante para mí, pero no lo es de la misma manera para ella. Y eso está bien. En lugar de buscar un equilibrio utópico, prefiero abrazar la incomodidad que genera no poder hacer todo al mismo tiempo, y aprender a encontrar satisfacción en cada aspecto de mi vida en su propio tiempo y momento.

Y aquí está lo que me resulta más liberador: aprender a convivir con la incomodidad. Mi madre me dio un magnífico consejo ayer mismo sobre algo de trabajo que me había pasado. Uno de esos intercambios en los que a veces me encuentro y donde tengo toda clase de alarmas sobre la persona que tengo en frente, pero aún no me ha llegado el momento de actuar. Situaciones difíciles para mí, que soy eneatipo 8, que me hace falta averiguar de qué va cada uno con quien me encuentro. El malestar que siento al no estar con mi hija en ciertos momentos, o el agotamiento que me provoca no estar al 100% en todos los aspectos de mi vida, es una parte esencial de la experiencia humana. Mi madre me dijo que no quisiera yo dejar de sentirme incómoda sobre eso que me había pasado en seguida, que lo contemplase un tiempo, días, que no hiciera todo cuanto esté en mi mano por sentirme bien en seguida. Es decir, que me quedase un rato al lado de la incomodidad. Y de ese consejo sale este artículo.

Solo cuando me he detenido a reflexionar sobre la incomodidad que me produce esto o aquello he encontrado cierta sabiduría. Y, ni qué decir tiene, muchísima más tranquilidad. No se trata de evitar los momentos incómodos o desagradables a toda costa, sino de aceptarlos, sentirlos y comprender que en esos momentos de vulnerabilidad, está nuestra mayor oportunidad de crecimiento personal.

Lo que más deseo para Sofía es que crezca sabiendo que tiene el poder de elegir, que puede tener éxito en sus propios términos y que, por encima de todo, siempre podrá contar con el amor incondicional de su madre. Porque sí, yo sí soy una madre que puede ofrecer amor a su hija.

Ser madre sola y exitosa no significa que tenga que hacerlo todo, todo el tiempo. Se trata de aceptar la incomodidad, de valorar las experiencias y de entender que el éxito no es un destino fijo, sino un camino que se elige cada día. El equilibrio no existe de la manera en que nos lo tratan de vender, todo eso es una forma de despiste muy básica y un discurso tremendamente superficial; lo que realmente importa es cómo vivo mi vida y cómo, a pesar de los sacrificios, sé mantenerme fiel a lo que me mueve, atender mis responsabilidades y, sobre todo, vigilar de cerca mi calidad como ser humano.

No me da para escribir hoy sobre las implicaciones sociales de los mensajes subliminales que vienen añadidos con la condición de ser madre sola o madre soltera. Ni de cómo no estoy a gusto autodenominándome madre sola o madre soltera o madre separada, no sé. No encuentro el término. Ni de cómo, con mujeres como yo, mujeres casadas pueden sentir temor; hombres casados curiosidad. Matrimonios, desconfianza. Mujeres inseminadas, superioridad. Viudos, posibilidad. Mujeres clásicas, pena. Hombres clásicos, deseo. Hay mucho de lo que hablar aquí. Y nadie parece darse cuenta de que a mí lo único que me interesa de otras personas es saber qué clase de personas son. Nada más.

Y, tú, ¿qué clase de persona eres?

Una canción para terminar este artículo:

6 comentarios en “no te vayas al spa ni te compres los zapatos

  1. Te felicito, mujer y madre por la hosnestidad y belleza con la que describes. También por tu cita a Yung y Claudio Naranjo respecto de las pasiones.

    Estoy contigo, este sistema perverso quiere que nos prostituyamos de continuo huyendo de nuestros estados y sentimientos, cuando la única manera de encontrar luz es dejándose atravesar por el dolor, la rabia, la incomodidad, etc. La naturaleza no utiliza atajos, y eso aplica al ser humano, es mentira la dieta milagrosa para curar un tic, una adicción, un rasgo o lo que sea; todo forma parte de un proceso.

    Me encanta el título, me recuerda a que la gente pobre, compra cosas y la gente perezosa compra entrenimiento

    Cosas/Entretenimiento/Anestesia: dos efectos de todo lo rápido, lo que distrae, adormece y adicciona.

    No podemos exigir a los otros que sean honestos o que cambien o lo que sea, pero si podemos, cuando alguien nos quiere robar tiempo & dinero, decirles: mi valor y mi precio los pongo yo.

    Gracias, Esther, por tu luz

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  2. Escribió Eric Fromm que hay madres que sólo saben dar a sus hijos leche , pero otras son capaces de darles también miel. Te felicito hija mía, tú lo estás logrando, tú das a tu niña, Honey&milk

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  3. Afrontar el dolor es muy duro, pero es el camino para realizarnos y descubrirnos; no se explicarlo mejor en este momento, que escribiendo lo que sigue.

    Vicente Garrido en su magnífico libro El psicópata integrado, hace la siguiente cita del terapeuta Phil Stutz:

    «El hecho de evitar el dolor y la adversidad <parece algo bueno e idealista>, pero en realidad es una trampa mental: La vida brinda un sinfín de posibilidades, pero van acompañadas de dolor, y si no eres capaz de aguantar el dolor, tampoco podrás estar del todo vivo».

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  4. En tu cita : Aprender a vivir con la incomodidad, escribes:

    Uno de esos intercambios en los que a veces me encuentro y donde tengo toda clase de alarmas sobre la persona que tengo en frente, pero aún no me ha llegado el momento de actuar. 

    Siguiendo con tu admirado Vicente Garrido, mira una de sus citas sobre la manipulación:

    «Una persona con entereza moral es alguien que se sentirá imbuido por el coraje ante los intentos de manipulación o acciones abiertamente injustas. El coraje es una virtud en la que se une la valentía a la indignación.

    Dicho de otro modo por Viktor Frank, la tensión entre <lo que es> y <lo que debe ser>

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  5. Dices que te parece desmoralizador que sea tan habitual este comportamiento sobre la falta de honestidad y dices bien porque en definitiva es eso, una falta brutal de honestidad. Por supuesto que es muy triste.

    Los seres humanos necesitamos reconocer y reconocernos que no sabemos nada y que no controlamos nada, recordar que vamos a morir y que cuando llegue la última exhalación, todas nuestras pertenencias quedarán aquí, incluida las faltas de honestidad y la oscuridad que aportamos por no tener limpio la mirada.

    Sin embargo te digo, que si actuáramos con los otros como nos gustaría que lo hiciesen con nuestros hijas e hijos, con nuestros hermanos, con nuestros nietos y nietas, volveríamos a recobrar esa humanidad que asesinamos cada día, con cada acción deshonesta disfrazada de beneficio privado.

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