Donar o No Donar, that is the question.

Reflexiones Breves Sobre Medicina, Miedo y Autonomía

Ayer fui a donar plasma. Ya lo he hecho muchas veces, pero siempre cada vez más fuerte la misma duda en mi interior: ¿es realmente lo que quiero hacer? Donar sangre o plasma es un gesto altruista, vital para muchos, pero también una decisión que me lleva a cuestiones más profundas. Me planteo los motivos intrínsecos de esta acción, mi relación con la medicina tradicional y cómo todo esto conecta con mi experiencia personal, especialmente con lo vivido junto a mi hermano.

De Idígoras. A Pablo Ráez, tus colegas no te olvidan.

Tengo una relación ambivalente con la medicina tradicional. Por un lado, le debo la certeza de que, gracias a la ciencia, vivimos en un mundo mejor: vacunas, trasplantes, tratamientos que salvan vidas y otras cuestiones que nos mejoran las rutinas y el conocimiento sobre cómo funciona nuestro cuerpo. Por otro, siento que algo esencial se pierde en el proceso. Existe una desconexión palpable con el lenguaje interno del cuerpo, con los mensajes que nos envía. La medicina convencional se centra en el conocimiento científico, intelectual, dejando de lado lo que podríamos llamar la sabiduría del cuerpo. Existen miles de cuestiones que la medicina desoye y que tienen que ver con la relación entre mi emoción y mi salud. Si les hablas de estrés o ansiedad pueden abordar algo, pero si les hablas de tristeza o de exaltación no harían la suma de que uno más uno son dos.

Ayer, al intentar donar plasma, escuché nuevamente las palabras de los enfermeros: «tus venas son malas para esto». Pero, enfermeros y enfermeras, digámoslo mejor: mis venas no son malas para ninguna cosa, me mantienen con vida el corazón. Mis venas suponen un reto para la mayoría de vosotros, esto sí sería más acertado. A veces donar sangre es complicado, mi cuerpo casi que no quiere hacerlo, lo pone difícil. El plasma muchísimo más. Solo he podido hacerlo unas cuantas veces desde el 2016 y lo he intentado casi todas las veces que he ido a donar sangre. Pero, cuando lo hago, me siento enferma después. Al preguntar si era normal, me aseguraron que no había razón para ello. La explicación científica es clara: no corres riesgo. Pero yo me pregunto, ¿qué hay de los mensajes inconscientes? El cerebro, al ver la sangre salir de tu cuerpo, ¿no interpretará esto como una señal de alarma? Las defensas bajan y el cuerpo necesita regenerarse. Es un proceso físico y también tremendamente simbólico y, para mí, emocional casi absoluto.

Esto es para llorar sin parar de la pena que me da.

En estos cuestionamientos siempre regresa el recuerdo de mi hermano y su leucemia. Recuerdo el día de su recaída, cuando la enfermedad volvió. En aquel momento, solo pensaba en que luchara, que sobreviviera, que se salvara. El miedo me dominaba. Era el miedo de mis padres, también, un miedo atronador que llenaba el silencio con ese tabú: la palabra «muerte» sobre nuestras cabezas, cual espada de Damocles. Nunca he vivido un tabú tan aplastante antes ni después de aquello. Las bolsas de sangre diarias constantes, las bolsas de plasma diarias y constantes, su palometa. El port-a-cath. Hoy, después de lo aprendido y vivido, sé con certeza que habría respetado su deseo de no someterse a un segundo tratamiento ni a un segundo trasplante. Entonces no supe verlo. Pensaba que el sufrimiento valía la pena si le daba una posibilidad de vida. Ahora entiendo que la vida es mucho más que el cuerpo. Respetar su decisión habría sido un acto de amor, de respeto y de verdadera valentía por mi parte y por la suya.

El miedo es una fuerza poderosa, capaz de nublar el juicio. Cuando pienso en mi hija y en la posibilidad hipotética de que enfermara de algo tan grave como la leucemia, no puedo evitar preguntarme: ¿qué haría? Tal vez el miedo me dominaría de nuevo. Tal vez, gracias a mi hermano, podría respetar su camino, su autonomía, incluso en una situación tan difícil y contemplando los cinco años que ahora tiene. El respeto y la verdad son esenciales. Quien enfrenta una enfermedad grave sabe más que nadie sobre sí mismo, sus deseos y aspiraciones. Acompañarles en su decisión, sin imponer nuestras proyecciones, es un acto de amor profundo. Si hoy volviera a enfrentar la situación con mi hermano, me sentaría a su lado, atravesaría el dolor y le diría: «te acompaño allá donde quieras ir». Y no, no escribiría un libro sobre su viacrucis.

Bulevar Pablo Ráez Martínez, Marbella. Ese bulevar también lleva mi nombre.

Ante la pregunta que me planteo sobre si donar o no donar, casi parafraseando en fantasía a mi admirado William Shakespeare en su obra… ¿sabes cuál? Sí, es esa, Hamlet […] Digo que sí a donar, por supuesto que sí. Pero, lo digo no por convencimiento absoluto del concepto de salvar vidas y además es gratis, que es el típico punto de venta; sino casi por falta de confianza en el ser humano. Mi idea es que cada persona atraviesa todas las fases madurativas que le tocan y, en ese camino, uno puede ser un magnífico donante y dar mucho y, luego, tras convencimiento propio y espiritual y a través de un proceso de maduración serio, uno hace otras cosas dejando atrás las antiguas, incluido el acto de donar. La medicina tradicional sola no me es suficiente. Yo misma he enfermado de lipedema y de otras cosas por no haber sido atendida correctamente en términos de cuerpo, mente y emoción. Darte cuenta de esto es doloroso, no es un sencillo ejercicio antisistema, tan cómodo para muchos; esa capacidad de protestar por todo como pollos sin cabeza, como loros, qué vergüenza ajena me asalta. Yo no me quejo del sistema sanitario, digo que es incompletísimo y que no aborda lo más importante, el estado emocional y psicológico además del contexto socio cultural de los pacientes. Comprendo la dificultad, pero es lo que creo que está peor. Ni siquiera las listas de espera… es que no habría estas listas de espera si la atención fuese radicalmente diferente, por mencionar un asunto. Cuando una persona esté preparada para tomar decisiones que no son las de la mayoría, cuando alguien haya experimentado en su cuerpo y en su interior cómo es su camino, cuando haya tomado la conciencia necesaria para hacerse cargo de sus propios conflictos, entonces, ahí diré que ya está siendo solidario por una vida entera. Ojalá tú, que lees esto ahora, me entiendas. Lo entiendas.

Donar salva vidas, pero también es una decisión que afecta al cuerpo y al alma del donante. No es tan gratuito. Cada vez que dono, reflexiono sobre estas tensiones entre la necesidad colectiva y el bienestar personal. Y me muevo entre esas personas que me dicen que no van a donar por miedo a las agujas o porque no les viene bien el horario o por excusas que nada tienen que ver con la empatía hacia los que están en plena necesidad de que nosotros, que estamos bien y podemos, lo hagamos. ¿Ves lo complejo que es? No existe respuesta correcta.

Donar o no donar no es una cuestión sencilla. Es una decisión profundamente personal que refleja cómo entendemos el cuerpo, la salud y la vida misma. Para mí, hoy, lo hago con respeto, pero también con consciencia de mis propios límites y creencias. Quién sabe si mañana lo seguiré haciendo.

Y, aunque hay mucho más que decir, esto es todo por ahora.

Siempre Fuerte.

3 comentarios en “Donar o No Donar, that is the question.

  1. To be o no to be, hablar con tu hijo o hermano de su muerte o no hacerlo, decir a los sanitarios sin empatía que «sus venas son malas para eso a lo que se dedican».

    Duele mucho, no hay sticker con el que aliviar y reflejar esto. Es un dolor encima de otro y otro y otro, la suma es un dolor inconmensurable.

    Que fotos y comics tan relevantes has puesto, tu hermano fue un guerrero, miró a la muerte a los ojos y la afrontó con la elegancia y el valor que tenían su alma y su vida.

    Tu también lo eres. Eres una jabata, te amo y te admiro.

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