Soledad deontológica

Le digo a mi madre: «mamá, me cago en la honestidad brutal; desde que voy con el rollo este me estoy quedando más sola que la una».

Respuesta de mi madre: «señal de que vas bien».

Claro, Esther, si no paras de decirle a la gente eso que decía Emilio Duró de «oye, te he llamado y no me coges el teléfono», «ya, a ti no». «Oye, quedamos para comer», «contigo no». Así es normal que te quedes sola… y eso que todavía no lo digo en voz alta. Se ve que la gente tiene un doble sentido para entrever que con quien no quiero hablar es con ellos o que con quien no quiero quedar es con ellos. Habría que dejar de infravalorar la percepción ajena. Las cosas que sí digo son más del tipo relacionado con la profundidad psicológica, esto que me hace ver un poco más allá estando solo en la puerta de las cosas. Mi intención no es molestar, pero es que ser consecuente con uno molesta mucho a los otros. El otro día conduje la Tertulia Literaria con Ángel Martín en Benahavís (por cierto, una ola a la delegación de cultura de Benahavís, que se lo trabajan y se lo montan mejor que cualquier empresa privada de espectáculos; vamos, que ni Broadway ni el Strand Bookshop de Nueva York) y me di cuenta de que no soy la única en esto de no querer socializar con personas que no conozco. Vamos, que a Ángel Martín, por mencionar a uno, le pasa lo mismo. Hablamos de un montón de cosas relacionadas con la salud mental, pero a mí me gustó ese momento en el que me di cuenta de que hay más como yo. Que cuando digo que yo necesito estar en casa y que no aguanto mucho tiempo rodeada de personas, pues todos dicen que a ellos les pasa igual, pero yo no conozco ni a una persona que se quede en casa un fin de semana teniendo la opción de salir y hacer planes. No. Y tampoco conozco a muchas personas que sepan encajar el hecho de que no nos importe ser percibidos como ariscos o poco sociables, porque es que es la realidad. ¿Y qué tiene de malo ser menos amable que los demás? Sé que es un pecado social casi imperdonable, pero, ¿es de verdad algo muy malo dejar de complacer a otras personas por no llegar al estándar social esperado?

Esto de la #Honestidadbrutal parecería a veces que me hace la vida más complicada, que, como decía al principio, me quede sola. Y, sí, se queda una sola, pero, ¿cómo no iba a ser así? Me puse a practicar el silencio cada vez que la situación no iba a salvarse con palabras. Y, sí, esto lo decido yo porque es mi vida y son mis conversaciones y son mis relaciones. No pueden decidir los demás sobre si quiero hablar con alguien o no, aunque sea alguien a quien quiero. Si hablo es porque sirve para algo hacerlo. Y ya sé que interviene el otro, que el otro es importante y ¡por supuesto que lo es! Por esto mismo es tan importante no decir ciertas cosas, no hablar de todo. Es que no vale la pena. Siempre digo esto de que las opiniones no se tienen para lanzárselas a los demás, se tienen para uno reflexionar sobre uno mismo, ni siquiera es para posicionarse sobre un asunto. Y que el pensamiento está primero para uno ponerse de acuerdo con uno mismo. En el trabajo igual. ¡No hay diferencia!

La soledad deontológica es un concepto que se refiere a la experiencia de aislamiento a la que te enfrentas a nivel profesional como resultado de tu compromiso con los principios éticos y deontológicos de tu profesión. En mi caso, mi profesión es la de la divulgación, la comunicación. Tengo el compromiso más directo con la autenticidad y la verdad, al máximo de mis posibilidades. Decir la verdad es un tema y no decirla es otro. A veces, para protegerla, es mejor callar. A veces no, muchísimas veces. Por mantenerme fiel a mis valores morales y éticos, a menudo tomo decisiones impopulares o muy difíciles de entender (como por ejemplo, rechazar socializar como forma de conexión humana y más si hay muchas personas en ese entorno – muchas personas es para mí ya más de dos). Al final te sientes solo, aunque yo esto lo veo en beneficio propio.

En mi actividad profesional las decisiones éticas tienen mucho peso. Ya sea para dar la mejor recomendación o para aconsejar sobre la mejor de las perspectivas, no se trata de lo que a mí me viene bien, se trata siempre de dar el mejor consejo sin romper las reglas propias. Por eso solo puedo trabajar con personas que vibren en consonancia, en proyectos que tengan una base ética importante (y no hablo de cambios sociales importantes o de causas benéficas); se trata de cómo uno actúa desde su parte más auténtica sin fijarse tanto en la corporación, la estructura, el sistema o las expectativas sociales y, simultáneamente, ser capa de hacer negocio limpio.

Sí, me veo en la encrucijada de actuar de acuerdo con mis deberes éticos auto-impuestos, a pesar de las presiones externas, expectativas sociales o personales, y existe el aislamiento, la soledad, el miedo, la decepción, la ira, la flaqueza, el cansancio. Sí. Este es mi ejemplo, voy a seguir haciéndolo así. Algunos se molestan, se enfadan, perderemos el contacto, la amistad (si la hubo), dejaremos de hablar… ya no puedo seguir haciéndolo con las reglas de los demás. Mis reglas son estas y le pasa a muchas personas; a médicos, por ejemplo, cuando, respetando el principio de no maleficencia, toman decisiones que pueden ser malinterpretadas por los pacientes o sus familiares (de esto podría decir mucho porque, aunque sé que esto que digo es real, también pienso que muchos de ellos han perdido su humanidad en aras de la profesionalidad y la asepsia – la profesionalidad es un arma de doble filo, ¡cuidado!). O los psico-terapuetas y psicólogos, que se deben a su confidencialidad para actuar en beneficio de sus pacientes, aunque esto genere otros muchos conflictos. O los periodistas, yo siempre quise ser periodista, ¿conté esto alguna vez? Terminé estudiando Filología Inglesa por un fallo administrativo… y he llegado hasta aquí. El periodista, en busca de la verdad y de acuerdo con su código deontológico, publica información que puede no ser popular o que desafía intereses poderosos… o que pone un reel que les molesta a unos pocos o que escribe un artículo en su blog que le escuece a otros muchos. A mí, hace poco, hasta me mandaron amenazas con el terror que da una posible demanda judicial.

Siento tener que recordar esta obviedad: yo puedo molestar, pero es difícil que destroce una vida por decir lo que pienso. Además, tengo derecho por nacimiento a revelar las verdades que me tocan por experiencia vital además de potestad sobre mis secretos o los secretos de mi familia.

Describe tu soledad deontólogica.

Honestidad Brutal.

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