El más elevado acto de valentía, no-saber. Reconocer que la vida es un misterio, que existe más el no-control que el control y que el verdadero crecimiento se hace en privado y aceptando no tener todas las respuestas. Digamos que, con este primer párrafo que acabas de leer, ya podrías soltar este artículo; ya todo te lo he revelado.
Quizás nunca lo había mencionado, pero, hace casi 15 años, estudié un año entero con George Fitzgerald Smoot III, físico y astrónomo americano (estadounidense) galardonado con el Premio Nobel de Física en 2006. Aquella asignatura llamada The Universe and Myself cambió ampliamente mi perspectiva sobre el universo pero, más allá de esto, solidificó en mí un interés incipiente por los misterios del cosmos. No es que hoy sea una experta en física, te preguntarás qué hacía yo estudiando astrofísica si más de Letras no puedo ser: yo soy otro misterio, tan grande como nuestra misma galaxia. Aquellos eran mis días de Corea, creo que no recuerdo haber estado más perdida. Bueno, sí, esa época anterior al nacimiento de mi hija y posterior a la muerte de mi hermano… aquí también me absorbió otro agujero negro en la Tierra. Ah… y ese tiempo en el que solo encontraba hombres que me querían de concubina, hitos de oscuridad. Sí, he estado perdida muchas veces.
Si un agujero negro de masa estelar entrara en nuestro sistema solar, provocaría una perturbación catastrófica. La inmensa atracción gravitatoria del agujero negro alteraría las órbitas de todos los objetos del sistema solar. La Tierra podría ser expulsada completamente del sistema solar si el agujero negro pasara lo suficientemente cerca, o podría ser forzada a una nueva órbita más elíptica. Esto provocaría fluctuaciones extremas de temperatura, haciendo imposible la vida tal y como la conocemos. Si el agujero negro se acercase lo suficiente al Sol, su gravedad podría empezar a arrastrar la materia del Sol mediante un proceso llamado «disrupción de la marea», formando un disco de acreción (es decir, un crecimiento por adición de materia) alrededor del agujero negro. Esto provocaría una importante pérdida de masa del Sol, lo que podría desestabilizar todo nuestro sistema solar. Os recuerdo que aquí es donde vivimos.
Además, la materia extraída del Sol y de otros cuerpos celestes se calentaría y emitiría radiación de alta energía, incluidos rayos X y gamma. Este aumento de la radiación podría esterilizar la Tierra, afectando gravemente a la mayoría de las formas de vida. Esto significa que la introducción de un agujero negro de masa estelar en nuestro sistema solar alteraría drásticamente todo nuestro sistema, planteando amenazas existenciales para toda la vida en la Tierra y alterando el delicado equilibrio de los cuerpos celestes.
Esto es real.
Seguro que alguna vez has visto esos vídeos en los que una cámara pone el foco en algo cotidiano de una persona para ir alejándola cada vez más hasta salir de nuestro planeta. Y luego vemos la Tierra desde el espacio, y luego la Tierra en relación al resto de planetas del Sistema Solar, y luego el Sistema Solar. El Sol. Y luego nuestra galaxia, la Vía Láctea. Y pensábamos hasta hace poco que ahí podría terminar aquello conocido por el hombre, habiéndose encontrado no hace mucho con la certeza de que existen otras galaxias alrededor de la nuestra y, aquí, el ser humano es increíble porque nos provee de simulaciones que parecen absolutamente reales que nos enseñan el aspecto de todas esas galaxias que conviven entre sí. ¿No es alucinante? ¿Y no es increíble que hace tan solo unos días hayamos podido ver la «luna azul», yo desde mi azotea? Llegamos a saber tantísimas cosas que creemos que sabemos to the infinity and beyond, que diría Buzz Lightyear.
Esas imágenes del mar, esas olas gigantescas que algunos valientes (o cobardes, no lo sé) se atreven a surfear como si de grandes hazañas se tratase la vida. La adrenalina de saberse triunfante ante el poder de la naturaleza. Esas imágenes, ¿de dónde salen? ¿Quién se atreve a grabarlas? Me sobrecoge la inmensidad a la vez que lo abisal. Y yo miro del universo, a veces, incluso, llevando mis ojos al cielo, como también lo hago mirando al mar, y me quedo muy quieta porque me parece que no lo entiendo del todo. Esas olas inmensas con esos colores tan vivos y preciosos me conducen a ese estado tan placentero… tan contrario a ver esa ola delante de uno con esos mismos colores y esa misma intensidad recordándote tu tamaño, tu fuerza, tu poca importancia.
Pero no hace falta irse al cosmos o a la inmensidad del mar para darse uno cuenta de que no sabe nada. Recuerdo el placer de aprender cosas cuando eres joven, me refiero a la universidad, por ejemplo. Habrá algunos que no hayan tenido esta experiencia y sean detractores de la academia, o sencillamente, les provoque frustración que haya un orden en las cosas que sí sabemos. En los libros, por ejemplo. Se me viene ahora el día en que analizábamos Hamlet… qué bonito todo aquello del «to be or not to be, that is the question» [ser o no ser, esa es la cuestión]. Ese soliloquio, que lo estudiaron miles de personas antes que yo, fíjate que Shakespeare vivió en la Edad Media, fue escrito en plena era medieval. Que, al mismo tiempo en España, nuestro denostado ancestro, la Inquisición, quemaba a mujeres por brujas o por pelirrojas, por nombrar solo una de las atrocidades. Se supone que la barbarie terminó con la llegada de Cristóbal Colón a las Américas, qué casualidad, de donde es mi profesor de astrofísica, George Fitzegerald Smoot III (aunque no sepamos muy bien por qué lo menciono ahora, la verdad). Mis conclusiones, ¿qué son? Probablemente, un montón de pensamientos ya pensados por otros mucho antes que yo. Pero, entonces, ¿ya no son importantes? Si de lo que se trata es de que uno transite el camino por sí mismo, de que uno llegue a la conclusión por sí mismo, acompañado de su propio proceso. Y cómo iba yo a sabe que el «to be or not to be» sería tan clave en mi vida. Si tú ahora mismo no lo sabes o no lo recuerdas, Hamlet, todo lo que se pregunta se reduce a la idea de vivir o morir, esa es la cuestión. Y, si le seguimos la pista al soliloquio, uno, cuando lo lee, imagina a Hamlet clamándole al cielo y, otras veces, mirando el agujero negro bajo sus pies.
Saber algo del mundo que nos rodea no debería dejarme más tranquila y, gracias al cielo, no lo hace. Lo que siento es una gran incertidumbre, esa incomodidad que podría hasta trastocar mi sueño. Y es que de ahí es de dónde viene la creatividad, del no-saber, de la necesidad de materializar esa angustia antigua que arrastramos de nuestra evolución y el dolor que supone vivir nuestras vidas, las del presente, las del aquí y ahora. Vivir practicando el no-saber es una filosofía que invita a abrazar la incertidumbre y a reconocer que no tenemos todas las respuestas. Es una forma de vida que desafía la creencia de que debemos tener un control absoluto o una comprensión completa de todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
Aceptar la incertidumbre como parte de la vida. Últimas palabras de mi hermano a mi madre: «mamá, acepta los cambios». Un moribundo está más cerca de la verdad que nadie.

Ir por ahí practicando el no-saber significa reconocer que siempre hay espacio para aprender más, que el conocimiento es un camino sin fin. Mentalidad de principiante. En lugar de imponer tus opiniones en una conversación, eliges escuchar activamente, buscando comprender verdaderamente el punto de vista de los demás. Este enfoque no solo enriquece tu propia comprensión, sino que también crea un espacio de respeto y apertura en las interacciones con los demás (siempre que interactuar con los demás sea lo que necesites hacer en este momento, porque yo no). No se trata de no poder opinar, se trata de algo que ya he escrito un montón de veces: es eso de saber que lo que opinamos no es tan importante, que lo importante es saber que opinamos, no qué opinamos. Estimularnos en la curiosidad. Admitir que no sabemos un montón de cosas y preguntar más en lugar de enjuiciar como hábito. Cuando digo que yo no necesito ahora la interacción con los demás, lo que digo es bastante literal. En mi trayectoria vital he entregado mucho a otros y lo he hecho con el objetivo equivocado, buscaba aceptación y, obviamente, así no era. La introspección que ahora necesito es urgente porque ya no me hace falta gustarle a los otros como antes, ahora solo deseo estar de acuerdo conmigo y, si en el camino, tú también resultas estarlo, entonces sí. Sé que si no salgo afuera, se me escaparán un montón de oportunidades de, quizás, conocer a personas interesantes. Vale.
Dejar ir la necesidad de tener razón es un acto liberador que abre puertas al crecimiento personal. Imagina que, en lugar de aferrarte a la necesidad de estar en lo correcto en cada discusión o conflicto, eliges soltar esa carga. Practicar el no-saber te ofrece una nueva perspectiva: la de que no siempre es necesario ganar, sino aprender, el silencio, eso de crecer en privado. ¿Para qué sirven las cosas que suceden? A ver, que yo también quiero tener la razón todo el rato. Y lo quiero porque es el hábito que llevo puesto durante tantos años, pero a veces me lo quito y, cuando me lo quito, de verdad, se respira otra cosa. Es como si ganase todo el poder de golpe. Y ya me imagino que estarás pensando que es pretencioso lo del no-saber o que no se puede o que es, en el fondo, un ejercicio de cabeza de avestruz. ¡Pero, no! Qué va… nada de eso. El no-saber implica una grandísima responsabilidad. De pronto, tienes que considerar a todos con muchísimo más cuidado, a TODOS, porque ya no sabes de sus batallas y, además, has elegido el respeto por encima de cualquier otra cosa. Dejarás de ser cotilla (porque, admítelo, eres cotilla como random hijo de vecino) y ya dejarás de adherirte a las causas perdidas, dejarás de salvar a personas de sus tragedias y te vendrá una conciencia superior de ti mismo y de ti misma que te indicará cuándo debes intervenir. Casi que ya no eres tú quien decide, sino un yo superior que vive dentro de ti. O a lo mejor fuera, no estoy segura. Esto seguro que va a depender mucho de tus creencias (religiosas o no religiosas).
La sensación de que debemos tener razón en todo nos encierra en una burbuja de seguridad, lo entiendo. Y todas esas personas que te has encontrado que son tan esclavas del «te lo dije» lo único que te dicen de verdad es que les generas inseguridad si te sales del molde, aunque solo sea un poquito. Y qué más da tener razón. Digo «y qué más da» pero, admito, te lo estoy diciendo con la boca chica. A mí me da coraje todavía cuando alguien quiere ponerse por encima a toda costa, no siempre, pero hay algunas personas que me generan esa adicción a mi propia violencia. Es jodido lo del no-saber igual que lo es lo de la honestidad brutal, porque ya no hay marcha atrás. Si no actúo conforme a mis premisas, no voy bien del todo. Re-calculando ruta. Pero, sí que es verdad que esas situaciones me suelen luego ser de grandísimo valor. Crecer es poliédrico, como la felicidad.
Ah… mi intuición. Nada como mi intuición. En esta última etapa de mi vida es que me chilla. No es que me hable, no es que me diga algo el estómago, es que me chilla a grito peláo. Confiar en el proceso y en la intuición es una parte esencial de practicar el no-saber, pero esto, aunque lo he escrito, me da corahe. No lo borro porque es verdad, pero tanto confía, confía… esto del positivismo tóxico no hace más que prostituir la sabiduría que destilas de tu terapia. Y la verdad es que me jode. No se puede confiar si tienes miedo, para empezar. No se puede atajar el miedo si no admites que lo tienes. Y no puedes admitirlo solo porque, para eso, tienes que ir a terapia. No lo puedes hacer solo o sola, no. Ni tampoco leyendo a Mario Alonso Puig o viendo mil reels de Marian Rojas Estapé. Lo tienes que hacer en terapia y pagando (se abre la veda de las críticas). Ah… pero, justo es ahora cuando hay que confiar y escuchar a tu intuición. La intuición no es solo un cosquilleo en la boca del estómago, no es solo algo que no te cuadra. La intuición es tu yo más sabio hablándote y tiene tu voz, la tuya, y te habla en tu cabeza. Y no, no estás loca o loco. Eres tú sabiendo la dirección. Pero tienes que crecer en privado y callarte a ti mismo.
Y la terapia, claro.
Sí, ya, todo el rato con la terapia no se puede estar. Pues, no. Es verdad, todo el rato no. Pero es que todo el rato no se puede estar con nada. Yo ahora reflexiono y escribo esto y necesito soledad, pero todo el rato no estoy mirando al cielo. Solo a veces y lo hago con atención. Quien dice al cielo dice en consulta de su psiquiatra o su terapeuta. Lo que desde luego no puede ser es que se te pase la vida sin hacerte la pregunta que realmente más importa. Si te digo la pregunta, ya te ahorro una sesión de terapia, pero, igual, si aún no has ido, deberías ir. La pregunta es: ¿quién soy?
Y ya, la respuesta… la respuesta no sé cuál es, pero sí sé que la tiene tu intuición.
Se me ha venido lo de la humildad, que es una de las lecciones más valiosas que nos enseña esto del no-saber, no se me da muy bien. Bueno, a mí no se me da muy bien, pero me veo obligada a dejar por escrito que a los demás se les da muchísimo peor que a mí. Ahí está (me he reído de mí misma ahora).
Bueno, tan mal no se me da porque sí sé aceptar que, como humanos, tenemos limitaciones en nuestra comprensión y experiencia, y esto es algo que llevo muy al día, especialmente, en mi comprensión del mundo y del resto de personas. Lo que a mí esto me recuerda es que el margen de error del ser humano es muy grande cuando se trata de comprender a los demás y que somos juzgados por nuestras decisiones sin ver la foto completa, sin haber conocido qué opciones teníamos cuando tomamos esas decisiones. Y esto es algo que me atormenta secretamente. Por eso lo del no-saber me resulta tan urgente como mi lema, la honestidad brutal, porque si me instalo en que realmente no sé acerca de ti ni de por qué haces lo que haces, daré lugar a un entendimiento sobre ti más humilde y más cercano a tu verdad. Que yo quiero saber tu verdad, quién eres de verdad.
Y, ¡mira! Una cosa que sí se me da genial es lo de la paciencia. Aquí saco buena nota. No siempre fui así. Digamos que mis años jóvenes me hicieron ser más impulsiva y que fue así por varias razones, una de ellas, querer ser cautivadora. Cuando somos jóvenes y no tenemos mucha experiencia, se puede confundir la impulsividad con claridad mental. Y es que hasta me pasaba que las parejas que elegía también eran inmaduras e impulsivas y, probablemente, más que yo. Esto tardé muchos años en descubrirlo y poco rato en remediarlo. Cultivar la paciencia es una parte esencial de vivir en el no-saber. Aceptar que algunas respuestas o soluciones no llegan de inmediato me ayuda a comprender que las respuestas sólidas no llegan de inmediato. De hecho, nada que te haga más paciente que tener que ver pasar la vida para poder entenderla. O ver a mi hija crecer. Ser su madre es un acto de valentía y arrojo, pero imposible sin el cultivo de mi paciencia. No por esto superficial de que los niños cansan, sino porque todo en lo que ella se convertirá, todo semilla que hoy planto en ella solo florecerá en su momento. Y quién sabe si podré verlo. Paciencia y no-saber.
Cuando leo sobre cosas sobre la creatividad me llama la atención esto de que la creatividad se enlace al concepto de vivir cosas nuevas. Sí, podemos sentirnos creativos a través de las experiencias nuevas. El problema con esto de rescatar la creatividad (yo misma imparto un curso diseñado por mí en el que ofrezco técnicas terapéuticas para rescatar la creatividad) no es el rescate en sí mismo, el problema está en el hecho de lo que hacemos a nivel familiar y social que inhibe la expresión y la mentalidad creativa. Por ejemplo, os habréis dado cuenta de que hay muchísimas personas que son muy perfeccionistas (por tomar un rasgo concreto) y que, por eso mismo, no se permiten el espacio para la creatividad. La creatividad es caótica, ocupa espacio, no tiene horarios. Pero, ¿por qué? ¿Por qué una persona estricta en sus estándares pierda su habilidad para ser creativa? Si la creatividad lo es todo a nivel de relación, no podemos ver más allá dejando de lado nuestra faceta creativa. Si no atendemos nuestra creatividad, otros nos dictarán nuestra conducta y esto es lo que enferma nuestra sociedad. Las personas creativas, las que no hemos enmudecido el sentimiento creativo, somos absolutamente necesarias y, especialmente, en ambientes donde ya existe la actitud creativa (no donde no existe). El fomento de la creatividad está al lado de personas que ejercen. Y así, cada vez más grande el círculo. Esto es como eso de apuntar a los niños a las clases extraescolares o las de apoyo, y se les apunta a lo que se les da mal… no entiendo esto. ¿por qué a lo que se le da mal? ¿No sería mejor apuntarle a las que se les da bien? Aunque esto lo exploraré en otro artículo…
La aplicación de esta idea es sencilla y poderosa: atrévete a experimentar, a probar cosas nuevas, incluso si no tienes la certeza de cómo resultarán. Y no solo es atreverse a experimentar lo nuevo desde una perspectiva exógena, que está muy bien; es acerca de la experimentación contigo mismo, dite cosas y verdades, y observa tu pensamiento y tu corazón. La intuición te habla muchísimo más claro que tu intelecto.
¿Qué tal si te digo que dentro de 30 años a partir de ahora habrá un tsunami en la costa de Málaga, concretamente, en el Mar de Alborán, que arrasará con todo y será peor que el de Tailandia? Mira al cielo. Y salte de la Tierra.


Mi intuición me chilla.
Este manual de salvación que has escrito hoy bien podría llamarse también: «Mi intuición me chilla». Enhorabuena, Esther.
También podrías haberlo titulado: «El arte de no-saber«
Te felicito por todos tus descubrimientos, por tu introspección exhaustiva, por ponerle acentos a la vida como «…. lo importante es saber que opinamos, no qué opinamos». «Lo importante no es ganar sino aprender». «Crecer en privado«
Mientras te leía, te he visto peregrinar por esos cielos estrellados tan solo acompañada de la luz de tu nombre, para traernos revelaciones, que, muchas veces, ni en una vida entera logramos alcanzar.
Conozco gente muy perfeccionista que cree que su orden es lo creativo, pero por qué entonces la creatividad del otro le despierta ecos agresivos?
Ese posible tsunami del que halas ya está aquí. Es urgente aceptar los cambios y decirse la verdad.
Todo lo que aquí opino (como diría mi Melli) lo digo y me lo digo. Sin olvidar que «Toda la carne es hierba».
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Gracias por compartir.
Has puesto sobre papel muchos de mis demonios y temores. «Aceptar los cambios» es un buen consejo y» siempre fuerte» una lección de vida. Espero que escribir te ayude a transitar ….todas somos Esther.
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Muchas gracias, Esther, por animarte a comentar. Los demonios nos acompañan la vida entera, van cambiando de forma y de aspecto, pero siempre están por ahí. Son incómodos, pero nos ayudan a avanzar cuando les cogemos el truco. Un abrazo.
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Toda la carne es hierba, qué buena frase. gracias por comentar. Cuenta un poco más sobre esta frase cuando puedas. Un abrazo.
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Ttoda la carne es hierba , tal como yo la entiendo, representa lo efímero de nuestra vida ; por tanto de lo esencial y urgente que es el redescubrimiento de nuestro verdadero ser, para alcanzar la honestidad y la bondad poder vivir en paz y amor este soplo de aire que somos.
Contempla una amapola , cógela y tócala , verás lo que resiste entre tus dedos. Así de perfectos, bellos, magníficos y tremendamente frágiles somos.
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Experimentar sensaciones, emociones y sentimientos nos transforma y es lo que hace sentirnos únicos, posicionados y en certeza. Es solo una percepción de nuestro pensar.
Lo contrario son posibilidades, que todo o la nada ocurre en el mismo momento, en este mismo instante, como una supuesta ley Universal. Aceptarlo es tranquilizador y a la vez inquietante, pero amplia nuestra limitada perspectiva y libertad.
“YO” me busco en el no-saber.
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Querido Antonio: gracias por tu cariño y por expresar tus ideas en mi blog. Significa mucho para mí. Un fuerte abrazo.
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