«If music be the food of love, let´s play on»,
William Shakespeare
Seguro que a mis compis de facultad les gusta mucho esta cita de Shakespeare. Bueno, a los que hoy por hoy no se hayan visto atrapados por todo tipo de teorías conspiratorias, claro está, porque, por conspiraciones, esto ha llegado hasta la misma historia y biografía de la vida y obra de William Shakespeare. Aunque este artículo no va de la Edad Media, ¿o sí?
Yo conozco a una o dos personas (más bien una, con seguridad) que enuncian abiertamente que no les gusta la música. Esto para mí es como decir que no te gusta el agua. En mi mente (que es una mente muy cuerda, aunque esté feo que yo lo diga), el hecho de que no te guste la música y se diga con total naturalidad y cero reflexión es un acto de hostigamiento hacia uno mismo, una ablación metafórica, una manera menos de disfrutar. Y, aunque intelectualmente comprendo que hay gustos como colores y que el ser humano es libre de preferir unas cosas a otras, me parece un síntoma serio de desconexión que no quieras que te guste la música.
Me pregunto: ¿es la música una habilidad natural del ser humano? Sin haber investigado apenas nada sobre el tema puedo decir que sí, que es una habilidad natural nuestra. No es que esto sea un motivo para practicar el arte de la música… al igual que una habilidad que presenta el ser humano es la de hacer daño y no por eso tendríamos que practicar esto otro tampoco. Lo que no está en cuestión es la necesidad que tiene el ser humano de expresión, de libertad y, mucho antes, de liberación. Dime, entonces, ¿te parece que la música es una habilidad del ser humano o no?
Todos los momentos cruciales de vida están acompañados en mi mente de algún tipo de ritmo, probablemente, percusión. A veces, incluso, música, canciones, temas, melodías, alguien cantando. O alguien bailando. Y es que hasta en la Edad Media la gente cantaba, recitaba, hacían cotilleos cantarines de situaciones cotidianas, bailaban. Y no es solo en el siglo XV… es más atrás hasta donde no lo podemos probar. Cuando yo estaba embarazada de mi hija, Sofía, me acariciaba la barriga con movimientos circulares de la palma de mi mano y, al final, era todo un ritmo peculiar que acompañaba de una pequeña percusión de los dedos. Pero, es que, cuando mi hija nació, me sobrevino ese baile que es un vaivén y que usamos las madres para dormir a nuestras crías. Yo antes nunca lo había practicado (quizás con mi hermano Pablo), pero nunca lo había sentido de forma consciente. Porque eso mismo es el sentido musical en el ser humano, algo que no se piensa demasiado, es un ritmo, es una pulsión, es un golpe con tempo continuado en el espacio-tiempo. La música es como la pena… ¿te acuerdas de eso que siempre digo… «la pena es compañera»? No se me entiende siempre, porque parece un nombramiento negativista, oscuro y deprimente; cuando no es más que una expresión bondadosa de la realidad. Porque la pena por mi hermano y la fractura inevitable y definitiva de mi familia de origen es algo que jamás se convertirá en otra cosa distinta, vendrá conmigo hasta el último día. Y estará ahí hasta cuando estoy feliz y no me acuerdo de que mi hermano murió por dos segundos… o por el rato que mi hija canta mientras pinta, aunque sin restarme capacidad para vivir con alegría.
Y ahora sí que te voy a dar unos datos que me refuerzan esto de que la música te tiene que gustar sí o sí y que si, de pronto, vas y y te ves diciendo que no te gusta la música o ves a alguien que dice cosa tal cual, pues que te eches las manos a la cabeza y le lances un salvavidas. Cómprale un par de discos y, sobre todo, llévatelo de concierto.
Algunos estudios sugieren que la capacidad para crear y apreciar la música podría tener raíces evolutivas. Un journal publicado en Nature Reviews Neuroscience sugiere que la música puede haber proporcionado una ventaja evolutiva al promover la cohesión social y la cooperación dentro de los grupos humanos primitivos (Mithen, 2006). Esto por un lado.
Por otro, investigaciones realizadas por el Dr. Daniel Levitin, autor del libro This is your brain on music, han demostrado que el cerebro humano está especialmente sintonizado para responder a los aspectos rítmicos y tonales de la música.
Pero, es que, además, la música también juega un papel crucial en el desarrollo infantil. Un estudio realizado por el Journal of Experimental Psychology encontró que los niños que participan regularmente en actividades musicales muestran mejoras en habilidades cognitivas, lingüísticas y sociales (Gerry et al., 2012).
Y resulta que la omnipresencia de la música en todas las culturas humanas también respalda la idea de que es una habilidad natural. La música, con su capacidad para evocar emociones profundas, fortalecer lazos sociales y estimular el cerebro, parece ser una habilidad natural del ser humano. Y no me olvido de lo increíble que es sentir la música en vivo.

¿Has ido alguna vez a un chiringuito a escuchar (y bailar) salsa en vivo? Nada que ver con la música grabada (sin desmejorarla, por supuesto). ¿Has estado en un macro concierto donde la música se inocula en tu torrente sanguíneo y vibra cada fibra y cada célula de tu cuerpo? ¿Te ha descubierto una actuación en vivo en el restaurante donde estabas cenando y ha resultado ser un momentazo inolvidable? ¿Te han regalado unas entradas para un concierto al que no pensabas ir y, al final, has flipado? Porque, a mí, la última vez que esto me ha pasado ha sido con un amigo que me ha regalado el concierto de Manolo García en el MareNostrum de Fuengirola (ciclo musical veraniego que súper recomiendo por la excelencia del entorno y organización). Pero, es que antes de esto, el verano anterior otra amiga me invitó a Vetusta Morla en el mismo enclave… sin ser de mis bandas preferidas, han representado momentos de inigualables sentimientos. Al de Manolo García porque su música me recuerda mucho a tiempos pasados e, incluso, a mi infancia; una especia de viaje al pasado de forma musical. Y el de Vetusta porque justo en ese momento atravesaba una ruptura sentimental… y aquello me sirvió de cierre y desconexión de mano de una amiga. ¿Te has comprado unas entradas para un concierto de una banda que seguías de adolescente? Pues yo sí, porque Take That viene a Starlite y ahí estaba preparada mi amiga de la adolescencia para recordarme que esta es una ocasión imperdible por muchos hijos que tengamos, muchos negocios que levantar y muchas cosas que resolver. Ya sé que me vas a decir que Starlite es en Marbella, que es otro nivel… que cómo voy a Take That, que eso es de niñatas. Y es que no se trata del nivel ni se trata de presumir de tus gustos musicales: se trata de vivir tu vida con la máxima honestidad que puedas, con el mayor acercamiento a tu honestidad más brutal del que seas capaz y esas emociones que se hacen al más puro estilo revisited son solo tuyas; son momentos perfectos para la introspección, para observar hasta dónde has llegado y aquello que te queda por acometer y, si quieres, hasta para la nostalgia, emoción denostada o exageradamente venerada, pero útil si se adhiere una cierta perspectiva.

Así que este artículo sorpresa va de esto, de salvar del Medievo oscurantista a aquellos que no pueden disfrutar de la música. Porque si no pueden disfrutar de un recurso natural que nos concede el carácter humano, hay mucho que rascar ahí. Utiliza la música como quieras, pero si soy yo quien escribe ahora diré que la uses para explorar más adentro de ti y que aflore tu verdad.
Y si tienes que perrear, «la autoestima hasta el cielo y el perreo hasta el suelo».

