Y estaba yo olisqueando por el Facebook de mi amiga y gran oráculo, Ana Gómez Perea, cuando me encuentro este decálogo de preguntas que, sin pre aviso, me pusieron reflexiva. Y, aunque lo importante no es la respuesta ni la pregunta sino la disposición a la capacidad de cuestionar, me he aventurado a darle forma escrita a todos los pensamientos que se me agolpaban, o a la mayoría de ellos. Si soy más franca, no los he puesto todos, hubiese parecido esto una sangría en lugar de una de las pieza de mi cabeza, aunque sí me he lanzado a responder con el permiso de Ana inspirándome mientras la plagio.
Y ella dice:
¿Alguna vez has tenido agua dentro del cuerpo?
¿Si lloras mucho, terminas evaporándote? ¿Por eso se nos seca el lagrimal, para que no acabemos siendo nubes?
¿Y si fueses una nube, qué forma te gustaría tener?
¿Cuántas veces has dicho: “todo está bien” queriendo decir “no sé cómo saldré de esta”? ¿Tantas? ¡Joder!
¿Alguna vez te has cargado a alguien lanzándole un rayo láser con tus dedos? ¿Y con una tela de araña para liarlo como a un capullo? ¿Te han atravesado con una espada láser? ¿Qué? ¿Por qué me miras así? ¡Vale, ya lo dejo!
¿Se puede ser feliz a regañadientes? ¿Y a contrapelo?
¿Qué te gustaría hacer después de muerto? Y entonces, si ya estás muerto, ¿por qué no lo has hecho antes?
¿Qué le vas a decir a tu poema de amor cuando inesperadamente te asalte? ¿Que por qué no vino antes? ¿En serio? ¿Se lo vas a reprochar en vez de echarte a sus brazos sin pensar?
¿Qué te pone más, una mente inquieta o que te cuenten cosas que no sabes?
¿Y qué prefieres, ser cómplice o cooperador necesario? ¿Efecto o causa? ¿Usar tu tiempo o perderlo? ¿Centro o epicentro? ¿Boca, oreja o ingle? ¿Las tres? ¡Lo sabía!
¿Qué es lo que no quieres saber?
¿Te han leído alguna vez el pensamiento y lo has negado? ¿Han entrado en tu corazón por la puerta de atrás?
¿Por qué la voz de la experiencia es la que tiene que saber más? ¿No sería mejor que la intuición fuese la más sabia? ¿Sabes lo que no quieres? ¿Y de lo que puedes prescindir?
¿Y a lo que serías capaz de renunciar?
¿Se puede salir un cosquilleo por la boca? ¿Puede el río correr al revés? ¿Y los deseos trepar? ¿Y las ganas volar? ¿Y los codos besar? ¿Y los miedos saltar?
¿Y tú, cuándo vas a regresar al verano de tu infancia?
Ahora sube a la primera pregunta, que esta vez, te voy a contestar yo:
tengo agua dentro del cuerpo
y antes de dormirme
abro la llave de paso
para inundarme de ti
y floto
Título: Preguntas que nunca te hice. (VI)
Y yo respondí:
He tenido y tengo mucha agua dentro del cuerpo. Lo sé por mi versatilidad atravesando mis propias emociones. Y también lo sé porque sentir muchas cosas es para lo que estoy hecha como ser humano, como mujer. Hay que temer a los que siempre están igual, hay que temer a los que sólo registran emociones básicas y nunca matizan. Los matices son la clave, el detalle, la descripción de la emoción. Ese es el origen. El agua dentro de mi cuerpo adopta mil formas y cambia de temperatura fácil habiendo llegado, hace muchos años, a secar mi lagrimal. Eran tiempos en los que iba y venía perdida y despojada de mi propia dignidad íntima, la que nadie ve. Lloré tanto que sí que me evaporé, y fue un llanto antiguo y lejano al que apenas yo misma sí alcanzaba. Pero lo bueno de llorar así es que llega un instante en el que se te olvida por qué llorabas y es entonces cuando puedes recomponerte y empezar de nuevo. Agua corriendo por adentro de mí, empujándome hacia aquí y hacia allí sin presas ni barreras, sólo embalses y corrientes peligrosas. Y, para cuando todo cambia, el horizonte junta el cielo con el mar y agarra esa nube rota por el paso de un avión.
No digo tanto “todo está bien”, pero sí que me he reprendido mucho por haber mantenido mi cara amable, esa que sonríe dulce y no levanta la voz, esa que tiene ensayada una risa exhalada que tranquiliza, en lugar de haber lanzado un improperio elegante al más puro estilo shakespeariano. Porque poder, puedo. Y esas miradas mías de reprobación que me contengo, esos juicios gratuitos que me gustaría vomitar sin cuidado de la velocidad, las veces que quiero decirle a alguien lo feo que es por dentro, y todo eso convirtiéndose en frustración no desatada. Lo digo aquí y parece inoportuno, quizás se espere un escrito más bonito. Quizás la expectativa sobre mí sea más elevada. Yo tengo una cara B.
Cuando leí la pregunta de ser feliz a regañadientes mi cabeza me llevó dando un golpe al aire a una de esas parejas que yo tuve que nunca quiso verme porque (ahora sé) era y es ciego de crianza. Le hicieron ciego y sordo y acorchado y perdedor. Y me hizo daño con su negativa a mi propuesta de vida desde la bondad. Y me encontré muerta, me vi como apaleada. Así que huí. No es que no lo hubiese intentado antes pero tuve una visión, un pensamiento premonitorio sobre mi propia muerte en vida mendigando amor, conformándome con migas de pan duro y trabajando de sol a sol. Pensé entonces y lo pienso ahora con mejor calma, si cabe, que no quiero hacerme de menos para que otro pueda ser más; que seré yo, seré yo. No la versión de mí que otros quieran ver. No voy a quitarme la máscara cada cinco minutos, pero no por eso dejaré de ser yo. Me necesito y es mi tributo a mis ancestros y a mi futuro cuerpo muerto que otros enterrarán.
Y a los poemas de amor les doy la bienvenida como agua de mayo o aire acondicionado en agosto en Málaga. Le canto al amor aunque no le escriba y tampoco sepa cantar. Pero me volví a aprender las canciones de mi infancia y otras, y le canto a mi hija porque eso es un poema de amor. Y si de otro amor fuéramos a hablar, que sea un poema facilito, de esos que no tienen mil metáforas y encabalgamientos imposibles. Un poema de este otro amor que mantenga la llama y la admiración. De esos de “mentes inquietas que te cuentan cosas que no sabes”.
Qué interesante eso de entrar en mi corazón por la puerta de atrás. Lo recurrente en mi vida ha sido, más bien, que yo fuese esa puerta de atrás, esa mujer aparentemente dócil y servicial, esa que está dispuesta a todo, esa que tiene tiempo para ti… ojalá alguien me ganase y no tuviese yo que arar todo un terreno de hectáreas infinitas con una mera escardilla casera. Lo mejor de todo es que yo, siendo mi propia y única cooperadora necesaria (qué gloria de frase descriptiva), me he dado cuenta de mis errores y estoy viendo mi fuerza como mi gran recurso, mi valor y mi valentía como mis brazos y mi corazón como nutriente principal de mi cerebro. Sólo un pasito más y ya lo habré conseguido.
La experiencia aporta suelo, pero la intuición regala dirección y es un gran salvavidas. Me apoyo más en mi intuición y siempre me arrepiento cuando no lo hago. Sé que no quiero relaciones tradicionales, que no quepo en el molde clásico de pareja, que me hacen rozaduras las personas que no son alegres (no las que no lo están, sino las que no lo son). Que no quiero ser tachada de loca porque no lo estoy, que quiero usar mi voz aunque no te guste. Que quiero que me dé igual que no te guste. Sé que no quiero una comunidad enferma para mi hija, ni que piense que no vale para algo que desee. No quiero ser una madre extrema ni rígida, ni quiero ser una mujer extrema ni rígida. No quiero hombres vacíos, ni mujeres dependientes. No quiero ser hipócrita y no quiero dejar de ser un poco altiva. No quiero deshacerme por completo de todas mis contradicciones ni quiero dar miedo. Tampoco tenerlo. No quiero no sentir. Y no podría prescindir ya de la persona que soy, del camino que estoy eligiendo, de mi individualidad. No quiero prescindir de todas estas cosas que me hacen vulnerable ni de las que me hacen fuerte. No quería prescindir de mi hermano, pero le dejé ir. No quiero prescindir de mi madre, de mis amigos. Mi hija. Pero puedo prescindir de todo, me imagino, no sin grandes dosis de dolor. Y, también, sufrimiento. Sería capaz de renunciar a todo, pero al poco, me moriría. Renunciar a todo requiere de toda tu energía. Ya no habría más para vivir.
La imaginación todo lo puede. Confieso que, aunque no deseo que mi hija crezca tan rápido, ella crece y yo lo sé. A veces fantaseo con la idea de conocerla, de ver el futuro en mi bola de cristal y saber cómo será, qué tipos de conversaciones tendremos. Pensar esto me trae ese cosquilleo que se sale por la boca, me ilusiona y me vuelca en el amor que siento por ella. Se me sale el agua buena por los ojos. La imaginación todo lo puede.
El verano de mi infancia es con mi madre en la playa. Serrat. Mediterráneo. Mi madre y yo. Seguro que por eso me baño en la sal de mi mar Mediterráneo abrazada al cuerpecito rechoncho de mi hija y me siento tan feliz.
Mi infancia… (haz clic)
Ahora también tú puedes responder la pregunta que más te guste aquí en los comentarios de mi blog o en el mismo post de Ana en su página de Facebook. A mí me va a encantar, y a ella, también.
