Segunda Parte: el asombro de la creación

Me puse a observar mi cuerpo – los cambios y los movimientos de adentro – y a contemplar la forma del espacio que ocupo. Las preguntas más básicas fueron las únicas, y justo esas son las que no tienen una respuesta tangible. Ni siquiera fueron hechas en un lenguaje que yo pudiese hablar, como casi todas las formas de comunicación.

Sigo desconcertada ante la magnitud de mi falta de control sobre cualquier acontecimiento y ante la certeza de que el mejor estado para mí como ser humano es el de la formulación de cuestiones. La verdad no la he podido encontrar en la respuesta, dicho sea. Tampoco en mi capacidad intelectual. Cada momento en conexión conmigo me ha conducido al mismo destino: el asombro de la creación. Cuando supe que estaba embarazada me quedé callada, mirando el test como quien mira una fotografía de Marta Hoepffner. Y fue instantáneo asombro e incredulidad juntos, el ser testigo y hacedora del milagro. No recuerdo mayor sentimiento de conexión divina, poniendo a un lado el fallecimiento de mi hermano. Y, aquí, no estoy hablando de religión sino, más bien, de filosofía.

El nacimiento y la muerte se dan la mano. No he sabido encontrar dos conceptos mejor unidos que esos dos, ni mayores certezas a esta hora de mi vida. Esos dos eventos se revuelcan el uno en el otro sin parar, no están separados ni tampoco juntos, no es tristeza ni alegría sino las dos cosas simultáneas y ni siquiera a la vez, ¿cómo puede ser? Es el pensamiento filosófico por excelencia materializado en nuestra calidad de hombres y mujeres apegados a la tierra y a las cosas, como si de algo nos sirviese el apego y, sin embargo, es lo que mejor sabemos hacer. Me quedo perpleja cada vez que pienso en el poder del tiempo, que sí existe. ¡Cómo podríamos, si no, nacer y morir y morir y nacer! ¡Cómo podríamos gestar! Y no deseo deshacerme de mi propia perplejidad porque es lo más cerca que estaré jamás de cuando yo era niña, de cuando nazca mi hija. Desde este asombro ante mi propio cuerpo se me pasan las horas, los días, se me pasa el tiempo, me acerco a mi sombra y se iluminan las verdades. Mi verdad.

El asombro que sucede frente al origen de todo se toma mucho espacio. Cada vez que miro mi barriga y cuento las semanas soy consciente del milagro. Cada momento en el que siento su vida en mi vientre vuelvo a la fotografía abstracta más extraña y, sin embargo, más bella e importante jamás. Sólo signos de interrogación junto a otros de admiración. Está en mi naturaleza de mujer conectar con el saber pero, también, está la fuerza con la que mi hija emerge de un sólo instante de placer. Ese estallido único a la altura de la misma idea del Big Bang. Y ocurriendo en silencio y en la oscuridad del útero, en un proceso kármico dotado de la más pura e insospechada chispa divina que cambiará todo mi mundo conocido. Cómo no asombrarse…

Claro, cómo no asombrarse… ahí está mi hija siendo. Me he pasado muchos años oculta en el más estricto sentido místico del concepto. Desde la ligadura a lo oculto que infiere el origen hebreo de mi nombre hasta la manera de desarrollar mi esencia, cómo he navegado por cada tsunami devastando todas mis acrópolis y la manera en la que he llegado hasta aquí. Sin demasiados aspavientos, sin letreros luminosos, sola con mi familia de la mano de mis velos. Todo por conservar mi habilidad para continuar y para poder, entre otras cosas, albergar hoy a mi hija que viene a través de mí. Me detengo ante lo que no puedo explicar, pero sólo es para sentirlo mejor, para darle el lugar que merece.

¿Quién es mi hija? ¿Cómo será esta Esther que es madre? ¿Me olvidaré del milagro de su existencia tal y como olvidé el mío propio? ¿Cómo es posible que yo sea su madre? ¿Qué hay de mí para ella? ¿Sabré amarla? Y a la vez que afloran las preguntas algo adentro se me va instalando en su lugar, toda esa sabiduría que ya está conmigo se va ordenando, se me tranquiliza algo dentro y sólo quiero recibirla. Todo lo que tengo adentro es para ella y para mí, para los que quiero y me quieren. Por muy abstracta que sea mi foto, tomo tierra cada vez que miro adentro. Por muy difícil y traicionero que sea el presente, más me concentro. Por cuánta soledad he transitado sólo yo lo sé y, aún así, mejor practicante de la alegría me presento. Estoy aquí, con toda mi fortuna. Una segunda parte de luz en la sombra, como siempre es – ya que todo luz sería cegador. Plena y llena y vasija como soy, para todo lo bueno y lo malo, acompañándome de mi familia y de los que quiero.

Creciendo con mi hija.

Estoy aquí, en mi segunda parte, asombrada ante la creación. Presente.

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